La ucronía de Rimbaud
Una tarde en la UNEAC, en medio de una lectura de poesía a la que fui invitado, leí un poema dedicado a Rimbaud. Antes de hacerlo, me atreví a afirmar que todos los poetas teníamos alguna que otra deuda con el poeta. La frase no era nada original y olía a lugar común; sin embargo pareció agradarle al escaso público, entre los que se encontraban, como siempre, poetas y también narradores. Al final de la velada, saludé al conocido narrador Raúl Aguiar (La Habana, 1962) y le pedí un cuento para el espacio Fabulaciones de Cubaliteraria. Con la gentileza que lo distingue, me dijo que me mandaría dos, uno de ellos dedicado a Rimbaud. Perfecto, le dije y, al rato, después de un atractivo intercambio de ideas y noticias, nos despedimos. Me fui con la certeza de que escogería el texto dedicado al genial muchacho que revolucionó, con solo dieciocho años, todo el universo de la poesía.
El relato de Raúl es una ucronía en torno a Arthur Rimbaud durante las convulsas jornadas de La Comuna de París. Narrado desde la perspectiva de una cubana que por ciertos avatares de su vida se ve inmersa y comprometida en el escenario de la guerra, la historia transita entre lo real y lo posible, con una carga de humanidad y desasosiego que conmueve y hacen que el lector se sienta sorprendido en aquellos acontecimientos, y en el drama personal de una figura tan sensible y a la vez tan enigmática como Rimbaud. Ella lo inicia en el sexo por compasión y luego siente por él algo muy parecido al amor, a pesar de lo fugaz de la relación. En realidad lo que sucede es que Juana María o Jean Marie (así se llama el personaje) es también un alma desolada. Los que sufren, cuando se encuentran, hayan un lenguaje común y un espacio donde abrazarse, tocarse y aliviarse, al menos, por unas horas del caos que los envuelve. Lo que ocurre después en el relato estremece por su verosimilitud y por la nitidez desgarradora con que Raúl narra y sintetiza de manera magistral la anécdota. Nada nuevo en alguien que ya tiene un oficio depurado y el talento para contar historias complejas y sutiles, no pocas veces de un realismo descarnado, siempre con una ajustada estructura, con personaje muy bien perfilados y un lenguaje que oscila entre lo mítico y lo cotidiano con naturalidad y, sobre todo, con innegable eficacia.
La obra de Raúl Aguiar ha sido premiada y reconocida en varias oportunidades. Ha publicado La hora fantasma de cada cual (novela, premio David,1989); Mata (noveleta, premio Pinos Nuevos ,1994); Daleth ( premio Luis Rogelio Nogueras, 1993); Realidad virtual y cultura ciberpunk (Divulgación científica, premio Abril,1994), y la novela La estrella bocarriba, (Editorial Letras Cubanas). También ha publicado cuentos en numerosas antologías de Cuba y el extranjero.
Alberto Marrero
Arthur
Raúl Aguiar
Al trasponer el umbral del café Voltaire sentí que podía llenar todo ese vacío de cuatro años, desde el fatídico abril del 69 en que llegué a París, conocí a Pierre y me convertí en esclava ejemplar, muslos de difusión gratuita, encerrada en la pequeña tumba que era mi habitación estrecha y triste. En la parte alta de la prisión -léase ático-, podía llegar a un ventanuco desde donde alcanzaba a ver las copas de un par de cipreses y una pequeña franja de cielo. Allí vivía con mi amiga Therese, y en ocasiones se quedaba también Pavel, su compañero. Habíamos dividido la estancia en dos, con un cobertor, para darles un poco de intimidad y no pocas noches escuchaba sus jadeos cuando hacían el amor a pocos pasos de mi cama. No niego que en esas ocasiones yo sudaba un poco más de la cuenta y se me hacía difícil conciliar el sueño. Pero eran los días de la Comuna y todo, o casi todo, estaba permitido. Por supuesto que entonces aprovechaba cualquier oportunidad para salir a las calles a tomar aire fresco y un poco de sol de la primavera. Desde hacía unos días se escuchaba a lo lejos el cañoneo incesante de los federados intentando forzar una entrada por la puerta Maillot, pero en el resto de París todo continuaba como siempre e intentábamos llevar una vida tan normal como fuera posible. Por eso aquella tarde acepté gustosa la invitación de Therese y de Pavel, su compañero, para ir a comer algo en la fonda más barata de los alrededores.
