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Entrevista a Rodolfo Alpízar

Pablo Rigal Collado, 03 de octubre de 2013

El idioma español nos ama, nos da la posibilidad de comunicarnos con la mayor sutileza, con el más refinado de los sentidos, solo que algunas personas pueden corresponder a ese sentimiento traduciendo obras literarias, que es como traducir las vibraciones del espíritu de una cultura a otra. Estamos entrevistando ahora a una de esos elegidos: Rodolfo Alpízar, el traductor cubano de Saramago y de otros grandes escritores en lengua portuguesa quien nos hablará de muchos aspectos entrañables de su labor profesional, de las  satisfaciones, deudas y los resquemores que trae el oficio de traducir en nuestra isla.

Como un valor adicional anexamos un cuento que complementa la imagen del intelectual y refiere sus vínculos con la cultura lusófona.

 

¿Consideras la traducción un acto creativo?

Toda traducción —oral, de mesa, técnica, literaria…— es un acto de creación. El traductor está obligado a crear constantemente. Y a decidir para obtener calidad, a veces en un plazo menor a un segundo.

El amigo, poeta y traductor, Francisco Díaz Solar afirmaba en una entrevista que la traducción es el arte de las decisiones. Nada más exacto. Y esas decisiones implican un acto de creación similar al del poeta que elige entre un verso u otro, una metáfora u otra, un sustantivo u otro, para que su obra valga la pena.

Llevar a una lengua —por tanto, una cultura— lo que fue pensado y sentido en otra, y hacerlo de modo que no solo se transmitan contenidos lingüísticos, sino también culturales y espirituales, no solo exige una extraordinaria responsabilidad: Es también un acto de creación. Y ser un creador es, en esencia, ser un artista. La traducción es, ante todo, un arte.

Cierto es que hay malas traducciones. También hay malos poemas, filmes, novelas… Pero nadie se pregunta si la poesía, el cine o la novelística son obras de creación.

 

¿Se establece una relación de espiritualidad entre el autor y el traductor, más allá del dominio del idioma o de la traducción por encargo?

Siempre hay una relación espiritual entre el autor y el traductor, incluso cuando pueda resultar inarmónica. Hablo ahora de la literaria, no estoy seguro de cómo es en la científica y técnica, aunque en la oral sé que se cumple…, y de modo muy directo.

Un traductor puede encontrarse más a gusto con un autor que con otro, sea por el estilo, sea por las concepciones estéticas, filosóficas, éticas, religiosas, etc. Lo ideal es que ese elemento subjetivo no marque la diferencia de calidad. Pero es indudable que cuando uno traduce a un autor con el cual se identifica, o hacia el cual siente una afinidad particular, el resultado es superior.

Hay un goce extraordinario en ese acto de creación consistente en desmenuzar mentalmente un texto literario, apropiarse de  los artificios, los juegos con el idioma, hasta los trucos que el autor empleó, llegar hasta el uso del adjetivo o la preposición, reeditar la aventura espiritual e intelectual que culminó en esa obra de arte. Cuando uno pone el punto final a esa nueva obra, que ahora es suya tanto como del autor del original, ha estrechado un lazo espiritual con él difícil de desatar.

Es lo que sucede en mi caso, pero estoy seguro de que algo similar ocurre con todos los excelentes traductores que conozco. Solo hay que oír con cuanto gusto hablan de “sus autores”.

 

En tu larga y exitosa trayectoria como traductor de escritores lusófonos, ¿has sentido influencias en tu condición de escritor? ¿Sientes alguna deuda como creador o como lector con esos autores o con esas literaturas?

Hay una relación de alimentación mutua entre mi condición de escritor y mi condición de traductor. Ser narrador me permite acercarme mejor a quien traduzco, a entender los vericuetos mentales que lo llevaron a usar un recurso o a desecharlo, a sentirlo como creador. Más de una vez he debido defender tal o cual fórmula que no responde a los cánones de corrección de los editores, pero que, por ser narrador, encuentro totalmente acertada.

Por otra parte, recrear en mi lengua lo que autores de primera línea han escrito en la suya, además del goce espiritual que me reporta, es un extraordinario ejercicio que, ciertamente, contribuye a afinar mis herramientas como autor. Mis autores son mi taller de creación literaria.

