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El azul de Laidi Fernández de Juan 

Alberto Marrero, 12 de octubre de 2013

El azul es el quinto color del espectro y, según el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, «es el más profundo de los colores: en él la mirada se hunde sin encontrar obstáculos y se pierde en lo indefinido, como delante de una perpetua evasión del color». También asegura que «entrar en el azul equivale a pasar al otro lado del espejo, como Alicia en el país de las maravillas». Como figura poética siempre ha sido identificado con los grandes espacios como el mar y el cielo. Sin embargo, para María E., el personaje de este cuento de la conocida narradora Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961), el azul está relacionado con la libertad. Ella ha leído —gracias a un amigo que solo ve los martes— sobre la vida de los tuareg, un pueblo nómada que habita en el Sahara (en la zona de Argelia, Malí y Níger), cuyas mujeres gozan de una posición privilegiada en la comunidad y los hombres visten con un velo azul. En torno a estos dos elementos se desarrolla esta historia, en la que María E. nos devela todo un entramado de iniquidades y angustias. Entrampada en una relación con un hombre casado y con hijas, se sabe mísera y relegada a un plano inferior, maltratada y hasta vejada en sus más íntimos sentimientos. Pero aun así persiste en mantenerse unida a él, porque la satisface en la cama y porque necesita de alguien a quien cuidar, mimar y complacer. Historia sofocante, de una morbosidad entre líneas, contada en primera persona desde una engañosa sencillez, con humor y lenguaje crudo, marcado todo el tiempo por el simbolismo del azul de las tribus del desierto.

  La destreza narrativa de Laidi hace que un lector poco atento crea que está frente a una mera descarga de una ex prostituta ultrajada por un amante que le restriega en la cara la imagen de una esposa «perfecta», y le reprocha todo lo que tal vez no le reprocha a ésta.  Pero hay mucho más. Detrás del espejo hay un conflicto que supera la anécdota y se sitúa en un espacio infinitamente mayor, como el azul de la libertad en el desierto, el cielo, el mar, o las extravagancias y antinomias del Ser acosado por las continuas elecciones que tiene que hacer en circunstancias no pocas veces hostiles, injustas, plagadas de vicios ancestrales.

   En los textos narrativos de Laidi aparecen, con mucha frecuencia, personajes femeninos de una gran solidez sicológica, atormentados por las adversidades de lo cotidiano, por las miserias espirituales y materiales del día a día, enganchados en relaciones interpersonales sinuosas, exasperantes, conflictivas; partir de su condición de mujer en una sociedad que todavía dista mucho de haber rebasado a plenitud los prejuicios machistas, pero siempre  enfocados  hacia una dimensión que nos obliga a repensar el vasto tejido de la existencia misma.  El lector podrá verificar o refutar estos breves juicios leyendo los libros de esta autora, cuya impronta es una realidad incuestionable en la literatura cubana de estos últimos veinte años. Su obra abarca títulos como Dolly y otros cuentos africanos (Premio Pinos Nuevos ,1994), Oh, vida (Premio UNEAC, 1998), La hija de Darío (Premio Alejo Carpentier de cuento, 2005) y la novela Nadie es profeta (Ediciones Unión, 2006).

Alberto Marrero



MUJER  AZUL

Laidi Fernández de Juan

Por primera vez has venido a mi casa de verdad, a casa de María E. Cumplo con la cortesía de las familias azules del desierto, y te permito pasar. Voy a brindarte café y luego te quedarás a cenar. Todo lo que voy a servirte en la mesa lo conseguí en la bolsa negra contra la que tanto peleas. Siempre dices que es denigrante que unos cuantos se burlen del resto robando a manos llenas, para enriquecerse a costa del resto burlado que se presta a ese juego imperial tan denigrante, dices.
     Y así estamos tu mujer y yo, comprando a espaldas tuyas porque a las dos nos gusta que te guste lo que comes. Cosas que  engulles sin preguntarnos a ninguna de las dos si unos cuantos nos propusieron compra-ventas denigrantes. Imperiales, dices.
     A tu pobre mujer le toca la peor parte. Llegas a tu casa cada noche más extenuado que un camello de los que montan los hombres azules del desierto, cuando van explorando los terrenos para hacer un pozo.
      ¿Sabías que siempre muere alguien azul cavando el pozo y es así como bautizan a la fuente de agua? Le ponen el nombre del hombre azul que murió, y por eso los pozos del desierto se llaman Abujamil,  Habib, Ibrahim.
     No, no lo sabes, no puedes.
     Para ti, leer es casi un pecado. Una perdedera de tiempo imperdonable, dices. Un método para entregarse al enemigo, que nos quiere ociosos. Una manera de corromperse, de dejarse llevar por los cantos de la vida bacanal y el degenere, dices.
     Por eso, no sabes.
     Yo, sin embargo, leí antes de conocerte unos libros muy  entretenidos que se llaman Tuareg y los Ojos del tuareg. Por eso lo sé, y si tu mujer los hubiera leído sabría que llegas cada noche más cansado que los camellos. Pero ella, la pobre, sea la hora que sea, tiene que levantarse y servirte.
     Yo, al menos, no paso por eso. A mí me tocan tus meriendas. Claro, me esmero como hace tu mujer con la cena. Ella y yo tenemos una emulación cordial, silenciosa y efectiva, con la ayuda de esos seres maliciosos. Que nos venden lo que roban al resto. O sea, a nosotros mismos.