Ya sentada y detrás de una jarra de vino, comprendí que la Comuna era buena porque en ella todo estaba permitido, porque percibiendo la elocuencia de Therese y otras mujeres del lugar, me asaltó la sensación de no haber hablado nunca, o casi nada, y pronto, en la transición de un bavarois que servían con panecillos, observé a un adolescente que dibujaba unas letras con el dedo mojado en el licor sobre la mesa, en un momento me miró fijo a los ojos y a mí de pronto se me movieron los meridianos sobre la tierra.
—¿Qué es eso de la cinta azul del orden? —preguntó el muchacho con voz meliflua y todos comenzaron a burlarse.
—Es para ponértela atrás, y que todo el mundo te las mire —dijo uno y se rieron.
—A ver qué parte les dejas —se burló otro.
El adolescente susurró una disculpa con voz que traducía el miedo o la timidez.
—Era solo una pregunta... Soy nuevo aquí… —dijo murmurando. Luego simuló leer unos papeles que traía consigo.
A pesar de sus ropas provincianas, el muchachito parecía del tipo que huye de todo trabajo que ensucia las manos, tal vez por eso la burla de todos. Sospeché que debía ser un estudiante, hijo de alguna familia burguesa caída en el arroyo, con sus ojos que reflejaban largas noches de estudio solitario, de tú a tú con los grandes pensadores de la filosofía, la economía o de la revolución social.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté en gesto protector.
— Arthur —contestó el muchacho y se removió en el asiento—. Jean Arthur.
—¿Qué edad tienes?
—Dieciocho años.
Estaba mintiendo. A pesar de que era bastante alto, este chico solo podía tener cuando más dieciséis, tenía ojos de dieciséis años.
—¿De dónde vienes?
—De Charleville. Vine caminando. Me tomó cuatro días pero aquí estoy.
Therese intervino en la conversación:
—Pero eso está muy lejos.
—Sí, como sesenta leguas.
—¿Hiciste todo ese recorrido en cuatro días?
—Sí. Ya estoy acostumbrado.
—Diecisiete leguas por día.
—Claro, también anduve por la noche, y varias veces utilicé los carricoches de los campesinos. Entré a París hoy en la madrugada, por Villers-Cotterets.”
Ahora le tocó el turno a Pavel de preguntar:
—¿Y no te encontraste con los prusianos?
—Sí, de pronto escuché una cabalgata, con hombres gritando en un idioma extraño, me di cuenta que eran ellos y si no corro a esconderme me hubieran alanceado. Por suerte encontré un cobertizo a tiempo.
—¿Tienes hambre?
—Sí. Mucha.
—Voila —dijo Pavel dirigiéndose al resto de los parroquianos del lugar—. He aquí a un chico valiente, que ha venido a combatir por la Comuna y no tiene un sous. ¿Por qué no hacemos una colecta para ayudarle?
Algunos comenzaron a reír.
—De acuerdo. Pero que haga algo.
—Sí. Que cante.
—Mejor que baile.
Pavel le preguntó en voz baja al muchacho:
—¿Qué sabes hacer?
Arthur de pronto parecía buscar una salida por dónde escapar.
—Yo… soy poeta.
—Pues dale, recita algo —y luego Pavel alzó la voz hacia el resto de los comensales—. El chico es poeta. Y ahora les leerá algo de su creación.
—Sí, que nos lea algo.
Arthur, nervioso, rebuscó entre sus papeles arrugados hasta dar con uno de su preferencia.
—Este se llama Canto de guerra parisino. Lo acabo de escribir.
—Muy bien, pero léelo alto. Todos queremos escuchar.
Comprendí que Arthur no era tan tímido como aparentaba al principio, o al menos no lo era con respecto a su poesía. Pavel le alcanzó una de las sillas. El se subió en ella y proyectó su voz como actor experimentado:
Thiers y Picard son unos Eros,
Conquistadores de heliotropos,
Con petróleo pintan Corots:
Ahí vienen sus tropas abejorreando…
¡Son familiares del Gran Truco!…
¡Y tumbado en los gladiolos,
Favre hace de su parpadeo acueducto,
Y sus resoplidos a la pimienta!
