Colón según Carpentier
Alejo Carpentier nació en La Habana en 1904 y murió en 1980 en París, donde era embajador de Cuba. Fue un intelectual muy completo que se desempeñó como periodista, ensayista, musicólogo y novelista. Su obra influyó notablemente en la literatura latinoamericana por su estilo peculiar y porque en ella incluyó cosas asombrosas y mágicas, mitos y religiones, de nuestra América, de todo lo cual fue testigo excepcional y que definió como “lo real maravilloso”.
Entre sus novelas destacan: El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953), Guerra del tiempo (1958), El siglo de las luces (1962), Concierto barroco (1964), El recurso del método (1974), El acoso (1976) y La consagración de la primavera (1978). Fue, además, merecedor del premio “Cervantes”.
Mi encuentro con Carpentier
Fue hace muchos años, en la presentación de una de sus obras en el “Sábado del Libro”, tertulia literaria que se celebraba al mediodía en la amplia acera de la “Moderna Poesía” que daba hacia la calle Obispo. Pasé por allí a la salida de mi trabajo y, tímidamente, ocupé una de las sillas “de tijera” para escuchar a aquel escritor del que tanto me habían hablado. Fueron sus palabras breves y sustanciosas –-ese detalle sí lo recuerdo bien— pero solo podría repetir una frase que, pronunciada en su acento francés, adquiría una mayor sonoridad: “Antes yo era un escritor solitario, ahora soy un escritor solidario”.
A partir de ese momento me hice el propósito de leerme sus libros, aunque confieso que, para hacerlo, necesitara tener a mano un diccionario de nuestra lengua y otro francés-español. Y no lo digo en realidad con espíritu crítico, al contrario, todo eso me resultó un manantial de cultura.
Dentro de sus libros hay uno que leí con gran placer, pues es donde Carpentier dibuja los caracteres y las situaciones con un fino pincel de humor, se trata de El arpa y la sombra, novela publicada por la editorial Letras Cubanas en 1979, donde, basándose en hechos históricos, el autor ridiculiza los intentos de canonizar a Cristóbal Colón. Quiero hacer partícipe a quienes esto lean de mis comentarios con algunos fragmentos de la citada obra.
Donde Colón se hace un examen de conciencia
Entrado ya en el conteo regresivo de los últimos minutos de su existencia terrenal, en espera del confesor que le dará un boleto de primera clase para el viaje de su alma a través de un “pasaje a lo desconocido”, Colón elucubra sobre misterios de la vida y de la muerte, llegando a la “conclusión” de que sobre el tema ¡no hay conclusión! He aquí cómo Carpentier enfoca este aspecto del circunloquio del Almirante:
Pero recuerda que, con tales cavilaciones estás faltando gravemente a las reglas espirituales de tu orden, adversas a toda pregunta huera, a toda modesta conjetura. Recuerda, marinero, las palabras que se enmarcan en una losa hollada a diario por los fieles en el máximo santuario toledano:
AQUÍ YACE:
POLVO
CENIZA
NADA
Como aquella vez un día de enero, en el fragor de una tormenta, una voz suena –-clara y grande, lejana y próxima a la vez— en tus oídos:”Oh, estulto y tardo en creer y en servir a tu Dios, dios de todos. Desque naciste, Él tuvo de ti muy grande cargo. No temas, confía: todas tus tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa”.
Hablaré pues, lo diré todo.
El Almirante Lujurioso
A continuación relata el autor de la novela el circunloquio de Colón referido a su actuación en la Tierra, donde incluye hechos bastante pecaminosos. Veamos.
