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Ricardo González Menéndez: escribir deviene una necesidad del intelecto y el espíritu

Jesús Dueñas Becerra, 13 de octubre de 2013

Con esa frase, sustentada en un sólido conocimiento teórico-práctico, el Dr. Sc. Ricardo González Menéndez (La Habana, 1936), profesor consultante de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, inició el ameno y fluido diálogo que sostuve con el también experto en toxicomanía alcohólica y drogodependencia, así como prolífico escritor y periodista especializado en esos candentes temas. 

El profesor González Menéndez ha dado a la estampa decenas de títulos, publicados por las editoriales Oriente, Política y Científico-Técnica, y ha divulgado centenares de artículos científicos en revistas nacionales y foráneas sobre los peligros reales y potenciales del consumo de drogas lícitas e ilícitas. 

Fue presidente durante más de dos décadas, de la Sociedad Cubana de Psiquiatría, de la cual es Miembro de Honor, y pertenece a varias asociaciones científicas nacionales y foráneas. 

Ha participado, como representante de la mayor isla de las Antillas, en eventos internacionales, donde ha colocado en un lugar cimero a la psiquiatría insular, y concretamente, al Hospital Psiquiátrico de La Habana, que lleva el ilustre nombre de su director fundador, comandante doctor Eduardo Bernabé Ordaz (1921-2006), de quien fuera uno de sus más cercanos y fieles colaboradores. 

Sin más dilación, le cedo la palabra a Ricardo González Menéndez, para quien «escribir deviene una necesidad del intelecto y el espíritu».

 

¿Cuáles fueron las motivaciones fundamentales que lo llevaron a plasmar en letra impresa las experiencias teórico-prácticas adquiridas durante el ejercicio hipocrático y docente-educativo en el campo de la educación médica superior?  

Ahora que reflexiono al respecto, debo reconocer que mis tres vocaciones básicas han sido la de servir, la médica y la de enseñar. Esas vocaciones fueron reforzadas desde mis primeras lecturas de los aforismos martianos en los cuales insistió mucho mi padre, quien, pese a su posición ideológica como asturiano y simpatizante de la falange española, fue, además de un ferviente admirador del Apóstol, el mejor hombre que he conocido.  

Martí dijo que «el ser humano viene a este mundo con el derecho de ser educado y luego en pago tiene el deber de contribuir a la educación a los demás» y ese principio guió mis pasos desde que fui, por decisión personal, médico rural a tiempo completo durante cinco años y por causas inferibles devine asesor de los colegas que anualmente se iniciaban en dicho trabajo en el Hospital Rural de Niquero. 

Aquellas vivencias docentes anticipadas y el consecuente reforzamiento al sentir la satisfacción ante el deber cumplido, creo que desempeñaron una función fundamental en mis motivaciones por divulgar las experiencias acumuladas y contribuir —en algún grado— a los relevantes esfuerzos instructivos y educativos de nuestro proceso revolucionario, al que gradualmente fui integrándome, gracias a la práctica social transformadora.

 

Si bien tiene una sólida obra editorial, dedicada en lo fundamental a enseñar al lector cómo combatir eficazmente la toxicomanía alcohólica y la drogodependencia, así como reconocida y homenajeada por el Instituto Cubano del Libro, también ha desarrollado una prolífica actividad periodística en los medios especializados de prensa, nacionales y foráneos. A propósito de su incursión en la noble profesión dignificada por el Venerable Padre Félix Varela, José Martí y don Enrique José Varona, piedras fundacionales de la ciencia del espíritu en nuestra geografía insular, qué interpretación le daría al aforismo «el periodismo es literatura con prisa»? 

La vocación periodística expresa la necesidad de informar y educar con lenguaje asequible y motivante, inmediatez, veracidad, honestidad y actualidad. Tiene, por ello, muy estrechos vínculos con la vocación literaria. No por gusto, existen tantos periodistas con premios Nobel de Literatura. Es decir, que un periodista necesita su talento literario como herramienta esencial para cumplir su importante misión social y un literato necesita su interacción con la prensa escrita, electrónica o digitalizada para difundir su obra y enriquecerla con la crítica periodística especializada. 

La inmediatez y actualidad de la información son las que justifican el aforismo de que «el periodismo es literatura con prisa».