Y tengo que admitirlo, cuando traduzco a Saramago me siento un poco Saramago; lo mismo cuando traduzco a Pepetela, Mia Couto, Germano Almeida, grandes autores de la lengua portuguesa. Hace muchos años, gracias a Romualdo Santos, traduje esa pieza maestra que es Levantado del suelo, de Saramago. Sentí que mis ideas se aclaraban: Lo que yo quería era posible, existía en el mundo alguien capaz de hacer, y muy bien, lo que yo no me decidía a hacer, por timidez y falta de confianza en mí mismo. A Saramago le debo ser novelista.

Y a Angola le debo ser traductor. En esa tierra aprendí el idioma portugués y conocí una excelente literatura que hizo nacer en mí el deseo de ponerla en español, para que mis compatriotas la conocieran.

Saramago y Angola son mis dos grandes deudas de amor.

 

¿Cuál es tu ideal de traductor?

Para mí, traductor ideal es alguien que ama su profesión, que está orgulloso de ella y que, por tanto, está dispuesto a defenderla.

Si uno ama su profesión y está orgulloso de militar en ese ejército de seres ignorados, mal pagados y poco reconocidos socialmente —pero de quienes ha dependido el desarrollo de la humanidad desde sus mismos albores—, entonces uno tiene todas las condiciones subjetivas para ser un buen traductor. Lo demás, lo obtiene con el estudio y el trabajo constante.

Uno defiende su profesión, su condición de traductor, cuando es humilde ante su obra, cuando no es autocomplaciente, sino extremadamente crítico ante la obra que está creando, cuando, aunque haya cosechado muchos éxitos con el paso del tiempo, es receptivo ante la opinión de autores, editores y colegas. Y está atento, siempre, a mejorar sus herramientas, la principal de las cuales es su cultura idiomática y general.

 

¿Cuáles son las mayores satisfacciones que puede esperar un traductor en el terreno espiritual o cognoscitivo?

Creo que la respuesta a la pregunta se desprende de lo afirmado antes. La mayor satisfacción del traductor está en el propio proceso de su trabajo, en el hecho de constantemente vencer retos, de crear a cada instante. Ninguna obra presenta las mismas dificultades que otra, aunque ambas sean del mismo autor. Vencerlas aporta desde el punto de vista cognoscitivo seguramente, pero más aporta desde el punto de vista espiritual, al menos en mi criterio, en la forma como enfrento la traducción. Mientras más exigente la obra, mayor la satisfacción de traducirla bien.

 

Si tuvieras que evaluar el estado de la traducción en Cuba, ¿cuáles serían tus criterios?

En las aulas, en la mesa de trabajo, en la cabina, todavía se mantiene en activo una parte de los traductores e intérpretes que hicieron florecer la profesión en nuestro país. En las universidades se han formado, en general con gran solidez en sus herramientas lingüísticas, muchos jóvenes capaces de brillar con luz propia. Pero las perspectivas inmediatas, para unos y otros, no son prometedoras.

Lo afirmo porque veo que la calidad de la generalidad de las traducciones hechas en Cuba no se corresponde con el reconocimiento social a la profesión.

Nuestro trabajo sigue siendo menospreciado en la práctica, con independencia de los discursos. Demasiados funcionarios y colegas de otras profesiones están convencidos de que traducir es algo totalmente mecánico. Véase que a nadie se le ocurre, cuando se integra una delegación de intelectuales para un evento internacional, que de ella formen parte traductores. Puede estar alguien que ganó un premio con su único cuento conocido, pero no va a estar ninguno de los traductores que han dado lustre al nombre de Cuba en el extranjero.

Como alguien dijo alguna vez, en la república de los intelectuales, somos ciudadanos de segunda clase.

Esta condición de hijos segundones de la cultura nacional tiene un efecto material. Cito un ejemplo de la vida real. Hace unos tres años, una asesora jurídica afirmó que era excesivo pagarle al traductor los diez mil pesos (m/n) acordados con la editorial. Sin embargo, la editorial reconocía que el trabajo, por su volumen y complejidad, merecía el doble. El traductor debió actuar con mucha firmeza, y la editorial apoyarlo —justo es reconocerlo—, para que se le pagara lo acordado.

Para esa asesora, la traducción no era algo por lo que se pudiera pagar tanto.