De los pecados capitales, uno solo me fue siempre ajeno: el de la pereza, porque en cuanto a la lujuria, en lujuria viví, hasta que de ella me libraran afanes mayores y el solo nombre de Madrigal de las Altas Torres –-palabras que se me juntan en imagen de linaje, hermosura, regia epifanía, supremo objeto del desear— llevara mi ánimo a tal obcecación que hasta en la forma de montañas que los cristianos contemplaban por vez primera encontraba yo un parecido con otras formas que se me pintaban, con pálpito y saudade, en lo más secreto de mi memoria…
(…) y como el vino enardece la sangre e incita a culposas apetencias, no hubo lupanar mediterráneo que no conociese de mis ardores mozos, cuando para gran pesadumbre de mi padre, me dio por irme a la mar… Caté las hembras de Sicilia, Chio, Chipre, Lesbos, y otras islas más o menos amulatadas, mixtas de moros mal conversos, cristianos nuevos que siguen sin probar carne de cerdo, sirios que se persignan ante todas las iglesias sin que acabe de saberse a qué parroquia se arriman, griegos que venden la hermana por unas horas, a llamada de campanilla, traficantes de todo, sodomitas o bujarrones cuando les viene en cuenta; calé las hembras que, antes del trato, tañían la sambuca y el pandero; las “ginovesas” que, venían de alguna judería, me hacían un guiño cómplice al tentarme el rejo; las de ojos alcoholados, que bailando, hacían bailar mariposas tatuadas sobre sus vientres; las otras –-moras casi siempre— que se guardaban en la boca las monedas dadas para defender la lengua propia de lenguas intrusas, y las que juran y perjuran que vistas de espaldas siguen siendo mozuelas, a menos que alguna generosidad apreciable las lleve a entregar, insigne favor, aquello que jamás entregaron a nadie; y, las alejandrinas, encaladas, arreboladas y repintadas como mascarones de proa –-como las difuntas retratadas en las tapas de los sarcófagos de aparato que aún se usan en su país--; y las de todas partes que de tanto gemir que se desmayan, y que las matas, y que ya están muertas, y que como tú, nadie, te acaban en tres respingos y tres culebradas, mientras se curan del aburrimiento ensartando las cuentas de un collar por encima de tu lomo atareado en promover un gozo –-tan bien pregonado que se pagaría por solo verlo…
(…) porque creo recordar que si el Rey Salomón fue sabio por sus salomónicas sentencias y muy avisado gobierno, fue sabio también en allegarse con aquella –-nigra sum— cuyos pechos eran como racimos de uvas –-de las negras e hinchadas uvas que nacidas en flanco de montaña, en aires de mar, dan el vino fragante y espeso que, después de bebido, deja su huella sabrosamente pintada en los labios relamidos…
Colón repasa mentalmente su odisea
Como el confesor no acaba de llegar Colón hace un periplo mental sobre los trabajos que pasó para financiar sus travesías marítimas y lo que sucedió al llegar a “Las Indias”. Veamos algunos fragmentos de esta parte de la obra.
(…) Pero, como sin hembra –aunque para otras cosas-- no puede estar el hombre fue entonces que me puse a vivir con la guapa vizcaína que habría de darme otro hijo. De matrimonio no hablamos, ni yo lo quería, puesto que quien ahora dormía conmigo no estaba emparentada con Braganzas ni con Medinacelis, habiendo de confesar, además, que cuando yo me la llevé al río por primera vez, creyendo que era mozuela, fácil fue darme cuenta que, antes que yo, había tenido marido. Lo cual no me impidió, por cierto, recorrer el mejor de los caminos, en potra de nácar, sin bridas y sin estribos, mientras mi hermano Bartolomé iba a armar mi tinglado en Inglaterra.
(…) Y a las dos de la madrugada del viernes, lanzó Rodrigo de Triana su grito de: “¡Tierra!” “¡Tierra!” que a todos nos sonó a música de Tedeum…
(…) En eso me vino Rodrigo de Triana a reclamar su jubón de seda, prometido como premiación a quien divisara la tierra. Díselo en el acto, con gran contento, pero el marino quedaba ahí, como esperando algo más. Luego de un silencio, me recordó la renta de diez mil maravedís, acordada por los reyes, además del jubón. –-“Eso lo verás cuando hayas regresado” –dije. –“Es que…” --“¿Qué?” --“¿No podría Vuestra Merced, señor Almirante, adelantarme alguna monedilla a cuenta?” --“¿Para qué?” --“Para irme de putas, y con perdón… hace más de cincuenta días que no obro” --“¿Y quién te dijo que hay putas en estas tierras?” --“A donde llegan marineros siempre hay putas.” --“Aquí no valen monedas, que en estas tierras, según tengo entendido por los relatos del veneciano Marco Polo, todo se paga con pedazos de papel del tamaño de una mano, donde se estampa el cuño del Gran Khan…”
(…) ¡No, Rodrigo! ¡Te jodiste! ¡Me quedo con tus diez mil maravedís de renta! Yo también pude gritar “!Tierra!” cuando vi. las candelillas . Podía haber gritado antes que tú y no lo hice (…)
(…) Porque ahora sí que encontraba reyes –-unos reyes que aquí llaman caciques. Pero eran reyes en cueros (¡quién puede imaginar semejante cosa!), con una reinas de tetas desnudas y para taparse lo que con mayor recato se oculta la mujer, un tejido del tamaño de un pañizuelo de encajes, de los que usan las enanas que en Castilla se tienen en los castillos y palacios para diversión de niñas de noble linaje. (¡Cortes de monarcas en pelota!) reyes que en vez de lucir púrpuras imperiales, traían, por toda gala, un exiguo tapa-cojones.
Nada, todo parece indicar que Colón no era tan santo.