 

De las muchas vivencias, agradables o no, registradas en su archivo mnémico desde el momento mismo en que decidió dedicarse en cuerpo, mente y alma a la praxis literaria y periodística, ¿podría relatar alguna que le haya dejado una huella indeleble en el intelecto y el espíritu? 

Había laborado unos cinco meses en mi hospitalito rural de Niquero y debo aclarar que el término «hospitalito» lo utilizo como expresión de cariño, pues dicho centro asistencial ha sido para mí el más grande hospital en lo referente al impacto instructivo, educativo y ético recibido en toda mi vida profesional.  

Fue en una tarea promocional de salud que pasamos cerca de Cabo Cruz —en plena quijada del caimán de la isla grande—, junto a lo que parecían ser las ruinas de un modesto cementerio identificado por cruces que en la torsión de sus rústicos e improvisados componentes parecieran transmitir un sordo mensaje de hondo sufrimiento. 

Algo que llamó mi atención fue el número de crucecitas que sobresalían con mucho en comparación con las grandes. La respuesta de mis anfitriones fue que en ese lugar acampaban los familiares de niños y adultos gravemente enfermos en espera de que el azar hiciera pasar una goleta de cabotaje que los conduciría a Santiago de Cuba, en busca de la más elemental asistencia médica, con el trágico resultado de que la mayoría de las veces, el esfuerzo resultaba infructuoso. 

Recuerdo aquella experiencia como el primer gran golpe a mi ideología pequeño burguesa, cuando reflexioné que antes de la Revolución, era cotidianamente violado el más elemental de los derechos humanos, el derecho a vivir, sobre todo al saber que la inmensa mayoría de aquellas crucecitas se me antojaban lamentos de niños afectados por la gastroenteritis, que entonces segaba infinidad de vidas infantiles en aquella Cuba donde la salud no era ni derecho del pueblo, ni responsabilidad priorizada del estado. 

El achacar las diarreas a la salida de piezas, fue una de las primeras concepciones erróneas que desarrollábamos en nuestras charlas cotidianas de pre consulta, impartidas durante cinco minutos en el salón de espera del hospital, y un año después, publiqué mi primer trabajo científico titulado «Resultados de la educación para la salud en el Hospital de Niquero». 

La total demanda satisfecha, la gratuidad de los servicios y medicamentos, junto a la factibilidad inmediata de ingreso, dieron también un nuevo significado a los abominables trueques de cédulas electorales por ingresos en hospitales presenciados por mí, en el restaurante del hotel de mis padres, durante la dictadura batistiana entre familias desesperadas y sargentos políticos de la época. ¿Qué república era aquella? 

Fue también una experiencia emocional correctiva al hecho de que mi trabajo en los dos primeros años fuese reconocido  a escala nacional como Vanguardia Básico de todos los sindicatos de servicios existentes en Cuba en 1964; sorpresivo sobre todo, porque por razones de honestidad y no de ostentación de rebeldía, los documentos oficiales de mi trabajo eran concluidos con atentamente en vez de revolucionariamente. 

En semanas pasadas del presente año, ocurrió una triple coincidencia de hechos de gran relevancia afectiva para mí. En solo siete días presenté como humilde homenaje a Niquero un libro testimonio de mi interacción con ese pueblo, titulado Volver a la semilla. Recibí la honrosa distinción de hijo adoptivo del municipio y también la muy gratificante información de que durante el enfrentamiento a un pequeño brote de cólera controlado con total inmediatez, la emisora municipal de radio reprodujo consistentemente los versos de un adolescente niquereño de solo 15 años de edad. Eso ocurría 46 años después de concluir mi estancia en mi segundo terruño.

Los versos que me llegaron por vía de un amigo decían así: «En reuniones personales, mi tía a mí me contó/ que un médico aquí llegó y era Ricardo González/ una persona que vale, por tanta dedicación/ trabajo y preocupación, también ahínco y esmero/ por eso todo Niquero lo lleva en el corazón/ Ese hombre aquí llegó viniendo desde muy lejos/ siempre dando sus consejos, que al parecer nadie oyó/ hoy el cólera llegó y muchos suelen decir/ el que quiera bien seguir, que se acuerde del doctor/ y su consejo instructor que el agua se debe hervir». 