Hoy, para creerme tu mujer, te voy a servir la cena. Te diré que la carne es de dieta. El arroz, de la bodega. Los plátanos y el membrillo regalo de mis primas, y te diré que por casualidad tengo dos cervezas en el frío.
    Voy a repetirte (como hago siempre), que eres más hermoso que el sol. Que tus ojos deslumbran. Que hueles a jazmín. Que tienes una boquita deliciosa. Que tu miembro es el más de los más. Que eres más inteligente que la inteligencia, más bueno que el carajo. Que estoy perdida en el llano por ti, voy a decirte.  Muerta en la carretera. Con la lengua afuera. Pidiendo agua por señas. Que por ti, tengo el  alma partida. Todo eso, voy a decirte.
     No sé bien por qué lo hago.
     A lo mejor me estoy volviendo medio hija de puta yo. Porque no hay que ir a la Universidad para saber que tus ojos, tu boca, tu lengua y tu cara toda, es del montón.

Pero si tu mujer te dice lindo, yo debo decirte hermoso. Y que el sol me perdone. En lo de la picha, sin embargo, sí tengo razón. Pero como tu mujer no ha conocido a ninguna otra en su vida, no te dice nada al respecto. Y cree que todas son como la tuya.
     Yo sí sé. Porque he visto unas cuantas.
     Las he mirado. Tocado. Lamido. Yo he exprimido a unas cuantas pichas, y sobre todo las he sentido bien adentro. Así que sé lo que digo. Estás bien dotado, y con tal de sentirme bien sacudida y bien colmada, pues allá van mis otras mentirillas.
    Luego de mis elogios y de comer, me vas a regañar. Has venido a eso. No para terminar. Nunca terminas tu relación conmigo, porque nadie que no sea yo te dice que eres más hermoso que el sol (ni tu mujer), sino para pelear. Para enseñarme el buen camino que debo seguir. Y que yo no acabo de aprender, siempre dices.
    Vas a poner cara de magistrado.
    Porque ayer me viste en la calle con un pelilargo que llevaba, para colmo, una argolla colgando de la oreja izquierda. Me vas a hablar de diversionismo. Del peligro de las desviaciones. Porque te quedaste varado en los años 70, y no quieres oírme cuando te digo que han pasado más de 30 años de aquellas asambleas espantosas, donde  criticaban a los pelilargos.
     Que además de maricones (según ustedes), eran una plaga. No me escuchas cuando trato de decirte que el peligro está en otros. Tú, siempre con la razón debajo de uno de tus brazos. Dictando las normas de lo que debe  ser. Siempre lapidario. Tú no tienes paciencia. Ni tiempo. Ni comprensión para escuchar a una mujer que… qué tiene usted que opinar, vamos a ver María E, si es usted (o sea, yo), una mujercita cualquiera que debe dedicarse a lavar platos luego de cenar, a planchar la ropa divina que me pongo para mis reuniones, que son más importantes que cualquier otra cosa en el mundo, mucho más valiosas que usted (o sea, que yo).
     Como nunca me dejas hablar, pues no te enteras. Y juego a ser tu mujer florero.

Sabía que hoy  ibas a venir.
    Que no nos veríamos en el apartamento de siempre (desde hace cuatro años). Que ibas a venir a mi casa de verdad. Que por primera vez,  arriesgarías tu inmaculado prestigio de impoluto-jefe-que-no-comete-ningún-error-ni mucho-menos-tiene-una-querida-porque-eso-no-es-correcto-ni-bien-visto-ni-tolerado. Porque ser adúltero (según ustedes) es otra forma de entregarse a la vida bacanal. Y al degenere.
     Tú, lo máximo en ejemplo, no puedes darte ese lujo. El pecado es mío. Soy tu amante, muy en contra de tu voluntad de plomo (como dices). Y nunca te ha gustado merendar lo que te llevo. Ni salir conmigo por la calle. Ni los besos que te doy. Ni la forma en que te digo que eres más hermoso que el sol. Ni mi manera de quererte.
     Porque sí, te quiero.
     A pesar de tus ojos del montón. De tu manía de creerte perfecto. De tu forma de dictar normas. De opinar que el resto del mundo no es sabio ni útil como tú.
A pesar de todo, yo, te quiero. Te quiero a pesar del desprecio con que me tratas. Porque eres la única persona con quien voy a la cama a cada rato desde que me salvaste, aunque sea a regañadientes por parte tuya.
     Cuando me hice famosa por un tiempo porque grité a todo pulmón en plena calle que las mujeres merecíamos el poder, me botaron de mi trabajo por considerarme una apestada. Me ofreciste empleo en tu empresa, para reincorporarme a la sociedad que me iba a recibir con los brazos abiertos.

