Apariencias |
  en  
Hoy es miércoles, 27 de noviembre de 2019; 7:08 AM | Actualizado: 26 de noviembre de 2019
<< Regresar al Boletín
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 8 No 7 No 9 No 6 No 5 No 4 No 3 No 1 No 2
Página

«Oigo paso en la  arena», un relato de Rodolfo Alpízar

   Alberto Marrero, 30 de octubre de 2013

Las misiones internacionalistas de Cuba en África, y en especial en Angola, fue un tema recurrente en la narrativa cubana de los años 90.  Aparecieron novelas y libros de cuentos  que narraban la epopeya con una mirada distinta a la llamada literatura de la violencia, floreciente después del triunfo de la Revolución y que perduró hasta finales de la década de los años 70. Los nuevos narradores que asumieron esta temática, entre muchas otras emergidas en esa difícil etapa, pusieron al individuo, más que la descripción de batallas y grandes movimientos de tropas y pertrechos, en el centro de su relato: el hombre enfrentado a sus propios miedos, lejos de la familia, en una geografía desconocida y hostil, en medio de una cultura ajena y veces incomprensible —a pesar de los supuestos vínculos de sangre que destellaban desde un pasado ominoso—, en una guerra a miles de kilómetros de su país, cuya importancia entiende pero sin descartar alguna que otra duda y vacilación; el hombre nostálgico y siempre deseoso de regresar sano y salvo, lo más rápido posible, son algunos de los tópicos de esta literatura que, al parecer, todavía se mantiene viva en la perspectiva de algunos narradores actuales.

    El cuento que hoy publicamos se titula «Oigo pasos en la arena» y pertenece al narrador, filólogo, profesor y traductor Rodolfo Alpízar, el cual nos relata la historia de un reservista  cubano que funge como profesor de preparación militar, y quiere acudir al bautizo del sobrino de un alumno angolano, futuro profesor también, de la escuela militar. El jefe del cubano duda en autorizarlo, pues la situación de guerra que vive el país es muy peligrosa para andar de noche por lugares ignorados; nunca se sabe. Al final, el jefe acepta para no hacerle un desaire al colega angolano, considerando que son varios los invitados e irán en una camioneta. El cuento toma vuelo a partir que el personaje principal se encariña con un niño —le recuerda a su propia hija—  que lo aborda y no se le despega durante la fiesta, como si él fuera su padre. No develaré más, toda vez que el gancho del relato está dado por la atmósfera que el narrador crea en torno a  este simple suceso. Contado en primera persona, con lenguaje preciso, casi minimalista, Alpízar nos entrega un bello relato que habla de sentimientos universales en medio de una epopeya dura e inolvidable para varias generaciones de cubanos.

    La obra de Alpízar es amplia y abarca la ficción, la traducción literaria y los estudios lingüísticos. Su más reciente novela se titula Empecinadamente vivos, de corte histórico y publicada por la Editorial Letras Cubanas en el 2013, recrea una de las más extraordinarias hazañas de la historia de Cuba: el ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957.

Alberto Marrero
 




OIGO PASOS EN LA ARENA 


Rodolfo Alpízar Castillo

                                                                       
                                                                                        Para Ale y Rodo, cuando niños.

 Se acercan cada vez más. Deben de ser más de dos personas; tres, supongo. Recuerdo la indicación del teniente: «No anden solos por ahí, nunca se sabe…, y no hay que estar tentando al Diablo».

Bueno, parece que metí la pata, pero uno tampoco puede andar todo el día en alerta como pretende él, tenso, pensando que cualquiera puede ser un enemigo. Además, yo no era más que un hombre con un niño en brazos y tres o cuatro más a su lado, caminando por los arenales de un
musseque1 luandense, qué podía temer. En realidad eso no es exacto: Era alguien que andaba en la noche con un niño en brazos y otros que lo acompañaban, cierto, pero también vestía uniforme, en un país que, aunque el frente estuviera muy lejos, se encontraba en guerra, y eso podría marcar la diferencia.

Esos que venían detrás podrían demostrármelo en cualquier momento.

No sé si le recordaba  a su padre, o qué, pero desde que llegamos a la fiesta aquel niño había simpatizado conmigo, y no pasó mucho tiempo antes de que me viera rodeado de un pequeño grupo de sus amiguitos, que se adueñaron de mí y prácticamente me separaron de donde estaban los adultos.

En nada se parecía a mi hija, salvo en el color; incluso era más pequeño, pero cuando me puso las manos en las rodillas y me pidió que lo cargara era ella quien lo hacía. La alcé y la recosté contra mi pecho.

