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Elemento aire en el imaginario popular

Gerardo E. Chávez Spínola, 24 de septiembre de 2013

El elemento aire, al cual también se le nombra “viento” en muchas tradiciones universales, está asociado a las emociones y los pensamientos; con el soplo primario, la respiración y, a través de esta, vinculado al principio de la vida, así como al alma. Desde el punto de vista filosófico para muchos simboliza creatividad, palabra, inspiración, renovación. Desenvolverse y trabajar en, o con el elemento aire (viento), fortalece y afina la región de los sentimientos; coadyuva a la renovación de conceptos y eleva la percepción emocional. Muchos experimentos y avances de la ciencia, inventos, creaciones musicales y artísticas, se han inspirado en el viento. Cuando aumenta sin control, puede acarrear desastres, como sucede con el resto de los elementos; pero además, puede proporcionar inquietud, alarma y excitación, a quienes carecen del equilibrio interior imprescindible para establecer comunión con él.

En la Grecia del siglo VII a.n.e, se escuchaba del sacrificio de Ifigenia a manos de su padre Agamenón para aplacar los vientos y poder zarpar hacia Troya. Así lo recitaban los cantores épicos, basándose en las grandes epopeyas homéricas. Los marinos vikingos invocaban a Wotan, el dios tuerto que reinaba sobre el viento, y era el guía de los líderes. Los pueblos celtas de la más remota antigüedad, en especial los insulares, interactuaban constantemente con el mar y con Gaeth (para ellos el viento), como navegantes en sus tradiciones hacían referencias a doce vientos: cuatro principales, con ocho subdivisiones. En la mitología de los egipcios, Shu, el dios del aire, engendra al cielo y la tierra. Para el sistema de creencias del hinduismo, lo es Vayú; en las creencias judaicas el aliento de Yahvé designa la creación ininterrumpida del mundo. Ulises recibió los vientos en un odre, del mismísimo Eolo, quien era el rey de estos para los griegos. En el mencionado recipiente estaban encerrados los hijos de este dios, seis hembras y seis varones, quienes, casados entre ellos, constituían los doce vientos. A uno de los argonautas se le ocurrió abrir aquel recipiente, y desde entonces se suceden las tempestades en los mares del mundo.

Ya en el continente americano, entre los toltecas, estaba Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, que era a la vez un personaje histórico y dios del viento, de la vida y del amanecer. Para los aztecas, lo fue Ehécalt. En la mitología de los mayas, lo era Kukulcán/Gucumatz. Así como en la de los incas, lo fuera Virakocha.

De esta manera, nos sería lógico y natural suponer que, entre las tradiciones culturales y las creencias que animan el folclor del archipiélago cubano, el elemento viento acuda también a formar parte irreverente y sagrada al mismo tiempo, según se le mire y sienta cuando sopla por sobre nosotros y en derredor, desde la dulce brisa que adormece y encanta, hasta el horrendo huracán que aniquila y nos destroza.

En la mitología aborigen cubana

Aumatex era el cacique de la tierra de los vientos, soberano absoluto en la comarca donde tenía asiento Guabancex, la Señora de los vientos tormentosos, animadora del huracán.1 También se le conocía como ”la que en su ira todo lo destruye”. Comandaba Guabancex a dos temibles ayudantes: Guataubá y Coatrisquie.

Simbolizaba Guabancex la tormenta. Para los descendientes de arauacos que poblaron el territorio de La Mayor de Las Antillas era una deidad de fuerzas incontrolables y posiblemente ocupara lugar de privilegio en el panteón aborigen, porque, además, era la representación de las aguas turbulentas. Muchas veces se representaba como cemí de cabeza triangular, rostro colérico y ademanes agresivos, mientras su cuerpo era estilizado en un esquematismo simbólico del huracán, en un solo pie.2

Guataubá, representaba al relámpago y el trueno, para ellos era una deidad exclusivamente dañina, aunque no se ha logrado identificar su imagen en la iconografía antillana.3 Era uno de los heraldos o ayudantes de Guabancex, mientras Coatrisquie era el otro, quien en realidad se encargaba del vertimiento de las aguas relacionadas con las tormentas y provocaba, a indicaciones de Guabancex, la furia que inundaba valles y sembradíos. Tampoco su imagen es conocida.4 Aunque existe otra alegoría en leyendas aborígenes que no poseen un claro origen, donde el dios de las tempestades lo era Caorao, cuyo sonido de bajos tonos broncos, era imitado al soplar el cobo, gran caracol de las profundidades de los mares antillanos.

El símbolo aborigen del huracán

Un papel importante parece haber jugado en la simbología de los aborígenes radicados en La Mayor de las Antillas, el símbolo del huracán. Representaciones, que se conservan en el Museo Bacardí de Santiago de Cuba, muestran, vista desde arriba, una cabeza y dos brazos en aspas. Para muchos, es clara la dinámica rotatoria del gigantesco fenómeno atmosférico, que ha sido condensada de manera sublime por los indocubanos con este símbolo. En su obra El huracán, su mitología y sus símbolos (1947), el inolvidable don Fernando Ortiz describe la imagen como, “una cabeza de brazos alabeados, curvos, sin codos, dando idea de movimiento hacia la izquierda, que es el mismo sentido de rotación de las trombas y ciclones, rabos de nube y ciclones”. El sabio cubano con razón pensaba que dicha figura constituía lo más representativo de la simbología de la prehistoria cubana.

