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En los Estados Unidos: Miami

Virgilio López Lemus, 28 de octubre de 2013

«Miami se parece a Cuba / pero no tiene yényere», dice Pura del Prado en uno de sus poemas. Llegué en la tarde del 25 de diciembre de 2012, cuando toda la ciudad se reponía de la cena de Nochebuena. Así que comencé mi primer viaje a los Estados Unidos el día de Navidad. El viaje resulta sumamente rápido, muy largo por el traslado al aeropuerto habanero y la espera de abordar el pequeño avión que tarda menos de cuarenta y cinco minutos en descender, antes sobrevolando no demasiado alto la cayería floridana, con estupendos paisajes llanos debajo. A la llegada, en el enorme aeropuerto de Miami, me esperaban mis primos el Dr. Michael Lemus, Jr. con su esposa Loyda, y partimos para su bella y muy bien dispuesta Lemus Medical Clinic. Desde allí, ya a las siete de la tarde, noche para la época, me trasladé a la casa de mi prima Lydia Lemus-Meneses, ella y su esposo Abilio Meneses fueron mis principales anfitriones, pues en su casa me quedé la primera semana de mi estancia de casi dos meses en los Estados Unidos, la mayor parte del tiempo en la invitante New Mexico State University. Ambos son extraordinariamente afectuosos, no conocía al espléndido Abilio, y con Lydia hacía ya casi cincuenta años que no nos veíamos.

El 26 de diciembre, sorprendentemente para mí, inicié mi estancia estadounidense con un chequeo médico en la clínica de mis primos. Me veo tomando muestras de mi orina y esputos. Curiosa manera de entrar en ambiente. Conocí allí mismo a mis primeros parientes miamenses, que son muchos, esta vez a Rafael, el hijo menor de Loyda y Miguel, y a David, hijo mayor de un primo muy querido de igual nombre, ambos muy jóvenes y afectuosos. Loyda me compró un imprescindible teléfono móvil, que me sería de gran utilidad. Algo conocí de Kendal, y del entorno en que se mueven mis familiares. En la noche, Lydia, su esposo y yo comimos en un restaurante de fama, y luego dimos un rico paseo nocturno en carro por la Calle 8, vistas del centro de Miami, estancia en Miami Beach con breve caminata de dos cuadras muy animadas. Al día siguiente repetimos ese paseo ahora diurno, lo que me dio una idea global de esta ciudad, que de entrada no me impresionó en demasía, pero que debe ser un sueño para miles de cubanos que llegan desde pequeños pueblos y ciudades de la Isla. Lidya me mostró lugares célebres de la ciudad, que no hay espacio para describir aquí por excesivamente conocidos, y me develó un Miami turístico y bien diferente de lo que esperaba. Por ejemplo, La Pequeña Habana solo ha de llevar ese nombre por el grueso número de cubanos que viven o trabajan en su entorno, porque nada tiene que ver con la capital cubana. Las anchas calles limpias y ordenadas y llenas de tránsito variado, poco recuerdan cualquier zona habanera coetánea. Al mediodía almorzamos con los cuatro nietos de Lydia en una legítima McDonald, y nos fuimos a la lejana fábrica de ropa donde trabaja su esposo Abilio. Me obsequiaron dos bellas camisas verdes.

Logré mis primeros contactos telefónicos con amigos entrañables, como Waldo González López y su esposa Mayra Hernández, quienes viven en Miami desde hacía año y medio, y con mi amiga Daisy Valls, a quien no veo desde los primeros años de la década de 1990, cuando decidió radicarse en esa ciudad. No alcancé a tener otros contactos con intelectuales cubanos, no era ni mi propósito, ni tenía tiempo, si me quería concentrar en conocer a tantos familiares y un poco la ciudad. El viernes 28 de diciembre me encontré con Waldo y Mayra, los vi muy bien, muy contentos con la nueva residencia próxima a su hijo, y el encuentro hubiera sido muy alegre si no estuviera entre nosotros el recuerdo triste de la muerte de Alberto Acosta-Perez.

En la noche se realizó en la casa de Lidya una cena familiar por mi llegada, y allí me encontré con una familia cuya existencia no ignoraba, vista parcialmente en fotos. Los parecidos con tías y tíos fallecidos ya, fue lo más significativo de este contacto con la rama Lemus Romero radicada en los Estados Unidos, y principalmente en Miami desde principio de la década de 1960. A cambio de la idea de Pura del Prado, esa noche hubo «yényere» cubanísimo, con el «ángel de la jiribilla» familiar suelto y alegre.