Hasta en las instituciones más insospechadas, el ahorro siempre pasa por reducir el pago a traductores e intérpretes. No interesa cuánto signifique su aporte, económica o culturalmente, nunca hay dinero para pagarle lo que le corresponde. Suele ocurrir que un traductor obtiene del autor la cesión de sus derechos patrimoniales, con lo que la institución se ahora, digamos, dos mil euros. Sin embargo, esa institución después aduce no tener cómo pagarle lo que solicita por su trabajo.

No solo se proponen pagos abusivos; los plazos de cumplimiento resultan muchas veces ridículos. Pero la calidad sí tiene que ser óptima.

Hay ejemplos de otro orden que demuestran el menosprecio generalizado por la labor de traducción. Me referiré solo a dos.

En la reciente Feria Internacional del Libro participó una buena cantidad de traductores e intérpretes, la mayoría de forma destacada, en ocasiones sin recibir remuneración. Sin embargo, no hubo el menor reconocimiento público a ese esfuerzo, y ni siquiera los invitaron al acto organizado para reconocer a quienes aseguraron el éxito de la Feria.

No se trató de nada intencional. Simplemente, a nadie se le ocurrió pensar en los traductores. Ocurrió lo de siempre, una vez utilizados sus servicios, se prescinde del traductor. Es así en todas partes, pero este es mi país, y quisiera que fuera diferente.

Para terminar, algo más grave. Desde hace años —la última vez fue en noviembre de 2012— se está solicitando a la UNEAC que interceda ante las autoridades correspondientes para la instauración de un premio nacional de traducción, con las características de otros que existen. A pesar de que muchos traductores formamos parte de la UNEAC, la solicitud sigue engavetada. Parece que la institución desconoce la afirmación de Saramago: “Los escritores hacen las literaturas nacionales; los traductores hacen la literatura universal”.

 

Oigo pasos en la arena

Rodolfo Alpízar Castillo

                                                                                                                                                             Para Ale y Rodo, cuando niños

 

Se acercan cada vez más. Deben de ser más de dos personas; tres, supongo. Recuerdo la indicación del teniente: «No anden solos por ahí, nunca se sabe…, y no hay que estar tentando al Diablo.»

Bueno, parece que metí la pata, pero uno tampoco puede andar todo el día en alerta como pretende él, tenso, pensando que cualquiera puede ser un enemigo. Además, yo no era más que un hombre con un niño en brazos y tres o cuatro más a su lado, caminando por los arenales de un musseque1 luandense, qué podía temer. En realidad eso no es exacto: Era alguien que andaba en la noche con un niño en brazos y otros que lo acompañaban, cierto, pero también vestía uniforme, en un país que, aunque el frente estuviera muy lejos, se encontraba en guerra, y eso podría marcar la diferencia.

Esos que venían detrás podrían demostrármelo en cualquier momento.

No sé si le recordaba  a su padre, o qué, pero desde que llegamos a la fiesta aquel niño había simpatizado conmigo, y no pasó mucho tiempo antes de que me viera rodeado de un pequeño grupo de sus amiguitos, que se adueñaron de mí y prácticamente me separaron de donde estaban los adultos.

En nada se parecía a mi hija, salvo en el color; incluso era más pequeño, pero cuando me puso las manos en las rodillas y me pidió que lo cargara era ella quien lo hacía. La alcé y la recosté contra mi pecho.

Yo apretaba contra mí a mi niña antes de partir, y no sabía cuándo volvería a hacerlo, o si regresaría alguna vez a abrazarla. Se había quedado dormida, la llevé hasta la camita y avisé que ya me iba para el entrenamiento militar. «Es eso que estás pensando, pero no te lo puedo decir», contesté a la pregunta que su madre me hizo con los ojos. Ella me conocía lo suficiente para no ignorar que yo andaba en gestiones de partida, pero no imaginaba que fuera tan pronto. Nos miramos unos segundos. No íbamos a hacernos discursos de despedida, ni tampoco a darnos besos inolvidables: No éramos personajes de una película, sino dos seres humanos que se separaban porque uno de los dos marchaba por propia voluntad hacia un país en guerra. «Solo cuídate, recuerda que te esperamos aquí», fue lo único que me dijo. Le di el beso más desabrido de mi vida y me alejé deprisa.

