Frank Abel Dopico, de El correo de la noche a Los puentes de Arcadia
no nos dejes, valor, vuelve a la vida
César Vallejo
En 1988 una noticia alegró unánimemente a la comunidad literaria villaclareña: el premio David de poesía lo ganó el libro titulado El correo de la noche, del entonces joven y popular Frank Abel Dopico. La alegría se duplicó al año siguiente, cuando ese mismo libro recibió uno de los Premios de la Crítica que se otorgan a los diez mejores títulos publicados en el año.
El correo de la noche, cuya gestación conocimos –gota a gota– los contertulios de Frank Abel en el taller literario “Juan Oscar Alvarado”, de Santa Clara, recorrió la vida literaria cubana con un consenso prácticamente generalizado de los poetas, la crítica, la academia, los lectores comunes, entre los cuales no faltaban nunca los estudiantes universitarios,del sexo femenino la mayoría. A todos el poeta los conquistó, en buena medida con unos sugestivos recitales de sus textos –actividades entonces frecuentes y nutridas–, pues sabía sacar notable provecho de su condición de actor e instructor de teatro.
Estábamos ante un libro que sintetizó con notable fuerza los códigos poéticos por los cuales su promoción luchó contra viento, dogmas estéticos, instituciones y marea, aun cuando se trata de un libro usufructuario del ingenio verbal y con notable cercanía al coloquialismo, corriente contra la cual reaccionaron los poetas de los 80’s. Hablamos de un volumen compuesto por unos textos donde la capacidad de fabulación se complementa con una abundante, inusitada y vigorosa tropología. La leyenda del poeta creció y se consolidó casi hasta el delirio, con poemas como los aún hoy degustables “Una historia de humor anaranjado” (Mi casa siempre se ha alimentado de los muertos. / En épocas de angustia padre los escondía en el trinar de los rincones / y los muertos se turnaban para dormir en el regazo de mi madre). “Tango a favor de las putas” (En resumen, / tú eres el inicio / y las palabras llegaron después, en un poema arrancado de la niebla. / Sentir o estar, eso fue todo y fue el semen como la luz, piadoso) o “La casa de rojo”, entre otros (Del pez se hizo el árbol, / del árbol el acta de nacimiento, / del acta de nacimiento nació la penumbra, / la penumbratuvo por hijo a su murciélago, / el murciélago chocó con los ojos de Eva, / con los ojos de Eva quemaron a Juana de Arco, / bajo el arco de triunfo un mendigo insultaba a las estrellas).
Por otra parte, la temprana coherencia de esa poética, cuyo apoyo se situaba entre el desparpajo lírico de un hablante casi marginal y una intención narrativa alucinante, unidos a las virtudes formales que antes señalé, dotó al conjunto de una amenidad encomiable. Poetas algo distanciados, por edad o estética, del modo de decir de Dopico reconocieron y hasta alabaron su destreza, pues tal vez estuviéramos presenciando el posible nacimiento de un fenómeno que el crítico Jesús David Curbelo años después denominó en sentido general –sin referirse en específico a este caso– como el síndrome de esperar eternamente a nuestro Rimbaud.
El carismático poeta, por aquellos días, recibía invitaciones de todas las provincias, para la mayor parte de los eventos poéticos que se celebraban: encuentros de talleres literarios (de cuyo evento nacional fue jurado), jornadas de la poesía, ferias provinciales del libro, giras nacionales, y muchos otros. En medio de aquella febril actividad colaboró conmigo en la fundación de las Ediciones Capiro en 1990, y en atención a que entonces escaseaban los originales, debido a que la credibilidad del naciente proyecto editorial era nula, o al menos dudosa –comenzaba el Período Especial con sus recortes en la frecuencia y tirada de las revistas, periódicos y libros–publicamos, como segundo título de la editora, su poemario Expediente del asesino, que al año siguientealcanzó la categoría de finalista del Premio de la Crítica.
¿Qué más se le podía pedir a un poeta de 26 años? Sus dos primeros libros habían alcanzado el espaldarazo de la crítica, uno con el premio y el otro como finalista, además de que contaba con un copioso grupo de fans, lectores espontáneos y no pocos epígonos.
