De la traducción y la revisión de textos literarios (II)
Toca ahora comentar puntualmente la traducción literaria, los retos de la revisión y la crítica de textos literarios transvasados, sobre todo a nuestra lengua.
En una tentativa de definición totalmente convencional, comenzaré por acotar de qué género de textos estaríamos hablando para que el transvase sobre ellos operado por un mediador interlingüístico en el contexto editorial les valga el calificativo de «traducciones literarias», por oposición a las que resultan partiendo de obras científicas o técnicas. Lo intento, en la medida en que casi nadie en la actualidad rebatiría que precisamente es la traducción llamada «literaria», en cuyas manifestaciones predomina la función expresiva del lenguaje, la que más polémicas ha suscitado sobre la viabilidad real del trasvase y las cotas de la tolerancia lingüística.
A través de una obra que nunca será ni podrá ser unívoca, el autor muestra su visión del mundo, su percepción de la realidad, y al hablar en su nombre con mayor o menor autonomía, valorizará una forma que es rica en retórica mediante la selección del léxico, los tiempos verbales, el singular uso de todos los recursos poéticos y estilísticos a su alcance —incluso la puntuación— para expresar sentimientos, reacciones y emociones, crear asociaciones de palabras y producir imágenes.
Por lo pronto, cualquier análisis que el revisor o el crítico de traducciones proponga realizar sobre el autor, la obra original y el traductor, no puede subestimar que una buena traducción, en tanto se erige en punto de convergencia entre dos culturas, llena lagunas comunicativas que de otra manera no se cubrirían. Ello es el fruto de varias lecturas y borradores, vale decir, de una etapa de decisiones precedentes cuya pertinencia y legitimidad vale la pena tomar en cuenta por sorprendentes que parezcan a primera vista. Y deberá ceder el paso y enfocar su atención al trasvase en sí, ora desde el texto, ora desde el proceso o desde los vínculos que establece la traducción con el contexto sociocultural en que se mueve. En ese orden. Y eso es, en realidad, lo esencial de su cometido; lo demás son apoyos de encuadre que pueden arrojar sobre los resultados una luz sesgada con grandes opacidades.
¿Con qué materia prima se trabaja?
¿Qué rasgos caracterizan el lenguaje literario de los originales que se traducen?
A diferencia del lenguaje de los textos científico-técnicos, que es denotativo, el lenguaje literario es connotativo. Y por esa misma cualidad, resulta plurisignificativo, vale decir, con dimensiones semánticas plurales, por oposición al significado unívoco más propio de lenguajes monoequivalentes. Su rasgo principal es la sobrecarga estética que valoriza el contenido puramente referencial de cualquier otra obra.
Sus autores acuden a ciertos recursos estilísticos con miras a expresar, en determinados casos, realidades abstractas en términos concretos, y sobre todo a satisfacer la función poética que transforma expresa y estéticamente el lenguaje común en literario. Si el traductor no logra tratarlos con claridad, propiedad y coherencia, tropezará con serios escollos para sacar adelante su tarea. De cara al proceso continuo de toma de decisiones que permea el acto mediador, es bueno tener presente que la elección de uno u otro recurso afecta inevitablemente el resultado del transvase, y aun si la opción del traductor no siempre lleva implícita en un ciento por ciento una finalidad en sí, el revisor —y, sobre todo, el lector— siempre las juzgará como acciones motivadas; de suerte que deberá estar presto, en todo momento, a responder por la afirmación de que el significado de un elemento del lenguaje en la traducción está en razón directa con el uso que se le dé.
Por tal motivo he escogido evocar aquí brevemente cuáles serían, según Martín Vivaldi, los rasgos característicos del español como lengua de llegada en una traducción. Hago especial hincapié en los rasgos del español como lengua de llegada, no porque estime en un segundo plano sus rasgos como lengua de partida, sino porque abordo aquí la producción de traducciones de las lenguas extranjeras al castellano, lo cual hace imposible particularizar casuísticamente en las múltiples lenguas de partida posibles que ocupan la tarea del traductor cubano.
A veces hay correctores que no dominan la lengua de partida del texto que se les somete a consideración. En tal caso, realizan su quehacer a partir de la revisión del texto producido en la lengua de llegada, vale decir, del español. Ante la imposibilidad de analizar aquí los argumentos a favor y en contra de una práctica que es moneda corriente en nuestras editoriales nacionales, me limito a señalar la circunstancia.
Martín Vivaldi, evocando a Criado de Val, encabeza el apéndice del tema VI (p. 92): Fisonomía de la construcción española, el cual tomo íntegramente para, a renglón seguido, particularizar en el perfil estilístico del español:
Nota:
1- Gonzalo Martín Vivaldi: Curso de redacción: teoría y práctica de la composición y el estilo, Ed. Pueblo y Educación, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971, pp. 94-96.
