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La realidad profetizada de los mayas

Fernando Padilla González, 12 de septiembre de 2013

 

Cómo llegar al cosmos ha sido una constante para los astrónomos en la modernidad, sin embargo, la literatura ha encontrado medios más simples nacidos de la imaginación. Cuántas cosas les servían a los personajes de cuentos, leyendas y novelas de ciencia-ficción para volar a la Luna, al Sol y a las estrellas. A la luz de un libro de cama, no pocos en su niñez alimentaron sueños de elevarse al espacio cósmico montados en un ave de vistosos colores; mediante una férrea cabina atraída por un imán, o quizás con tan solo unir la Tierra y la Luna por medio de un gran cilindro por el cual caminarían de un lado a otro.

Otros más ingeniosos como el científico Cavor, de la novela Los primeros hombres en la Luna del escritor H. G. Wells, proponía recubrir su nave con la misteriosa sustancia llamada cavorita y así eludir la fuerza de gravedad terrestre. Por su parte, en la historia que cuenta De la Tierra a la Luna, del francés Julio Verne, los tres nautas: Nicholl, Ardan y Barbicane colocaron su nave en el interior de un enorme cañón, el cual debía proyectarla.

La conquista del espacio ha sido un sueño latente desde los comienzos de la humanidad. Pictogramas, ideogramas y psicodramas —primeros testimonios del espíritu creador presente en casi todas las regiones del planeta— dan fe cómo hace 15 mil años, los hombres del Paleolítico superior plasmaron sobre el abrigo rocoso de las catedrales prehistóricas de Altamira (España) y Lascaux (Francia) sus visiones acerca de su interrelación con el cosmos, espacio divino concebido en varios niveles a los que correspondían mundos superpuestos o paralelos.

Los acontecimientos en las comunidades estaban condicionados por poderes que habitaban alguno de esos otros mundos, hacia los que “viajaba” el chamán con el sentido práctico de curar a los enfermos, obtener abundante caza, provocar la lluvia en regiones áridas o simplemente, restablecer el equilibrio perturbado por los malos espíritus. El chamán fue el primer “astrónomo” en tornar su mirada a los cielos en busca de respuestas.

La comunicación con el Universo estuvo presente en las más variadas civilizaciones de la antigüedad. La divinidad propiciaba el contacto con el más allá, en una experiencia espiritual emprendida por los místicos desde tiempos inmemoriales, evidencia innegable pero irreducible al entendimiento, pues se refería a una realidad que escapaba al espacio y al tiempo, a una vida alentada por la eternidad, vinculada al todo como al más íntimo y esquivo secreto de la racionalidad. Los dioses eran entendidos como soplos del universo, elemento vital de la fuerza cósmica en la que descansaba el equilibrio natural.

El desarrollo de saberes como las Matemáticas y la Geometría, puestas al servicio de la observación celeste, permitió acercarse a fenómenos como solsticios, equinoccios, eclipses… Para estos efectos se construyeron observatorios astronómicos, entre los que sobresalían: Stonehenge (Inglaterra), Carnac (Francia) y Uaxactum, este último uno de los 18 observatorios pertenecientes a la sociedad maya en la América prehispánica de los siglos VI y VII, cuyos sacerdotes astrónomos en el “congreso científico de Xochicalco”, lograron establecer el calendario de 365 días, mucho más preciso que el promulgado nueve centurias después (1582) por el papa Gregorio XII.

El fomento de la ciencia entre la casta gobernante e ilustrada maya permitió el surgimiento y desarrollo de una cultura de alta organización social. Las ciencias astronómica y matemática tributaron a la tecnología y a la metodología, aplicadas a la concepción urbana de sus ciudades, los períodos para las cosechas y el conocimiento marítimo que les permitió no solo el desempeño de la pesca, sino también del comercio y de la navegación continental.

Tales aseveraciones resaltan a la vista tras la lectura de la obra Entre la tierra y el mar: la sociedad maya, compendio de los estudios realizados durante varias décadas por el Doctor en Ciencias Históricas, investigador y docente mexicano Delfín Quezada Domínguez. Publicado en nuestro país por la Fundación Fernando Ortiz, con el apoyo del Colegio Yucatanense de Antropólogos, el volumen se estructura en seis capítulos, en los que el especialista hace una aproximación a la sociedad maya prehispánica a partir de la relación entre comunidad social y naturaleza.

La aplicación de los conocimientos científicos en aras del bienestar de la comunidad es analizada desde los prismas de la geografía, el medio ambiente, las tierras bajas destinadas a hábitats agrícolas y los recursos marino-litorales.

Entre la tierra y el mar: la sociedad maya, por vez primera en la historiografía precolombina, se adentra y dedica un enjundioso estudio al estrecho vínculo que existió entre la sociedad maya y los mares circundantes. El segundo capítulo de la obra se consagra a revelar una serie de factores inéditos acerca de las potencialidades marineras y de producción pesquera de la antigua civilización. Fuente inapreciable de alimentación para los mayas, la pesca fue practicada en toda su extensión: marítima-litoral, de profundidad, fluvial y de cenote.

El capítulo siguiente está dedicado a otro tema poco sondeado por los historiadores: la sal como un recurso económico social, base de sus relaciones comerciales con el resto de las comunidades de la zona norte, centro y sudamericana. Valor añadido para el acápite que sobre la temática citada trae a colación el autor, en el cual expone no pocas referencias etnohistóricas, etnográficas, lingüísticas y arqueológicas sobre la importancia de la sal en la costa yucateca.

Una vez sumergidos en la dinámica de vida de los mayas, su relación con el mar y la aplicación de los conocimientos matemáticos y astronómicos a las pesquerías y salidas de navegación, Delfín Quezada se detiene a dilucidar o complementar la cosmovisión al interior de las ciudades rodeadas por espesas formaciones boscosas y el respeto por el balance ecológico de las zonas de hábitat.

Llama la atención en los capítulos finales de Entre la tierra y el mar: la sociedad maya cómo emerge la sabiduría ancestral de esta civilización, en la que el rastrojo o sistema de vegetación de rebote, los huertos domésticos o familiares, el uso de plantas tubérculas y el cultivo del maíz dialogan con la explotación sostenible de los recursos marinos y fluviales, la pesca tierra adentro o en cenotes, para conformar una estructura compleja social, sobre la base de la ciencia, la misma que les permitió erigir la cara más conocida de esta civilización, la arquitectura, hoy testimonio del rico legado de una cultura que no deja de sorprendernos en plena modernidad, y que a la luz de sus profecías nos manifiesta cuán extenso aún es el camino que la humanidad ha de seguir en busca de una sociedad armónica y en plena sintonía con el universo.  

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