La gran ciudad tiene las calles calientes,
A pesar de vuestras duchas de petróleo,
y decididamente tenemos que sacudiros en vuestro papel…
Risas. Aplausos. Poco a poco fueron apareciendo las monedas sobre la mesa hasta completar la suma de 21 francos y 13 sous.
—Muchas gracias. En agradecimiento les pagaré una ronda a todos.
—Así se habla.
Alegría general. El muchachito se los había echado en un bolsillo, ahora le palmeaban la espalda y se acercaban a la mesa para felicitarlo. Y luego:
—¿Quieres luchar? Están alistando voluntarios frente al Cuartel de Babylone. Solo descansa un poco y mañana te apuntas.
—Muy bien.
Ya era bastante tarde. Fue a Pavel a quien se le ocurrió invitarlo:
—¿Tienes dónde quedarte?
—No a esta hora.
—Entonces ven con nosotros.
Escandalizada, aproveché la primera oportunidad para preguntarle a Pavel en un susurro si estaba loco. ¡Dónde iba a dormir el chico? El, por toda respuesta, se encogió de hombros y murmuró algo acerca de dónde comen tres, comen cuatro, y que el muchacho seguro acostumbraba dormir en el suelo.
—No te preocupes, -me dijo -es un buen chico y se nota que no ha conocido mujer.
Ya en la avenida de los italianos, se dedicó a bombardear a Arthur con sus preguntas:
—¿Vives con tus padres?
—Con mi madre, mi hermano y tres hermanas. Mi padre nos dejó cuando éramos muy pequeños.
—Ah. ¿Y tu madre? ¿Sabes que estás aquí?
—No, pero debe imaginarlo. Es la segunda vez que vengo.
—¿Es muy estricta?
—Un poco, sí. Católica hasta la médula. Todavía recuerdo que en la iglesia nos ponía en fila, arrodillados y con la cabeza gacha todo el tiempo.
Explicó que detestaba la vida en provincias, sobre todo por su gran aburrimiento. Ya había venido hacía algunos meses a París, de la misma manera, pero lo habían detenido por vagabundo y enviado de vuelta a su pueblito bajo protesta.
Entre anécdotas llegamos por fin a nuestro edificio. Therese y Pavel se retiraron rápidamente a sus predios y Arthur y yo nos quedamos a solas, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Decidí romper el hielo con algún comentario intrascendente.
—Casi no te puedo imaginar como un bebé.
—No lo hagas. Siempre fui precoz. El mismo día que nací aproveché que la enfermera salió a la farmacia y me fui gateando hasta la puerta.
—¿Cómo?
—Es una broma. ¿Realmente eres francesa? Tu acento es un poco raro, como española. ¿En verdad te llamas Jean Marie?
—No. Me llamo Juana María. Pero no soy española. Mis padres sí, son catalanes pero yo no. Soy cubana.
—Igual que Heredia ¿no? El poeta. Nació en Cuba.
—No sé. No lo conozco. No leo mucha poesía.
—Bueno, debes estar muerta de cansancio y yo acosándote a preguntas.
—No tengo sueño.
—Yo tampoco. ¿Y ese librito?
—No sé… lo encontré bajo el colchón de la cama. Debió pertenecer al inquilino anterior.
—Es un abecedario para niños.
—Sí.
Arthur lo hojeó con una risita contenida y leyó en voz alta:
Para la A (letra negra) Abeja, Araña, Astro
Para la E, amarilla: Emoción, Esclavo, Escuela
—Qué interesante. -dijo -Cada vocal con un color. Creo que podría hacer algo con eso. Luego descubrió mi tomo de Los Miserables.
—¿Lo conoces?
Descubrí su admiración por la forma en que preguntaba.
—¿Al autor? No, realmente. Fui a una tertulia en su casa con mi… con el que me… pagaba las cuentas. Pierre Menard.
—¿Menard? ¿El parnasiano?
—Sí. ¿Por qué esa cara?
—Es mediocre. Muy, muy mediocre.
Si él supiera…, pensé. Aparte de mediocre era un sádico hijo de puta, por suerte con la Comuna había logrado escaparme de él. No quería recordarlo y por eso cambié rápidamente el tema de conversación.