Porque todos tenemos derecho a las mismas oportunidades. Y un desliz es perdonable como señal de nuestra grandeza, dijiste.
     Pero sobre todo, me salvaste porque no podías creer que existiera una mujer tan atrevida como yo.
     Al cabo de tres meses de trabajar conmigo, seguías con la intriga de cómo pude  hacer lo que hice. Fue entonces que empezaste a parecerme más hermoso que el sol, y te imploré que me dejaras demostrarte que  yo era tan dulce como tu mujer. Como esa pobre mujer que te llevaba  almuerzos envueltos en paños de cuadros azules cuando demorabas mucho en tus reuniones.
    Que es, además, la madre de tus tres hijas que, por suerte (dices),  no andan con pelilargos.
     La verdad verdadera es que resististe todo lo que te fue posible. Pasaron días, semanas en las que tuve que esforzarme a todo tren para provocarte. Yo hice todo de todo. Yo busqué el lugar para vernos. Yo escondí tu agenda. Yo cancelé tus citas. Yo busqué pastillas para tu migraña. Yo me vestí como si fuera nueva. Yo te prometí no molestar jamás a tu mujer (que es la mujer de tu vida).
     Yo juré ser sumisa- florero- trapo.
     Yo dejé de ser famosa para convertirme en lo que soy. Porque argumentabas que no-era-correcto-ni-bueno-ni-bien-visto-que-tú,-hombre-casado-impecable-responsable-de-su-trabajo-de-su-mujer-y-de-sus-tres-hijas, se enredara con alguien famoso por su  desobediencia e incivilización.
     Mi barbarie, sin embargo, te intrigaba al punto de querer subyugarme como a un último trofeo.  De eso, me aproveché yo.  Adopté postura de gata lamida, de gorrión mojado por la lluvia, y te juré ser como he sido desde entonces.


Ayer te vi en tu carro con chofer y con tu mujer detrás, mientras yo caminaba con el pelilargo. Que es, nada más y nada menos, el otro hombre de mi vida. Alguien a quien no conoces porque nunca te hablé de él. Ni de ninguna otra cosa que no fuera de tu trabajo. De tus migrañas y de tus tres espléndidas hijas.
      Es el hombre que me enseñó a defenderme cuando yo era puta. Es tan casado como tú, pero me busca sin remordimientos y sin tanta culpa. Ese pelilargo con argolla me encuentra cada martes. Como ayer, cuando me viste. Lo grave no es que me hayas visto, sino que yo supe que eras tú quien pasaba por nuestro lado. Lo grave es que  no  sentí miedo como otras veces. Yo siempre he sentido miedo de ti.  Miedo a que me dejes, y vuelva yo a tener morriñas en las noches, y ansiedades de martes a martes. Porque el pelilargo sólo dispone de las tardes de martes. Ahora mismo te estás enterando de por qué salgo todos los martes del trabajo diciendo que tengo turno médico. Es porque mi otro gran amor se encuentra conmigo para preguntarme cómo me va en la vida. Y me regaña porque sigo contigo, que (según él)  me tienes dormida con el cuento de que no hay nadie más que tú.
     Nos queremos tanto ese hombre y yo, que nunca nos hemos acostado. Para no ensuciar el deseo que siempre sentimos. Por eso, hablamos de los libros que él lee, y que luego me cuenta. Para que yo sepa que la vida es más que esperar a que tú salgas de las reuniones. Y  me digas  lo buena que es tu mujer (que es la mujer de tu vida y madre de tus tres hijas). O me cuentes de tu trabajo. O de tus migrañas.