Con Expediente del asesino, desde el punto de vista creativo, Dopico continuó su línea ascendente, esta vez valiéndose de un sistema metafórico del mismo corte que el utilizado en El correo de la noche, pero acogido a un punto de vista singular: la voz de un supuesto asesino lírico, con la cual se despega aún más del sujeto lírico inefable que caracterizaba entonces a la mayor parte de la poesía cubana. Veamos algunos ejemplos, como el del poema “Habeas corpus” (No se lo vayas a decir a nadie / pero también creo que el hombre en un Error / aunque vaya de camisa blanca los domingos a su muerto / y huela a que respira, a que tose; a que es manso / y tenga predilección por el visillo de las puertas); o “Expulso al cura de mi celda” (El viento anda con su pata coja por detrás de las puertas. / Pájaros muy tristes beben la luz de los árboles. / Es la edad del destrozo, los hombres ya no viven con los muertos. / Pero los hombres aún cantan, aún es ayer y mañana será el ayer de los mañanas).Tanto en uno como en otro libro el poeta consiguió la empatía al usufructuar el idiolecto de los jóvenes junto a un hábil manejo de los códigos de la alta cultura desde un decir popular. El público universitario, uno de los cotos donde ganó más lectores (u oyentes), asimilaban como irreverentes y con aires de desacralización algunos de los versos de ambos libros, pues aún operaba con fuerza en el discurso oficial la utopía de una juventud pura, ideologizada, no cuestionadora, hologramas de los cuales se apartaban bastante los sujetos líricos de estos poemarios.
Un buen día de 1994 el poeta marchó a España y tanto su nombre como su poesía fueron desapareciendo de los espacios cubanos de promoción, de la vida pública, pese a que en 1999 la Editorial Capiro publicó Las islas del aire, su tercer poemario y a que hizo algunos viajes ocasionales a su ciudad natal, coyunturas en las que siempre se le organizó algún recital. No fue hasta 2008 que regresó definitivamente a la Isla y tras ese retorno apareció, en 2011, Los puentes de Arcadia; por el sello de Unión. Esos catorce años de vacío en la vida literaria cubana, no fueron llenados con las publicaciones del período que en España tal vez haya hecho, razón por la cual continúo mi algoritmo como si Las islas del aire fueran la continuidad de Expediente del asesino y Los puentes de Arcadia la de Las islas del aire.
Las islas del aire es portadora de una voz más sosegada, testimonio de la madurez que, por edad debía caracterizar al poeta, pues contaba a la sazón 35 años. Ya no estamos ante el sujeto lírico marginal, sino ante el poeta que persigue una expresión sapiente. De lo anterior se aparta el capítulo titulado “Algunas elegías por HuckFinn”, que es incluso anterior a El correo de la noche, pues Dopico, por recomendación del editor, accedió a incluirlo en el volumen. Pese a ser portador del espíritu de los primeros libros, dicho apartado no marca notable discordancia dentro del conjunto total. El abandono del discurso irreverente para dar paso a uno sentencioso marcó en su mayor parte a este poemario (Si no te gustara reconciliarte, alguna vez, / contigo mismo, contigo ella. / Si no te gustara tener algo que perdonar. Si uno de los dados con que juegas tu sueño no se llamara Dios. / ¿Amarías la eternidad?)
Algo similar podría decirse de Los puentes de Arcadia. Hay un aire reposado, aunque angustioso, una poesía que, si bien mantiene su riqueza metafórica, busca distancia con la oralidad, aspira, más que a un oyente, a un lector solitario y culto. Y este rasgo se acentúa al compararlo incluso con Las islas del aire. Mi opinión personal es que Dopico renunció –quizás madurez mediante, pero con costo comunicacional– a aquella poesía que además de convocar al lector lo conminaba al estallido lírico de su oralidad. Y pienso que tal actitud tiene que ver con el cambio de ámbito, de donde se deriva la pérdida de su público natural, coyuntura que le obligó a intentar la conquista de otro oído o posible lector ideal, movido por códigos culturales muy distantes de su formación. Pero no hay que equivocarse, estamos ante dos volúmenes coherentes, trabajados con oficio y maña, de los cuales el poeta no tendrá que arrepentirse.