Del culto al juracán o Huracán, poco se conoce en Cuba, pero se sabe que era concebido como ser o espíritu maligno y no se hallaba solo circunscrito a las Antillas, sino que se ha encontrado también entre los indígenas de Venezuela; Las Guayanas; la cuenca del Amazonas y más allá.

El vocablo huracán se ha reconocido de procedencia caribeña por la Real Academia de la Lengua Española, pues se menciona como aprendido de los aborígenes, por aquellos primeros escribientes que dejaron sus costumbres para la historia. Según nos relata don Fernando en su ya mencionada obra, el cronista de Indias Pedro Mártir de Anglería cuenta sobre un ritual que viera, donde los indocubanos pedían a sus cemíes protección contra los vientos huracanados, según refiere: “sentados en círculo a modo de teatro, como las revueltas en un laberinto. A la señal del behíque, salían cantando y danzando en sus areítos”. Más adelante refiere cómo le hacían ofrendas, de las cuales llevaban porciones a sus viviendas, con las que ellos creían se encontraban protegidos de los vientos. Sin embargo el símbolo del huracán hallado en petroglifos y segmentos de vasijas en Cuba, tal y como se ha descrito, no se ha encontrado en ningún otro lugar. No ocurre lo mismo con el rostro dentro del círculo que representa la cabeza. Este muchas veces presenta forma de corazón, con las cuencas de los ojos profundas y vacías, la boca extremadamente abierta (aullando), por lo que los antropólogos le describen como una representación cadavérica y, según refiere la investigadora cubana Lourdes Domínguez, del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad, en su artículo “El ídolo de Zayas”5, “dicho rostro es una representación común en toda la lapidaria del Caribe”. 

El solsticio de verano y los indocubanos

En la caverna “La Patana”, ubicada en el territorio de la actual provincia de Guantánmo, existió un petroglifo de aproximadamente un metro de alto, que se cuenta era iluminado por los rayos solares a partir del inicio de la temporada ciclónica, coincidente con el solsticio de verano. Otro muy similar, con las mismas características de iluminación solsticia, se encuentra en una espelunca llamada “Cueva del ceremonial número uno” (también “Cueva de la amistad cubano-húngara”) en la provincia Granma, en el mismo territorio oriental de la Isla, según refirió el arqueólogo cubano Racso Fernández, durante una de sus intervenciones en el “Seminario de la cultura del huracán en Cuba”, celebrado el 10 de marzo del 2009, en La Habana. Este investigador asegura que al mencionado petroglifo el saber popular le ha denominado Atabeira, así como señaló el  hecho que esta cultura tuviese un vocablo identificativo de este fenómeno natural y estas representaciones con tales efectos posicionadas. Era notorio que tenían plena conciencia del fenómeno, que se presentaba a partir de un período y una época determinada. Por tanto, todo indica que, quienes crearon esas tallas con esa forma, poseían el conocimiento necesario para predecir este fenómeno climático.

Entre los cristianos

Entre los textos bíblicos que fundamentan la teología cristiana, al viento se le menciona una y otra vez casi desde el inicio, en: Génesis 1: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”; en Génesis 8:1 “Acordóse Dios de Noé y de todos los animales y de los ganados que con él estaban en el arca. Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y las aguas decrecieron”; en Éxodo 10:19 “Yahveh hizo que soplara con gran violencia un viento del mar que se llevó la langosta y la echó al mar de Suf. No quedó ni una en todo el territorio de Egipto”; en Éxodo 14:21 “Moisés extendió su mano sobre el mar, Yahveh hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del Este que secó el mar, y se dividieron las aguas”; en Números 11:31 “Se alzó un viento, enviado por Yahveh, que hizo pasar codornices del lado del mar, y las extendió sobre el campamento, en una extensión de una jornada de camino a uno y otro lado alrededor del campamento, y a una altura de dos codos por encima del suelo”; en  Samuel 22:11 “Cabalgó sobre un querubín, emprendió el vuelo, sobre las alas de los vientos planeó”; en Eclesiastés 39:28 “Hay vientos creados para el castigo, en su furor ha endurecido él sus látigos; al tiempo de la consumación su fuerza expanden, y desahogan el furor del que los hizo”; en Jeremías 49:36 “(...) y voy a traer sobre Elam los cuatro vientos desde los cuatro cabos de los cielos, y a ellos les esparciré a todos estos vientos, y no habrá nación a donde no lleguen los arrojados de Elam”; en Juan 3:8 “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”.

