Ciclos —de la palabra ahistoria— en poesía
De tu ojo soy la mirada.
(“El arte de razonar”, Ch. Pierce)
Escribir sobre un texto que no ha sido editado, publicado o premiado, o que está aún en el horno de la creación, exige ser cuidadoso: Puede quemar o no.
Estas son las reflexiones de un escritor inédito, pero si al discurrir se atraviesan los canales de la literatura, de la semiótica, de la historia en tanto experiencia comunitaria, de la filosofía y de la lingüística, el texto se convierte en un intento de aproximar los géneros, de transgredirlos y fusionarlos, simulando un discurso poético.
Disfrute desde y para los sentidos; síntesis de conceptos; osadía para lo lúdico y permutativo, he ahí impulsos favorables para lo que bulle y anida en la palabra Tropos.
NORA LELYEN FERNANDEZ
I
…nos levantamos contra el derecho atribuido a ciertos hombres,
limitados o no, a sancionar, mediante la encarcelación perpetua,
sus investigaciones en el dominio del espíritu.
Antonin Artaud
Con imagen o sin ella, la búsqueda ofrece ciertos frutos. La búsqueda, que no es solo la forma inmunda de alcanzar lo opuesto, lo que está allí, en virtud de lo inasible, trama el grito. Tiene de rubor objetable los caminos que van surgiendo en su proceso. Me hundo en la permisividad de un lenguaje que tiene su validez en lo figurado —pero no contrastante. Una figuración no rebasa nada pues explota. Condicionantes eternas celebran la ausencia, lo subjetivo de esa otra visión de las cosas. Junto a esta imagen su energización puede construirse a la medida de lo que toma como sustento lo comparado con la realidad, que está constituida por el texto. El texto como doble vía, va hacia la consumación de los actos. El texto es acto imaginal, viaducto barroco y estratégico, que está a disposición de artificios que sintetizan la caída hacia lo oscuro. Pienso un texto y ya le estoy superponiendo cierta carga que data de la experiencia y el cúmulo de ella. Sopesando lo anterior, delibero, a razón del constructo, un movimiento que destaque sobre todos los demás. El texto está ausente de verdad. Lo que crea, en cierta medida, es la sospecha, no me refiero solo al texto ficcionado sino también al que ubica resultados y conclusiones. El texto que sugiere validez prefiere, en virtud de lo caído, que nunca será otra cosa que la gracia de caer, no sitúar la referencia. Porque es la palabra, atendiendo a las manifestaciones extratextuales de la palabra, que llega como si dependiera de su nomenclatura para existir.
II
El Misterio es un lugar extraordinario.
Paul Rebillot
Contrario a lo que podrías pensar, el texto que no está en función de una imagen, es el texto que actúa solo cuando ella existe. Esto sugiere no solo el final del texto —que será siempre la imagen—, sino que parte de él regresa, sin modificación. Si se modificara en cierto momento la imagen, este texto se convertiría en otro. Si se mantiene una imagen sola como base para un texto, este no podrá ser modificado en busca de la misma imagen, porque su núcleo estaría describiendo otra imagen. Podrías pensar: es lo indetenible; no solo las cosas distantes, sino la boca que arraiga sobre lo noche el viento. Entonces ante la imagen se es parte de las cosas. Tu capitulación se oculta de todo. Eres en lo todo depositado. Ahora podrías no pensar —un poco—: pues el dolor que siento es tan grave que silencia sagrados acordes. Eres un cuerpo huido sobre el tilo, sin otra cosa que mi casa para esconderte —para tu cuerpo. Si el residuo existe, está allí la palabra. Justo eres el ser insinuado en el viento. Y tú que aspirabas a ennegrecer un poco —quizás no he terminado. Escribir las cosas importantes duele como no salir de este esquema. No solo atrapas la palabra, has hecho las cosas mismas. Palabras inútiles palabras que hablas.
III
Había esa luz extraña que cierra una jornada de
lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo se ilumina
demasiado tarde para que sirva ya para algo.
