El aire de Galindo
Cuando Yamil Díaz compiló todo lo publicado por Carlos Galindo Lena –sumándole además lo inédito que pudo salvar– y con el subtítulo de “Poesía reunida” esquivó elegantemente el peligro de calificar como “Poesía completa” al volumen El aire del soldado (Ediciones Unión, 2012), se valió de un ardid comunicativo que, a mi modo de ver, le confiere coherencia a ese cuerpo único que debe ser cualquier libro de poesía, bien se trate de un poemario individual o de una sumatoria poética de las que se suelen preparar bajo cualquier rótulo. Aunque parezca absurdo, si atendemos a lo irregular de la cronología creativa de ese gran poeta que fue Galindo Lena (Caibarién, 1927-Santa Clara, 2003), a esta –pese a todo– amplia y rica muestra, le hubieran encajado perfectamente también los calificativos de “Poesía completa" o “Poesías escogidas”.
Se trataría, sí, de “Poesía completa” si nos atenemos a que no se desecha nada de lo publicado, ni de lo inédito que el compilador consideró de valor. Se trataría, también, de “Poesías escogidas”, solo que –a diferencia de las drásticas renuncias borgianas– no estaríamos ante unos descartes hechos por el autor con exceso de exigencia, sino por un azar al que la aparente desidia temporal del poeta le legó un buen voto de confianza para “escoger páginas”, acaso nunca escritas, tal vez escritas y perdidas. O quizás solo pensadas en años de contemplación y renuncias.
Yamil, en sus “Apuntes para un prólogo”, nos alerta:
A Carlos Galindo Lena se le han extraviado cientos y cientos de poemas. Puede, tranquilamente, pasarse veinte años sin publicar un título (…) O enviar al extranjero la única copia de uno de sus cuadernos (…) A fuerza de regalar sus libros, a veces se ha quedado sin un solo ejemplar de sus poemarios.
Este tipo de libro, que nos “describe” la trayectoria vital y creativa de un poeta, si se lee de un tirón y atentos a una especie de dramaturgia intrínseca, soporta que lo asimilemos como testimonio, libro de memorias o novela autobiográfica, solo que para ello, en este caso, necesitamos sumar los significados, contextos, cánones estéticos expresados o sugeridos por Galindo en sus poemas, con las agudas observaciones del prologuista-compilador, las no menos lúcidas del epílogo de Jesús David Curbelo y los juicios –citados in extenso en notas– de Carmen Sotolongo, con lo cual obtendríamos como resultado “un libro que parece un hombre” –expresión que pido prestada a otro gran poeta: Rafael Alcides.
Si continúo aplicando la lógica de la narrativa a este libro que se me antoja leyenda, no estamos ante una novela a la que le faltan uno o varios capítulos, pues tras su lectura quedamos con la impresión de enfrentar un volumen perfectamente cerrado. Los años de silencio del poeta se llenan con el subtexto que son los años de su vida, sus actitudes, sus dudas y reafirmaciones, narradas testimonialmente, o evaluadas en los paratextos ya mencionados.
Pudiera parecer disparatada la afirmación anterior, pero con ella pretendo elogiar las intervenciones de esos documentos complementarios para configurar, simultáneamente con el discurrir de la poesía, una especie de trama (¿romántica?) donde el protagonista, pleno de contradicciones por lo general enriquecedoras, proyecta la imagen del hombre que se relacionó con la poesía como con una amante a la que unas veces se le acaricia con ternura y otras se le abandona con conciencia –dolosa o culposa, imposible saberlo– en pos de objetivos vitales o sociales que le parecieron más elevados. Es de esa forma que podemos leer la larga fuga temporal de la poesía que protagonizó Galindo (no publicó y al parecer no escribió poesía entre 1964 y 1984) como producto de una dicotomía que tiró de él en varios sentidos, para situar en aparente pugna al poeta con el miliciano (en los tiempos iniciales de la revolución) y con el pedagogo. Y si digo “aparente” es porque la superposición de significantes que se consigue con El aire del soldado, deja clara la integración de esos tres elementos en uno solo: la poesía, crisol donde se sintetizan, definitivamente energizados, todos los destinos mesiánicos que el sujeto lírico persiguió.
Carlos Galindo Lena comenzó su bibliografía con Ser en el tiempo (1962) y la concluyó con Vientos de cuaresma sobre la piel del mundo (2001). Tras la publicación del primero vino Hablo de tierra conocida (1964), y no es hasta 1988, con Mortal como una paloma en pleno vuelo (premiada en 1984) que vuelve a dar noticia editorial. Luego asistiríamos a la apoteosis de una trilogía que tanto Yamil como Curbelo y Sotolongo consideran la etapa de mayor madurez de su poesía; se trata de los libros: Rosas blancas para el Apocalipsis (1991), Últimos pasajeros en la nave de Dios (1996 y 2011) y Aún nos queda la noche (2001). De Vientos de cuaresma sobre la piel del mundo Yamil Díaz opina que es un libro que acusa un descenso de calidades, razón por la cual queda al margen de la periodización que esa introducción propone. Aunque coincido con Díaz Gómez en su apreciación sobre ese cuaderno al compararlo con el resto de la obra de Galindo, si hago abstracción de esa trayectoria y miro al conjunto de manera individual, lo sitúo por encima de la media de calidad de buena parte de la poesía publicada en Cuba en las últimas décadas.
