De la traducción y la revisión de textos literarios (I)
En las dos últimas ediciones de la Feria Internacional del Libro de La Habana, por iniciativa del Instituto Cubano del Libro, se ha venido celebrando el saludable y provechoso Encuentro de Traductores y Editores que, en febrero de 2014, conocerá una tercera convocatoria. El evento ha evidenciado que, cuando se trata del arte final para la publicación de obras de autores extranjeros traducidas en nuestro país, es necesario conferir cabal significación a la labor del traductor y el revisor/editor, insoslayable binomio de la cadena editorial.
En paralelo a la práctica profesional, integrar la comisión que organiza estos encuentros y haberme desempeñado ininterrumpidamente durante casi cuarenta años, en Cuba y en otros países, en la docencia de la traducción general y especializada y en la interpretación en todas sus modalidades, me ha proporcionado cierta visión sobre los vericuetos de la tarea vinculada al uso profesional de la lengua. Por modesta, incompleta e imperfecta que sea esta perspectiva, me brinda la posibilidad de intercambiar con mis colegas de la revisión, la edición y la crítica.
Para no carecer de un marco teórico-pragmático que incorpore cierto asidero y autoridad a estos comentarios, más allá de mis propias verificaciones en la práctica profesional cotidiana, me he pertrechado con los argumentos de tres autores bien reconocidos que acumulan experiencias en ámbitos distintos: Jean Delisle, uno de los mejores especialistas internacionales en pedagogía e historia de la traducción, Georges Bastin, investigador y director del grupo HISTAL, e Íñigo Valverde, experto del Parlamento Europeo.1 Sin embargo, debo señalar que, de forma explícita, estos autores evitan referirse prioritariamente a los textos calificados como «literarios» por las instituciones culturales cubanas; insisten en señalar que se refieren, sobre todo, a textos «pragmáticos», así clasificados porque, por lo general, tienen una aplicación editorial práctica e inmediata. Tal carácter «utilitario» de la traducción de los textos llamados «pragmáticos», en contraposición con el de los textos que —para mí— son «literarios», tiene que ver con la finalidad con la cual sus respectivos autores los han concebido y con su propio proceso de generación.2
En lo adelante, las consideraciones referidas al carácter literario o pragmático aparecerán bien señaladas y delimitadas. Ambos géneros ocupan su espacio en la edición y la cultura cubanas y, al ser objeto de revisiones en nuestras editoriales, por derecho propio tienen cabida en los Encuentros de Traductores y Editores.
Aproximación a los conceptos de revisión y error de traducción
Voy a partir de categorías muy generales para ir, poco a poco, decantando ámbitos, géneros y tipos de textos. Claro que nunca insistiré suficientemente en que no es lo mismo revisar traducciones literarias que traducciones documentales o científico-técnicas. Desde un principio deberá establecerse que, así como para el traductor el acercamiento a estos discursos no puede ser jamás el mismo, el desempeño y los criterios del revisor tampoco pueden ser iguales de cara a uno y otro producto.3 No es en absoluto sorprendente. Basta adentrarse un poco en los entresijos de este quehacer —no por gusto la traducción literaria es la tipología que más cuestionamientos ha provocado al establecer criterios de real viabilidad—. Procedo, pues, por partes y con mucho cuidado, para intentar deslindar «territorios».
