Escritores de humor con seudónimos
El uso de seudónimos por los escritores no es algo nuevo. Mark Twain, novelista y cuentista norteamericano, se llamaba verdaderamente Samuel Langhorne Clemens; y Azorín, uno de los exponentes de la llamada “generación del 98” de España, respondía al nombre de José Martínez Ruiz.
En Cuba tenemos algunos ejemplos notables de lo anterior. El Cucalambé, decimista por antonomasia, era en realidad Juan Cristóbal Nápoles Fajardo; Fray Candil, era Emilio Bobadilla, poeta y escritor que usaba este seudónimo en sus críticas; Jeremías de Docaranza, se llamaba realmente José M. de Cárdenas y Rodríguez; y El curioso parlanchín fue el distintivo que ideó Emilio Roig de Leuschenring para firmar sus crónicas costumbristas.
El querer usar un “alias” (en el mejor sentido de la palabra) como sustituto del nombre verdadero del autor en los escritos puede tener distintas motivaciones. Hay quien se inicia en la redacción y no está convencido de que triunfará. Otro está interesado en que su nombre no figure en una nómina de destacados. Y existe también aquel que intenta separar su carrera literaria de otras funciones sociales que desempeña o prefiere tal vez no mezclar redacciones de distinto matiz. No es mi propósito ahondar en las razones personales para hacerlo, intento, más bien escribir sobre los seudónimos usados en la literatura humorística cubana.
Seudónimos de escritores de humor
Ante todo creo que debo compartir con mis lectores la siguiente observación: los humoristas cubanos de la segunda mitad del siglo XX y lo que va de este siglo se han desarrollado fundamentalmente en publicaciones periódicas (Zig-zag, La chicharra, El sable, El pitirre, Dedeté, Palante, Melaito y otras similares) las que, dadas sus características, solo podían dar cabida a relatos cortos. Y, a mi entender, a escrito corto y humorístico corresponde una firma corta y preferiblemente alegre; al igual que a un short playero no se avendría una camisa de cuello y mangas largas.
En nuestra literatura jocosa existen quienes firman sencilla y llanamente con su nombre o su apellido. Así tenemos por ejemplo a: Miriam, María Elena, Pucha, Évora, Fundora, Cardi, H. Zumbado y el Profesor Espinosa.
Las mencionadas firmas serían, más exactamente, “seudo-seudónimos”, pues dan una pista o un indicio de a quien pertenecen. Otros escritores, sin embargo, acortan sus nombres, los unen a sus apellidos, los disfrazan… para que estos participen también en el juego del humor. Veamos a continuación algunos ejemplos de este tipo y a quienes pertenecen.
Mariel, María Elena Llana; Betán, Juan Betancourt González; Iscajím, Israel Castellanos Jiménez; Pacángel, Francisco Ángel Gómez; F. Mond, Félix Mondéjar Pérez; Blasito, Juan Blás Rodríguez; Gerber, Germán Berros; Roland, Rolando González Reyes; Pecruz, José Cruz Montaño; Rosen, Rosendo Gutiérrez y Jape, Jorge Alberto Piñero.
Una modalidad de la forma anterior es aquella en que se emplean los nombres de las letras iniciales del autor. Por ejemplo: Jotacé, Jesús Córdova y Hachene, Héctor Núñez (según su criterio el más lindo de los hermanos Núñez Rodríguez).
Nos resta referirnos a aquellos seudónimos que no se relacionan con los nombres de quienes los emplean, tales como: El indio Naborí, Jesús Orta Ruiz; Juan Bostezo, Sergio Aguirre; Pelly, Pedro González Bernal; Grako, José Luís Rodríguez Alba; El Cazador, José Zacarías Tallet y Mongo P., Ramón Guerra.
¡Eureka!
Curioso seudónimo éste de “Eureka” de la periodista Ada Oramas, quien se inició en las páginas de Palante en la década de los años sesenta. Y guiados por el significado de esta palabra, pronunciada dentro de una bañadera por Arquímedes (y no precisamente por Arquímedes Pous), que quiere decir “¡lo encontré!”, pudiéramos afirmar que sí, que esta redactora encontró algo así como la piedra filosofal del humor.
Y para no perder la costumbre de aportar a mis lectores una muestra del quehacer literario de aquellos sobre los que escribo, les brindo a continuación algunos fragmentos de uno de sus relatos humorísticos.
