Un concurso vale por la agitación literaria que genera
Amigos todos:
La novela Amalia, del argentino José Mármol, solo muestra su sentido, en el seno del romanticismo latinoamericano, si se la junta a María, del colombiano Jorge Isaacs, o a Cumandá, del ecuatoriano Juan León Mera. Lo mismo ocurre con las obras criollistas como Don Segundo Sombra de Güiraldes, La Vorágine, del colombiano Eustasio Ribera, o Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos.
Pasó igual con el indigenismo de Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza, o de El mundo es ancho y ajeno, del peruano Ciro Alegría. O ― el sentido en carne propia―, Los ríos profundos, del también peruano José María Arguedas.
Pasó luego con el relato de la gran ciudad, que resonaba la soledad y los conflictos urbanos como Adán Buenos Aires, de Marechal, o Sobre Héroes y tumbas, de Sábato, o la gigante obra de Onetti, o la Rayuela, de Julio Cortázar, y una lista enorme que, en cada país mostró, no solo en el puro plano de la metáfora, sino también en incursiones, a veces hiperrealistas, el entrampamiento del individuo en pugna con el otro, habitante como él, de ciudades desmesuradas, en las que los modos del individualismo más enajenado había sentado sus reales.
Para abreviar, diremos que tampoco Cien años de Soledad, del colombiano García Márquez, puede desligarse de sus pares del realismo mágico como son las novelas del guatemalteco Asturias, el mexicano Rulfo, el brasileño Jorge Amado que muestran, además, el otro rostro de la cultura latinoamericana: el de sus tradiciones orales; un sistema de representaciones del mundo que es escriturado, literaturizado, en un momento en el que tales tradiciones, ejemplos vívidos de la cultura popular, empiezan a ser vencidas por la nueva cultura hegemónica de hoy: la cultura de masas, tan propia del capitalismo tardío.
Igual coincidencia, años más, años menos, ocurrió con las grandes novelas históricas del siglo XX: El siglo de las Luces del cubano Alejo Carpentier, o Noticias del Imperio del mexicano Fernando del Paso, o El general en su laberinto del colombiano García Márquez. O la enorme serie de novelas que ahora, con ocasión de los bicentenarios de las independencias latinoamericanas, han proliferado en todos nuestros países.
Igual, tendríamos que sumar otras tendencias que han sido favorecidas en los primeros años del siglo XXI: la novela negra, de ciencia ficción, de género fantástico ─como nos permiten reafirmar los recientes comentarios hechos por Edel Morales, coordinador de este concurso, acerca de las novelas reconocidas en ediciones anteriores del Premio Alba Narrativa─, del esperpento, de los grupos urbanos, globeros y demás, y la de los marginales de la sociedad.
Todo esto nos prueba que Suramérica, la que está al Sur el Río Grande o Río Bravo, Al Sur de las decisiones (como dice el economista ecuatoriano Fander Falconí), siempre ha estado integrada en su literatura. Y unida, por fuerza, en su historia: pasado precolombino, Conquista, Colonia, Independencia, nacimiento y construcción de los Estados nacionales, caudillismos, dictaduras, "democracias restringidas" ─como las llamó el ecuatoriano Agustín Cueva─, neo coloniaje, deuda externa, neoliberalismo y anti neoliberalismo, en fin.
Unida, sí, por una historia simultánea pero dispersa.
Los estados desunidos de América del Sur, es el lugar común que repetimos para enrostrarnos nuestra desunión.
Insistamos, pues, en el terreno en el que siempre hemos estado integrados: el del pensamiento, la imaginación y el testimonio: en una palabra, el de la escritura.
Lo prueban nuestros grandes pensadores, historiadores, ensayistas, poetas, novelistas. Lo prueba la constante correspondencia y ayuda mutua de nuestros ideólogos y literatos.
En una palabra: unidos en la historia y el pensamiento pero desunidos en la práctica política y económica.
Mas el reloj del mundo ha dado una vuelta. Un imperio declina y otras potencias emergentes cambian la geopolítica mundial. No hay que olvidar que esos cambios globales permiten cambios regionales. Recordemos nuestra Independencia, ligada a la caída del imperio español.
Quiero decir, que todo apunta a que los afanes integradores de Surámerica se consoliden por fin. La UNASUR, la CELAC, el Mercosur, el TCA (Tratado de Cooperación Amazónica) y, por supuesto, el ALBA, no son coincidencias.
Tenemos, pues, la oportunidad de contribuir, cada quien a nuestro modo, a esa integración.
El Concurso que hoy presenta el Alba es un gran gesto integrador y una convocatoria para que los jóvenes novelistas suramericanos, muestren, de la manera más libre que puedan elegir, sin cortapisas de ninguna clase, la riqueza de su imaginación más desbordada.
La drástica división que rompe, fragmenta y neurotiza el alma del creador: su ser social y su ser individual, es decir, el ser del intelectual, comprometido o no, orgánico o no, pero siempre inmerso en el mundo real, y el otro, el del escritor retraído que llevamos dentro y cuya única patria es la soledad; o sea el que habita en los lugares oscuros del deseo, la angustia, el ensueño, el desencanto, el amor, la esperanza, la ira: el que comprueba, dolorosamente, que es difícil sobrevivir con los otros en este mundo real que nunca es como queremos que sea.
Ambos universos, antagónicos pero obligatorios, conviven en el alma del creador. Su ser social y su ser individual.
Y se expresan o trascienden en acciones muy visibles.
Así lo ha entendido este concurso de novelas que, en principio, tiene un origen geopolítico: el voto por la integración suramericana. Y, de modo simultáneo, el voto por la valorización de obras literarias genuinas, originales, que, más allá de la lectura relativa que puede hacer un jurado, convoca y da una buena oportunidad expresiva a los jóvenes escritores suramericanos como promesa de un futuro solidario que no queremos clausurado.
Una palabra más: un concurso vale, pues, no sólo por la gran novela que logra encontrar ni solo por su premio, en este caso, de die
z mil dólares y dos menciones de cinco mil dólares: vale por la agitación literaria que genera: muchas novelas, a lo mejor, encarceladas y olvidadas en el cajón de sastre del escritor, se rescatan y salen a la luz; otras, apenas embrionarias, puros girones de una imaginación excitada, empiezan a ser escritas; otras, no terminadas, demoradas, acaso por años, en la indecisión del escritor que duda, se terminan de escribir: en una palabra, un concurso como este es una provocación y una fiesta de la cultura que debemos celebrar.
Los jurados, aparte de quien les habla, son dos colegas de altos merecimientos: el ganador del concurso anterior, el joven narrador argentino Diego S. Lombardi, y el escritor cubano Atilio Caballero, Premio Alejo Carpentier de cuento, entre otros premios, poeta narrador, dramaturgo y traductor.
Yo agradezco a las instituciones y organismos, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), el Proyecto ALBA Cultural y el Centro Cultural Dulce María Loynaz, de Cuba, que hicieron posible este concurso y que lo mantienen ya con cinco ediciones cumplidas.
Agradezco también la distinción que me han hecho al nombrarme presidente del jurado de este año, responsabilidad que no podía eludir; agradezco a todos los jóvenes novelistas que han apostado por sus trabajos ya entregados y que esperarán los resultados hasta febrero del 2014, y anuncio, pues, en el ámbito suramericano, el cierre exitoso (108 novelas presentadas) de la Quinta Edición del Premio Alba Narrativa de Novela.
Y gracias, muchas gracias, a todos ustedes por su paciencia.
