Pedro Mir en su centenario
No tuve la alegría de conocer personalmente a Pedro Mir, pero puedo imaginarlo caminando por la calles de La Habana, conversando con Nicolás Guillén acerca de sus más queridos y admirados poetas o simplemente recordando su amada tierra, Santo Domingo, tantas veces evocada en sus poemas. En cualquiera de esas circunstancias estaría este poeta edificando su vida para entregárnosla después en sus cuadernos, en las numerosas páginas que escribió para enriquecernos y decirnos la naturaleza profunda de nuestra historia y de nuestras angustias. Hace ahora un siglo de su nacimiento, toda una centuria de opresiones y despojo, de crímenes inconcebibles pero muy reales en estas tierras saqueadas y ofendidas por la voracidad sin límites de una nación inmensa e imperial. San Pedro de Macorís nos dio a este americano cuya vida y obra recordamos hoy agradecidos por su palabra y su actitud limpia y clara ante el destino de los pueblos que él representa con sus denuncias y su canto. Jaime Labastida, en la presentación que hace de sus poemas en la Colección Mínima de las ediciones Siglo XXI, de México, nos dice que oyó su nombre por primera vez en 1963, en el Primer Encuentro Latinoamericano de Poesía realizado en la capital mexicana, en cuyo ámbito la auténtica palabra del dominicano resonó con una fuerza singular. Se despertó entonces en Labastida, un entusiasmo instantáneo que lo llevó a buscar datos sobre este creador desconocido y nada pudo hallar, hasta que en 1971 escuchó de labios de Orfila Reynal que había sido visitado por unos intelectuales latinoamericanos, entre los cuales se encontraba Mir, hombre inquieto, al parecer de fácil diálogo, autor de otros poemas leídos por él mismo en una reunión de amigos en esta nueva ocasión.
¿Por qué era un desconocido en nuestras propias tierras este escritor tan preocupado por ellas y tan genuino hijo suyo? Creo que la respuesta la vio ya el propio Labastida, cuando nos dice que la razón de ese apartamiento está precisamente en su pertenencia a un país pobre de América, país central y al mismo tiempo periférico, con escaso poder de difusión de sus más importantes figuras del arte y la literatura. Su primer poema relevante, Hay un país en el mundo, había aparecido en 1949, pero no alcanzó una gran resonancia en su entorno porque la crítica no supo verlo entonces ni tenía detrás los medios de divulgación suficientemente poderosos como para colocar su palabra en el gran espacio de las letras latinoamericanas. Ya en esos versos vemos al poeta entero con sus angustias más intensas, con su dolor ancestral. Este comienzo es revelador en su fuerza y en la delicadeza de una triste historia que fluye muy adentro:
Hay
un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol.
Oriundo de la noche.
Colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.
Sencillamente
liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.
Sencillamente
claro,
como el rastro del beso en las solteras
antiguas
o el día en los tejados.
Sencillamente
frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.
Sencillamente triste y oprimido.
Sinceramente agreste y despoblado.
En ese fragmento está todo el poeta, toda su pasión y su fuerza, generadas por la historia de su país, tierra americana en el centro de su creación y de sus obsesiones de justicia y libertad. El paisaje, la luz, las personas dolientes y sufridas llenan la obra de Pedro Mir y definen su canto de intensidad inusual y de alegría, como de quien espera que un día seamos redimidos de un fatalismo que trae miseria y despoblamiento, desesperanza y dolor.
En Contracanto a Walt Whitman: canto a nosotros mismos (1953) reaparece ese dinamismo interior que da vida a las más altas creaciones de este poeta, en consonancia con el gran maestro que inspira este momento de su trayectoria, y vemos entonces, cómo las páginas rebosan ahora de una plenitud extraordinaria para alabar el mundo natural de su patria, de pronto asaltada por un ciego afán de posesión que vino a enturbiar tanta belleza y a llenar de sufrimiento los dones de un mundo virgen, paradisíaco, intocado por las manos de aquellos que vinieron a posesionarse de lo que no era suyo. Así nos contrasta el antes de un mundo sin dueños, con su natural riqueza colmando los sentidos, con la aparición de un yo que quería tener más y más, apartar para sí lo que veía hasta enriquecerse. Nos dice entonces:
Hubo una vez un territorio puro.
Árboles y terrones sin rúbricas ni alambres.
Hubo una vez un territorio sin tacha.
Hace ya muchos años. Más allá de los padres de los padres
las llanuras jugaban a galopes de búfalos.
Las costas infinitas jugaban a las perlas.
Las rocas desceñían su vientre de diamantes.
Y las lomas jugaban a cabras y gacelas.
Más adelante en el texto, penetra el yo posesivo, ambicioso, desestructurador:
Hubo una vez un intachable territorio puro.
Solamente faltaba que la palabra
mío
penetrara su régimen oscuro.
Sin embargo,
el yo que iba a decirla estaba allí
pero cogido
como un pez
en su red de costillas.
Estaba,
pero interno, pero adusto y confinado
y amaba y deshojaba sus novias amarillas.
La Historia engendra otra Historia, los hechos vienen desde un pasado lejano o cercano y pasan de nación en nación. De las tierras de Whitman pasó la ambición a las tierras de nuestro poeta, a las tierras de Guillén y de Neruda, a toda la América subyugada por el capital financiero y ese yo gigantesco de la nación del norte se multiplicó en fábricas de azúcar. Es cuando aparece un nosotros que trae consigo la voz de los desclasados, marginados, creadores de la riqueza que el yo poderoso hizo suya, y renacerá de ese nosotros una hermosa posibilidad de restituir la justicia y repartir los dones de la naturaleza entre todos. Ese sueño es un canto nuevo a Walt Whitman, hermano entrañable en la poesía y multiplicado en millones. Nos dice al final del poema:
Aquí estamos, Walt Whitman, para justificarte.
Aquí estamos
por ti
pidiendo paz.
La paz que requerías
para empujar el mundo con su canto.
[…]
¡No, Walt Whitman, aquí están los poetas de hoy,
los obreros de hoy, los pioneros de hoy, los campesinos
de hoy,
firmes y ¡levantados para justificarte!
El asesinato de las hermanas Mirabal por órdenes del dictador Trujillo, estremeció a República Dominicana y a toda América. Pedro Mir, dominicano y cantor de la América sometida, escribió un sustantivo poema a la muerte de estas tres mujeres, verdadero canto exultante contra la barbarie, hermosa página construida con un dolor irredimible, pero del que ha brotado un memorable himno que ratificó el importante lugar de esta obra en el panorama de las letras del continente. Como en los ejemplos anteriores de la obra poética mayor de este poeta político, vemos el carácter sinfónico de Amén de mariposas (1969), el desbordamiento de su palabra hasta alcanzar una totalidad que va ganado espacios a partir del crimen cometido. La voz del poeta se abre hacia todo el ámbito de nuestro idioma con diversos elementos y contrastes en un crescendo que nos conmueve por su autenticidad y su visión universal. La exaltación del trabajo, el clamor por la libertad y la justicia, el amor a las tierras marginadas y a sus hijos e hijas que se han fusionado en un mundo nuevo, hacen de la poesía de este autor un testimonio de nuestro sitio en la cultura contemporánea. Otras páginas de gran lirismo y su obra en prosa, menos conocida, complementan el quehacer de esta figura de las letras americanas que hoy recordamos como a un hermano que ha sufrido nuestras mismas angustias y ha vivido de las mismas esperanzas que nosotros. Siempre nos acompañará y será evocado por su fidelidad a su tierra y a sus hermanos y hermanas.