Coincido con el comentarista que en la breve nota de la revista Amnios Nº 11-2012 se refiere a Los puentes de Arcadia en los siguientes términos: “…emociona y hace recapacitar al noble lector, por los altos valores éticos y gnoseológicos que atribuye a la experiencia poética en un mundo en que se reconoce su fragilidad, su mueca, su rabillo del ojo y se demoniza lo grande y justo humanos”. No obstante, considero que es también un libro concebido para la comunicación con un lector cuyos referentes distan mucho de los que le impulsaron a escribir sus dos primeros libros. Quizás el desdibujo de marcas específicamente cubanas le haya ganado lectores más universales, pero alejó a aquellos primeros seguidores de su poesía que en El correo de la noche y Expediente del asesino leyeron, como quien se mira a un espejo y reconoce un rostro parecido al suyo, vivencias y fabulaciones que les hubiera gustado expresar. Puede que de esto último se derive que tanto Las islas del aire como Los puentes de Arcadia hayan pasado (o estén pasando) por la vida literaria cubana –de manera injusta creo– bastante inadvertidos por la crítica.
Aunque hasta aquí he dividido en dos etapas de la poesía de Dopico conocida en Cuba, aclaro nuevamente que no hablo de una pérdida o disminución del oficio, sino del cambio de interlocutor que el poeta escoge, supongo que –dada su larga estancia en España– ganado por el desdibujo de fronteras que caracteriza a la globalización, traducida en muchos casos por una estandarización de los modos de decir. El poeta conserva su singularidad fabuladora, como ganancia estilística al parecer definitiva. Veamos sino un breve ejemplo del último de los libros aquí analizados: “El destino pone a Dios en sus rodillas, prepara sus nalgas y lo azota con el pelo recién lavado de una pastorcita. / Dios pone al destino en sus rodillas, prepara sus nalgas y lo azota con la pureza de sus manos cósmicas. / Yo pongo a mi hijo en mis rodillas, preparo sus nalgas y lo azoto con las ropas blancas de mi madre: las más limpias del barrio”. Hay en el libro una unidad de estilo y un sentido de la exactitud que les son innatos a Dopico desde sus primeros versos. El constante acudir a las referencias bíblicas, para someterlas a un reciclaje irreverente lo emparienta un tanto –aunque se dirija a otro posible lector– con la singularidad de sus dos primeros libros, especialmente el primero.
Cuando recientemente terminé de leer Los puentes de Arcadia y me propuse un balance total, ante la calidad sostenida de ese conjunto me surgió la pregunta de por qué el poeta ya no es recibido con el mismo fervor que antes, aun por sus antiguos lectores, fans y amigos. Pudiera obedecer a ciertas actitudes personales de Dopico, alejado de los escenarios y dedicado a actividades menos literarias. También a que los tiempos son otros, a que estuvo mucho tiempo ausente de una dinámica cultural un tanto alucinante –sobre todo del 2000 a la fecha— y a que en la vida literaria las plazas vacantes de las estrellas se cubren rápidamente, muchas veces de manera legítima –otras no tanto– por figuras nuevas o más constantes.
También a que su discurso poético se distanció un tanto de la veta popular que siempre, mezclada con las referencias cultas, le incorporó sutiles volúmenes comunicativos a su poesía. Sea cual sea la conclusión –si algo pudiéramos concluir– quiero finalizar convocando a los lectores a que olviden cualquier circunstancia de las antes citadas y enfrenten Los puentes de Arcadia de manera desprejuiciada. Si cruzamos por esas páginas con el alma limpia, podremos reencontrarnos nuevamente con un gran poeta que otrora nos sedujo con su capacidad de invención de espacios, personajes y situaciones insólitos, y que hoy, tras una evolución que no mermó su oficio, merece un lector más generoso.
Santa Clara, 11 de octubre de 2013