Al pelilargo lo conocí hace un añal, cuando yo sobaba pichas a cambio de cualquier cosa. Una noche,  pasó por casualidad por el malecón en el momento en que yo me ofrecía como si fuera un cucurucho de maní.
     Me dijo que yo le recordaba a Naná. Desde entonces, sin tocarme un pelo, nos vemos cada martes y hablamos de lo que ya te dije. Era él quien estaba a mi lado cuando grité a todo pulmón que las mujeres merecíamos el poder. El fue conmigo a la estación de policía adonde me llevaron otras mujeres insultadas. Que decían que lo del poder estaba bien, pero no en boca de una puta como yo. Que destrozaba hogares sobando pichas a cambio de cualquier cosa. Fue él quien recogió mis ropas. Quien consiguió esta casa donde vivo. El hombre que me prestó los libros de los tuareg. Es él quien no se ha dejado nunca acariciar por mí, para no ensuciar lo que ya te expliqué que sentimos.
   Él no me dice mujercita inútil y atrevida (como tú). Ni espera por mis meriendas. Ni se molesta si algún martes llego un poco tarde. Ni me dice (como tú) que me maquille y me ponga aretes de mujer decente. El  no se fija en las ropas que llevo. Ni en el color de mis uñas.
     Ni en mis sandalias. Ni en mi escote, ni en mi olor a cigarro. A él no le molesta que yo fume (como a ti), porque dice que soy libre como el humo. Que soy dueña de mí y no esclava de ti. El me dice que no puede vivir sin los martes. A él no le avergüenza  (como a ti), decirme  que soy linda y buena.
     Ni le duele que vayamos al mismo lugar adonde vamos tú y yo. Sabe que tú y yo nos acostamos en la cama de ese apartamento alquilado cualquier día que no sea martes, y por eso jamás pasa al dormitorio. Nos quedamos en la terraza, oliendo incienso de sándalo y  bebiendo té verde japonés.

Cada martes, además, lo dedicamos a un libro distinto. El pelilargo memoriza las páginas de un modo que da gusto después escucharlo. Yo nunca me aprendo los nombres de los autores, y casi nada del cuento que me hace. Mientras habla, me embeleso mirando sus pestañas, que se enroscan hasta casi llegar a las cejas, que son arqueadas, oscuras, perfectas. Tiene la nariz agarbanzada, graciosísima, encima de unos labios que parecen dibujados con pincel, que cubren a los dientes más parejos que te puedas imaginar. Su pelo negro, largo, cae encima de sus hombros como si fuera un manto. Algunos mechones se abrazan a su cuello de cisne hermoso. Es una maravilla mirarlo. Luego, bromeamos con las familias tuareg. Dice que soy la mujer azul de su vida. Nosotros jugamos a estar en el Sahara. A abrir pozos de agua y a que yo sea quien gobierne  la casa, como sucede en el desierto.
     Tú no lo sabes, pero en los pueblos Tuareg, las mujeres mandan.
     A ellas se les consulta cada cosa, no se hace nada (ni siquiera buscar un pozo), sin antes preguntarles. Cuando son jóvenes, se pintan arabescos en la palma de las manos para indicar que quieren templar. Pasan noches revolcándose con muchachos tuareg, hasta que deciden con quién se van a casar.
     Al pelilargo y a mí, nos gusta la fantasía de creernos de ese pueblo. Nos encanta imaginar que vamos por la vida montados en camellos, donde no hay más horizonte que la arena infinita y la ventisca, que se cuela por todos los huecos del cuerpo. Por eso se cubren con inmensos paños azules que luego, por el sudor, van dejando el color en la piel.
     Todo lo que yo pienso  de la vida, se lo digo a él.
     Porque los martes no está apurado. Como si el mundo fuera sólo de martes, además de contarme el libro de la semana, me escucha y mira fijo cuando le digo que no puedo dejarte.
     Que tú me mantienes atada a la realidad, que será complicada, pero es real. Porque en el fondo, todos necesitamos de una argolla que nos tire hacia abajo.
Hacia el suelo, hacia el concreto de la calle. Como la argolla que él tiene en la oreja izquierda, que, de paso, te explico que significa que no es maricón, porque si no, se la pusiera en la derecha. Aunque la verdad es que jamás le he preguntado por ese tema. Ya te dije que no nos tocamos.
     Esa es la  razón por la que sigo contigo. A pesar de tus  desplantes y de tus groserías. Yo,  te necesito como necesito también de mi pelilargo, que me cuenta cosas lindas que nada tienen que ver con tu absoluta falta de gracia.
     Ya ves, yo, la María E. atrevida e inútil (según tú), y tuareg (según el otro), necesito de los dos. Como tú necesitas de tu  mujer y también de mí, que te veo más lindo que al sol. Me necesitas como  el trofeo que conquistaste a través de  tu labor persuasiva en bien de la sociedad. Como necesita el pelilargo de su pareja, sea quien sea. Somos, después de todo, el quinteto más necesitado del mundo. Ahora mismo, mientras terminas de comer, y me miras con  cara de magistrado, me dispongo a escucharte.
     Vamos, empieza ya.
     Esta vez, para variar, no tengo miedo.
     Hoy  me siento azul.
                 

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