¿Dónde estás, espectador?
Cuando ya tenía escritos los primeros cuatro párrafos de este artículo, me llegó desde el correo de Pablo Vargas el titulado: «La gran depresión: el público de los espacios literarios», escrito por Moisés Mayán, quien con suma agudeza reflexiona, partiendo de una experiencia específica, sobre la orfandad de espectadores en los espacios a donde los escritores acudimos, para dar a conocer de manera oral, o para presentar, nuestros textos. Cito in extenso uno de sus párrafos:
¿Qué está sucediendo con el público? ¿Fallas en el sistema promocional? ¿Exceso de espacios literarios? ¿Apatía? Alguien comentó sobre la pipa de cerveza y el disco de reguetón que a escasas cuadras mantenían cautivos a medio millar de personas. Obviamente en términos sociológicos este fenómeno no produce un conflicto atendible, pues el público de los espacios literarios no es el mismo que se aglomera en torno a un tanque de cerveza. ¿Cuál es entonces nuestro público? La respuesta parece sobrentendida: escritores, promotores, periodistas, profesores, talleristas, estudiantes, familiares y amigos de los autores. Esta contestación nos sirve únicamente para retornar al cuestionamiento inicial: ¿Qué está sucediendo con ese público? ¿Dónde está? En cierta ocasión le escuché comentar a Ambrosio Fornet sobre el terror de que la proliferación indiscriminada de los espacios culturales pudiera terminar asfixiando la cultura. De momento esta afirmación me pareció un poco exagerada, pero al ver a nuestra única visitante aquella tarde de literatura comprendí el terror de Ambrosio.
Pese al «palo periodístico», me resisto a abandonar los razonamientos que ya venía hilando, así que ruego, tanto a los lectores, como al autor del importante artículo, me disculpen, por la insistencia, la reincidencia y quizás la reiteración de algunos argumentos, que solo aspiro refuercen la visión sobre tan lamentable problemática.
Tras una corta –pero larga– ausencia, trabajando en otro país, he vuelto a los espacios literarios de mi ciudad (Santa Clara). Para mi tristeza, no para mi sorpresa, los hallo vacíos. O con muy mermado público: casi nadie escritor. Es un fenómeno que viene avanzando desde hace algunos años y sobre el cual hablé en mi artículo «La Riso, diez años después», publicado en esta columna de Cubaliteraria1; específicamente el capítulo titulado «En busca del espectador perdido».
Últimamente las costumbres en Cuba –sujeta a tantos cambios– mutan con una celeridad atípica. Leer textos en público, o incluso exponer asuntos de interés en: presentaciones de libros, mesas redondas, paneles, conferencias, charlas –modalidades con visible tradición– en la actualidad se ha convertido en una especie de farsa a través de la cual se mantienen los beneficios creados para que los autores, gracias a la Resolución 35/97, reciban las justas retribuciones que su trabajo merece. Solo que cualquier acto de comunicación oral, sin público, carece de sentido. Y no deja uno de preguntarse si es normal esa indiferencia creciente y, además, cuáles son las causas.
Seguramente la saturación del entorno con una literatura, a veces buena, otras no tanto, otras de nivel aficionado, pero publicada toda por el generoso programa de ediciones territoriales, haya generado el desdén del espectador común; la indiferencia de los escritores pudiera obedecer además, por una parte, a cierta actitud de distancia profesional que una buena parte se interesa por marcar, casi con énfasis; y por otra a que los autores se deben dedicar –precisamente para trabajar en pos de esos ingresos– a hacer estas actividades, no en el sitio del espectador, sino en el del ponente.