Eso había sido varios meses antes, y muchas nuevas experiencias se habían acumulado, comenzando por la novedad colectiva de viajar en avión, lo que pocos en el grupo habían hecho alguna vez. El recuerdo de lo dejado atrás dolía, pero en ocasiones se diluía por la fascinación de descubrir una tierra al mismo tiempo tan semejante y tan diferente

Después de una corta estancia cerca de una zona de guerra, donde en realidad no hacía nada que valiera la pena, me enviaron de profesor a una escuela militar. Supongo que la facilidad con que me había apropiado de la lengua contribuyó a esa decisión, gracias a la cual conocería São Paulo de Luanda, la más rica ciudad de las antiguas provincias de ultramar del imperio portugués. «La capital negrera de Angola», me dije, conocedor del intenso tráfico de esclavos que distinguió a su puerto en siglos pasados. También era la ciudad cuyos habitantes se habían levantado casi sin armas contra el poder colonial el 4 de febrero de 1961, me rectifiqué. «Es lo que cuenta, en definitiva.» Valdría la pena conocerla.

Era el bautizo del sobrino de uno de los alumnos que se preparaban para formar el cuerpo de profesores de la escuela; la fiesta se celebraría en su casa, en un barrio cercano. Pero el teniente estaba renuente a dar la autorización. «No quiero ni pensar lo que va a pasar si uno de ustedes tiene un problema.» Que nada pasaría, insistimos, nos llevarían y nos traerían de regreso en la camioneta del padre del bautizado; además, estaríamos siempre juntos, en una casa de familia. Precisamente por eso, porque era una invitación de la familia de alguien que pronto sería nuestro colega, no aceptar sería una ofensa.

«Estamos en África, teniente, una ofensa así en esta tierra es algo que no se olvida.» Ninguno de nosotros conocía el país lo suficiente para estar seguro de que la frase se correspondía con la realidad, pero funcionó, porque el teniente cedió, no sin antes hacernos mil y una recomendaciones de que nos cuidáramos. «Y no anden solos por nada del mundo.»

Los niños, encantados con este tío que les hacía caso mientras los demás adultos solo se dedicaban a ellos mismos, no lo soltaban, y le contaban de sus fantasías y sus sueños, en tanto el pequeñito, confundido definitivamente con mi niña, poco a poco se había quedado dormido, hasta que no estuve más con un hijo ajeno en brazos, a varios miles de kilómetros de casa, sino con la mía, meciéndola y susurrándole canciones de cuna que a duras penas recordaba de mi madre, hasta que «Tío, tío», las palabras, los tirones de la manga de la camisa y las risas de los demás muchachos me devolvieron a la realidad. «No me quedé dormido, me estaba mirando por dentro», me defendí.

«Él también se está mirando por dentro», me avisó, entre risas, una muchachita de unos diez años, extremadamente delgada, de trencitas y con ojos muy negros y brillantes. Pensé que mejor sería acostarlo, y le pedí que buscara a la mamá, para que se lo llevara. «Ella no vino, está en la casa», me respondió. «¿Y quién lo trajo?», «Yo.» Era la hermana.

No me imaginaba cómo aquella cosita mal alimentada podría cargar al pequeñito hasta donde vivía, aunque fuera cerca. «Si me acompañas hasta tu casa yo lo llevo, ¿está bien?», «Sí.» Me levanté con cuidado, para no despertar a mi niña y llevarla hasta la cama. «Yo voy también», «Y yo», «Y yo», varias voces infantiles, revoloteando junto a mí y halándome de la camisa para que les hiciera caso, volvieron a traerme a la realidad. «Bueno, pues nos vamos todos juntos…», «Síiii».

En el portal de la casa había una bombilla muy potente, y una o dos casas más también arrojaban su luz hacia la calle de arena. Pero unos pasos más allá era difícil incluso distinguir las fachadas. Diseminadas y sin orden, en algunas partes danzaban pequeñas fogatas, alrededor de las cuales se reunían vecinos para conversar. Avanzamos una cuadra. Otra. «Boa noite», escuchaba invariablemente al pasar frente a cada grupo, «Boa noite», respondía,  intentando pasar inadvertido, y pensando en las advertencias del teniente. Que no tenía nada que temer, me decía, estaba convencido de que mi pronunciación era la de cualquier angolano, y esas personas que me saludaban habrían de imaginar que era un vecino cualquiera que se dirigía con sus hijos a dormir.

