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El bicentenario de la Avellaneda: «Al partir»

Virgilio López Lemus, 13 de noviembre de 2013

Piense usted rápidamente en quién fue el Capitán General de la Siempre Fiel Isla de Cuba, cuando Gertrudis Gómez, luego de Avellaneda (1814-1873), se fue de Cuba, con poco más de veinte años (1836, tenía exactamente veintidós años de edad). Los poetas y la poesía tienen esos valores de sobrevivencia por encima del poder temporal, y a veces ese poder necesita de los poetas para fijarse mejor en el tiempo, hacer leyenda escrita, perdurar como dura la poesía más legítima de su tiempo. Ella se fue hacia la Metrópolis, donde iba a hacer una carrera literaria única en mujer alguna tras de sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVII. A la Avellaneda, como antes a sor Juana, se le llamó Décima Musa, en honor al brillo intelectual que ambas llegaron a alcanzar. Al salir de Cuba, la joven Gertrudis escribió un soneto memorable, que sigue hoy siendo antológico en su obra y en el cuerpo de la poesía cubana: «Al partir».   

No sé bien si antes que nuestra poetisa, alguien ya había llamado a Cuba «Perla» del Caribe, tampoco es importante el dato, pero tal epíteto se advierte como palabra inicial de este soneto, que luego iba a ser lugar común, incluso en un danzón que llama a la mujer cubana «la perla del Edén». La Avellaneda dice ponderativa: «¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!», y, junto a la perla, aparece la estrella solitaria a la que ha de cantar coetáneamente José María Heredia, como premonición de la que brillaría en la bandera nacional. El endecasílabo enfático vibra de manera emotiva al comienzo del soneto, abre con emoción y con evidente amor. No habrá la Avellaneda de renunciar nunca a su condición de cubana, ni siquiera cuando los lauros la situaron en España entre los intelectuales de mayor renombre de la mitad del siglo XIX.

«Perla» y «estrella» le parecen a la Avellaneda buenos calificativos para despedirse de la «¡Hermosa Cuba!», de donde se va con el dolor cubriendo su «triste frente». Si José Martí dejó un vibrante «dos patrias tengo yo: Cuba y la noche», la poetisa también descubrió lo nocturno mágico de la insularidad como lo verá más tarde Luisa Pérez de Zambrana desde su mirada elegíaca, pues parece ser que para la Avellaneda el resplandor patrio se envuelve con la tristeza de la oscura noche de la partida: «Tu brillante cielo / La noche cubre con su opaco velo». El sentimiento romántico de la joven identifica su partida con el nocturno que elimina la brillantez del cielo, la «luz nuestra», mucho más tarde identificada y exaltada por algunos poetas del grupo de Orígenes (José Lezama Lima, Eliseo Diego), aunque ya Martí la había muy bien advertido en su extraordinario Diario de Campaña de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Para doña Gertrudis, el alejamiento de la patria es doloroso, de modo que solo la noche puede dar panorama eficaz para su dolor. La nocturnidad parece ser buen escenario para el cántico de la pérdida, de inevitable tono elegíaco. La joven camagüeyana, temporalmente radicada en Santiago de Cuba, se llevaba hacia (Burdeos, La Coruña, Sevilla) Madrid los recuerdos de la infancia y de su adolescencia recién concluida. No poco tesoro para una mujer sensible es el recuerdo de su suelo natal envuelto en los tiempos frescos de infancia y juventud. De modo que lo que ciñe al soneto es una historia de vida ya transcurrida, y una formación de la sensibilidad que llega, con este poema, a la madurez expresiva.

Así, el soneto nos habla en su primer cuarteto de desgarramiento, el endecasílabo enfático se transforma en acentuado a medias, para graduar el tono hacia ese matiz elegíaco, de tierra perdida, edén dejado detrás en el camino vital. El poema se torna versalmente polirrítmico, lo que ofrece una sonoridad variada y de fina captación del ambiente diverso y estridente de la partida. Cuando la Avellaneda parte, se debe de haber ido con anhelos precisos y con una clara dirección vocacional. Cierto que su obra mayor nacerá en España, pero hacen mal los estudios de la literatura española en a veces no admitir la nacionalidad de origen, por el suceso de la creación de su obra en tierra peninsular, donde pudo abrir mejor las alas de su ingenio. Cuba era para ella ese suelo que resultaba perla y sobre todo estrella, la joya en sentido metafórico, el astro como guía celeste esencial de su vida.