Yo apretaba contra mí a mi niña antes de partir, y no sabía cuándo volvería a hacerlo, o si regresaría alguna vez a abrazarla. Se había quedado dormida, la llevé hasta la camita y avisé que ya me iba para el entrenamiento militar. «Es eso que estás pensando, pero no te lo puedo decir», contesté a la pregunta que su madre me hizo con los ojos. Ella me conocía lo suficiente para no ignorar que yo andaba en gestiones de partida, pero no imaginaba que fuera tan pronto. Nos miramos unos segundos. No íbamos a hacernos discursos de despedida, ni tampoco a darnos besos inolvidables: No éramos personajes de una película, sino dos seres humanos que se separaban porque uno de los dos marchaba por propia voluntad hacia un país en guerra. «Solo cuídate, recuerda que te esperamos aquí», fue lo único que me dijo. Le di el beso más desabrido de mi vida y me alejé deprisa.

Eso había sido varios meses antes, y muchas nuevas experiencias se habían acumulado, comenzando por la novedad colectiva de viajar en avión, lo que pocos en el grupo habían hecho alguna vez. El recuerdo de lo dejado atrás dolía, pero en ocasiones se diluía por la fascinación de descubrir una tierra al mismo tiempo tan semejante y tan diferente. Después de una corta estancia cerca de una zona de guerra, donde en realidad no hacía nada que valiera la pena, me enviaron de profesor a una escuela militar. Supongo que la facilidad con que me había apropiado de la lengua contribuyó a esa decisión, gracias a la cual conocería São Paulo de Luanda, la más rica ciudad de las antiguas provincias de ultramar del imperio portugués. «La capital negrera de Angola», me dije, conocedor del intenso tráfico de esclavos que distinguió a su puerto en siglos pasados. También era la ciudad cuyos habitantes se habían levantado casi sin armas contra el poder colonial el 4 de febrero de 1961, me rectifiqué. «Es lo que cuenta, en definitiva». Valdría la pena conocerla.

Era el bautizo del sobrino de uno de los alumnos que se preparaban para formar el cuerpo de profesores de la escuela; la fiesta se celebraría en su casa, en un barrio cercano. Pero el teniente estaba renuente a dar la autorización. «No quiero ni pensar lo que va a pasar si uno de ustedes tiene un problema». Que nada pasaría, insistimos, nos llevarían y nos traerían de regreso en la camioneta del padre del bautizado; además, estaríamos siempre juntos, en una casa de familia. Precisamente por eso, porque era una invitación de la familia de alguien que pronto sería nuestro colega, no aceptar sería una ofensa.

«Estamos en África, teniente, una ofensa así en esta tierra es algo que no se olvida». Ninguno de nosotros conocía el país lo suficiente para estar seguro de que la frase se correspondía con la realidad, pero funcionó, porque el teniente cedió, no sin antes hacernos mil y una recomendaciones de que nos cuidáramos. «Y no anden solos por nada del mundo».

Los niños, encantados con este tío que les hacía caso mientras los demás adultos solo se dedicaban a ellos mismos, no lo soltaban, y le contaban de sus fantasías y sus sueños, en tanto el pequeñito, confundido definitivamente con mi niña, poco a poco se había quedado dormido, hasta que no estuve más con un hijo ajeno en brazos, a varios miles de kilómetros de casa, sino con la mía, meciéndola y susurrándole canciones de cuna que a duras penas recordaba de mi madre, hasta que «Tío, tío», las palabras, los tirones de la manga de la camisa y las risas de los demás muchachos me devolvieron a la realidad. «No me quedé dormido, me estaba mirando por dentro», me defendí.

«Él también se está mirando por dentro», me avisó, entre risas, una muchachita de unos diez años, extremadamente delgada, de trencitas y con ojos muy negros y brillantes. Pensé que mejor sería acostarlo, y le pedí que buscara a la mamá, para que se lo llevara. «Ella no vino, está en la casa», me respondió. «¿Y quién lo trajo?», «Yo». Era la hermana. No me imaginaba cómo aquella cosita mal alimentada podría cargar al pequeñito hasta donde vivía, aunque fuera cerca. «Si me acompañas hasta tu casa yo lo llevo, ¿está bien?», «Sí». Me levanté con cuidado, para no despertar a mi niña y llevarla hasta la cama. «Yo voy también», «Y yo», «Y yo», varias voces infantiles, revoloteando junto a mí y halándome de la camisa para que les hiciera caso, volvieron a traerme a la realidad. «Bueno, pues nos vamos todos juntos…», «Síiii».

En el portal de la casa había una bombilla muy potente, y una o dos casas más también arrojaban su luz hacia la calle de arena. Pero unos pasos más allá era difícil incluso distinguir las fachadas. Diseminadas y sin orden, en algunas partes danzaban pequeñas fogatas, alrededor de las cuales se reunían vecinos para conversar. Avanzamos una cuadra. Otra. «Boa noite», escuchaba invariablemente al pasar frente a cada grupo, «Boa noite», respondía,  intentando pasar inadvertido, y pensando en las advertencias del teniente. Que no tenía nada que temer, me decía, estaba convencido de que mi pronunciación era la de cualquier angolano, y esas personas que me saludaban habrían de imaginar que era un vecino cualquiera que se dirigía con sus hijos a dormir.

