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Centenario de Samuel Feijóo: Una mirada sobre «Beth-el»

Virgilio López Lemus, 16 de diciembre de 2013


Para Adamelia Feijóo Castellano


Sí, es difícil la lectura de «Beth-el» (1948). Samuel Feijóo (1914-1992) seleccionó un tema bíblico para escribir un texto intelectivo, en el que la materia libresca ocupa el centro, pero no el súper objetivo expresivo, porque el asunto no es el tema, y el fin no puede ser confundido con el medio. En «Beth-el» la descripción paisajista corresponde a la naturaleza insular, y ella es telón de fondo de la reflexión poética, de una poética, de las pocas con que cuenta el desarrollo in situ de la poesía cubana. Y este poema es la maduración exacta y el primer logro efectivo de ella. Aunque no es un poema programático, hay que partir de él para entender con propiedad su diálogo intratextual entre naturaleza, habitante humano y deus escondido pero actuante.

El mismo poeta explicó creativamente su poema en «Casa del Dios», texto en prosa aparecido en la revista Islas, en 1960. Allí declaraba que lo inspiró el gran pasaje bíblico en que Jacob, recostado para dormir sobre unas piedras, tuvo el bello sueño de la escala angélica hacia el Dios de sus ancestros, de manera que el poeta se sintió hechizado por la anécdota y la convirtió en un poema de diferente sentido. Aquí, en el poema, el sentido alegórico reinará por sobre la estructura versolibrista, de versículos y versos largos, en los que el poeta (Jacob, Feijóo) es el caminante, el excursionista dichoso en el interior del paisaje.

«El poeta con una piedra por almohada [observa la realidad] ante los amados crepúsculos del anochecer en la isla, viendo la laja roja del sol sepultarse para siempre en el mar...»; se halla ante la naturaleza, inmerso en ella, sumido en reflexiones que responden al orden de la belleza, que será la cifra que aspira a escalar. La escala de Feijóo no es la de Jacob, que conduce a Dios; aquí se asciende hacia la poesía y cada paso que da el poeta, cada estrofa del poema, es un alegórico peldaño de la escala, cuyo final no está en el último escalón, sino en el poema todo, en la realidad toda, en la verdad, que es asimismo la poesía. Aquí están todos los elementos alegorizadores, que conforman los alegoremas, cuya primera impresión de símbolos puede resumirse en Jacob como el Poeta, Beth-el como la Piedra, la Escala es el Poema mismo, en tanto el poeta descansa o sueña en busca de la Verdad que es Dios (en Jacob), y que en Feijóo es la Poesía, acto creativo por excelencia.

No estamos ante un apóstrofe, diálogo con la naturaleza, sino ante una suerte de aletheia, conocimiento de la verdad. Por la poesía de la naturaleza se teje una poética dirigida hacia esa «verdad», que no es la de un credo teológico, sino lirico, como si esa verdad fuese una eudemonia. La poética de Feijóo, precisamente en la etapa de «Beth-el» resulta ser la búsqueda del hombre --el poeta-- en pos de una armonía venturosa con la naturaleza, con el universo. No es una causa final o teleológica, pues prima la indagación del medio natural, lo que los griegos llamaban elenchos. «Beth-el» tampoco es una gran metagoge, pues el poeta no concedió animatismo a su concepción de la naturaleza. Al emplear el sistema de la alegoría, Feijóo no quiso ofrecer un programa poético, una explicitación de su sistema, sino obra de belleza a través del sistema, que queda implícito en el propio texto.

No es el sueño como ente inmaterial, ni el subjetivismo de estirpe religiosa, quienes ofrecen al poeta la visión de la poesía, sino la realidad objetiva a través del paisaje, de la inagotable fuente de lo sensorial que existe en la naturaleza y que le hace elevarse a la percepción y reflexión poéticas. El poema nace de la realidad para recrearla, para interpretarla desde la visión estética, que enriquecerá el conocimiento del mundo; el esfuerzo cognoscitivo tiene aquí el carácter particular dable al arte, y esa particularidad es el poema como expresión natural, cuyo fondo romántico queda atenuado por la actitud intelectiva y por el lenguaje elegido por el poeta: lo importante no es contemplar, sino conocer por la poesía para enriquecer al hombre por la belleza mediante el acto, que es el poema.