«¡Voy a partir!», y esa partida es para ella desgarradura, al grado de que, cuando la diligente marinería iza las velas del barco, siente que esto ocurre: «Para arrancarme del nativo suelo». Ese hecho de sentirse arrancada, como una planta para ser sembrada en jardín ajeno, domina en ella y denota un sentido de pertenencia que luego no va a alcanzar en sus loas a España. Véase que ella usa el término adjetivado «chusma diligente», donde la palabra chusma tiene connotación más hispánica que la luego transformación de la palabra en Cuba como gente ruin, soez, vulgar o de conducta «inferior» a las de las clases dominantes. No se refiere Tula a personas groseras sino que usa la acepción exacta de «conjunto de los galeotes que servían en las galeras reales», galeras como galeón, y galeotes como hombres que remaban por castigo en las galeras, y que la poetisa sintetiza en todo laborante de embarcación, aunque fuese hombre libre. No se vea, pues, un término despectivo donde no lo hay. Tal idea puede parecer anotación de Perogrullo, pero valga rememorar el dato lingüístico.

Con este soneto, Gertrudis Gómez de Avellaneda entraba ya con propiedad en la literatura cubana, antes de extenderse a la universalidad que le ofrece el medio más intelectualmente rico de la capital del declinante imperio español. Ella retoma la idea del edenismo que admitieron poetas neoclásicos anteriores (Manuel de Zequeira y Arango, Manuel Justo de Rubalcava…), y su propia primera generación romántica, que en José Fornaris y Juan Cristóbal Nápoles y Fajardo, habría de llevar tal edenismo a su consumación. En el primer terceto, Tula dice quejosa y ponderativa: «¡Adiós, patria feliz, edén querido!», y leemos el verso como feliz edén de la infancia y de la juventud hermosa. Tras este verso, hace una suerte de juramento: «¡Doquier que el hado en su furor me impela, / Tu dulce nombre halagará mi oído!» Claro que hay un sutil miedo a la partida, decía Lezama que toda partida es hacia la muerte, algo muere con ella, y quizás por eso todo el poema está escrito entre signos de admiración, de acuerdo con el sentido de exaltación que la mujer siente (sentimiento, poema abiertamente emotivo), en el momento de abordad el barco que la ha de conducir hacia lo europeo ignoto.

En el último terceto de este soneto de estructura clásica (ABBA ABBA CDC DCD), los dados han sido echados, la inminencia se convierte en hecho y ella dice ¡Adiós!, porque cruje la vela de la embarcación, levan el ancla, el buque «estremecido / Las olas corta y silencioso vuela!» Atribuye a la embarcación su estado de ánimo, típico efecto romántico, de modo que su propio estremecimiento se advierte en la nave que parte silenciosa cortando las olas y como si volara. Es un final tan rotundo y fuertemente emotivo, que el soneto todo se convierte en una perla. Gertrudis Gómez siente una grandeza contra la cual no hay oposición que valga, ella es objeto del destino, no sujeto de su propia vida: parte, se va, con dudas, pero gal vez deseándolo.

¿Prefería quedarse? No, no lo dice. Si no hay alegría en la partida, ni un solo indicio de esperanza y de ilusiones hacia donde la lleva «el hado», la mujer pasivamente deja que se cumpla lo que parece ser su destino. «Al partir» es un testimonio de ruptura, no parece que deseada, aunque sí aceptada sin rebelión. Tampoco dice que quiera quedarse. Es el pie vacilante del emigrado, que se va por alguna necesidad social, y toma su partida como un fatum, como un alejamiento inevitablemente forzado de la vida corriente que ha vivido en su suelo patrio. Es el adiós circunstancial del emigrante. Esto convierte al soneto en intemporal: la privacidad del sentimiento de ruptura, la íntima sensación de la mujer transterrada, adquiere un valor mucho más allá de sí misma. ¡Cuántos se han de ir de la suave patria, con el adiós de la Avellaneda cantado entre labios! Es una elegía de la emigración. El soneto resulta transepocal y transterritorial, sirve hoy no solo para cubanos y cubanas que se marchan de su terruño hacia otra región dentro o fuera de la Isla, sino para cualquier hombre o mujer que en cualquier parte del planeta se va de la tierra de la infancia hacia nuevos derroteros de promesas infinitas. La resonancia de este soneto lo mantiene, amén de su valor estético, entre los mejores poemas que en Cuba se hayan escrito. Con su dolor privado, con el efímero sentimiento de partida, la Avellaneda tocó el alma humana, aquel sentimiento que ha de acompañar a nuestra especie desde las eras cavernarias, cuando había que emigrar buscando caza, para protegerse del exceso frío o del embotante calor, para abrirse hacia otros horizontes de esperanza.               
 

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