—De acuerdo, pero tú, ¿Cómo sabes tanto de literatura? Nadie lo diría. Con esa ropa y tu forma de hablar…Pareces un campesinito, no te ofendas.
—No me ofendo. Soy poeta. No te rías. Realmente soy poeta.
Me habló de su visión acerca de la literatura.
—Basta de sacarle brillo a los lirios y buscar palabritas raras en los diccionarios —decía—. No, hay que ser objetivos, salir de la torre de cristal de los poetas, escribir sobre los tiempos que corren, de las personas, las cosas que te rodean. La poesía puede ayudar a la Comuna a crear un mundo nuevo, con nuevas palabras…
Sacaba sus pliegos, me leía algunos fragmentos y yo en aquel instante no deseaba que apareciera nadie más. La conversación me hacía bien, porque los otros hombres que conocí habían sido bastante groseros, y este muchacho me hacía sentir apenas perfilada por el deseo tímido, un hombrecito especial, desde que le escuché leer sus versos procaces, describiendo las iniquidades de los versalleses. ¿Qué edad podía tener en realidad? ¿Dieciséis?, y él de pronto acercó su rostro intentando besarme pero yo solo reí, nerviosa, y me aparté.
—Eres demasiado joven para mí —le dije, y viendo que mis palabras lo herían profundamente quise aliviarle la decepción haciendo que me hablara un poco más de sí mismo—. Me contaste que eras el mejor alumno de tu clase. Perdona, pero no te imagino como un estudiante clásico, atrapado en esa red de la constancia y la obligación de los deberes.
El no contestó y se entretuvo un rato observando desde el ventanuco. Una vista de la ciudad y los tejados. Se notaba incómodo.
—¿Te gustaron?
—¿Los poemas? Sí, claro, me gustaron mucho.
Noté el muro, sentí que ya era hora de exorcizar mis demonios internos. Lo supe desde el principio, me había quedado demasiado sola después que escapé de Pierre, con demasiada rabia, y este muchacho en solo unos minutos había rebasado ya el límite de una amistad agradable, y yo sentía aquella atracción tan intensa que me sorprendía imaginándole desnudo, acariciándolo, y él llevándome a su mundo bizarro de colores y versos.
—Arthur —dije y me asombré de mi propio atrevimiento—. Yo también te deseo.
Y él se demoró en reaccionar, como si todavía dudara de mis palabras. Luego recorrió el itinerario que iba desde el ventanuco a la cama, me besó y yo adiviné que la escena de teatro había tocado a su fin, me dejé acariciar por esas manos torpes de niño campesino que ahora me parecían palomas. Y pensé en cómo le diría a Therese y a Pavel lo que tendría que confesar: me dejé seducir por un niño, y entonces traté de apartarlo sin fuerzas, pero Arthur susurró algo así como “Tan pequeños que somos, mañana mismo puede acabar nuestra vida y siempre nos llenamos de temores y culpas”
Desabrochó mi blusa, fue zafando los cordones del corsé mientras me besaba en el cuello y los hombros, las manos de él palpando mis senos, lo adiviné sediento y me contagié de su nerviosismo, todo esto me cautivaba y decidí mandar al demonio la razón, los equilibrios, ya bastaba de tanto extravío y soledad. Tantos recuerdos sórdidos. Arthur desató mi pelo recogido en la nuca y me miró fascinado, con sus cabellos esparcidos y sus labios brillantes.
—Eres bellísima Jean Marie —susurró— tienes ojos violetas, ojos de ángel -y dejé que su beso se disolviera en mi piel, su boca entreabierta, las ropas tiradas por el suelo.
—¿Quieres hacerlo? —pregunté y Arthur asintió feliz.
—Eres la primera,la única —confesó y se dejó llevar sobre mi cama estrecha, una cama rara, con ladrillos debajo por falta de una de las patas, un poco inclinada.
—Tú también eres hermoso —le dije, encantada por su cuerpo de adolescente.
Abrí las piernas y dejé que él se acostará sobre mí, tanteó entre mis muslos, me penetró lenta, suavemente, pero no me bastaba, ahora apetecía un miembro infinito que me traspasase, casi me sentí asfixiada de tanto placer, ¿tanto amor?
