Virgilio Piñera, un motivo más para hablar de él
Por fortuna —y por justicia— ya cualquier motivo es bienvenido para hablar del escritor Virgilio Piñera, ahora en ocasión del aniversario 34 de su muerte, el 18 de octubre de 1979.
Si la manera de pervivir para el dramaturgo es a través de la puesta en escena de sus obras, tiene ganada la buena salud, y aún más, la inmortalidad.
Sin embargo, lo extraordinario está en que Piñera puede ser perfectamente antologable —de hecho lo es— por otros géneros que cultivó con maestría paralela: la poesía, el cuento, la novela. Es el suyo un caso inusual de integralidad literaria pocas veces visto, al menos en el contexto de la literatura cubana. Poeta, narrador, dramaturgo, todo ello complica su clasificación como escritor. De Piñera dijo el crítico Max Henríquez Ureña: “Acaso su producción teatral sea la más valiosa aportación que ha hecho a las letras, pero difícilmente su poesía le va en zaga: es una poesía de amarga y desesperada inspiración a la vez que de gran fuerza expresiva”. Obsérvese:
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?
(Fragmento de “La isla en peso”)
Piñera poeta nos refleja la filosofía del pensamiento suyo, con las insatisfacciones, ansiedades y búsquedas de un individuo preocupado por la preservación de los valores humanos. “Existe -apunta Alberto Garrandés- un marcado contraste de su poesía con la de casi todos sus compatriotas cultivadores del género. La de Piñera es, pues, una especie de islote solitario donde pervive el caos, la alucinación, el aciago sueño premonitorio, el vacío”.
Los estudios primarios los cursó Virgilio en la natal ciudad de Cárdenas, en Camagüey el bachillerato y en La Habana hizo el doctorado en Filosofía y Letras, título que obtuvo en 1940. 
Lo de viajero incansable lo extendió a otras latitudes: más de diez años vivió en Buenos Aires, trabajando como funcionario del consulado cubano, corrector de pruebas y traductor. La geografía latinoamericana la anduvo completa; viajó además a Estados Unidos y a Europa en periplo que abrió para él las ventanas de un mundo nuevo y de otro viejo, y le permitió acopiar cultura enciclopédica sustentada en lo leído, lo visto y lo vivido.
El individuo, el ente vivo, sin embargo, jamás perdió el contacto con las raíces y sus muchas colaboraciones pueden buscarse en las páginas de Espuela de Plata, Grafos, Ultra, Clavileño, Orígenes, Lyceum, Gaceta del Caribe, Universidad de la Habana, Ciclón , Lunes de Revolución, La Gaceta de Cuba, Unión... además de en publicaciones bonaerenses y parisinas. Entre 1960 y 1964 dirigió en Cuba Ediciones R.
De la obra dramatúrgica de Piñera se afirma que es la más sólida de su generación, con una calidad que la hace trascender al plano latinoamericano. Dos viejos pánicos ganó el Premio Casa de las Américas de 1968 y debe destacarse la manera en que Virgilio crea sus personajes, dotados de una sensibilidad que trasmite al lector (o al espectador) el sentido de autenticidad humana indispensable para la comunicación. ¿Mas, dónde quedan Electra Garrigó, estrenada en 1948; Jesús, 1950; Aire frío, 1959…, y otros tantos de sus textos más celebrados?
Preparó la selección y notas de Teatro del absurdo, con obras de Ionesco, Beckett y otros autores, hizo traducciones y textos suyos también se han traducido al inglés, francés, italiano, alemán, ruso, húngaro, polaco...
La bibliografía de Virgilio Piñera nunca queda completa. Sus obras se reeditan ahora con frecuencia, dentro y fuera de Cuba. Libros suyos conocidos lo han sido los poemarios Las furias, La isla en peso, La vida entera y Una broma colosal; Poesía y prosa, Cuentos fríos, Aire frío (pieza en tres actos), Teatro Completo; y las novelas Pequeñas maniobras, Cuentos, Presiones y diamantes.
En cuanto al extenso poema “La isla en peso”, se publica en 1943 —el autor tiene entonces 31 años— y condensa en sí el sistema poético y existencial de Piñera, de ruptura con los modos convencionales de expresión de la poesía, signada por un intenso drama interno llevado al tema de la insularidad. Poema polémico, disfrutable en sus coyunturas amargas.
Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.
(Fragmento de “La isla en peso”)
La carne de René, primera de las novelas de este autor, aparecida en 1952 y reeditada en 1995, “hoy viene a ser pionera de las actuales tendencias en la literatura latinoamericana: procedimientos menos experimentales, fluencia temporal cronológica... si a esto se agrega su preocupación por el cuerpo humano, prevaleciente en estos años finales de siglo, La carne de René es doblemente novedosa”- opina Antón Arrufat, Premio Nacional de Literatura.
Desgastado prematuramente en el orden físico, Virgilio Piñera abandonó el mundo de los vivos a los 67 años. Es hoy uno de los escritores cubanos de mayor interés por parte de críticos y lectores, dentro y fuera de las fronteras patrias.
Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.
No corresponde al espacio de estos apuntes una valoración de las aristas de la obra y personalidad de un autor de la profundidad de Virgilio Piñera. Es cierto que nos deslumbra en la diversidad de géneros que cultivó, en su originalidad, pero al mismo tiempo nos tiende puentes y manos. Es por ello que públicos de todas las edades sienten la curiosidad —o tal vez necesidad, que puede ser más exacto— de conocer su quehacer, porque esa obra, al modo mismo que el ancla, penetra fuertemente en el lodo y nos aferra a la raíz.
