Enrique José Varona: la limpieza de un carácter
Enrique José Varona fue uno de los cubanos cuya palabra y vida paradigmática más influyeron en el espíritu de justicia y las ansias de libertad del pueblo a lo largo de los primeros decenios del siglo XX. Figura él, junto a Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily, Manuel Márquez Sterling y algunos más, entre los cubanos ilustres que señalaron el camino de la dignidad en los difíciles inicios de la era republicana.
"Con Enrique José Varona desaparece la última cabeza representativa del pensamiento liberal cubano, que tuvo en José Martí su más preclaro exponente” —expresó Raúl Roa en la despedida de duelo a nombre de la juventud universitaria, y a continuación apuntó:
La ideología democrática ha perdido en Varona a uno de los pocos sobrevivientes de la gesta emancipadora que, durante treinta oscuros años de factoría azucarera yanqui, ajustó su conducta a su prédica. No hizo nunca de la política cheque ni trampolín. Tuvo por sus principios una lealtad inusitada. Fue siempre, en la colonia española y en la colonia dentro de la república, como una flor de mármol, para emplear la justa expresión de Martí en carta al egregio escritor fallecido.
Maestro, periodista, pensador, martiano, antiimperialista y por sobre todas las cualidades cubano, Varona dejó una obra abundante en artículos, cartas, conferencias y discursos, pues la suya fue la existencia de un mentor para cuantos se acercaron a escucharle la palabra, el consejo u opinión, con la certeza de que esa palabra sería dictada por la vergüenza y la dignidad, con un sentido profundo de justicia.
De ese Varona, del Varona martiano, reseñamos esta cita:
Tuvo Martí sobre todo confianza en el pueblo cubano. En medio de su aparente inercia, descubrió la mirada profunda del propagandista revolucionario, el oprimido anhelo de honor y libertad, que, en su hora, había de hacer tan llano el inmenso sacrificio que hoy presencia el mundo. Martí supo qué Cuba quería, y vio todo lo que era capaz el cubano (...) Un pueblo entero se ha lanzado a la lucha y al sacrificio.” (En Patria del 20 de mayo de 1896).
Ahora, del pensamiento antiimperialista de Varona apuntemos el siguiente comentario, con mucho de advertencia:
¿Y el colosal imperio americano? Su sombra ingente se proyecta sobre nosotros, sobre nuestros vecinos. Tremenda amenaza silenciosa, que va paralizando como ponzoña nuestros miembros (...) Sin vacilar respondo. El imperialismo americano ha llegado a su cúspide. Y a la cúspide se puede llegar: en ella no es dable permanecer (...) De donde os va la amenaza, os irá también el aliento. ¡En pie, pueblos del Caribe! Las comunidades humanas no valen solo por sus millones de hombres y en oro, sino principalmente por lo que realizan en la región superior del espíritu (...) El mundo se transforma; hagámonos dignos de vivir en los tiempos que alborean”. (En Revista de Avance, 15 de junio de 1930).
Nacido en Puerto Príncipe (hoy ciudad de Camagüey), el 13 de abril de 1849, desde joven reveló una temprana vocación por las lenguas, al punto que llegó a dominar el latín y el griego, además del francés, inglés, italiano y alemán, con una fuerte inclinación hacia el perfil de las Humanidades y en particular de la Filosofía, que absorbió una buena cantidad de sus lecturas.
Obsérvese, por la fecha de nacimiento, que tiene casi veinte años cuando se produce el estallido libertador del abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes en el ingenio La Demajagua, el 10 de octubre de I868. Varona responde a ese llamado, pero su precaria salud no soporta los estragos de la vida en campaña y se le ordena regresar a casa. Tras diez años de guerra y consumado el Pacto del Zanjón, viene un período de tregua en que se afilia al Partido Autonomista, que abandonará, no sin antes sentenciarlo en estos términos: “De un partido lo tiene todo: la organización, los jefes, los procedimientos, los principios, las actas, todo, menos la eficacia. Es un mecanismo admirable y perfecto, que funciona, sin aplicación, en el vacío”.
Entre 1885 y 1895 dirige Revista Cubana, de grata memoria por su cuidada edición y los temas que aborda. También aprovecha el tiempo para alcanzar los títulos de licenciado y doctor en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Está entonces mejor preparado para asumir su rol ante la guerra necesaria que proclama Martí, la cual irrumpe el 24 de febrero de 1895 en los campos de Cuba.
"...Yo no veo en mi tierra, fuera de los afectos naturales de la familia, persona a quien deba yo querer más que a Ud., por la limpieza de su carácter y la hermosura de su talento”, es la opinión que José Martí vierte de él.
En ocasión del primer aniversario de la caída en combate de Martí en Dos Rìos, el 19 de mayo de 1895, escribe Varona para el periódico Patria: “Hagamos hoy y siempre el elogio de Martí, pero hagamos también, hoy y siempre, el propósito de comprenderlo y el esfuerzo por imitarlo".
Sin embargo, fue después de la instauración de la república en 1902, cuando la obra patriótica y educativa de Varona se hizo sentir más.
Colabora con el gobierno provisional interventor en la reforma de la enseñanza: el conocido Plan Varona destierra parte de los métodos antiguos y los reemplaza por objetivos más acordes con los tiempos de un nuevo siglo que entonces comienza.
Ocupó diversos cargos: Secretario de Hacienda y de Instrucción Pública, profesor universitario e incluso alcanzó la vicepresidencia de la república en el período de 1913 a 1917.
Pero pronto Varona se hastió del giro de los acontecimientos políticos nacionales y su posición se tornó cada vez más crítica. Concentró sus esfuerzos en la lucha contra la corrupción y la defensa de los intereses patrios. Su renuncia a todo cuanto pudiera manchar la dignidad ciudadana le acrecentó el respeto de sus compatriotas, que acudían a él —ya fueran estudiantes, gentes del pueblo y sobre todo jóvenes— para recibir sus orientaciones, signadas por la honradez y la cubanidad.
Se convirtió en abierto opositor del régimen dictatorial de Gerardo Machado (1925-1933), en particular al conocer de la aprobación de la prórroga de los poderes presidenciales que pretendían entronizarlo.
Intransigente y ecuánime ante las amenazas transcurrió la última etapa de su vida. Con fe y optimismo en un futuro mejor murió el 19 de noviembre de 1933, escasas semanas después del derrocamiento del tirano Machado por la acción decidida del pueblo, justo cuando se iniciaba una nueva etapa en la vida política cubana.