Yamil considera que la poética que se aprecia en El aire del soldado consta de tres etapas: los dos primeros libros conformarían la primera; a la segunda la representa solo Mortal como una paloma en pleno vuelo, y la tercera agrupa la trilogía arriba detallada. Interesante y acertada periodización, con la cual coincido.
Contrario a lo que piensan los estudiosos implicados en este proyecto, ateniéndome solo al gusto personal y a mis preferencias por una poesía donde sea visible el vínculo isotópico con una realidad visible y terrestre dentro del despliegue de “constelaciones metafóricas” que acertadamente Carmen Sotolongo observa en la poesía de Galindo, yo situaría al libro Mortal como una paloma en pleno vuelo1 en la cúspide de esa poética. Y no por ello pienso que en los posteriores haya una caída estilística, o de ninguna índole, sino que su inclinación hacia la religiosidad, a un pertinaz misticismo que lo empuja a filosofar constantemente sobre el sentido ontológico de la existencia, con Dios como centro y el concepto de justicia omnipresente, lo colocan en un ámbito creativo más cerebral, con el acento sentencioso intensificado de forma que, por momentos, se pudiera experimentar un cierto cansancio retórico frente al tono, concluyente, salomónico, sobre todo en los versículos que el poeta intercala a manera de aforismos. Poemas como “Mañana el guerrillero”, o “Cementerio hebreo”, para citar solo dos de la trilogía, descuellan dentro de ese contexto por su vínculo con experiencias o vivencias humanas concretas.
En Mortal como una paloma en pleno vuelo se unen, para mi complacencia de lector, vivencias y reflexiones cuya interacción dialéctica sobresale (arriesgo la opinión) entre la mayoría de los poemarios emblemáticos de muchos libros coetáneos que, en opinión generalizada de los críticos, marcaron pauta. Galindo, como apunta Jesús David Curbelo, fue un poeta con poca suerte frente a la crítica y los compiladores de antologías. La existencia de El aire del soldado ahora, y de Mortal como una paloma en pleno vuelo antes, a la luz de hoy, obliga, creo, a una re-jerarquización de la generación poética donde Galindo quedó expuesto de modo tan discreto.
Cuando leemos poemas como “Bueyes de la infancia” o “Guasindia (West Indies Ltd)” la fuerza de lo vivido se equilibra con la fuerza de lo reflexionado, y la carga connotativa se desplaza hacia lo emotivo con una maestría encomiable. Veamos como ejemplo “Guasindia”:
Los carros de la miel tenían negro el corazón de sus vientres caían
como una lluvia negra lágrimas que venían de lejos de un central
remoto
donde junto a la caña roñosa y pensativa se molían la entrañas
del hombre
Barrio gris de pestilencias y trenes sin olvido
donde otrora las putas vendían la fiebre de sus sexos
sus hambres
sus nostalgias
la incomprensible inocencia de sus cuerpos
Y los chicos del barrio llamados por aquella miel espesa
purgada ya y sin embargo
tenazmente manchada por la sangre
nos poníamos ansiosos al milagro de chupar
la ternura del mundo
leche negra
pezones de una bestia fabulosa
posada sobre los cansados rieles de la noche
El mar gritaba entonces el nombre de la pena
Guasindia pobre barrio bajado hasta la infamia
El rumor de los trenes escupía en la noche el nombre atroz
mal dicho así por las gaviotas
por los manglares de pantanoso abrigo
por las hermosas negras de la dulce tristeza
Viejo barrio que hoy lleva un ruiseñor en las entrañas
los niños cruzan como ayer tus calles blancas
pero en sus manos una rosa tiembla
y el azul de la patria les cabalga desde el cuello hasta la frente
Cuando marco mi preferencia por un libro específico dentro de una compilación tan coherente, corro el riesgo de que los lectores de estas líneas piensen que devalúo de alguna manera los otros, por tal razón me preocupo por dejar claras algunas cuestiones. En primer lugar, como ya avisé antes, estamos ante una compilación inteligentemente comentada que refleja, en toda su dimensión la obra de un gran poeta, quien como todo artista excepcional, tiene sus momentos cimeros y otros (pocos) de menos intensidad, pero en ninguno de ellos su grandeza merma. En Mortal como una paloma en pleno vuelo de alguna manera, siento que como eyección se vertieron las esencias poéticas que Galindo calló en el largo período precedente, tras la publicación de Hablo de tierra conocida. Es, quizás, el más ecléctico de sus libros. Y donde para mi percepción aflora de manera más impactante su singularidad poética.