Atengámonos a que el esquema ideal para que en un territorio la vida literaria fluya y se desarrolle, se apoya en siete pilares imprescindibles: 1) El autor; 2) El editor; 3) El mercado; 4) El lector; 5) El espectador; 6) La promoción unida a la crítica inmediata; y 7) El investigador, vinculado a la academia o no. En el caso cubano, unos con más, otros con menos peso que los otros, casi todos estos elementos se comportan de manera atípica. Si nos vamos fijando en cada uno de ellos, podremos comprobarlo. Unos guardan proporción directa con otros, mientras en los restantes esta proporción es inversa. Por ejemplo: el crecimiento de libros publicados por el programa de ediciones territoriales trajo aparejado uno similar en la cantidad de autores (proporción directa), pero no se ha traducido en un crecimiento de los espectadores, ni de los lectores, la crítica, la investigación y el mercado, sino todo lo contrario (proporción inversa). Y mi hipótesis es que esta proporción inversa se debe a la visible «devaluación» que recibió el elemento «autor» con el manejo igualitarista del programa que, además, en varios casos nació marcado por el signo de la improvisación en el trabajo editorial.
El tratamiento dado al «autor», tras la democratización de los procesos, multiplicó exponencialmente la oferta, marcada por dispares niveles de calidad o interés. Si a cada autor publicado correspondiera al menos una actividad de promoción, una vez que demos por descontado su entorno más inmediato dadas la curiosidad y afinidades extraliterarias creadas, estos espacios carecerían de espectadores naturales, pues los elementos «mercado», «promoción y crítica» e «investigación» no contribuirían a estimularlos a asistir, en lo cual intervienen también las cortas tiradas que caracterizan al programa. Y aquí resuena nuevamente el tema de la proliferación, manifestada más en la cantidad de autores que en la cantidad de libros. Que una provincia cuente con doscientos autores, o más, hace imposible que alguien, si se dedicara solo a asistir a las actividades literarias (o solo a la mitad de ellas), pueda desarrollar una vida normal en las otras muchas direcciones que demanda el vivir.
Cada uno de los elementos de la mencionada cadena reacciona de manera diferente ante cambios de profundidad, como los experimentados del año 2000 a la fecha, tras la transformación de las editoriales con sede en provincia en «editoriales territoriales». El propio calificativo de «territorial», que supuestamente solo remitiría a la procedencia del autor y el sitio de edición, encerró la mayor cuota de circulación de esos libros y esos autores en territorios específicos –a veces circunscritos a un municipio–, atendiendo a que las tiradas apenas alcanzan para un mercado visible en el resto del país, y de esa forma el lector, la crítica y la investigación –tributarios del posible espectador– se vieron de pronto abocados a un caos informativo, excesivamente regionalizado, que les impide generalizar sobre procesos y tendencias, algo que, por supuesto, le dislocó la brújula al posible espectador.
Otro de los aspectos a considerar es que la mayoría de los espacios se conciben para la promoción en las instituciones culturales, que en provincia, como bien sabemos, se concentran por lo general en el centro, no en las periferias, y siempre pensadas en horarios similares y para un público espontáneo. Existe un prejuicio generalizado por lo que se ha dado en denominar “público cautivo”, pero si ese público estuviera conformado por el estudiantado –desde la escuela primaria a la universidad, pasando por las escuelas de arte– al que se le llevan las opciones, tal política podría traer buenos dividendos. De la misma forma que los traería el acudir a espacios de las periferias más profundas: digamos centros de trabajo, bateyes, pequeños poblados, barrios apenas tocados por las instituciones en su quehacer cotidiano, e igualmente en centros de trabajo de determinadas características, como las tabaquerías, para poner un ejemplo. Atendiendo a la lógica de la cotidianeidad cubana, las instituciones deben cambiar su lógica de convocar a los espectadores, para ir entonces a su búsqueda y conquista. Una experiencia que en Villa Clara se activó hace cerca de una década, denominada “Giras de El caballero andante”, perfeccionada y redimensionada pudiera ser un buen modelo a estudiar por los promotores de la literatura.
Resulta imposible que las instancias «crítica» y «academia» estén al tanto de todo lo publicado y puedan a su vez establecer ciclos de reseñas y sistematización de apreciaciones debido al caos que genera tantas disparidades en calidad y tirada, tratadas con criterios igualitaristas. Como consecuencia lógica de la proliferación, el desdibujo de fronteras ha generado en estas dos instancias una reacción de (¿justificado?) desinterés de lo producido en estas casas editoras. Recuerdo cuando, en los años 90’s, las facultades de humanidades de las universidades se interesaban notablemente por lo producido en las editoriales con sede en la ciudades capitales de provincia, pues la producción, con buen viento, si acaso alcanzaba los diez títulos anuales, con tiradas mínimas de dos mil ejemplares. Fue así cómo, en los centros universitarios de la provincia donde vivo, se gestaron y elaboraron numerosos trabajos de grado y de diploma sobre autores y procesos dados a la luz pública por las Editoriales Capiro y Sed de Belleza.
