Jaime Sarusky: evocación personal
Solía llegar, siempre con algo entre las manos, a las reuniones de amigos que con bastante frecuencia organizábamos en mi casa.
Creo que quizás disfrutaba más la conversación que la escritura, porque para mí Jaime Sarusky era, por encima de todas las cosas, un periodista, y es sabido que los periodistas se interesan más que el resto de las personas por el diario acontecer: los sucesos de donde extraerán más tarde el contenido de sus artículos, crónicas y reportajes. Y entre las mejores cosas que nos dejó Sarusky están esas páginas que dedicó a la realidad que le tocó vivir más acá del mundo de la ficción, donde mucho del periodista que fue quedó testimoniado e impreso para que otras generaciones que le sucederán puedan comprender lo que será dentro de unos años el pasado.
Le interesaban los inmigrantes, la música, las paradojas de la existencia y creo que haber obtenido el Premio Nacional de Literatura lo llenaba de un cierto pudor, característico en él. Porque Jaime hablaba poco de sí mismo. Siempre prefirió escuchar y preguntar. Interrogaba incesantemente a sus interlocutores y escondía sus opiniones, como tratando de preservar su intimidad, algo que guardaba celosamente hasta de sus amigos más cercanos.
Fue todo un caballero y un escritor modesto que en los años de La Búsqueda y Rebelión en la octava casa escarbó en lo inmediato. Pero pronto investigar se convirtió en casi una obsesión para él y de esa acuciosa labor resultó su obra tal vez más ambiciosa: Un hombre providencial.
Me tocó ser la editora de su última novela: una indagación en la vida turbulenta del cineasta brasileño Glauber Rocha. Allí el periodista y el investigador se dieron la mano. En Jaime Sarusky todo se entremezclaba: la vida, los archivos y la fabulación.
Pero más que el intelectual, Jaime era un amigo imprescindible. De aquellos a los que siempre se podía acudir en busca de consuelo y consejo. Sin pizca de vanidad, amante de esa vida de la que ahora se ausenta y que deja un vacío difícil de sobrellevar para quienes nos considerábamos parte suya, aquella falta sin fondo de la que habló César Vallejo cuando perdió a su hermano Miguel.
No asistí a sus funerales. Creo que no hubiera podido soportar verlo partir en un ataúd que lo separa definitivamente de lo vivido y le impedirá volver a tocar a mi puerta con una botella de vino o algún ramo de flores. A tratarme de usted, como acostumbraba hacerlo, medio en broma y medio en serio porque le gustaba establecer corteses distancias.
Escribo estas palabras con la sensación de que nunca más las fiestas y tertulias volverán a ser como antes; de que sus libros no serán suficientes; de que él se ha ido para dejarnos envueltos en este silencio abisal que ni siquiera me permite rendirle en esta pequeña crónica el tributo que se merece.