No solo recuerdo hechos conmovedores, sino también otros cómo aquel humilde limpiabotas del pueblo, que finalmente creó un grupo musical integrado por maracas, claves y timbales y que nos apoyaba en las visitas de promoción y prevención a diferentes cuartones, el joven de piel negra que a mi llegada a Niquero culminaba su alfabetización, se presentaba como sobrino de Metro Goldwing Mayer y durante un breve ensayo con el ejecutante (en el sentido penal del término) de las claves, mientras se cambiaba un neumático ponchado del camión, le oí decir con énfasis de director de orquesta: «Manolo, fíjate que mis maracas están afinadas en mi bemol y tú estás tocando en “do de pecho”». 

Luego de haber sido designado por mi desaparecido gran amigo, doctor Eduardo Bernabé Ordaz, para dirigir el servicio de atención integral al uso indebido de drogas, tuve en pocas semanas la posibilidad de percatarme —en la práctica— de mi error al apreciar las adicciones no como enfermedades, sino como vicios y a las personas esclavizadas por el alcohol u otras sustancias no como pacientes, sino como malas personas. 

Sufrí el afortunado encontronazo con mi error cuando de manera totalmente imprevista, escuché a un paciente con toxicomanía alcohólica decirle muy en privado y con voz muy firme a otro paciente de doble constitución física, que para comerle nuevamente el pollo de la dieta a un enfermo desvalido —a quien él ni siquiera conocía— tenía que pasar sobre su cadáver. Mi reflexión inmediata fue que aquel supuesto «mala gente» sabía sentir la bofetada en la mejilla ajena, y vivencias similares y reiteradas me hicieron evocar una experiencia asistencial con un paciente que sufría dicha afección varios años antes; paciente que atendí durante una guardia de domingo en el hospital docente Saturnino Lora de Santiago de Cuba y al que escuché hablar, por más de una hora, sobre sus conflictos familiares y laborales. 

Al concluir aquella catarsis desarrollada «corazón en mano» por parte del paciente, mi respuesta, lejos de ser apropiada, consistió en un verdadero sermón moral con tono rechazante y aquel pobre hombre salió de la guardia peor que como había entrado. Hoy lo recuerdo con mucha culpa, como a un perrito que sale corriendo con la cola entre las patas luego de algún castigo. Destaco esa experiencia porque en mi apreciación, el reconocimiento de ese lamentable error y la frecuente identificación con las madres, esposas, hijos y padres de pacientes adictos, cuando esperan en horas de la noche el retorno del ser querido, mientras les atormenta la gran incertidumbre del «¿cómo vendrá?». 

Constituyen las dos grandes motivaciones a las que he dedicado la mayor parte de mi vida profesional: la atención integral al uso indebido de sustancias que modifican el comportamiento, ya sean el alcohol, los medicamentos u otras drogas; la constatación cotidiana de la alta calidad humana que se expresa cuando los pacientes alcanzan su rehabilitación total.  

Son un acicate para seguir en lucha contra las drogas y transmitir experiencias que contribuyan a enfrentar simultáneamente la oferta (combate contra la producción, tráfico, expendio o inducción al consumo); la demanda (mediante actividades promocionales de nuevos estilos de vida y actitudes racionales ante esas sustancias, así como el apoyo irrestricto a todo tipo de medidas preventivas primarias, secundarias o terciarias, y también a través del tratamiento rehabilitatorio adecuado a los pacientes, para terminar con sus sufrimientos, los de sus seres queridos y el peligro de propagar hábitos insalubres de consumo). 

La esencia de mis gestiones instructivo-educativas en el campo de las adicciones está en perseguir una actitud comunitaria y hogareña de gran cautela ante las drogas, sin importar su condición legal o ilegal, duras o blandas y médicas o no médicas; divulgar sus trágicas consecuencias, el valor de las medidas preventivas, los recursos para la detección precoz del consumo y los más avanzados métodos para el tratamiento y la rehabilitación psicosocial. 

 

Usted ha afirmado, en reiteradas ocasiones, que la Medicina en general y la Psiquiatría en particular, devienen fuente nutricia de ética, humanismo y espiritualidad. ¿Podría explicarles a los lectores cuáles son los fundamentos en que se apoya ese planteamiento? 