El poema se inicia con una presentación alegórica, suerte de introducción, que corresponde a las dos primeras estrofas, en las que se presenta el poeta, joven creador frente a la vida múltiple, en franca observación de la belleza de la naturaleza. En las estrofas siguientes se encuentra, como tema recurrente, el de la infancia como reino perdido pero próximo, lleno de ligaduras con la propia reflexión poética del presente que se enriquece con la evocación del pasado, por el recurso del recuerdo de la infancia. El presente --instantáneo-- a que se enfrenta el poeta, está también calzado por evocaciones del amor y de la muerte, que forman con la infancia una trinidad del acto poético.

«Beth-el» llega a un momento muy elevado cuando el poeta comienza a actuar mediante lo sensorial, ya no sólo mediante la vista («¡Con qué mirar me miro!»), sino también con claros versos sensoriales: «Huelo lejanas plantas al silencio», «palpo mi faz sujeta al estrago acechante de los olores», «el temblor de mi lengua me contiene», mientras siente «el nuevo / roce de los árboles» y escucha «tan secreto ruido cosiendo la sangre con su soplo». Hay una plenitud humana lograda dentro de la naturaleza, a tal modo identificado con ella que: «Desde mi hombro florecido / chocan mis hojas», o sea, el pensador es ahora hombre-árbol, ser vegetal que puede hallarse como tema en la poesía universal.

Se descubrirá que la firmeza del auto reconocimiento implica negación: «No soy Jacob», y que tal firmeza no excluye la duda, parte consustancial del afán cognoscitivo; el poeta ha hallado en su vocación de canto su razón de vida: «…Soy caracol, tejo destino, soy / otro ángel en la reposada piedra del verde...».Y este es un importante momento en la concepción de la poesía, en la poética que desarrolla Feijóo, puesto que ya ha planteado sus elementos esenciales: cognoscibilidad o búsqueda del poeta en la naturaleza, identidad hombre-hábitat por la expresión de la belleza, y la belleza como justicia, pero aún el concepto justicia no ha aparecido en su estricto interés. Ahora se está ante el auto reconocimiento del poeta; es el escalón de la individualidad, y por eso algunos críticos, sin ahondar mucho en sus apreciaciones, han querido hallar misticismo en «Beth-el». En todo caso, habría una mística del paisaje.

El poeta describe cómo su vista, su cuerpo todo, su sueño, se manifiestan por la propia realidad, que es la verdad hallada por la poesía que «brilla eternamente sobre los restos libres de mi nombre». Pero como el poeta-filósofo no ha agotado su reflexión, como el ser quedó en individuación, no ha hallado la correspondencia plural con lo que es plural por excelencia: la naturaleza.

«Beth-el» cumple su cometido en la penetración y desarrollo de la poética. Jacob hizo de Beth-el un sitio de culto divino, por el sueño de la escala tuvo la revelación del Dios de sus ancestros. Pero Feijóo no es Jacob, no halló un Beth-el localizable en la geografía, sino que la «casa del sueño» es para él la naturaleza toda. En la realidad objetiva está la verdad, a la que aspira el ser, el poeta, quien funda en «Beth-el» la casa de la poesía en el paisaje. El poeta no se siente «concluido» en su vasto poema. Sabe que alcanza bien su juego ornamental, pero busca un equilibrio, una sabiduría, que  no puede encerrarse en la poesía versada, que necesita más espacio expresivo (quizás por eso fue pintor, narrador, ensayista, compilador, prosista de diarios y reflexiones varias, crítico literario y de artes, fundador de revistas, periodista, editor, dibujante, diseñador, cuentista, teatrista, profesor…).

Beth-el, la piedra y el sueño redimen ese «lugar», ese espacio para el conocimiento y la expresión del ser. El poema es realización del sueño, praxis lírica, deseos de decir lo imborrable. Aunque la escritura se muera con rapidez. «Nadie reconoce el destino que hace su llamarada», y «Beth-el», poema, es una llamarada que ahora podemos leer con ojos, tiempos y espacios diversos de los del poeta, experiencia otra: la de la lectura, la que desarma y arma de nuevo el texto como en acto de magia, magia de la palabra, sobreabundancia que comienza con un sencillo: «Para los ojos cae esa morada lluvia / callada por los campos de luz en juego.» Gran poema, que situó a Samuel Feijóo entre los mayores poetas cubanos de todos los tiempos insulares.

 

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