«La nueva literatura cubana está en movimiento»
El espacio Ciclos en movimiento del Centro Cultural Dulce María Loynaz erige como objetivo cardinal la discusión sobre temas medulares de la cultura. Sin embargo, el debate, ese que con afilado verbo enciende la verdadera polémica y genera los más interesantes criterios, no suele conseguirse muy a menudo. Fue precisamente un debate de esa naturaleza lo que hizo trascender el más reciente de estos encuentros y elevarlo a la condición de paradigma para emisiones posteriores o espacios similares. Eso sí, limándole a los protagonistas los excesos que, como en toda actividad inusual, suelen escapárseles con la emoción.
En efecto, todo parece indicar que la literatura joven constituye un tema sumamente atractivo para públicos diversos. Así lo atestiguó la capacidad agotada de la sala Federico García Lorca de la casona del Vedado el pasado jueves. Atractivo y polémico al punto de atizar un encarnizado diálogo entre auditorio y panel que, no obstante la tensión dramática, condujo al desenlace más favorable y fructuoso: el análisis.
Precisamente ese análisis es el que aparece aminorado en el inventario que hace el escritor Rafael Grillo de la literatura joven en la Cuba de hoy. Grillo señaló la falta de pensamiento y reflexión al interior de las filas de creación en la actualidad, así como sobre ellas. También destacó la necesidad de aprender a debatir con las diferencias naturales de una realidad tan contradictoria como la cubana.
«¿A dónde vamos si nuestro gremio literario puede ser un gran ejército en combate sin escisiones? ¿Qué puede haber de positivo si nos vemos entre generaciones sin disputas, sin desencuentros estéticos? Sin eso no vamos a ninguna parte», sentenció.
Tanto él como el escritor Edel Morales enfocaron sus intervenciones hacia lo interno de la literatura hecha por jóvenes. En este sentido, subieron a escena el cuestionamiento de si la nueva oleada de escritores cubanos constituye o no generación.
Por su parte, la joven poeta Yanelys Encinosa se arriesgó a esgrimir un análisis de la esencia, la identidad y los principales elementos desaglutinadores de la llamada Generación Cero. Concebida y bautizada en los albores del nuevo siglo, esta pretendió, en vano, colocar el concierto de voces noveles del momento bajo un traje común que no le sentaba a toda la membresía.
Encinosa señaló que, aunque a esta hornada de autores sí se les puede tomar pulso y tono propios, la misma carece de naturaleza grupal por la falta de una voluntad afiliativa e ideología común; así como de influencias estéticas y estilos compartidos. La comparación con los Grupos Puente y Orígenes sobrevino inevitablemente para ilustrar el paradigma de «generación literaria».
No obstante, como escritora joven y por lo tanto parte del fenómeno, Encinosa destacó: «Nuestro contexto de creación es diferente, somos una generación de imagen y sonido,
degenerada además, por la ausencia de liderazgo, de cohesión, de reflexión conjunta y debate entre colegas.»El sociólogo y poeta Yansy Sánchez, por otro lado, se aventuró a la búsqueda de posibles detonantes de las diferencias generacionales. «Poco menos que encarnizadas, estas son milenarias y, aun así, las tenemos por inéditas», refirió.
Sánchez se detuvo en un oportuno flashback, para mencionar las contradicciones que predominaron entre el Romanticismo y el Clasicismo, o entre el Realismo y el Romanticismo en sus respectivos momentos; antagonismos que «ilustran el histórico flujo y reflujo de sensibilidades que, como las aguas de Heráclito, no se repiten».
Las causas han residido siempre en las diferencias de cosmovisiones, ideologías y sopesajes de las realidades en las que le toca vivir a cada sujeto o grupo, así como en las disimilitudes respecto a sus códigos de creación, apuntó.
Más allá de los criterios esbozados y desglosados por los escritores invitados al encuentro, otras voces desde el público, discreparon con muchos de estos puntos de vista, esgrimiendo no solo argumentos antagónicos, sino también sugestivos y muy sazonados.
El escritor Víctor Fowler, por ejemplo, sentenció que «si hay una razón que ha malogrado el proyecto de nueva generación literaria en Cuba, esa ha sido el condicionamiento de un medio hostil que les ha negado la oportunidad de aunarse en una revista propia o fundar una editorial». Acotó además, que las malas palabras no son un problema en la literatura. «La vulgaridad es trágica y es parte de un drama formidable que atraviesa el autor en su afán de hurgar en sus particularidades».
En su intervención, que podría catalogarse como transgresora y eminentemente hipercrítica, Fowler manifestó también, cierta insatisfacción con la forma «superficial» con que, según él, se abordó el tema. Pero su tono inquisidor fue más lejos y situó en tela de juicio la condición de críticos de los panelistas, lo cual erizó los ánimos en la sala y promovió el prurito del contrapunteo. Lo paradójico de su intervención fue el desenlace, en el cual aclaró a los panelistas que «una vez emitido el más mínimo juicio sobre un tema, ya se está haciendo crítica».
Lo cierto es que, obviando algún que otro desacierto de tono y modo, el efecto dominó favoreció la polémica en torno a un tema que, según el único consenso logrado, necesita más reflexión. «No es un momento para cerrar nada. La nueva literatura cubana está en movimiento, justo como ocurre con nuestra realidad en general. Pero debería ser un momento más analítico y más descriptivo.» Estas habían sido las palabras de Rafael Grillo en su intervención. Minutos más tarde, sobrevino un debate verdaderamente espontáneo y vehemente que, soslayando los asomos de prepotencia, favoreció en definitiva el reclamado análisis sobre la joven literatura cubana.
