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Chile universitario (I Parte)

Virgilio López Lemus, 27 de agosto de 2013

En la mañana del 5 de marzo de 2013, llegué a Santiago de Chile por segunda vez, tras un prolongado y cansón viaje aéreo con escala en el aeropuerto de Lima, Perú, donde cambié de avión. Debo confesar que un año antes, Santiago me había gustado muy poco, y llegaba con aprehensiones algo negativas para mi estancia de cuatro meses, como profesor invitado por la Pontificia Universidad Católica de Chile, en la categoría de Escritor en Residencia, manera peculiar de nombrar el verdadero fin docente. Entre el Decano de la Facultad de Letras, el lingüista Dr. José Luis Samaniego, y la Jefa de Cátedra de Literatura, Dra. María Inés Zaldívar (muy buena poeta), se gestó está invitación que me honra, pues se trata de una de las mejores universidades de América Latina, prestigiosa y, como pude comprobar, de un alto nivel educativo y docente.

Me esperaba un chofer enviado por la Universidad, quien me condujo hasta el Aparthotel Principado, sito en la avenida Vicuña Mackena, a escasos cien metros de la Plaza de Italia, importantísimo nudo de la ciudad. A las 9am ya estaba instalado en una bonita habitación con cocina y dormitorio, y un pequeño recibidor. En seguida me hice de un teléfono móvil y prendí la televisión, bajo la sorpresa de la muerte del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que capitalizó los primeros días de mi estancia santiaguina. Mientras mi país lloraba tal pérdida de amigo del socialismo cubano, en Chile el ambiente no era de duelo y hubo una más fría recepción en la prensa escrita de la infausta noticia. La renuncia del papa Benedicto XVI y el conclave en que ascendió al papado el argentino cardenal Bergoblio con el nombre de Francisco, llenó los siguientes días de mi primicia profesoral chilena.

Pero al día siguiente de mi llegada, María Inés Zaldívar tuvo la delicadeza de conducirme en su carro hasta la Universidad, y esa misma tarde comencé mi Curso de Taller de Poesía, que consistió en un seminario amplio sobre métrica hispánica, verso libre, estilística, poesía conversacional, interpretación de poemas y creatividad de los estudiantes. Unos ocho de los diecisiete matriculados, eran a su vez poetas. Me enfrenté a los que serían mis alumnos por cuatro meses, y recuerdo sus rostros interesados y con gran afán de aprender. Eran de siete carreras, entre ellas enfermería, agronomía, letras, historia…, había tres muchachas norteamericanas y una brasileña, y asistieron al principio tres jóvenes poetas que me pidieron participar extraoficialmente, pero abandonaron el Taller cuando vieron con cierto horror, supongo, que yo explicaba primero la necesaria métrica hispánica, despreciada por los que no le ven sino «antigüedad». Entre los jóvenes entusiastas y buenos poetas, recuerdo a Micaela, Joaquín, Ana, Pilar, el rapero Alcalde y el pallador Roberto, todos con edades entre diecinueve y veintidós años, con una buena promesa de desarrollarse como poetas.

Y al día siguiente me enfrenté al grupo más numeroso, que llegó a tener más de cuarenta estudiantes, pero que al fin se quedó en treinta y siete, con asistencia asidua de unos treinta y dos a treinta y cinco. Se trataba de la asignatura opcional llamada «Identidad y poesía en el Caribe Insular». Creo que logré dar un buen curso, si fuese muy vanidoso diría que excelente, pero tal atribución le corresponde a quienes lo recibieron.

Santiago se me abrió como una ciudad llena de incógnitas, no es cierto que sea de una violencia atroz para vivir en ella, no es cierto que el robo en calles sea tan visible, solo hay un movimiento constante de gentes por todas partes, apuradas, a veces muy apretadas en escaleras de metros y dentro de los trenes que comunican gran parte de la enorme ciudad, pasada de seis millones de personas. Si bien es cierto que en esencia la vieja ciudad colonial desapareció, quedan pocos bellos edificios sobre todo del siglo XX, y en algunos casos iglesias u otros predios anteriores.  Santiago se encontraba en pleno furor de construcciones, de un rascacielos en el Costanera Center con más de setenta pisos, y edificios creciendo por donde quiera, en una ciudad que cada vez se verticaliza más.  

El segundo día de mi llegada, en la noche, me mudé para la casa de la familia Illanes, en Los Jacintos, entre Las Amapolas y Los Pensamientos, a escasas cuadras del cruce de Pocuro con Tobalaba, o de la estación de metro de Francisco Bilbao, en la municipalidad de Providencia. Arrendé una pieza independiente de la casa, en el patio, próxima a una pequeña piscina y limítrofe con bellas plantas y un jazminero, todo de rico silencio y profunda intimidad.