El elemento «mercado», tan depauperado en nuestro entorno ideológico, nos reserva más sorpresas de las que cualquier estudioso pudiera imaginar. Pensemos si no por qué aquellas figuras, residentes en la Isla (digamos Leonardo Padura, para citar solo uno), que han logrado insertarse en los grandes circuitos llenan las salas de presentación en tanto los ejemplares disponibles se agotan rápidamente. Y pensemos además por qué sucede otro tanto cuando lo que se presenta y vende son libros de los escritores de lo que llaman «diáspora» (léase Abilio Estévez, Severo Sarduy, René Vázquez, entre otros) o de aquellos llamados «malditos» (pudieran ser Heberto Padilla, Gastón Baquero o Guillermo Cabrera Infante –aunque en el caso del último solo se trate de un libro sobre él y su obra como crítico de cine). A ello pudiéramos añadir la pregunta de por qué la exigua cuota de libros de las ediciones territoriales recibida en las provincias permanecen, pese a la escasez, en los estantes de las librerías; por qué casi nadie las compra, aunque algunas sean buenas. El comprador puro (lector, no diletante) rechaza el producto al primer golpe de vista porque la desconfianza lo ganó. Se generó una mezcla de literatura con cultura comunitaria donde la primera salió muy perjudicada.
En cierto momento el público natural de los eventos orales de literatura, como bien apunta Mayán, estaba entre los talleristas, algunos estudiantes y profesores universitarios, escritores, periodistas, amigos y familiares de los autores y el propio personal encargado de organizar las actividades. Todas estas figuras, hoy, están ausentes, casi en su totalidad, de esos eventos. Los talleres literarios han visto mermada su membresía por varias razones, una de ellas la rápida publicación que saca a los talleristas de la condición de aspirantes a escritores y los sitúa, casi sin transición, en una plataforma profesional de dudosa validación; el resto de los asistentes se ha distanciado de los espacios de comunicación oral porque el problema se localiza también –y con buen peso– en el diseño de esos espacios, ganados por la rutina y el esquematismo, de manera que los espectadores, en función de los cambios derivados de las reformas económicas recientes con su desplazamiento hacia cotos más pragmáticos, consumen una cuota mayor de tiempo en estos, más pedestres, sí, pero también más rentables.
Las capillas constituyen un fenómeno que en años anteriores se localizaba, sobre todo, en la capital. Los miembros de una saboteaban a los de las otras, aunque solo fuera con ironías. Ese fenómeno hoy, de forma que ha rebasado ya la incubación, se da también en provincias, estas con el agravante de que en algunas de ellas ni siquiera los responsables de las actividades acuden o acarrean como público al personal de las instituciones convocantes.
La existencia de las redes virtuales –aun sin internet, pero con correos electrónicos, memorias USB y otras variantes– donde circulan numerosos textos y audiovisuales de variado interés informativo también ha revestido de cierta obsolescencia las actividades de intercambio oral de la obra literaria, pues la lectura y visualización de aquellos, casi en general, se torna más atractiva para los seguidores de la vida literaria.
Mi conclusión es que el fenómeno de la ausencia de público está marcado por una serie de coyunturas, la mayor parte señaladas por Moisés Mayán, y que las instituciones literarias se enfrentan al reto de leer de otra manera los códigos que puedan conquistar a los posibles espectadores, con nuevos formatos y nuevos espacios vírgenes a la par que regulan los intercambios sobre la base de jerarquías e intereses.
Santa Clara, 30 de septiembre de 2013
Notas:
1 Ver la columna «Al cantío de un gallo»: http//www.cubaliteraria.com 4 de diciembre de 2009.
