¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!
Disparos absurdos a la cultura
Son numerosos los casos de autores mutilados o muertos en el campo de batalla. También los hubo que presentados ante un tribunal o consejo de guerra, las más de las veces totalmente enceguecido por las pasiones políticas y la obstinación irracional, fueron condenados a muerte, y fusilados.
Aunque en todas partes cuecen habas, estas sobre las cuales trataremos corresponden al ámbito de las letras hispanas, ramificadas en el ámbito colonial.
De Cuba es bastante conocido y notable el caso del fusilamiento del poeta Juan Clemente Zenea, infortunado doblemente porque además de ser pasado por las armas, su condición de patriota independentista fue cuestionada largo tiempo.
Lo cierto es que encontrándose Zenea en Estados Unidos se le encargó una misión en el campo insurrecto, y pese al salvoconducto que le expidieron las autoridades coloniales para moverse entre las líneas cubanas, las fuerzas españolas lo detuvieron cuando intentaba partir, lo juzgaron y ejecutaron en el Castillo de la Fuerza el 25 de agosto de 1871.
En prisión, donde permaneció por varios meses, escribió los poemas contenidos en su Diario de un mártir, que ni aún en tales circunstancias pierden su fresco lirismo: "No busques, volando inquieta,/ mi tumba oscura y secreta. /Golondrina, ¿no lo ves?,/ en la tumba del poeta / no hay un sauce ni un ciprés".
Aun siendo esta la más traída y llevada de las ejecuciones de escritores cubanos durante la guerra
de independencia, no fue la única. Súmanse la de Pedro Figueredo, abogado y poeta bayamés, autor de la letra del Himno Nacional, quien murió frente al pelotón de fusilamiento el 17 de agosto de 1870 repitiendo el verso "Morir por la patria es vivir"; y la del joven prócer Fernando Hernández Echarri, quien dejó varias composiciones poéticas que sin ser antologables, mucho menos pueden considerarse desdeñables. Fernando, nacido en la villa de Trinidad, fue ejecutado por conspirador independentista el 18 de agosto de 1851 en las afueras de su villa natal, cuando tenía 28 años. De Hernández Echarri son estos versos de aliento tan patrio: "Dulce tierra de amor, Cuba inocente, / que me viste nacer bajo tu cielo, / deja que cante en mi ardoroso anhelo / tus bellos campos y tu sol ardiente".
En el siglo XIX también vive un patriota singularmente atractivo: es médico, escritor, revolucionario independentista y además se le considera héroe nacional de su patria, Filipinas. Se nombra José Rizal y es autor, entre otros textos, de dos novelas: Noli me tangere y El filibusterismo.
Juzgado por el delito de sedición, las autoridades coloniales españolas lo condenaron a la pena capital por fusilamiento, sentencia ejecutada en Manila el 31 de diciembre de 1896, fecha para la cual el héroe contaba 35 años. Poco antes de morir escribió su poema titulado “Mi último adiós”.
Más acá, en la España que vive la fratricida guerra civil de 1936 a 1939, muere fusilado Federico García Lorca. Es, tal vez, el fusilamiento de un poeta que más haya estremecido al mundo desde entonces. La monstruosidad ocurrió el 19 de agosto de 1936 y de ella se han llenado tantas páginas que consideramos innecesario detenernos en el bien conocido desenlace de su fusilamiento por las fuerzas franquistas.
Sin embargo, y he aquí lo interesante, cuando menos dos escritores más fueron fusilados entonces, resultado de la saña desmedida de los contendientes. Ejecutado uno por cada bando, a saber, el de los republicanos y el de los franquistas o nacionales.
José María Hinojosa se llamó la víctima de la extrema republicana. Era poeta, provenía de una familia de propietarios y dentro de su ámbito intelectual estuvieron Salvador Dalí, Luis Cernuda, Luis Buñuel, Manuel Altolaguire, Rafael Alberti y el propio Lorca, intelectuales de la Generación del 27. La producción de Hinojosa incluye varios cuadernos: Poema del campo, 1925; La rosa de los vientos, 1927; La flor de California, 1928; La sangre de la libertad, 1931… También, es cierto, tomó partido abierto del lado conservador, y al romperse las hostilidades las autoridades republicanas lo apresaron y junto a varios compatriotas más lo fusilaron el 22 de agosto de 1936, en Málaga, junto al cementerio, sin pensarlo dos veces (tal vez ni siquiera una), como represalia por un bombardeo de las fuerzas franquistas.
De la acera opuesta está el caso del valenciano Manuel Ciges Aparicio, con larga hoja de críticas a la monarquía, quien al borde estuvo de morir en Cuba cuando se le interceptó uno de sus textos periodísticos, pues el joven, de algo más de 20 años entonces y miembro del Ejército, se permitía criticar la política del capitán general Valeriano Weyler hacia el pueblo cubano, y lo hizo nada menos que en una crónica que intentaba enviar a una publicación de París. Ciges escribió relatos novelados, con mucho de reportajes testimoniales y estilo periodístico. También ocupó el cargo de gobernador civil de las Islas Baleares, luego de Santander y por último de Ávila durante el gobierno republicano. Allí fue fusilado a comienzos de agosto de 1936 por las tropas franquistas sublevadas, justo en los albores de la Guerra Civil.
Más que fusilados, estos autores fueron en verdad asesinados, en algunos de los casos al amparo de la cuestionable legalidad de juicios arbitrarios que los privaron de sus derechos ciudadanos. Unos muy recordados, otros un tanto olvidados, estos intelectuales fueron víctimas de la vorágine bélica, de la intolerancia colonial unos, de la intolerancia sectaria otros. La muerte, en todos los casos, fue para ellos un episodio adelantado, injusto y frustrante, pero sobre todo, absurdo.