En seguida tuve una bella relación con Susana, ama de casa y artesana, con su esposo Pelly (Edmundo), y sus tres hijos Fran (Francisca), y los gemelos Paz y Tono (Antonio). Con todos ellos llegué a desarrollar un clima familiar, pese a que los chilenos no son tan extrovertidos en asuntos afectivos como los cubanos. Recibí rápidamente noticias de qué pasaba en mi país, mediante mensajes de correo electrónicos de familiares y amigos, y así supe de la conmoción por la muerte de Chávez, lo cual era el acontecimiento mundial por excelencia. En tanto, me hacía muy amigo de la perrita Carmela, que me dio mucha alegría durante toda mi estancia chilena.

La muerte de mi compañero el poeta Alberto Acosta-Pérez un año y meses antes, aun seguía ofreciéndome el trauma, del que no he salido nunca, pero la rapidez con que tenía que vivir en Santiago y la dedicación absoluta a mis cursos académicos, disolvían la tristeza en el día a día santiaguino. Pronto asimilé lo esencial de la vida urbana, y comencé a escuchar el grato tono y el difícil vocabulario del habla chilena. No me acostumbraba a los nombres de algunas estaciones de metro: Tobalaba, Baquedano… que luego se me fueron haciendo muy familiares. La primera palabra que aprendí fue «pololo», nombre que los chilenos dan a los novios, a veces más que solo novios, y luego me fui acostumbrando a que palta es aguacate (mucho más pequeños que los cubanos), y sumé a mi léxico un montón de palabras gastronómicas y de vida cotidiana. Es gracioso el uso de la palabra «harto» como mucho: «harta gente», y el empleo de palabrotas ya deslexicalizadas, como «huevón», dicha comúnmente como «weón», o el añadido de «po», apócope de «pues», a expresiones de afirmación o negación: «Sí, po». Solo con decir dos frases, ya todos alrededor sabían que yo no era chileno, me faltaba el peculiar acento local, difícil de imitar pero bien pegajoso… casi nadie podía identificar el mío, acostumbrados ellos al colombiano o peruano. Los chilenos que conocí, tienen una suerte de complejo de creer que hablan muy mal el español, cuando en verdad creo que logran una de las maneras más simpáticas de hacerlo en las inflexiones rítmicas y con un vocabulario a veces antiguo pero simpático. A muchas cosas y alimentos comunes, solo les llamamos de forma diferente. Pero llegamos a entendernos con rapidez. Susana vino un día al almuerzo muy entusiasmada porque me traía un dulce que seguro yo no había probado nunca, el camotillo, ciertamente jamás había comido camote, porque para mí ese tubérculo se llamaba boniato y aquel dulce era el corriente boniatillo, que conozco desde mi infancia. 

Poco a poco se me fue disipando la suerte de aturdimiento que me producía Santiago de Chile, y a los quince días de mi llegada me movía como pez en el agua. Perdí todo temor en las calles, pero me cuidé mucho del posible robo, como me pedía la familia anfitriona. Poderme ligar sin reparo especial entre la multitud callejera, me facilitó mucho la vida.

En seguida establecí una buen relación con el poeta y empresario Theodoro Elssaca, quien quiso que trabajase con él una antología de su poesía, con la que tuvimos seis sesiones de trabajo, pero el Presidente de la Fundación Iberoamericana, residente en una suerte de edificio bunker en la calle Holanda, a cien metros de Providencia, estaba reescribiendo casi toda su poesía. Guardo un buen recuerdo del deseo de precisión y el estudio profundo que hace Elssaca con cada uno de sus poemas, con cada verso y cada palabra en ellos. En su Fundación asistí a la primera tertulia literaria en Santiago, luego iría a otra, una suerte de mesa redonda en homenaje al nonagenario Nicanor Parra en la Biblioteca Nacional. En mi día a día, me relacioné con algunos intelectuales, entre los que recuerdo a los poetas Roberto Onell, Manuel Silva, Omar Lara, Pedro Lastra (sorpresa por su calidad lírica y calidez humana), la misma María Inés Zaldívar, Juan Francisco Romero, Jessica Atal (de la que habría de presentar un libro de poemas más adelante, en el Centro Cultural de Las Conde), entre otros varios.

Me acostumbré a irme los domingos al centro de la ciudad, a la Plaza de Armas, donde bebía y comía mi preferido «mote con huesillo», y dos o tres veces almorcé un «lomo a lo pobre», un buen trozo de «vacuno» con papas fritas y dos huevos fritos encima, muy útil para aumentar el colesterol, pero muy sabroso.  Aquella cantidad de comida «a lo pobre», me aturdió la tarde en que salí muy hambriento de una larga visita al Cementerio General, muy bello y francés en su ala izquierda… ¿Cómo pensarían los chilenos que sería un «lomo a lo rico»?, pues la abundancia del que me comía me dejó ahíto. Volví a aquel restaurante popular frente al Cementerio, pero ya entonces no me ofreció el placer de la primera vez. 

