Antón Arrufat no se arrepiente de nada
Con el fin de propiciar el intercambio entre los lectores y los autores cubanos, y dar a conocer en la voz de estos últimos su trayectoria literaria, ha sido creado Libro a la Carta, espacio que dirige el periodista Fernando Rodríguez Sosa.
Este mes estuvo dedicado al dramaturgo, novelista, cuentista, poeta, ensayista, Premio Nacional de literatura 2000 y Premio Alejo Carpentier en novela, Antón Arrufat, quien concurría por segunda vez.
Con más de una veintena de obras publicadas entre las que se pueden destacar La caja está cerrada, La ciudad sitiada, El caso se investiga, La tierra permanente, Repaso final, Escrito en las puertas, el intelectual no da la más mínima señal de arrogancia.
Jocoso, próximo a cumplir sus ochenta años, respondió que nunca supo que quería ser escritor, porque es difícil el reconocimiento y lleva mucho tiempo para considerar ese hecho. Es todo un enigma el seguir ese camino solitario y triste, que a él, particularmente, le ha dado mucho trabajo. La palabra tiene una relación con la sangre, continúa, con el hecho simple de fumar, con lo sexual. El destino es lo que uno elige —no lo que a uno le toca—, y lo transforma en algo inevitable.
Sus primeros pasos los recuerda en la temprana edad de sus 13 o 12 años, cuando se sentía aburrido en su colegio de curas. Confesó que escribió malos poemas y que después se curó, como debe ser, con el tiempo, aunque algunos, especificó, nunca se curan.
Para Arrufat ganar un premio no tiene la mayor importancia; para él tomarlo en cuenta inmoviliza y hace que pierda el escritor porque la literatura es como una aventura peligrosa y se corre el riesgo de pensar que has llegado y entonces sí estás muerto.
Venido de una familia aristócrata de Santiago de Cuba declaró que ejercer el periodismo no le brindó mucho bagaje pues se le deba muy fácil y para el intelectual lo que da trabajo es donde en verdad uno aprende y crea. Aunque enjuiciara Carpentier que le da agilidad y soltura a la prosa.
En claro, libro que publicó en la última editorial privada, después del triunfo de la Revolución, recoge todos sus poemas de la adolescencia. De los 200 pesos invertidos salieron 500 ejemplares, los cuales él mismo llevaba a las librerías. Vigilando, después, a los que lo compraban.
No pudo responder a la pregunta qué es la poesía, puesto que no tiene una noción exacta de ella. Supone que es la comunicación suprema. Meter las manos en el barro y sacarla. Escribir poesía lo considera un acto heroico puesto que es el tiempo de la novela. La buena poesía, opina
, no se vende, como no hace mercado la buena novela, sino la media.
De su último proyecto de libro de poesía escogió para leer: “Soluciones”, ”Invitación”, “Cuerpo del deseo”, De los que parten”, “El muro”, “Cantar del doliente” y “De madrugada”.
Develó que en su obra De las pequeñas cosas puso en práctica la técnica del crítico literario español más importante de su generación, Azorín, publicando capítulos como si fueran artículos, y entregándolos a diferentes periódicos. Este modo de escribir dio 37 artículos e hizo que fuera una de sus obras más vendida y popular hasta ahora.
Entre sus proyectos por escribir están uno con el tema del siglo XIX cubano, que abarca la esclavitud, enfocándose en hacerlo diferente; uno sobre La Habana, que le resulta difícil proporcionar su aporte, porque es una ciudad más que citada, con una innumerable bibliografía y una monumental información. No obstante mezclará ficción y realidad para que La ciudad que anhelamos no decepcione.
Cuenta con otro proyecto ambicioso que intenta rescatar la imagen de La Avellaneda, puesto que enjuicia que es una figura importante que no acaba de entrar en la literatura cubana y quiere, así como lo hizo con Virgilio Piñera, abrir ese puente.
Este escritor que no se arrepiente de nada y que se vanagloria de su resistencia, actitud que le aconseja a cualquier escritor: no cejar y resistir con su obra, contestó que no sabe quién es en realidad y que se moriría sin saberlo.