El mordió con celo mis hombros, lamió mis senos hasta enloquecerme, yo me abrí como una baraja de naipes, con la certeza de haber encontrado por fin mi doble, mi hombre único, mírate, feliz de piernas abiertas, recibiéndolo justo bajo las frases manuscritas de la pared gris y él como si buscara una estrella entre mis muslos, Arthur transitando todos mis espacios internos, sin olvidar convertir en mar tanto desierto, y yo todavía pensando donde se apoyarían los principios, mordiendo sus labios secos y húmedos a ratos, mirándolo alzarse, y luego pidió que me quebrara bajo él, me doblara en dos y le regalé mi espalda y reí feliz a lágrima incontenida, nada de este hombrecito me decepcionaba, ni siquiera cuando se derramó enfebrecido dentro de mí —No te preocupes, yo no puedo tener hijos— le dije y Arthur solo me besó en los ojos con un enjambre de palabras extrañas y cariñosas, casi infantiles—. Eres mi ángel, mi omega, mi rayo violeta— y luego me contó un poco más sobre su pueblo, sus sueños de viajar por países exóticos, míralo, ahora parecía un niño, no era el mismo, como yo, nunca fui la misma desde aquel primer beso que me puso a disfrutar el acertijo de la confesión, el dulce sustraer de trozos de vergüenza y lujuria, del arco iris brotando en el vientre y todo mezclado al dolor de tener que separarnos.
Debía estar extenuado porque a los pocos minutos se quedó rendido y tuve que zarandearle varias veces para que ocupara su lugar en el suelo y así aparentar que nada había pasado entre nosotros. Claro que más tarde o más temprano tendría que decirle a Therese; lo haría porque jamás he creído en amores solapados y culpables, aparte de que nunca alcanzarían los cerrojos para guardar semejante unión, con esa hilera de amigos diariamente prendidos a la aldaba, ya los imaginaba negándome más allá de sus cabezas, con sus espadas listas para batirme a la primera oportunidad, pero ya bastaba de temores. Arthur dormía con su torso desnudo y yo me comparaba con él y descubrí que con mis veinticinco años ya era vieja, se iban notando las simientes de futuras estrías y arrugas, claro que al lado de ese niño cualquier mujer se sentiría con algunos años y libritas de más. Le veía dormir y de pronto me pareció un ángel rebelde, deseaba gritar de felicidad, gritársela a todos Encontré a mi hombre, ¿escuchan? ¡Mi hombre es Arthur, creo que lo amo y es el mejor poeta del mundo!
Ya amanece. Los hilos de luz que entran por la ventana se trenzan sobre él, sobre los cobertores. Qué bueno sería pintar esa visión de sombras pálidas, fantasmales, hasta podría en estos momentos, si él me lo pidiera, marcharme con él a su Charleville o a los países a los que sueña viajar, países de sol, arena, olas y cañas. El se remueve un poco y todavía en sueños, gime un poco y queda quieto otra vez.
—Nos vamos —dijo Pavel y yo desperté con esfuerzo y descubrí que Arthur ya estaba vestido, con su morral al hombro, listo para marcharse con él. La despedida se redujo a una mirada furtiva e intensa entre nosotros, pero nada más.
Aquel día acompañé a Therese a una de las reuniones del comité de vigilancia de mujeres, en el local de la justicia de Rue de la Chapelle, en Mormartre. En la sala había un mapa de París con el escudo de armas imperial tachado y al lado una bandera, más bien un retal de franela roja representando los ideales de la comuna, de todos los obreros. Esa vez Louise Michel hablaba sobre la intolerancia de algunas de sus integrantes con respecto a dos muchachas “de vida fácil” recién incorporadas.
—Muchas de estas mujeres -decía -han tenido que educar a sus hijos ellas solas, viviendo en buhardillas miserables y privándose de todo porque sus maridos o sus padres estaban en la cárcel o el presidio, muchachas que poco antes enloquecían por cualquier cinta celeste y de pronto afeadas por la pobreza, olvidadas de sí mismas con tal de que no les faltara el pan a sus niños.
—Sí, pero… no son buenas.