A la tercera cuadra ya había sentido la tentación de volver atrás, ¿a quién se le ocurre meterse por estas callejuelas oscuras, en que resulta difícil hasta ver las caritas de los niños, mi única compañía en un lugar que no conozco? «¿Está muy lejos tu casa?», pregunté a la niña de diez años. Aseguró que no, pero señaló de una manera vaga hacia un punto más adelante que no me pareció demasiado cerca. Era una irresponsabilidad andar por esos andurriales solo, o, peor, con esos chiquillos que no tendría manera de defender si algo ocurría, me recriminaba. Ellos, en cambio, iban muy confiados, porque andaban en su barrio y porque los protegía su tío cubano. Un tío es alguien que nunca tiene miedo y lo defiende a uno contra los malos. No podía defraudarlos con mi miedo.

Seguí adelante.

«¿Falta todavía?», preguntaba a cada tanto. «Un poquito», era la respuesta infalible, ya me estaba pareciendo que el concepto de distancia de esa niña y el mío no eran similares. Llegó un momento en que no se vieron más luces de fogatas, y escasas personas nos cruzaban en el camino. Se imponía poco a poco el silencio, apenas se oían mis pasos y los pasitos de los niños en la arena. El musseque, por lo visto, iba a dormir temprano.

Apenas se oían mis pasos en la arena, me había dicho. ¿Estaba seguro? Agucé el oído. No, no eran solo los míos y los de los niños. Estaban los de alguien más. O de varios más. Se acercaban con rapidez. «¿Y eso qué?, será gente que tiene prisa, se les hizo tarde para llegar a casa; a ellos tampoco les hace gracia andar por esta oscuridad a estas horas…» El llamamiento a la calma hubiera servido para algo si, por ejemplo, los pasos hubieran seguido en otra dirección; o si hubieran continuado rápidos, nos hubieran sobrepasado y hubiéramos visto pasar a los apresurados. Pero no sucedió así.

Los pasos que se oían en la arena, que no eran los míos, que podrían ser de unas tres personas y al principio habían sido rápidos, en cierto momento se hicieron más lentos, como si quisieran mantenerse a una pequeña distancia de nosotros.

Comencé a valorar la situación. Tenía un niño en brazos, que era igual a estar maniatado, poco podría hacer por defenderme a mí y a mis pequeños acompañantes. Si eran asaltantes, mis bolsillos estaban vacíos, en todo caso tendrían que conformarse con el viejo reloj ruso que años atrás me entregaron por mis resultados productivos. No sería gran botín, por cierto. ¿Y si eso los encolerizaba? ¿O si fuera otra cosa lo que buscaran, por ejemplo, un secuestro? ¿O matar a un cubano, para promover el terror? Eso último me parecía un poco exagerado; tenía noticia de las masacres en las aldeas, pero nunca había oído de terrorismo en Luanda. De cualquier modo, tenía que estar preparado para lo que fuera.

Preparado psicológicamente, por cierto, porque, para defenderme, como suele decirse, no tenía ni una cuchilla de afeitar. Si lograba poner al niño en el suelo, acaso alguna de las técnicas de defensa personal aprendidas cuando era más joven podrían poner fuera de combate a uno o dos atacantes, pero, ¿a tres? Ni que fuera Bruce Lee.

Los pasos continuaban oyéndose, ahora algo más nítidos; era evidente que se acercaban. Decidí que no podía seguir temiendo un minuto más. Lo que fuera a suceder, que sucediera ya. Me detuve. Los pasos se detuvieron también. Me volví.

Eran tres hombres, altos y fuertes, y estaban más cerca de nosotros de lo que imaginé. Ya mis ojos se habían acostumbrado lo suficiente a la oscuridad y les distinguí más o menos los rasgos de la cara. Recordaba vagamente haberlos visto antes, acaso en la fiesta. Decididamente, o no podría enfrentarme ni a uno solo.

«¿Qué hay?», pregunté, intentando que la voz sonara a la vez firme y neutral. Todos mis músculos se tensaron. Los niños se apretaron contra mí.

Uno de los hombres respondió, acercándose todavía más a mí:

«El profesor se fue sin decir nada. Por suerte unos niños nos avisaron...»

 

Marzo 19 de 2012

 

Notas:

[1] En Luanda, barrio popular.

 

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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