Ya el sábado 29 tuve la experiencia más significativa, en cuanto a conocer aquel mundo distinto al del interior de Cuba, cuando mi primo Miguel me invitó a su casa de Cayo Largo. Nos fuimos en la noche del 28 desde la fiesta familiar, de modo que amanecí en el Cayo, donde dormimos. Ese sábado dimos un precioso paseo por la costa oeste de la Florida, en el yate de mi primo, que fue para mí un momento memorable. Un espacioso canal, pero tupido de vegetación a ambos lados, da acceso al mar abierto, Golfo de México en sus plenos inicios o aun el Estrecho de la Florida… Propiamente en el Cayo, ya en tierra, vi poco, comimos en un restaurante japonés un memorable menú en un barquito, con abundancias exquisitas.

En otro paseo por la ciudad de Miami, recorrimos en carro varios repartos, entre ellos los fronterizos con el aeropuerto, el zoológico y algunas zonas céntricas, aunque no quedé con una imagen de un recorrido a pie, que tanto ilustra. Sin dudas, me gustó mucho más la zona de Miami Beach, aunque en sí Miami es una bella ciudad, con un diseño fácil de reconocer incluso sin necesidad de un mapa, porque sus calles numeradas y sus direcciones según los cuatro puntos cardinales, dan una seguridad bastante exacta al peatón.

El domingo 30 comenzamos a prepararnos para mi viaje a Orlando. Decididamente me fui en el carro de Lydia y Abilio, pues ellos debían viajar para pasar el 31 de diciembre en la casa de la familia de Abilio. Fue formidable, porque me permitió llevar guías familiares para el trayecto por aquellas autopistas llenas de sitios de interés. Una canción se repetía: «Mi tierra querida, / mi patria del alma, / déjame soñar contigo, por favor, / una vez más». Mis primos me mostraron también el amor a lo cubano que allí crece más que permanece, y, en efecto, el ritmo de vida miamense estaba bastante cubanizado, si bien de una manera estadounidense, en cuanto al confort, la arquitectura citadina, y quizás menos surrealista que el riquísimo insular. Como a muchos cubanos que viajamos a La Florida en calidad de tránsito, da la impresión emotiva de no haber salido de Cuba. Iba a repetir esta experiencia, pero más atenuada, en Orlando.     

Concluyo mi relato de estancia en Miami entre el 25 y el 30 de diciembre, con la observación de que nunca antes había realizado una estadía de tipo familiar fuera de mi país. La familia cubana se repite, comemos lo mismo, los infaltables frijoles negros, algo de plátano frito, arroz… Somos los mismos allá y aquí divididos por razones de ideología y, por supuesto, de economía, cuyo peso no es superior al de la idiosincrasia, al sentido de identidad que los cubanos de Miami sostienen de una manera muy visible, desde la forma de hablar y gesticular, hasta las maneras de caminar y de reunirse en familia. Advertí, sin embargo, algunos modos diferentes de hablar, inflexiones del idioma, y, por supuesto elementos de la vestimenta, que difieren del cubano de a pie de la Cuba de igual año de 2012. Si afinamos bien el oído, podemos distinguir que la mezcla de tonalidades del español caribeño que se habla en Miami, implica un acento ligeramente diferenciado de la manera de hablar, por ejemplo, en La Habana, hay que tener el oído bien predispuesto para notarlo. Creo que también la conducta ciudadana es distinta, en la isla los cubanos suelen ser más extrovertidos aun, hablar más alto, ser algo menos disciplinados, cuidar menos la limpieza y el orden citadino, sobre todo en La Habana. No hay ruinas en Miami, los espacios se aprovechan, hay más jardines y áreas verdes muy cuidadas, la propiedad privada y la gran propaganda del consumo marcan diferencias bien determinantes. El confort del llamado primer mundo se hace sentir, y deja un margen de diferencias aun mayor en los planos del modo de vida. Pero cubano es cubano, no importa que, como a mi familia, hayan pasado cincuenta años sin regreso ni siquiera circunstancial a la patria de origen. El don emotivo y el ambiente familiar es el mismo que en Cuba. Agradecen por lo general, todas las personas que traté, las facilidades que les ha dado la gran potencia donde viven, y muchos (¿la mayoría?) no retornarán ya nunca más a vivir en la Isla tan próxima. Sus descendientes son de hecho norteamericanos de origen cubano, pues los Estados Unidos de América es su patria de nacimiento. A algunos incluso se les dificulta la expresión en español, que de hecho es su segundo idioma.

Rica la experiencia, que no será rara en el futuro ni lo es en el presente, dado los cientos de miles de cubanos que han traspuesto el estrecho de la Florida para una permanencia limitada con su familia. No hay diversos «tipos» de cubanos, somos un pueblo con parte suya en diáspora, y solo nos diferencian asuntos ideológicos y económicos, fundamentalmente. Una sola cultura nacional y un solo amor a Cuba, no nos separan. Tanto los estados de La Florida como Nueva York y otros estadounidenses, seguirán siendo por incontables décadas residencia de cubanos y de sus descendientes, sitios de constantes viajes de ida y vuelta. 

 

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