Réquiem por la Mini-Falda
Es la rebelión de las rodillas. Unos quieren exhibirlas y otros ocultarlas. Y las rodillas, que son las más interesadas no pueden opinar (…) ¿Qué opinan las rodillas de todo este berenjenal? Cuando les parece las exhiben como trofeo de guerra, y cuando no, las ocultan como en pecado.
Fueron cinco palabras las que alarmaron al mundo de la moda: COMIENZAN A BAJAR LAS FALDAS (…)
Los franceses, que siempre quieren imponer su criterio en la moda intentan alargar la falda. Y pretenden, nada menos, que varias pulgadas bajo las rodillas. No se sabe si la idea es de una vieja zamba o de un fabricante de telas, que quiere esquilmar el bolsillo de los maridos y de los padres, porque las mujeres solas no pueden hacerle frente al caos de cambiar el ropero completo, aunque trabajen en la calle. Los ingleses han dicho que NO. Y una diseñadora londinense dijo: “esto es más que bajada, es un alud”. Las mujeres se oponen al cambio, de entrada. Pero ya veremos cuál es la salida en el invierno.
El problema inmediato es dejar un tremendo dobladillo a las faldas y estar en órbita. Hay que ver quién gana la batalla. Si Londres con sus rodillas al aire o París con su puritanismo atómico. El corre-corre que se espera para el otoño es de película, pero de las prohibidas para menores, por las escenas verdes. Todavía no se sabe en qué parte del cachumbambé nos montaremos, si en la baja o en la alta. Ahora falta lo que diga Italia, que muy bien puede seguir un término medio. Y nosotros, si no se ponen de acuerdo, consultaremos nuestras rodillas, que después de todo es lo más acertado.
Humor a cuatro manos
Dentro de los seudónimos de redactores humorísticos más sobresalientes está el de Nos-y-otros, grupo formado por: Eduardo del Llano, Aldo Busto Hernández, José León Díaz y Felipe Calvo Bolaños. Lo más curioso del caso (sí, porque es un caso) es que estos cuatro jóvenes profesionales, cuando se iniciaron en la literatura, escribían ¡a cuatro manos! (una mano por cada uno de ellos) ¡Y qué buenos les quedaban sus relatos!
Y sin más preámbulos les presento, a continuación, un cuento corto del susodicho grupo publicado en 50 años de humor en Palante.
"Monomanía"
Nicanor O´Donell era un individuo peculiar. A los treinta años aun no había tenido relaciones con mujer (sexuales, se entiende). Le parecía que no podría encontrar nunca el ideal de su vida, que los años restantes transcurrirían en medio de la más turbadora soledad. Hasta que un día…
Un día estaba sentado en un hotel… en el lobby, claro.
Bueno, estaba sentado cogiendo fresco y de pronto su vista quedó aplastada contra un afiche que decoraba la pared. En él aparecía una muchacha anunciando algo (él no se fijó en qué precisamente). De una sola ojeada comprendió que esa era la mujer de su destino, aquella que tenía que llegar pronto o moriría.
Hizo averiguaciones en el hotel, pero lo trataron fríamente. Aquello era normal, pero de todos modos se berreó, hasta que una idea acudió a su mente: ir a la empresa que anunciaba sus productos en el afiche.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana ya estaba allí. A las seis de la tarde ya había logrado averiguar –-tras algunos pequeños trámites burocráticos-- que la muchacha en cuestión se llamaba así, que vivía allí y tenía tantos años.
También supo que tenía relaciones con el Jefe de Promoción de Ventas… pero aquello también era normal.
En un mes ya la había conquistado. Trabajo le costó, aunque invocando la mayéutica socrática, llegó a la cosa en sí. Tuvo unas placenteras noches de amor… y días de celos. Un día, sin saber cómo, adivinó que la cosa no podría durar. Que se le escapaba.
Entonces se dedicó con saña febril a conquistar a todas las muchachas que aparecían en afiches. Sus cuerpos esculturales lo atraían con fuerza insospechada, pero siempre faltaba algo. Las muchachas resultaban ser frívolas, mediocres o, en el caso que su cociente de inteligencia fuese alto, entonces no lo aceptaban a él.
Así pasaron cinco años y veintiséis muchachas.
Nicanor O´Donell está casado actualmente con la muchacha que pega los afiches en el hotel. Tienen dos hijos y son muy felices.