En opinión de los colegas del Parlamento Europeo,4 se le llama revisión a la «acción de examinar algo, estudiarlo con el fin de comprobarlo y, si procede, modificarlo o enmendarlo».5 Y, según Cruces Collado, «de modo genérico se puede definir el error de traducción (aquel que se detecta en un texto, en tanto que traducción) como una ruptura de las reglas de coherencia de un TT (texto traducido), sean estas de tipo gramatical, de combinabilidad léxica, congruencia semántica o de conformidad al conocimiento del mundo y de la experiencia acumulada».6
De estas aproximaciones, desgajo nociones que juzgo consustanciales al tema. La primera: calidad y revisión van de la mano. La práctica de la revisión como complemento de la traducción, según Bastin y Delisle, «desarrolla el sentido de la observación, del detalle y del matiz»,7 y hace tomar conciencia del rigor intelectual que exige interpretar y reformular un texto generado en otra lengua y en otra cultura:
La verificación por parte del traductor, por más cuidadosa que sea, no basta. La experiencia demuestra que es difícil de detectar, cuando se relee, las faltas de distracción cometidas mientras se traduce, y todavía más las faltas de ortografía (¡esto pasa!). Es por esta razón que los textos traducidos suelen ser verificados por un revisor. (Independientemente de si son literarios o no. Nota de la Autora). En el caso de textos muy técnicos, es a veces necesario recurrir a un experto que sólo verifica el fondo del texto.
El papel del revisor consiste en garantizar la exactitud de la traducción y también su calidad estilística mejor que el traductor, el revisor puede prever cuál será la reacción del destinatario (…) Está, pues, en capacidad de determinar si el producto acabado responde a los criterios de calidad y si tendrá el efecto deseado sobre el «consumidor».8
No obstante, está comprobado que la intervención de un revisor profesional no siempre mejora la calidad del texto; y ocurre con bastante frecuencia cuando de traducción literaria se trata, pues no todo el mundo está permanentemente en condiciones de mejorar el texto traducido. La traducción, que muchos catalogan exclusivamente como «obra derivada», no es un subproducto en la cadena editorial al que únicamente el revisor devuelve su dignidad.
Párrafos atrás, recalcaba con toda intención la frase «si procede». Pareciera como si frenase la afirmación inicial, pero sucede que, a menudo, las opciones elegidas por el traductor de un texto con exigencias específicas, que en muchos casos han sido fruto de su indagación previa, pueden no aparecen tan evidentes para un revisor generalista que opera cotidianamente con cualquier tipo de texto. Un enfoque «minimalista» de la corrección, encaminado a no enmendar sino lo estrictamente necesario y justificado, puede contribuir muy eficazmente a paliar —e incluso eliminar— los posibles efectos indeseables de —y hasta el rechazo por— la intervención del revisor en la atmósfera de un trabajo en equipo. Se trata de un razonamiento que deberá aplicarse a toda intervención encaminada a operar sobre los resultados de un trabajo de traducción que su ejecutor da por realizado.
Es igualmente esencial, entonces, apreciar con ánimo constructivo los aspectos positivos del trabajo en equipo. El traductor no debe entender la revisión como un eslabón de censura sistemática a su trabajo. El revisor tampoco debe realizar su función bajo presupuestos jerárquicos. En la permanente disyuntiva entre ser creativo y ser estricto, se impone llegar a un entendimiento a la hora de asumir responsabilidades, porque cuando es el revisor quien responde por el texto final, por lo regular será el responsable de aciertos y errores; pero cuando solo ha tenido derecho a la sugerencia, toda la responsabilidad pasa al traductor. Ni una solución ni otra resultan buenas si se adoptan como criterios absolutos. Insisto en la necesidad de realizar un trabajo de equipo, donde prime un reconocimiento respetuoso de las competencias y razonamientos de ambos eslabones.
«¿Qué se espera de mí…?, ¿qué puedo cambiar y qué puedo dejar…?», se pregunta siempre el traductor novel. «¿Me limito a examinar los originales y a traducirlos sin más, juiciosamente?»