—Ahí donde ustedes las ven, con ese carácter duro, también pertenecen al proletariado y son heroicas, han tenido una vida muy dura y hay que tener mucho coraje para criticarles la manera en que decidieron exprimir las calles para sacarles alguna industria, algún oficio, aunque fuera el más antiguo de todos.
De pronto recordé una imagen de mi pasado no muy feliz. Mi familia reunida un domingo de feria en las afueras de Barcelona, mamá intentando que todos se mantuvieran inmóviles durante un tiempo que parecía una eternidad frente al fotógrafo y yo deseando escapar. —Por favor, sé buena mi corazón, estate quieta— y yo había sido buena el tiempo suficiente para después correr sin mirar atrás, una fuga enloquecida de años donde desapareció la niña inocente y apareció esta mujer ajada y sucia, en un lugar donde nadie podía encontrarme.
—Será un honor para nosotras -seguía diciendo Louise Michel —compartir la sopa de las barricadas con ellas, y si es necesario tomaremos el fusil, la antorcha o el cañón para defender nuestros derechos.
Era un consuelo, pensé mientras me unía a los aplausos de las demás, encontrar de pronto a esta señora delgada, algo fea pero muy culta, tratando de borrar posiciones y odios ancestrales que se habían establecido desde hacía siglos entre las mismas mujeres.
Tal vez ese discurso fue el que acabó por decidirme a participar en la Comuna con todas mis fuerzas. Durante esa semana no tuve noticias de Arthur. El propio bregar de la guerra hizo que mis pensamientos se centraran en al acontecer diario, lo mismo ayudando a los heridos que llevando algo de rancho y agua a los que combatían. La actividad era tan intensa que llegábamos de noche a casa muertas de agotamiento, a dormir unas horas e incorporarnos temprano a la mañana siguiente, muchas veces sin siquiera lavarnos, el pelo revuelto y con la misma ropa sucia de lodo, pólvora y sangre.
Fue en esas condiciones, diez días después, cuando volví a encontrar a Arthur.
Aquella noche ya estaba a punto de marcharme a casa a dormir cuando vi que Therese se acercaba corriendo a buscarme.
¡Ven conmigo! ¡Es Arthur!
—¿Arthur?
Pero en vez de tomar el camino a nuestro barrio me llevó con paso rápido a uno de los bares de la zona.
Cuando lo vi, me pareció que estaba herido, tirado en el suelo y vociferando frases incoherentes. No pude evitar la mezcla de sentimientos de dolor, asombro y repulsión cuando comprendí que estaba totalmente ebrio.
—Arthur, ¿por qué?, ¿qué has hecho?
El manoteaba intentando apartarme, gritando que quería morirse y fue casi imposible lograr que se incorporara y luego llevarlo por las calles, casi a rastras, hasta nuestra habitación. Allí se puso a llorar sin poder contenerse y Therese y yo nos miramos consternadas, sin saber qué hacer. Poco a poco él fue calmándose hasta que se quedó dormido.
—Me tengo que ir —dijo Therese, nerviosa, cambiándose de ropa rápidamente—. Pavel me espera. ¿Puedes quedarte con él? —Yo asentí en silencio y ella salió apresurada, saltándose los escalones hasta perderse escaleras abajo.
Aproveché entonces para quitarle la camisa, lavarla de toda la mugre acumulada y coserle un gran desgarrón que tenía en uno de sus hombros. No sé cuando me quedé dormida, velando su sueño. Al despertar descubrí que estaba acostada en la cama, cubierta por la sábana y él me observaba en silencio, con una cara de desolación.
A pesar de todo Jean Arthur se veía hermoso otra vez esa mañana, con la camisa blanca y el pelo largo, recostado suavemente contra el respaldar de la silla. Mudo, absolutamente mudo, me recordaba una estatua mexicana, y yo moría por saber lo que estaba pensando, situados cada uno en la esquina más alejada del cuarto. Por fin me decidí a preguntar.
—¿Qué sucedió? —hasta consideré si no debería enojarme.
—Ya no creo en nada —contestó—. Me destrozaron todos los sueños.
Pensé que algo muy grave debía haber ocurrido.
—¿Pero qué pasó? —volví a preguntar.