El padre Las Casas, en su famosa Apologética historia de las Indias (Madrid, 1909), relata cómo el Obispo de Chiapas atribuía los huracanes a la obra maligna de los demonios y los hechiceros. El mencionado autor (Bartolomé de Las Casas) era de la opinión que los nigromantes o encantadores podían causar tempestades, truenos, relámpagos y fenómenos similares, por medio de palabras y sortilegios que los demonios les habían enseñado. A tal punto estaba enraizada tal creencia que en el año de 1502, cuando ocurrió el ciclón que hiciera naufragar la flota donde regresaban a Castilla el Comendador Francisco de Bobadilla, Roldán y otros de la misma ralea, el Almirante Cristóbal Colón temió que le fueran a acusar de haber provocado dicha tormenta con el fin de eliminar a sus encarnados enemigos, que en el pasado le habían mandado encadenado a España.

En las tradiciones populares

Entre las tradiciones de los yorubas en la época colonial se cuenta que temían a los afare Burukú, especie de espíritus malignos de los vientos. También es posible que aún entre los seguidores de las tradiciones bantúes en Cuba exista quienes tienen a buen recaudo los designios de Tata Pancho Kimbúngila (Tata, de padre; Pancho, de Francisco; y Kimbúngila, remolino), quien equivaldría a San Francisco del Huracán, en una traducción poco ortodoxa al idioma español. En la regla de Osha o Santería cubana se tiene a Oyá, quien acostumbra a manifestarse mediante las centellas y los vientos de las tempestades. En el vodú, tal como se practica en Cuba, Agaú es genio de los vientos tempestuosos y el trueno.

Los antiguos descendientes de españoles en la época colonial radicados en nuestra Isla heredaron la costumbre ancestral de hacer nudos a los pañuelos para detener la furia de los vientos. Así como los marinos de aquella época tenían a bien desatar los nudos de las jarcias de sus buques, sobre todo aquellos innecesarios, que por ser contrarios a la naturaleza de las cosas, “amarraban los vientos”, lo que impedía el impulso de la nave. Entre los campesinos de la Isla de Cuba para cortar el “rabo de nube” se colocaba bocabajo en el suelo una cazuela de barro, que representaba la tierra y encima le hacían con ceniza una cruz en el fondo. Se rezaba un conjuro secreto y después le vertían agua a la cruz, la cual, al borrarse, hacía disolverse el fenómeno meteorológico. En algunas comunidades acudían al “Guano Bendito” para espantar las “nubes malas”, pues a las palmitas del Domingo de Ramos, les hacían nudillos en sus lacinias, lo que para ellos producía el efecto de amarrar los vientos. Otros tenían por segura la creencia que al combustionar estas palmas del Guano Bendito, aquel humo sagrado ascendía hasta los nubarrones tormentosos y podía deshacer lo malo en ellos, según nos lo cuenta el ya citado y benemérito Fernando Ortiz, en su artículo “Los rabos de nube en el folclor cubano”.6

La guía detrás del símbolo

Actualmente puede decirse que hemos llegado a estudiar profundamente, comprender, relacionar y divulgar las culturas afrodescendientes enraizadas en Cuba. Instituciones, proyectos científicos y culturales, destacados investigadores, escritores, ensayistas, poetas, artistas y hombres de ciencia, han dedicado su intelecto y esfuerzos en lograr la comprensión que poseemos de ellas. Pero en cambio, pocos han intentado comprender, relacionar y divulgar las culturas aborígenes radicadas en el archipiélago cubano desde la prehistoria. Estas, desde hace ya algún tiempo, han quedado semi abandonadas, como reducidas a la dimensión esencial de la investigación antropológica (siempre honorable y profundamente científica, pero escasamente promocionada), con lo que se ha venido perdiendo la conciencia social de su originalidad.

Eran culturas ágrafas, es cierto. Difíciles de estudiar al no poseer lenguaje escrito. Pero nos quedaron sus símbolos que, reflejados en arquetipos y mitologemas, puedan tal vez facilitarnos una lectura desde nuestros propios valores culturales. Un análisis cuyo razonamiento nos pueda servir como guía hacia un pensamiento simbólico de interpretación caribeña. Sería una guía filosófica, porque los símbolos nunca son absolutos en sus discursos, y suelen estar creados para que aquella mirada, con ojos del saber, encuentre “algo más allá” en quien los observa.

Quien sabe si mirando con esos ojos dentro del rostro en el símbolo del “huracán de los cubanos”, podamos redescubrir ese otro rostro filosófico de esta sociedad, entenderla aún mejor en su diversidad, al mismo tiempo que manifestarla en sus expresiones de consenso y unicidad, “como solo es posible entender este mundo y lo que de él hoy permanece en el interior del cubano: buscando detrás del significante, el verdadero significado”.7

Notas

1.Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, p. 66.
2.Idem, p.242.
3.Idem, p. 256.
4.Idem, p. 148.
5.En: Revista Catauro, año 12, no. 22, 2010.
6.Fernando Ortiz: Revista Bohemia, año 39, no. 31, 3 de agosto de 1947.
7. Citando a los ilustres ensayistas e investigadores cubanos Eduardo Torres Cuevas y Edilberto Leiva Lajara, en su monumental obra: Historia de la Iglesia Católica en Cuba.

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