El amnésico y la entregada
La cincuentenaria compañía teatral Rita Montaner llevó a las tablas de la capitalina sala El Sótano el estreno mundial de la obra El amnésico y la entregada, de la dramaturga feminista puertorriqueña, Carmen Zeta, con dirección y puesta en escena de Ariel Gil, y dirección general del escritor y dramaturgo Gerardo Fulleda León.
La trama de esa deliciosa comedia gira alrededor de un conflicto conyugal entre los integrantes de una pareja, en la cual el hombre —al parecer— pierde momentáneamente la memoria y no recuerda que está casado y que la esposa vive, o con más exactitud, convive con él.
En ese contexto humorístico por excelencia, salen a flote los sempiternos problemas relacionados con el machismo (el hombre ordena y manda, mientras que la mujer obedece y se torna dúctil a los requerimientos fálicos del marido o amante).
El elenco actoral lo integran Cinthia Paredes, Meylin Cabrera, Lavinia Ascue, Eloy Ferrer, Ernesto Amores y Alejandro Benítez, quienes —con la profesionalidad que los identifica— hacen reír, pero también reflexionar al auditorio como consecuencia de las tensiones que surgen entre los miembros de la pareja, y, finalmente, los lleva a la separación.
Sin embargo, quien decide irse es la mujer y no el hombre; pecado original que ningún representante del denominado «sexo fuerte» puede tolerar o aceptar sin perder algo de su virilidad (¿?)
En esa puesta, los actores y actrices dialogan con sus homólogos que se hallan en el lunetario, y en un momento determinado de la obra, cuando el macho, varón, masculino —al jocoso decir del doctor Julio César González Pagés— parece que va a flaquear y ceder ante las exigencias de la mujer, el actor y la actriz que están entremezclados con los espectadores suben al proscenio para continuar el inacabable enfrentamiento entre los dos sexos. O sea, hay un cambio de elenco que, lejos de suavizar el ambiente, lo torna mucho más candente, pero —a la vez— dialéctico, dinámico.
Por otra parte, habría que destacar el hecho de que si bien hay escenas eróticas, sobre todo por parte de los jóvenes actores, en ningún momento se apela a la chabacanería, la vulgaridad o el vocabulario mal sonante, como suele suceder en otras piezas teatrales, donde se toca el tema del erotismo hetero u homosexual de una forma cruda y descarnada.
Las escenas eróticas incluidas en El amnésico…, están signadas —en lo fundamental— por la hilaridad que genera en los amantes del arte de las tablas. Según mi apreciación muy personal, ese indiscutible acierto deviene profesionalidad y respeto al otro.
Después de una verdadera batalla campal entre los ¿esposos?, la mujer se despide del marido y le dice una frase mágica que resume, magistralmente, el mensaje que la obra trata de transmitir: «crece» desde los puntos de vista humano y espiritual, agregaría este cronista.
La autora, actriz, narradora, artista de la plástica y profesora universitaria, asume ese verdadero reto escénico con creatividad y hondura en la caracterización que le es inherente a la farsa como género teatral, a la hora de enfrentar «cara a cara» a Marcial (Eloy Ferrer/Ernesto Amores) y Valería (Cinthia Paredes/Meylin Cabrera), una pareja que llegó a un punto intolerable en la relación y es necesario colocar —de una vez y por todas— los puntos sobre las íes.
Desde una óptica objetivo-subjetiva, es más importante el cómo que el qué para identificar las mejores contribuciones realizadas por Carmen Zeta al escribir El amnésico…, cuya representación aporta ganancias ideo-estético-artísticas gracias al buen humor que destila y al juego escénico que desencadena, para agradar y develar facetas, alcances y situaciones que mantendrán la atención y el interés sobre los acontecimientos que ocurran en el escenario durante los 55 minutos que dura esa comedia con marcados ribetes de farsa.
Foto: cortesía de Esther Suárez Durán