Samuel Beckett
Concierto de imágenes ahora: luz que desciende a través de ti, traslúcida fuerza que destaca el impacto; rostro envilecido se postra o desmaya en la puerta oval, humo contrario en los ojos del búho; línea crispante de colores que regresa del mar, minúscula piedra abriendo el agujero; ciudad cubierta por un río y el río inverso humedece miles de cuerpos inmóviles, cerradura al fin la voz del tiempo; almacén imaginal sobrepuesto en el cilindro, complejas almas en redobles; hoyos del rostro con una larga cabellera que destroza todo castillo envilecido, mano alargada al pico de un ave extranjera; jaula de bocas encontradas en el lenguaje, desertor el viento; determinación oblicua del átomo bajo la música, calles al final de todo; mecanismo que, sin detenerse, rompe el modo en la caricia; sonrisitas por la samba; ciudad que vuelve en rosas la nostalgia, ahora comprometes el hálito; falocéntrico obelisco de la muerte pues la soledad rumbo al contrario devenir, piedras nada más; dislocación de la imagen que humedece tus labios como el mar, pausa ahora desde lo blanco; nieve detenida en las manos en el rostro envilecido, sangre en círculos ancestrales; carne empedrada desde un violín que trasciende, cortaplumas nacarado como virgen metal; teclas del piano y piano reverso que repite revocando, obelisco o menhir solo en praderas africanas; ciudad piano servida a la roca para buena degustación de lo húmedo, búho oculto en pleno vuelo; ayuda del sol y sol como piano reverso, lo noche empecinado; travesti forma de la aurora, tu mano que surge en el árbol. Silencio de imágenes ahora: imposible descripción del pétalo, descanso dorado en la superficie del río, ruta sin márgenes, explosión de los sentidos, narcolepsia de la palabra, alucinaciones hipnagógicas, metamorfosis del núcleo, movimiento argentino, lo blanco como la no-referencia, mariposas o manchas de pseudomariposas entremezcladas con la sensación, grafitis en la pared del fondo, cajas cerradas, arco rojo en descompresión, catauro en hongos sobre cuernos de dragones, la música el silencio, inmóvil tu cuerpo tras la mano ofrecida, roto el verso, bocabajo lo verde y cegato el ritmo, trunco siempre.
IV
El juego es siempre juego de ausencia y de presencia,
pero si se lo quiere pensar radicalmente, hay que pensarlo antes
de la alternativa de la presencia y de la ausencia; hay que pensar
el ser como presencia o ausencia a partir de la posibilidad del juego, y no a la inversa.
Jacques Derrida
Por la vía del lector tienes el silencio necesario para llegar con las manos libres hasta la mitad; y la mitad conviene en ser la protoimagen, o la rara mezcla sensitiva que transita por ciertos amaneceres de un violín, y que no sorprenda si el violín no existe en la pradera africana, solo el asumir del sol como reclamo más, como tempestad de arena. Por la vía del lector estás dentro de un vagón biplanar, que inicia en el humo rosado, en el tiempo incauto, en las siglas de la biblioteca. Allí eres tú, página impresa, lo efímero. Tu leve estadía importa cuando las manos del lector se permiten en el centro. Centro que se actualiza siempre, debido al quién y cómo, al dónde y cuándo. El texto allí tu sangre, página impresa. Expansivo el acto del creer según los que te hicieron en la piedra, o en los muros naturales que se exponen al fragor del tiempo y las imágenes. Ahora que te tengo, garra autómata, devaluada astucia, camino. Porque por la vía del lector se llega a ti, página impresa, con las manos atadas y distantes. La imagen regresa a su estado cero. El contraste a la altura de ciertas deposiciones. Para el lector los días en silencio, pues si la frase ocupa lo paralelo al acto, la música explota los comienzos de la ausencia y la presencia. Por la vía del lector el texto sin imágenes. Poesía aquí en diferente estima. Solo el rumor en la lectura del lector.
V
Sin Estar-allí y con-Estar allí no hay mundo,
sino solo en un cierto sentido y, en el fondo, más metafórico.
