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Herminio Almendros, catalejo de la literatura infantil

Fernando Padilla González, 04 de octubre de 2013

“Había una vez en la era digital…”, parece ser hoy el mejor comienzo para las obras de la literatura dedicadas a los más jóvenes lectores de la sociedad contemporánea, matizada por los constantes cambios de la vida moderna y donde la vertiginosa traza de los medios de información conquista cada espacio, mientras el soporte impreso cede paso ante la web y los libros electrónicos.

En la orla entre los defensores de las “bondades vanguardistas” de la era digital y sus detractores —mucho más conservadores, que alzan su voz y claman por la pervivencia de la letra impresa— se encuentran quienes intentan hallar el justo equilibrio que valorice el patrimonio cultural que constituye la literatura escrita durante más de dos milenios, bien como testimonio documental de la presencia humana en el planeta, atesorado en las bibliotecas del orbe o como infinita oportunidad de socialización cognoscitiva a través de la “red de redes”, “la nube” o los e-books.

Tanto en una tendencia como en otra, debía prevalecer la esencia de “Había una vez el hombre…”, mirada a los tiempos que corren con visión de futuro pero sin renunciar a la rica tradición literaria infantil. Escribir para y pensando en las nuevas generaciones es contribuir al noble empeño de educar a los niños y a los jóvenes, fomentar la creación de valores y, en no pocos casos, una invitación para despertar las dotes de un futuro escritor.

A lo largo de los siglos y en breve repaso a vista de pájaro emergen sobrados ejemplos de la pérdida de identidad que, a la postre, contribuyen a que el bajel de la cultura se encuentre sin timonel. Revisitar el pasado para erigir el presente no constituye en absoluto un pecado, sino más bien una necesidad para conservar la esencia de quienes somos.

La Mayor de las Antillas ostenta una sólida tradición de literatura infantil, baste solo citar los nombres o las obras de Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o el propio Herminio Almendros, quien supo contar a los pequeños hurgadores de libros el mágico universo carente de límites y fronteras.

Aventurarse a expresar que son pocos los cubanos de las más recientes generaciones que de niños o cercanos a la pubertad escaparon de encomendar sus sueños a la luz de los relatos de Herminio Almendros no es una sinrazón.

Cobijados al calor de la tenue voz de la abuela que, con sus gruesos anteojos, recorría disciplinadamente cada línea de esa obra magistral que es Oros Viejos, los infantes levitaban sobre sus almohadas por unos instantes cada noche para concurrir al mundo de ensueños y compartir las peripecias o solidarizarse con las vicisitudes impuestas a la princesa Sac-Nicté, el pastor y la Hija del Sol, Ollantay, Caupolicán, Manui, Prometeo, Skiold, William de Cloudesley o Gerián, al tiempo que descubrían las fascinantes historias de las culturas anahuac, maya, caribe, quechua, aimara, china, india, rusa, escandinava y africana. Qué infinito placer acompañar por los senderos de la imaginación a los conquistadores del fuego o presenciar el nacimiento del árbol del pan en la India.

La obra de Almendros —Oros Viejos, Lecturas ejemplares, Había una vez, A propósito de la Edad de Oro y Nuestro Martí— es reafirmación del talento que tributa a la exaltación de la infinitud de la imaginación, única capaz de poner cota a un mundo de fantasías donde todo es posible, desde las maravillas del ingenio de los personajes de Julio Verne hasta la audacia y el coraje de los protagonistas de las novelas de Emilio Salgari.

Resulta difícil pensar cómo aquel hombre de mediana estatura, rozando el gracejo de lo escuálido y profundamente afectado por la miopía desde edad muy temprana, perseguido por los fantasmas reales y del recuerdo de los tiempos de la ocupación de Cataluña por el ejército franquista a fines de la década del treinta del pasado siglo, que debió vivir en el exilio en la perpetua nostalgia de la separación familiar, tuvo el coraje de sumergirse en la fantasía y legar para los tiempos venideros la majestuosidad de una obra que, desde entonces, inmortalizó su nombre en el parnaso literario y más importante aún, en el corazón de quienes crecieron a la sombra de sus narraciones.

Almendros abrazó la vocación de “magister” en el continuo peregrinar por las ciudades de su natal España. Su extensa experiencia dentro de los más diversos claustros ibéricos rindió frutos en la Cuba revolucionaria, donde gozaba ya de todo el reconocimiento posible, no solo como escritor consagrado sino también como docente de impecable trayectoria.

Apenas corrían las prístinas jornadas del triunfo revolucionario cuando las conquistas del nuevo orden social se materializan, entre ellas la educación del pueblo, que tuvo en la figura de Armando Hart, nombrado ministro de Educación y del propio Almendros, designado director general de Educación Rural, el cauce propicio para el feliz desempeño de la Campaña de Alfabetización.

La forja y el enaltecimiento del espíritu humano mediante la lectura y el estudio eran para Herminio la razón de ser de todos sus empeños, no en vano donó una cuantiosa cifra monetaria —proveniente de los fondos de sus derechos de autor— con el fin de construir una escuela en Dos Ríos, sitio emblemático de la historia patria, en tributo a la memoria del Apóstol.

Para los niños y los jóvenes de Cuba y el resto de América, el educador eterno no solo dedicó las citadas obras literarias, sino también varios cuadernos de textos, de lectura y lengua española, los cuales durante varios años fueron la simiente de la educación en la enseñanza primaria. Al frente de la Editora Juvenil Nacional, el autor de Aventuras, realidades y fantasías veló con celo profesional por las buenas maneras de hacer literatura y el cuidado artístico de las obras dedicadas a los lectores más jóvenes, los mismos que, a la vuelta de los años, le agradecen su ahínco de dotar a las letras cubanas de una amplia selección de textos que permitieron descubrir mundos, culturas y valores en la construcción de una humanidad más justa.

La muerte le sorprendió el domingo 13 de octubre de 1974. Solo así cejó su empeño inquebrantable de formar a las generaciones en los más nobles valores del ser humano, los mismos que supo hacer suyos para trasmitirlos con su peculiar toque de magisterio e imaginación sin límites. A 115 años de su natalicio, su obra prevalece en la era de la informatización y a cada minuto nos recuerda que “Había una vez el hombre…”.

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