En menos de un mes, me había habituado al desplazamiento citadino, y comencé a desear conocer otros sitios. De modo que invité a mi amiga Fran Illanes para irnos un domingo de paseo a Valparaíso. Cosa que hicimos, pero el relato de mis dos estancias en la ciudad chilena Patrimonio de la Humanidad, merece texto aparte.  «El Puerto» tiene un encanto especial que debe ser relatado en ocasión diferente de la para mí cada vez más sorprendente Santiago, llena de lugarcitos preciosos como los alrededores del Cerro Santa Lucía (bien cantado por Nicolás Guillén en sus estancia chilena), las callecitas frente a la sede central de la Universidad Católica o el barrio de Bellavista en torno a la calle Pío Nono, que termina en el funicular que sube hasta la cima del Cerro  San Cristóbal, donde estuve al pie de la Inmaculada Concepción, gigante, pero con una bella e íntima capilla a su vera.

Santiago no era tan fea llena de edificios verticales, de hormigón y cristal, despersonalizadores, uno tiene que entrar  poco a poco a ella, verle sus fachadas más interesantes que la del propio e histórico Palacio de la Moneda, sus recodos interesantísimos y su aire de gran ciudad al estilo euronorteamericano  o parisino, que a veces le resta personalidad urbana. Pero me detengo por ahora aquí, en la mañana de finales de marzo en que sentí aun en mi cama un ruido como de tren pasando por debajo de mí, y un movimiento de todas las cosas, el primer temblor de tierra de mi vida, solo de cinco grados de intensidad. Ni siquiera me asusté, fue una experiencia hasta atractiva.

Recuerdo que tras la renuncia del papa Benedicto XVI, algunos chilenos pusieron letreros simpáticos, como el señor vendedor de comestibles que colocó el siguiente: «En el Vaticano no hay Papa, pero aquí sí. A 1000 pesos el kilogramo». El ascenso de un Papa argentino, Francisco, me sorprendió mientras ofrecía un conversatorio y recital de mi poesía a los nuevos ingresos en la Universidad Católica, por solicitud del decano Dr. Samaniego, tan amable siempre conmigo. Este señor, uno de los ejecutivos de la Academia Chilena de la Lengua, gran lingüista y extraordinariamente gentil, solo me ofreció en mi estancia solidaridad, simpatía y amistad.  Dejaría de ser Decano, por elecciones de nuevo aspirante, a los tres meses de estar yo en Chile, y lo sentí, mucho, me dio su mano cuando me hallaba en soledad. En tanto, las campanas de todas las iglesias celebraban el habemus papam, con la curiosa existencia de dos papas vivos, uno Emérito, y otro en pleno poder, jesuita, que pronto acaparó los medios de comunicación mundiales con sus rupturas protocolares y sus declaraciones. Invitado en una Universidad Católica, fui sumamente respetuoso con una Iglesia de ética tan envejecida, avivadora de la violencia de género aunque al parecer no lo quiera, y rodeada de escándalos internacionales por casos de abusos sexuales de menores en no pocas de sus parroquias y obispados… Es una iglesia cristiana discriminatoria y que anuncia una salvación y paraíso post mortem solo para elegidos, a los que gays y lesbianas, y muchas otras gentes, ya de hecho están paulistamente excluidos, como si el amor de Dios fuera solo interpretable por cristianos casi fundamentalistas, como sus representantes de facto. Pero mi situación de invitado en una institución que se fundamenta en tal religión, me dio el recurso del respeto, el buen silencio, la defensa de mi privacidad de pensamiento y de praxis vital, y no hice críticas a una institución que a la larga se adaptará a los nuevos tiempos, como ha hecho por dos milenios. Y hasta pedirá disculpas a los que condena hoy, pues a la larga tal asunto no es fundamental para el ejercicio de la fe. Que lo digan, ya desde la Gloria, Galileo y Santa Juana de Arco.
  
Por entonces, Santiago de Chile se me abría como una flor, y comencé a gozar de ella de manera intensa y grata. Había descubierto la belleza de su ser de ciudad empinada, orgullosa, afrancesada a ratos, consumista, neoliberal, neocapitalista, con miles de estudiantes pronunciándose en las calles por una educación mejor y más económica, si no gratuita. Cierro esta primera experiencia santiaguina con la manifestación estudiantil gigantesca del 10 de abril, tras la Semana Santa, que será mi próximo relato de mi vida en Santiago.

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