A la tercera cuadra ya había sentido la tentación de volver atrás, ¿a quién se le ocurre meterse por estas callejuelas oscuras, en que resulta difícil hasta ver las caritas de los niños, mi única compañía en un lugar que no conozco? «¿Está muy lejos tu casa?», pregunté a la niña de diez años. Aseguró que no, pero señaló de una manera vaga hacia un punto más adelante que no me pareció demasiado cerca. Era una irresponsabilidad andar por esos andurriales solo, o, peor, con esos chiquillos que no tendría manera de defender si algo ocurría, me recriminaba. Ellos, en cambio, iban muy confiados, porque andaban en su barrio y porque los protegía su tío cubano. Un tío es alguien que nunca tiene miedo y lo defiende a uno contra los malos. No podía defraudarlos con mi miedo.
Seguí adelante.

«¿Falta todavía?», preguntaba a cada tanto. «Un poquito», era la respuesta infalible, ya me estaba pareciendo que el concepto de distancia de esa niña y el mío no eran similares. Llegó un momento en que no se vieron más luces de fogatas, y escasas personas nos cruzaban en el camino. Se imponía poco a poco el silencio, apenas se oían mis pasos y los pasitos de los niños en la arena. El musseque, por lo visto, iba a dormir temprano.

Apenas se oían mis pasos en la arena, me había dicho. ¿Estaba seguro? Agucé el oído. No, no eran solo los míos y los de los niños. Estaban los de alguien más. O de varios más. Se acercaban con rapidez. «¿Y eso qué?, será gente que tiene prisa, se les hizo tarde para llegar a casa; a ellos tampoco les hace gracia andar por esta oscuridad a estas horas…» El llamamiento a la calma hubiera servido para algo si, por ejemplo, los pasos hubieran seguido en otra dirección, o si hubieran continuado rápidos, nos hubieran sobrepasado y hubiéramos visto pasar a los apresurados. Pero no sucedió así.

Los pasos que se oían en la arena, que no eran los míos, que podrían ser de unas tres personas y al principio habían sido rápidos, en cierto momento se hicieron más lentos, como si quisieran mantenerse a una pequeña distancia de nosotros.

Comencé a valorar la situación. Tenía un niño en brazos, que era igual a estar maniatado, poco podría hacer por defenderme a mí y a mis pequeños acompañantes. Si eran asaltantes, mis bolsillos estaban vacíos, en todo caso tendrían que conformarse con el viejo reloj ruso que años atrás me entregaron por mis resultados productivos. No sería gran botín, por cierto. ¿Y si eso los encolerizaba? ¿O si fuera otra cosa lo que buscaran, por ejemplo, un secuestro? ¿O matar a un cubano, para promover el terror? Eso último me parecía un poco exagerado; tenía noticia de las masacres en las aldeas, pero nunca había oído de terrorismo en Luanda. De cualquier modo, tenía que estar preparado para lo que fuera.

Preparado psicológicamente, por cierto, porque, para defenderme, como suele decirse, no tenía ni una cuchilla de afeitar. Si lograba poner al niño en el suelo, acaso alguna de las técnicas de defensa personal aprendidas cuando era más joven podrían poner fuera de combate a uno o dos atacantes, pero, ¿a tres? Ni que fuera Bruce Lee.

Los pasos continuaban oyéndose, ahora algo más nítidos; era evidente que se acercaban. Decidí que no podía seguir temiendo un minuto más. Lo
que fuera a suceder, que sucediera ya. Me detuve. Los pasos se detuvieron también. Me volví.

Eran tres hombres, altos y fuertes, y estaban más cerca de nosotros de lo que imaginé. Ya mis ojos se habían acostumbrado lo suficiente a la oscuridad y les distinguí más o menos los rasgos de la cara. Recordaba vagamente haberlos visto antes, acaso en la fiesta. Decididamente, o no podría enfrentarme ni a uno solo.

«¿Qué hay?», pregunté, intentando que la voz sonara a la vez firme y neutral. Todos mis músculos se tensaron. Los niños se apretaron contra mí.

Uno de los hombres respondió, acercándose todavía más a mí: «El profesor se fue sin decir nada. Por suerte unos niños nos avisaron...»

19 de marzo de 2012



Notas:
[1] En Luanda, barrio popular.
 

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
Enlaces relacionados
Reforma constitucional
Decreto No. 349
Editorial Letras Cubanas
Editoriales nacionales
Editorial Capitán San Luis
 
Página
<< Regresar al Boletín Resource id #37
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 8 No 7 No 9 No 6 No 5 No 4 No 3 No 1 No 2