Alberti: el último poeta de la generación del 27
La patria de Cristóbal Colón ha parido magnos escritores. Uno de ellos, miembro de la llamada Generación del 27, nació precisamente un 16 de diciembre, pero del año 1902, en el puerto de Santa María, Cádiz. Como casi todos los poetas de la Edad de Plata de la literatura española, Rafael Alberti bordó sobre sus páginas más que una lírica amorosa y sico-reflexiva.
El pulso de una época, sus matices, padecimientos y batallas, llegaron a ser recurrentes en sus libros. No en vano su nombre lleva detrás el fulgor de uno de los más eminentes literatos españoles. Detrás de su nombre también fulgura el Premio Cervantes de Literatura 1983.
Aunque se distingue en el género poético, Alberti fue también prosista y dramaturgo. Incluso, antes de la muerte de su padre (1920), momento en que nacen sus primeros versos, se había adentrado en las artes plásticas, siguiendo su vocación de pintor. Por el tino de sus piezas y su capacidad estética para captar el vanguardismo de la época, consiguió exponer en el Salón de Otoño y en el Ateneo de Madrid.
Su primer libro lo empieza a escribir en un retiro de la localidad segoviana de San Rafael, donde se había recluido por una afección pulmonar. Los versos escritos durante su estancia allí formarían luego el poemario Marinero en tierra, donde expresa su nostalgia por no poder disfrutar del mar en su pueblo natal.
Con este poemario, que forma parte del primero de los cinco momentos por los que transita su obra poética, Alberti ganaría el Premio Nacional de Poesía en 1925. La amante (1926) y El alba del alhelí (1927) también pertenecen al ciclo populista de su poesía, en el que recoge la tradición de los Cancioneros, desde una posición vanguardista.
Al regresar a Madrid, empieza a frecuentar la Residencia de Estudiantes y conoce a poetas como Federico García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego y otros jóvenes autores que constituyeron luego el más espléndido grupo poético del siglo XX.
En este momento Alberti se mueve hacia la vertiente gongorista, visible en la profunda transfiguración estilística de los temas. Aparece entonces otra de sus más excelsas obras, Cal y canto (1929), donde se vislumbran ya los tonos sombríos que predominarán en Sobre los ángeles (1929), texto que abre su tercera etapa creativa.
Considerado el libro mayor del poeta, Sobre los ángeles nació como consecuencia de una grave crisis personal y en el marco de la crisis estética general común al arte occidental de la época. En él prevalece el versolibrismo, aunque mantiene algunas formas métricas tradicionales. Alberti genera aquí un mundo onírico e infernal, visualizado a través de imágenes densas que toman cuerpo en un verso eminentemente violento.
Su tono apocalíptico se extiende hasta Sermones y moradas, escrito entre 1929 y 1930; y cierra luego el ciclo surreal con el humor de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929), en donde recogió poemas dedicados a los grandes cómicos del cine mudo.
Aparejado a su ejercicio intelectual fue desarrollando su posicionamiento político y revolucionario. Para él, la poesía se convirtió en un arma necesaria para sacudir conciencias, una forma de cambiar el mundo. En consecuencia, durante la Guerra Civil militó en el Partido Comunista español y en la Alianza de Intelectuales Antifascistas; ayudó a salvar de los bombardeos los cuadros del Museo del Prado; acogió a intelectuales de todo el mundo que apoyaban a la República y llamó a la resistencia del Madrid asediado recitando versos que llegaron hasta los frentes de batalla.
Los poemas de estos años quedaron recogidos en los títulos Consignas (1933), Un fantasma recorre Europa (1933), Nuestra diaria palabra (1936) y De un momento a otro (1937), en un conjunto que el autor llamaría El poeta en la calle (1938), así como la elegía Verte y no verte (1935), dedicada a Ignacio Sánchez Mejías.
Precisamente, por su actividad política, al finalizar la guerra tuvo que exiliarse. Desde entonces y hasta 1977, vivió en varios países como Francia, Chile y Argentina. Es en el exilio que se inicia el último ciclo de su poesía, en el cual se destacan Entre el clavel y la espada (1941); A la pintura (1948), Retornos de lo vivo lejano (1952), Oda marítima y Baladas y canciones del Paraná (1953), vertebrados todos por el tema de la nostalgia.
Aunque su obra dramática no es muy copiosa, se caracteriza por el sello de calidad albertiano. El hombre deshabitado (1930), De un momento a otro (1938-39), El adefesio (1944) y Noche de guerra en el Museo del Prado (1956), así como algunas adaptaciones, representan lo más significativo de su quehacer en este ámbito.
A su vuelta a España, tras el fin de la dictadura franquista, Rafael Alberti fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía en 1983 y Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cádiz dos años después. El 28 de octubre de 1999 Madrid hubo de dar al mundo la noticia de su deceso.
Su obra, vasta y profunda, merece definitivamente el calificativo de icónica. Del último poeta de la generación del 27 son estos versos emblemáticos:
Hace falta estar ciego, /tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio, /cal viva, /arena hirviendo, /para no ver la luz que salta en nuestros actos, /que ilumina por dentro nuestra lengua, /nuestra diaria palabra. //Hace falta querer morir sin estela de gloria y alegría, /sin participación de los himnos futuros, /sin recuerdo en los hombres que juzguen el pasado sombrío de la tierra. //Hace falta querer ya en vida ser pasado, /obstáculo sangriento, /cosa muerta, /seco olvido. (“Hace falta estar ciego...”).