Mauricio Ferraris
Niega el hecho de cierta relación—aunque ingrávido de espejo— y confiesa su participación en lo noche de la imagen. Sintoniza cuando lee al público. Desde luego, se opone a lo que empieza. Reclama al escuchar —pues sentado cruza las piernas—, busca siempre: voy y apago mi cigarro. Deja que el humo desmitifique, aprieta el arpa. El sentido del espejo comienza a ennoblecer el acto, cuelga un festín multicolor. La angustia de escuchar —repite. El silencio antecede a la palabra. Anuncia: la imagen es el resultado. Piensa en el viento como corpúsculo adjunto; pasa la mano por el estómago, el asco aprieta fuerte. Asiente: el movimiento y el funcionar son simultáneos, suplica con los ojos, cierra el rostro, transmite en tono comidilla, la conspiración que parte del hecho artístico. Anuncia: el sonido se confunde. Desde la habitación cerrada, en particular reía, se asustaba, concorde al sitio de las lluvias ha pronunciado los temblores, difiere en el uso de otro silencio lloviznado. Anuncia: ¿han pasado los vientos marchitos? Insectos previsores meditan en el rincón oscuro, los vio —lo juro—, no hubo música diferente para cuervos.
En sentido figurado, propone, niego el hecho, entre polvo y silencio, como la hoja de papel que soy. Escupe porque una vez lo escucharon cantar entre arrecifes, aunque la idea del canto esté fuera de lugar —aquí/ahora, dejo correr la tinta—, siempre que descanse entre lo verde. Es verde el motivo. En sentido propio, debe pensar, renuncio al individuo. Una armada viene, tiempo de piratas, gira pero cae. Hoy renuncia de sí. Las sombras que parecen negar lunas sobre un cielo raso, de bruces y con las algas al viento, aplauden —hay banderas. No importa: renuncia a su renuncia. Ha cesado el fuego —sí lo juro—, calma, nada resolvió tirar la piel, descarnarse el rostro. Listo para atenuar narices, y sirviendo ostras, mezcladas con la sangre, que se exprime del tomate, y bendecida —oh, bendecida— por ese ejercicio de fideos olorosos a carburo. ¿A dónde habrá ido a parar renunciando? En sentido límite, aprieta muy bien el dedo contra la madera que no cede y verá cómo, luego de la presión, adquiere un color primario: rojo fuego de muerte del sentido naufraga en el dedo gordo, el peso es blasfemo al solo punto del silencio. ¿Y si despierta? ¿y si no ha dormido? —¿estar lúcido en el sueño?— ¿si hubiera dios, comería hombres? No ha sospechado (aún) lo suficiente. La renuncia afila los testigos de su gesta, bendice el agua. No quiere escuchar palabra. Aquí entrega sucia y terca la poesía. Entrega su participación en la metáfora. Estoy allí, medita; dice: Hallaré al culpable. No escucha los ruegos y su opuesto. Renuncio a mi condición individual —ríe. Pretendo irme con las huellas de lo noche. La renuncia. Forma parte del plan. Para atrapar a la palabra —tanta miseria junta.
(Comenzó a llover y el viento a pegar, resultan sonidos de tempestad).
Ha de mirarse bien por dentro. ¿Qué hay dentro? Ha sido una mentira. Es posible, el espejo oscilaba, su velocidad se aumentó, otros reflejos permitía. Es una bestia dormida, alguien rezaba, la piedra, que está allí, guiñándose un ojo, el derecho, ese que parapeta contra los designios de los dioses, la mentira, un desgajo cae. Sueña, mientras crean que está vivo. Medita: ahora podría pasar. Es un insecto que se esconde en la parte más oscura. Es parte de la cadena de sentido, una muerte infecta. Ser un barco allí rivaliza con la fuerza. Líneas confundiéndose con la anchura post-de-casi-cualquier-cosa. Por parte del mundo revestido de la garza, el sentido es un antídoto de la forma. Lejos de sí, cicatrizante, mira la herida. Medita. Enjuaga barbas a pesar de la herida, despierta a su parte elemental. Restablece conexiones: atormentas siempre que vienes con tus alas, tu sombra se convierte en la sombra de la luna —astro fulgurante que tropieza— yo-tú será la luna.
