El cine que tanto aman y conocen
Quien haya leído el formidable y siempre vigente libro Técnicas del montaje, de Karel Reisz, no dudará un solo instante en incluir al editor o montajista, según su tradicional denominación, entre los posibles autores o coautores de un film. No se trata de resucitar viejas teorías acerca del «autor» cinematográfico, sino de aceptar un hecho incuestionable. Así como hay films cuya «autoría» pertenece a quien tradicionalmente se atribuye esa condición: el director; los hay que «pertenecen» al guionista, al fotógrafo e incluso al productor, etc., o a varios de ellos en diferente proporción. Pero es el editor quien mayores posibilidades posee para imponer su sello cuando ya el rodaje ha finalizado, si es que no lo ha estampado previamente, de acuerdo a su «visualización» de cuanto existe en el libreto, o en el visionado de los rushes.
Comprender las posibilidades de esa sutil y decisiva tarea, es parte del contenido de El cine es cortar (2010), libro escrito a cuatro ojos entre el veterano editor del cine latinoamericano, predominantemente cubano, Nelson Rodríguez, y su «provocador» el crítico, investigador e historiador cinematográfico Luciano Castillo. Apareció publicado en la Colección Viramundo de Ediciones EICTV, sello editorial de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.
Decimos «provocador» a Castillo porque su lugar fundamental en este imprescindible volumen ha sido ese: incitar a Rodríguez, extraer de su palabra lo esencial de su profesión. Estas páginas, todo el libro, ha sido construido como si se tratara de un filme. El material originalmente registrado por Luciano es como la fotografía de una película, son los rushes sin manipular, luego el mismo coautor «selecciona», y finalmente compagina (hace el montaje del filme). Castillo se «borra», desaparece de la misma manera que el fotógrafo y el editor son presencia intangible para el público (aquí el lector). Nelson Rodríguez y Luciano Castillo, ambos, son autores. El cine es cortar reclama esa doble participación, aunque la voz presente sea solamente una.
Si estas líneas buscan desentrañar la «intimidad» del libro, es el texto el que abre puertas y ventanas a quienes se propongan traspasar el umbral que da acceso al cine por dentro. Cine contemplado externamente por un especialista como Castillo, cine contemplado, desentrañado en sus mecanismos internos, por otro especialista como el editor de no pocos clásicos en una inmensa filmografía.
Rodríguez ofrece, como el señalado Karel Reisz, su «lección» acerca del montaje. Su didactismo no exhaustivo empero se fusiona con elementos diversos: la relación y «lucha» con los realizadores, con los músicos y fotógrafos, con la burocracia. Así, el libro que pueda integrar la formación académica de los estudiantes de las escuelas de cine —y pienso en las generaciones que pasaran por San Antonio de los Baños desde aquella cálida tarde de diciembre de 1985 cuando tuve el privilegio de ser testigo de su acto protocolar de apertura—, esos estudiantes accederán a los aspectos técnicos, que indudablemente Rodríguez —quien imparte allí la docencia— no desarrolla en toda su extensión, esos estudiantes y los lectores que no lo son, se internarán en los meandros de un cine entrañablemente ligado a cuanto le rodea. Hombres, mujeres y películas conforman el entramado de una obra que es reportaje, anécdota, testimonio, opinión respecto de trabajos propios y ajenos.
Lucía, Memorias del subdesarrollo, La primera carga al machete… infinidad de títulos. Y también los seres humanos, con sus inquietudes, sus enojos, su tesón, sus alegrías. Titón, Solás, Eslinda, Daisy, … los cubanos y sus hermanos de Latinoamérica, el costado humano de ese fulgurante mundo de la pantalla construido por figuras que si las conocimos al pasar en el Festival de La Habana, en Huelva, Río o quien sabe donde, ahora surgen con otros rasgos imposibles de aprehender en los destellantes días festivaleros, figuras que si no conocimos más allá de los créditos en un filme, ahora ofrecen su intimidad creadora, oculta en muchos sitios, y la mesa de montaje es uno de ellos. Fragua donde convergen ideas, donde la autoría de un film es pasible de adoptar características polimórficas de esfumados límites.
Coincidiendo o discrepando con Nelson Rodríguez, El cine es cortar es un libro absorbente, de ágil lectura. Seguramente, antes de iniciar la tarea, Luciano Castillo había pergeñado el mismo, como el editor imaginando la estructura que dará a un material que aún no tiene entre manos. Si algo parece faltar en esta obra, son las películas mismas. Tras cada página sentimos la necesidad de ver, rever o descubrir los títulos allí citados. Bienvenido acicate para acercarse aún más ese mundo construido con realidades pero también con la intangible materia de que están hechos los sueños.
