Carta de Rilke a Herbert Toranzo
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; por las investigaciones que realicé, opino que eran un muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas, quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
Roma, 29 de octubre de 1903
Estimado señor Herbert Toranzo:
Acabo de escribirle a Franz Xaver Kappus, y ahora intento comentarle a usted sobre su cuaderno Ni siquiera nadie,* el cual había recibido desde el pasado agosto en Florencia, pero este modo de asumir el viaje, entre libros y deudas, me hace imposible responder en la inmediatez.
Tengo que separar algunos dineros para pagar la renta y comprar alimentos: de este lado del mundo todo se hace difícil, nadie pudiera sospechar cuánto. Creo que mi observación del mundo está por terminar, la imagen que he podido justificar de mi entorno es agónica y solo la poesía me ha permitido mantenerme por estos senderos. De ahí que la imagen del dolor sea un vago desasosiego que comparto con usted al leer su poema “Atlante”:
¿Cómo voy a saber si es esto el dolor?
En los arrabales del mundo
Nadie vendrá a sucederme, a rebatirme.
Siempre tendré las manos ocupadas.
Por eso me solidarizo con su poética. Hay en lo agónico ese elemento de espera, como si la propia fe nos signara otros laberintos que usted tal parece conoce desde el cielo del poema, en ese otro mundo donde lo intangible se hace tangible. Tengo sed. La otredad es un punto donde advierto que es un verdadero poeta, alguien que, en esa isla donde dice residir, ha experimentado la gravedad de las palabras, que no es otra cosa que el signo de lo inmediato, de sucumbir, por ejemplo, ante la rara existencia.
No tengo palabras. Quizás su poesía diga más, pero, querido Herbert, le confieso que ha acumulado una sabiduría milenaria, así lo descifro cuando leo: “Yo escribiré un poema de cuatrocientos años / manejaré por ti la pluma / cuando temas al rojo de la sangre”. Su poemario tiene algo de los postulados de Albert Camus sobre el hombre absurdo, y de allí justifico la cierta ironía que se respira en su poética. ¿Esta sería la razón para evadir el tiempo real, el espacio posible, el personaje que no quiere conceptualizar?
Me pregunto cuánto podrá salvar un poema la vida misma, al hombre como su destinatario, ahora que se pierde la fe y todo se hace oscuro. Comparto con Kappus estas interrogantes, pero él todavía es muy joven para conocer de estas polémicas.
Tal vez sea ese modo de no categorizar al sujeto lirico para asumir un drama mayor lo que justifica la división del poemario en tantos tiempos. Yo no lo necesitaría: su voz es también de nadie, porque nadie tendrá una verdad para engullir dos veces.
No le culpo por ello, no le crítico. En su libro, el drama es evidente como la diversidad discursiva de sus páginas. Una especie de enigmas que solo el buen catador de vino lograría descifrar, aunque usted piense que Ni siquiera nadie alcanzará estas verdades.
Suyo,
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Nota:
* Letras Cubanas, La Habana, 2010.