Cuando llegué por vez primera al Hospital de Niquero, muchos suponían que debido a mi expediente como estudiante debía transmitir muchos conocimientos, actitudes y habilidades a mis colegas en la institución. Yo diría que fue todo lo contrario, que quien aprendió lo que era realmente la práctica médica y sus misterios fui yo. 

Yo había desarrollado un internado vertical en Psiquiatría y tres días antes de mi graduación, se recibió la orientación de que a consecuencia de la epidemia de gastroenteritis que afectaba nuestra población infantil, todos los graduados, con independencia del internado realizado, ajeno al rotatorio, debían trabajar como médicos generales básicos. Eso quería decir que seríamos especialistas en piel y su contenido. 

Mi condición de observador participante (una de las esencias de la práctica psiquiátrica), me permitió percatarme de inmediato de un fenómeno de extraordinaria importancia en la práctica asistencial de la medicina y era que a partir del momento en que el paciente y su familiar ponían un pie en el Hospital Rural de Niquero, todos los miembros del equipo de salud […] desde el jardinero, el portero, el camillero, hasta el director de la institución se comportaban como si los problemas de los pacientes y familiares fuesen propios y se desbordaban en amabilidad, respeto, sensibilidad humana, actitudes solidarias y una formidable capacidad para involucrarse en los problemas que presentaran. 

En efecto, hoy pienso que el equipo de salud en aquel hospital era un Colectivo Moral, muchas décadas antes de que ese profundo movimiento laboral deviniera uno de los principios básicos de la medicina cubana. En efecto, allí reinaba un humanismo espontáneo que implicaba profundo respeto hacia los seres humanos y excesiva preocupación por su bienestar y desarrollo integral. Se cumplían plenamente los principios de la ética médica, pese a que la mayoría de los trabajadores desconocían la teoría, pero les brotaban del corazón, los practicaban como se haría en el centro de salud de mayor desarrollo del mundo, porque respetaban los principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia, justicia, y sobre todas las cosas, se observaba la regla de oro de tratar a los demás como quisieran ser tratados al estar en similar situación. Aquello que ellos llamaban: «hoy por ti y mañana por mí».    

Como característica común de mayor relevancia estaba presente ese conjunto de virtudes que permiten a un ser humano sentir como propias las necesidades de las personas a quienes se presta un servicio. 

En fecha reciente, la revista Medicc Review publicó un breve trabajo nuestro titulado «La vocación de servir, piedra angular del ejercicio del equipo de salud», y ese trabajo tiene raíces desde nuestra estancia en Niquero hace medio siglo. También están en ese pueblo las raíces de la metáfora que actualmente proponemos en la Comisión Nacional de Ética Médica: nuestras instituciones de salud tienen que convertirse en oasis de respeto, amabilidad, sensibilidad humana, disposición de servir, solidaridad y capacidad de involucración.

 

¿Algún consejo o recomendación a los jóvenes profesionales de la salud mental y escritores que dan sus primeros pasos en el ámbito de la literatura especializada?  

En realidad, apreciamos con enorme satisfacción que las publicaciones científicas y científico-populares, así como la participación en la prensa electrónica y plana de los profesionales y técnicos de la salud se hacen cada vez más evidentes y sabemos que hay muchos maestros que impulsan dichas tareas. Mi consejo a los «pinos nuevos» es que no dejen pasar las oportunidades de utilizar los medios de difusión masiva en cualesquiera de sus modalidades, para difundir sus conocimientos que pueden implicar infinidad de beneficios en la promoción de la salud, el avance en la calidad y estilo de vida, en la prolongación de la vida con calidad y en la superación de concepciones comunitarias erróneas, cuyas consecuencias aprecian cotidianamente durante su práctica integral.  

Las experiencias, conocimientos, actitudes, habilidades y hábitos incorporados durante la carrera universitaria, y posteriormente, durante el ejercicio médico, constituyen un caudal invaluable de realidades científicas que deben ser conocidas por nuestro pueblo y cada vez se hace más evidente que en el espectro de gestiones de la salud se encuentran la promoción y protección de esta, la prevención específica, el diagnóstico precoz basado en el método clínico, el tratamiento curativo y rehabilitatorio, la investigación, la docencia, la gestión administrativa y la divulgación a todos los niveles factibles. Y es, precisamente, en ese conjunto de acciones que descansan los logros de la medicina cubana contemporánea.

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