En uno de los párrafos iniciales, destaqué que los traductores y los revisores están entre los responsables de la vida social de las palabras porque sus responsabilidades atañen justamente al poder que ejercen sobre ellas, pues logran que las cosas existan cuando les dan nombre. Es con este ánimo que Delisle y Bastin insisten en que, para traducir correctamente, no es suficiente poseer competencia lingüística, enciclopédica y de comprensión: se requiere, además, una competencia de reexpresión, porque la reformulación de un texto ajeno exige que el traductor posea aptitudes para la redacción y hasta una vena poética en el caso de los traductores literarios.9 Dicen estos autores que «El talento creativo del traductor no se manifiesta como el del escritor, a través de cierta subjetividad en el discurso estético; más bien adopta la forma de una sensibilidad aguda ante las ideas y la de una gran habilidad para reexpresar estas ideas en otro texto. Y para ello, el traductor gozará de una relativa libertad en lo que concierne a la elección de los medios lingüísticos».10
Un tema de traducción que no se calce con ejemplos ilumina a medias. La traducción revisada se convierte en un lugar de observación único, porque propicia que una relación de meros ejemplos se articule en un sistema coherente. De todas maneras, y para terminar, aprovecho el contexto general de este y próximos trabajos conexos para alertar sobre algunas recurrencias elocuentes extraídas de revisiones reales:11
Notas:
1- Diplomado en la Sorbonne Nouvelle (París III), Delisle es profesor titular de la Universidad de Ottawa desde 1974. Doctorado en traductología en París III, Bastin fue profesor de la Universidad Central de Venezuela durante 19 años y desde 1998 imparte clases en la Universidad de Montreal. Por su parte, Valverde coordina el grupo de trabajo creado en los servicios de traducción y documentación del Parlamento Europeo para actualizar los objetivos encaminados a mejorar la calidad de las traducciones generadas en esa instancia. Los resultados del trabajo de los dos primeros se compilan en J. Delisle y G. L. Bastin: Iniciación a la traducción. Enfoque interpretativo. Teoría y práctica, col. Estudios, Universidad Central de Venezuela —Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico y Facultad de Humanidades y Educación—, Caracas, 2006, 291 pp. (Objetivo 15 y siguientes: «Revisar una traducción», pp. 239-274), y los del grupo de revisores que lidera Valverde se describen en Í. Valverde: «Algunas consideraciones sobre la revisión», en Punto y Coma. Boletín de los traductores españoles de las instituciones de la Unión Europea, no. 117 —número especial—, marzo/abril/mayo de 2010, pp. 34-38.
2- En su Diccionario de uso del español, María Moliner señala que el término «pragmático» se aplica «a aquello que reporta un provecho material inmediato en que predomina el aspecto útil».
3- Gideon Toury llega más allá: señala que hay diferencias entre textos considerados literarios en la cultura del original y textos que se consideran literarios en la cultura meta. Véase G. Toury: «“Translation of literary texts” vs. “literary translation”: A distinction reconsidered», en S. Tirkkonen-Condit y J. Laffling (eds.): Recent Trends in Empirical Translation Research, Joensuu Yliopisto, Universidad de Joensuu, 1993, p. 12.
4- Estos especialistas laboran en uno de los ámbitos más multilingües del mundo, generando textos que pueden ser leídos y juzgados por millones de personas, y donde la revisión es uno de los filtros indispensables para garantizar la calidad.
5- Í. Valverde: op. cit., p. 34. Las cursivas son mías.
6- Véase Cruces Collado, en M. Baker y G. Saldanha (eds.): Routledge Encyclopedia of Translation Studies (2 ed.), Routledge, London/New York, 2011, p. 814.
7- Delisle y Bastin: op.cit., p. 240.
8- Aunque el párrafo aparece referenciado como de la autoría de P. A. Horguelin, no trae más datos bibliográficos; apunto pues, únicamente, de donde lo he tomado: Delisle y Bastin: op. cit., p. 241.
9- En este párrafo reformulo, con mis palabras, lo expresado por los autores (op. cit., p. 248).
10- Ibíd., pp. 248-249.
11- Muchos de ellos compilados por Francisco Muñoz Guerrero en «Reflexiones sobre el oficio del traductor», Punto y Coma, no. 117, marzo/abril/mayo 2010, Luxemburgo, p. 54.