Los tópicos más interesantes y frecuentes en su obra son los que se relacionan con el concepto de la justicia, con el mar, con el amor, con las grandes personalidades de la cultura, y con la existencia de una arcadia utópica o idílica –unas veces el pueblo natal, otras el concepto Dios–; con la inocencia: expresada de manera excepcional en la relación pragmático-afectiva entre el hombre y los animales, de lo cual serían ejemplos notables, entre otros: “Venid a ver la bestia”, “Cementerio hebreo” “Mañana el guerrillero” y “Paisaje con caballos”. De este último transcribo un notable fragmento. Los caballos galopan por la tierra / con una premonición en su mirada. / Sus cascos parten en dos el templo, el tiempo, / la rosa de tu espíritu. / Los caballos no deben a los hombres más que sus heridas. / (…) / Los caballos han hecho de los templos sus establos, / les rezan a sus yeguas con las poderosas razones de su especie / (…) / Estos tataranietos de los potros de Atila no esperan nada del pasado, / y desconfían de los hombres vacíos del presente.
El hombre como dador de la muerte queda marcado en esta compilación como una de las grandes angustias del poeta. La muerte o el maltrato dados al animal –a veces llamado “la bestia”– y la muerte dada a otros hombres, de ahí que la idea contenida en el poema “Justicia”, de uno de sus libros iniciales, donde proclama: El aire del soldado es siempre un aire triste / Porque dar muerte / O recibir la muerte es siempre triste / Doloroso oficio de los hombres, sea tan parecida –aunque parezca opuesta a la luz de una lectura política– a algunas expresadas en Mortal como una paloma en pleno vuelo en los poemas “Al tomar el fusil” (Al tomar el fusil como un enjambre de estrellas en la noche / yo coloqué mi vida sobre las huellas de mi hermano / No es fácil creer en la lógica de la muerte / Mi hermano está muerto como un leño sobre la tierra herida / y mi deber es darle vida incorporarlo a mí / con toda la potencia de mi alma y de mi sangre / El fusil que envejeció en sus manos es ahora mi fusil). Y “El ser de la batallas” (El ser de las batallas es solamente un hombre / una presencia absoluta donde mueren los jeroglíficos del tiempo / las entidades del exilio / Porque ante la muerte no vale el fingimiento / queda la paloma del antiguo esplendor / la nada es solo un saco de cieno / porque el hombre se realiza con la muerte. Esa inconformidad ante la muerte y ante el papel de victimario del ser humano brota en toda la poesía de Carlos Galindo Lena, tanto en sus poemas más “terrenales” como en los más “místicos” o de reflexión ontológica.
El vigor de la poesía amatoria de Galindo también es notable: la amada es la dialogante ideal de muchas de sus mejores líneas, como lo demuestran, por ejemplo, “Reverencio la rosa de tu ser” (Cuando el sol abandona tus brazos yo estoy en ellos / Para salvar al hombre basta tu vegetal presencia / Los perros se detienen a mirarte como la pasajera de otros mundos / Porque la noche es tuya como es tuyo el secreto de los astros), y, especialmente:
“Así te quiero”
No te amo solo por el rosal que crece en tu jardín
ni por los pájaros que aletean en la tarde de tus ojos
Te amo por la luz que esparces sobre el mundo
Por tu sabia inocencia
Por tu cuerpo que inunda de frescura la desolada rustiquez del mundo
Te amo cuando espantas de pájaros la noche
o cuando vas por la casa repartiendo ternuras
a cada cual un poco de tu alma
tan andariega y tenaz como los mástiles que desafían los vientos de la aurora
Amada la pequeña la íntima la inundada de aromas y de mieles
En tus senos anidan las alondras
y los sagrados jazmines que decapitan los verdugos de la noche
Así te quiero amor llena tu alma de barcos y de trenes
siempre dispuesta a partir donde mi soledad te busca
para juntar tu llama con mi llama y unirnos humildes libres y severos
a la radiante multitud que alienta tu hermosura.
El que Carlos Galindo Lena pasara por la vida literaria cubana sin fanfarrias ni la merecida presencia pública que a su obra correspondería tiene que ver con razones extraliterarias: su propia indiferencia por escalar posiciones en el escalafón “nacional”, el mencionado alejamiento temporal de la poesía, su vida en provincia, la intensidad con que asumió su labor pedagógica durante tantos años, y otras. Esta excelente compilación debe servir para que los estudiosos de hoy y de mañana lo sitúen, por sus calidades y singularidad, en el justo lugar que la corresponde en la Historia Literaria cubana.
Santa Clara, 14 de septiembre de 2013
Nota:
1 Me refiero a los textos que integran el cuaderno con el cual el poeta obtuvo el premio José María Heredia en 1984, tal como los incluye el compilador en este libro, pues el libro que apareciera en 1988 con ese título tuvo pretensiones antológicas y en él se incluyeron textos de otros poemarios del autor.