A duras penas, e insistiendo mucho, pude sacarle algunos detalles que me hicieron enterarme de todo lo ocurrido. Por lo visto un grupo de guardias borrachos lo habían humillado en el Cuartel, y no contentos con humillarlo habían abusado de su cuerpo.
—Me usaron como a una mujer, ¿entiendes?, he perdido mi hombría, ya no podré ser como antes nunca más, no puedo estar contigo, ahora quisiera morirme.
Intenté consolarlo y lo abracé y le besé el rostro, las lágrimas, pero él me apartó con fuerza.
—Olvídame Jean Marie, es lo mejor. Ya no podré verte nunca más a los ojos.
—Arthur, no te vayas, por favor. A mí eso no me importa. Nada de lo que has dicho importa. Solo nosotros dos y tú eres mi hombre, ¿Entiendes? Y eres joven, puedes olvidar…
—Es que eso no fue lo peor, Jean Marie, ¡no fue lo peor!
Luego ya no entendí más, Arthur se veía enloquecido, caminando sin cesar por la habitación, diciendo frases sin sentido, “¡Me odio!”, “¡Yo soy otro!”, ¡Mierda, yo no quería!” Y luego se marchó corriendo sin mirar atrás.
Esta historia podría quedar aquí, con este final triste, pero confieso que vi a Arthur durante la Comuna tres veces más. La primera de ellas, acompañado por un soldado de infantería con el cual parecía conversar animadamente. La segunda, de juerga con un joven pintor a quien apodaban Gavroche y que yo conocía desde los tiempos de mi relación con Pierre. Las dos veces Arthur aparentó no haberme reconocido, aunque tal vez fuera real que no me hubiera descubierto porque parecía flotar entre jarras de vino, hachís y seguramente algo más.
La tercera vez no la olvidaré nunca, porque fue cuando Arthur por fin se armó de valor y vino a visitarme para despedirse. En esta ocasión me pareció extrañamente feliz, con un toque de locura en los ojos que no podría achacar al alcohol, solamente a su nueva forma de ser y ver el mundo.
—Hola —me dijo desde el umbral de la puerta—. He venido a despedirme, me voy esta noche.
Yo no supe en un primer momento qué contestar. Lo invité a que pasara y le ofrecí un poco de agua.
Fue una conversación amigable, sin nada de la pasión ardorosa de la primera noche. Nos contamos acerca de nuestras vidas, y él me explicó que ahora veía el mundo con otros ojos.
—Ahora soy un vidente —me dijo y a pesar de que intentó explicarme algo acerca del desatino controlado, y de la nueva poesía que estaba escribiendo debo confesar que no entendí mucho en realidad.
—Yo también he cambiado mucho —le expliqué—. Soy anarquista.
El se encogió de hombros, posiblemente pensando en sus propios asuntos.
—Trataré de regresar a Charleville. Me iré por donde mismo entré, por Villers-Cotterets.
—¿No es peligroso?
—Sí. Pero tendré cuidado, como siempre. ¿Y tú?
—Me quedaré hasta el final.
—¿Estás segura?
—Sí.
Nos quedamos unos minutos sin saber que más decir. El rebuscó en su morral y sacó unos pliegos, luego me los ofreció:
—Toma. Copié estos para ti.
Vi que se trataban de poemas. Iba a leerlos pero él me cortó con un gesto.
—No. Léelos después. No hay tiempo. Me esperan. Debo marchar.
—Bien.
Nos abrazamos. En ese abrazo final comprendí que no volveríamos a vernos. —Nunca te olvidaré, Juana María. —dijo mi nombre en español, marcando la erre. Luego, después de una eternidad, nos separamos.
—Cuídate Juana. Adiós.
Su salida coincidió con la llegada de Therese, que lo miró extrañada antes de cerrar la puerta. Yo me dejé caer sobre la silla, tratando de contener todo lo que estaba sintiendo.
—Vamos. Tenemos que ir a la barricada del Panteón —me dijo ella—. Te estamos esperando desde hace una hora.
—Sí, solo déjame guardar esto y te acompaño.
Le eché un vistazo a los pliegos. Eran dos poemas. Uno se titulaba “Las manos de Juana María.” Y el otro “Vocales”:
A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul; vocales,
Diré algún día vuestros nacimientos latentes
Los leería después, al regreso, ahora había otras cosas más importantes que hacer…
