Bienvenido Otelo, bienvenida la tragedia


Ocurrió el pasado sábado 25 de octubre. El público, conmocionado por el trágico final de los personajes y el triunfo de la maldad sobre los buenos, premiaba con sus aplausos el desempeño de los intérpretes… Entonces el director, emocionado, pidió silencio para hablar.
Un grande del teatro cubano, Nelson Dorr, aprovechó la oportunidad para lanzar una consigna que se me antojó grito de combate: «Ya es hora de que el gran teatro ocupe nuevamente la escena cubana; ya es hora de que la tragedia clásica vuelva a la escena cubana».
«Ya era hora», repetían muchas voces en el público, pues el director acababa de repetir lo que está en la mente de mucha gente. Esa gente que no tiene voz ni voto para decidir lo que se presenta en las tablas, y que no siempre está de acuerdo con lo que le ve sobre ellas, pero que insiste en acudir una y otra vez al teatro y continuar amándolo, como si padeciera una manía incurable.
Nelson Dorr aprovechó para hablar el hecho de que esa noche había puesto a la consideración de los espectadores su versión de una conocida tragedia de Shakespeare, Otelo.
Excelente selección para promover el interés de todos hacia la propuesta, pues el Moro de Venecia y sus celos se han convertido en un referente en nuestra cultura popular, y sería difícil encontrar alguien que, cuando menos, no lo conozca como ejemplo de marido celoso capaz de llegar a cualquier extremo, que prefiere atender a las insidias de un adulador y envidioso antes que dar la oportunidad a la persona que ama de mostrar su versión de los hechos.
Y que sufre las consecuencias.
Acostumbrados como estamos a asistir a salas con un puñado de espectadores, algunos de ellos familiares y amigos de los implicados en la obra, asombra que un director se atreva a presentar su trabajo en un espacio como el del Mella, pero Nelson Dorr, que se atreve a ofrecernos tragedias clásicas a estas alturas, no parece temerle al riesgo de una platea sin espectadores.
Y obtuvo el premio de ver la sala casi totalmente llena, con un público de todas las edades.
Me preguntaba cómo lograría el director darme un Otelo con solo seis actores, pero el uso abundante de la elipsis y la concentración de la trama en el desempeño actoral resolvió la dificultad. El movimiento en escena de los actores y los diálogos que intercambiaban se encargaron de llevar al espectador el desarrollo de la trama.
La puesta, en consecuencia, dependió ante todo del desempeño de quienes se movían sobre el escenario.
Precisamente por esa razón, me gustaría señalar algunos pormenores que para mí, como espectador, conspiraron contra un mejor resultado artístico.
Ante todo, pienso que el diseño de la banda sonora fue muy acertado. Sin embargo, algo sucedió con el sonido que por momentos impedía que se entendieran los textos. Por ejemplo, las primeras veces que Yago dijo su nombre apenas se oyó. Eso no fue lo único, desde luego: Con los tres personajes masculinos principales, especialmente con Otelo, sucedió que en ocasiones el espectador debió adivinar lo que se decía.
No estoy seguro de si se debió a problemas de articulación y proyección de la voz por parte de los intérpretes o a una incorrecta ubicación de los micrófonos, pero el hecho es que esa dificultad estuvo presente.
Insisto en el tema del uso de la voz. Acaso había la intención de recordar los tiempos en que las tragedias se presentaban en grandes anfiteatros griegos, o en los ruidosos corrales londinenses, pero los diálogos se sintieron, de principio a fin demasiado «gritados». Quizás no fue nada de eso, quizás simplemente hubo tropiezos con la acústica del lugar, pero en definitiva el resultado fue negativo.
Como expreso una amiga: «Parecía que todos estaban bravos».
El que se hablara gritando introdujo un problema más: la falta de matices. Porque el tono de actores y actrices fue, mayoritariamente, el mismo, sin modulaciones según los estados de ánimo. Por ejemplo, las escenas de amor entre Desdémona y Otelo, que debieron ser dulces, acaso apasionadas, no llegaron a serlo, y realmente eso se echó de menos. Los besos no dieron la esencia, no se visualizó la ternura.
Me he preguntado si sería que los intérpretes estaban demasiado penetrados de la convicción de que encarnaban un hecho trágico. En ese caso, debieron tomar en cuenta que la obra como tal es una tragedia, pero los momentos anteriores a su culminación no lo son obligatoriamente: Para Otelo, la tragedia comienza cuando le inoculan el virus de los celos; para Cassio, cuando comprende que ha caído en el desamor del amigo, y para Desdémona cuando se da cuenta de que su amado es capaz de desconfiar de su amor.
Pero hasta ese momento son personajes plenos de felicidad, por el amor o por los éxitos obtenidos. Y eso no lo demuestran en escena, pues están siempre demasiado metidos en la desgracia que los acecha. Se sienten tensos. Ese es para mí el punto débil de la puesta: la falta de transición entre los estados anímicos de los personajes.
Por su parte, el vestuario, realista, contribuyó mucho al objetivo general de la puesta. No obstante, la ropa de Otelo no lo apoya demasiado. Cuando aparece en escena por primera vez se ve totalmente rígido, brazos y piernas parecen estar entorpecidos. También lleva encima, casi todo el tiempo, un exceso de paños y pañuelos que no ayudan al desempeño del actor y en ocasiones lo estorban, y que no contribuyen a dar la imagen del jefe militar árabe.
Como espectador, hubiera preferido algo más minimalista. Y al final, cuando sale de la cama y asesina a Desdémona, el rojo de la túnica es desacertado. Se puede alegar que el color contribuye a indicar la sangre que se derramará, lo trágico de la escena, pero no me parece buen argumento. Los comentarios posteriores de algunos asistentes me lo corroboran.
Alguien me manifestó que no lo había complacido que el punto final fuera el triunfo sin castigo para Yago. Es cierto, Shakespeare nos muestra al final de la obra a un Yago prisionero y despreciado por su maldad. Pero para mí el final de Nelson Dorr es más acorde con la realidad. De antes y de ahora.
Es solo mirar alrededor: ¿Acaso no es eso lo que vemos todos los días?
En suma, agradezco el regreso de Otelo. Agradezco también este llamamiento de Nelson Dorr a que traigamos de vuelta a la escena cubana los grandes clásicos, a que no continuemos cocinándonos en nuestra propia salsa y a que nuestros directores no piensen que por este o aquel éxito tienen las llaves de la gloria en la mano. Sobre todo, que recuerden que mucho de lo que ahora parece recién inventado es tan viejo como el propio teatro.
Eso último no lo dijo Nelson Dorr, pero está implícito. Y lleva razón.
