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Para recordar el cuerpo de Lady Chatterley

Alberto Garrandés, 18 de diciembre de 2013

En su ensayo “Pornografía y obscenidad”, ejemplo de equilibrio entre la prudencia cismática y la audacia ponderada, D. H. Lawrence (1885-1930) procura deslindar terrenos vecinos y nos sugiere, con valentía de hombre obsedido por la ética y la verdad, revisar no solo la historia de la sexualidad humana en tanto gestos de cultura, sino también comprender ese estilo en el que se expresa la naturaleza cuando esta subraya, frente al pensamiento, sus formas convencionales de erotismo, por así decir. Pero la naturaleza no podría nunca expresarse por medio de convenciones, nos sugiere razonar Lawrence, y entonces el escritor aprovecha la oportunidad para hacernos ver de qué manera impura el ojo humano es capaz de contaminar lo que aún no está marcado por la moral, más allá del hecho de ser ella, la naturaleza, uno de los dones de Dios, según la religión y las costumbres.

En algunos lugares del mundo esta novela pasa aún por sospechosa, moralmente equívoca e incitadora. Lo primero es un lugar común que nada nos dice, lo segundo es un error, y lo tercero (no hay que engañarse) es cierto.

El núcleo de la historia de Lawrence es simple y muy conocido: la bella esposa de un mutilado de guerra sostiene, a espaldas de este, relaciones sexuales con el guardabosque de la propiedad. En términos de imagen estas relaciones constituyen el atractivo principal. Pero no por casualidad. Dentro de la novelística del siglo XX, El amante de Lady Chatterley prodiga lo que antes de ella estaba por verse en el panorama literario de la contemporaneidad: el encuentro primitivo, regocijado y natural de una mujer seductora (y seducida) con un hombre seducido (y seductor) en el espacio de la cópula y su plenitud. He utilizado el verbo prodigar con toda intención, puesto que Lawrence disemina con generosidad un proceso de conquista amorosa en el cual, salvo el lenguaje y la razón, todo es naturaleza.

Anaïs Nin asegura, con razón, en su reseña de “The Complete Plays of D. H. Lawrence” (The New York Times Book Review, 10 de abril de 1966), que, de algún modo, él fue el primero en considerar seriamente, para la literatura, la existencia de una sexualidad femenina, propia de la mujer, más abarcadora y menos limitada que la del hombre.

El amante de Lady Chatterley ha corrido la suerte de Ulises, de James Joyce; de las novelas “obscenas” de Henry Miller; de Lolita, de Vladimir Nabokov.  Son textos ya clásicos, muy transitados, muy leídos, pero que al principio fueron juzgados licenciosos, pornográficos. Como suele pasar, siempre hay explicaciones sobre el origen de una palabra que la civilización atomiza o pervierte: pornografía es un término griego que alude a la descripción del oficio de prostituta. Lo complejo está en el hecho de que, sobre una cama —de paja de establo, hebrea, victoriana, imperial, musulmana, socialista, cristiana—, un hombre y una mujer harían en esencia lo mismo que una ramera y un gentilhombre.1

Resulta curioso, pero los libros que he citado se sostienen en un empleo extremado y emancipador de la lengua, mientras que Lawrence asienta su obra en un lirismo bárbaro, de comunión con las fuerzas naturales y autoexcluido del sistema de afeites en que la sociedad se sumerge. No es una novela artificiosa y egocéntrica como las de Joyce y Nabokov. Cultiva la lógica doméstica del acontecer, de la cadena de hechos, no así el grosor ni la extensibilidad del tegumento cultural, lingüístico, que rodea algunas zonas de la trama de Ulises, o que envuelve el infinito y vil encanto de un personaje como Lolita.

Hay buenas traducciones de El amante de Lady Chatterley. Sin embargo, nunca he visto bien traducidas ciertas conversaciones, específicamente dos, que sostienen el guardabosque y la joven Lady Chatterley antes de tener sexo. Son diálogos diferidores del placer y muestran el forcejeo que, en paradójica búsqueda de la saturación, entablan la racionalidad y el instinto. Ellos hablan del deseo mutuo, como si estuvieran de frente a un espejo, en medio de un teatro íntimo. Se desdoblan, especialmente ella. Esta atrevidísima Lady, amante secreta de la procacidad sin voces malsonantes, anhela el lenguaje del placer, su proceso en la imaginación compartida, más que el placer propiamente dicho. Y en ese anhelo se entiende muy bien con el guardabosque, a cuyo lenguaje ella se entrega, antes de entregarse a su cuerpo.

Concebido así, logrado así, diciéndolo ella todo sin decir casi nada, el personaje de Lady Chatterley se ha convertido en una de las creaciones más sólidas de la historia de la novela. A la larga, ese asunto se dilucida dentro del nivel linguoestilístico del texto, porque el trato del lector es con una experiencia del sexo cuya plenitud ocurre en un territorio que se nos disimula y escamotea: la mimesis del coito.

En buena medida, esa circunstancia explica que la puesta en escena de los encuentros e intercambios se apoye en un antes de dialógico y en un después de introspectivo, sensorialmente evocador. Lo que Lawrence nos permite ver pertenece al dominio de las recurrencias y las veladuras, los gestos interrumpidos y la censura del close up como alabanza. En definitiva nos entendemos con una suerte de puritano rebelde, audaz, defensor del panteísmo y de la lujuria que la naturaleza puede expresar sin rubores. La palabra clave es puritano. Donde algunos escriben puritano, otros leen pequeñoburgués.

Ralph Fox observa, en The Novel and the People, que los libros de Lawrence no presentan mujeres y hombres convincentemente reales, sino modos y maneras. Añade, por otra parte, que su significación para la novela no podría descansar nunca en sus vacuas profecías acerca del instinto, lo telúrico y lo primitivo, sino más bien sobre su visión —aguda y desembarazada, de gran plasticidad sicológica— del medio provinciano y rural de Inglaterra.

No obstante, si todo eso fuera cierto, El amante de Lady Chatterley sería, todavía hoy, un reto singular. Cuando, desesperada, Lady Chatterley le propone a su amante que la toque, sentimos en su voz un deseo de habilidad y precisión en la caricia. Entonces se derrumba un siglo entero de mordazas. La concepción marxista de la literatura podría asegurar que el texto de Lawrence edifica un correlato de la decadencia moral y las hipocresías de la sociedad, al tiempo que marca el final de una sensibilidad cuyo rostro vuelve los ojos, con nostalgia, hacia un siglo muerto. Eso es verdad. Pero también lo es el hecho de que la provocación elaborada por Lawrence en esa novela nos devuelve, trans-históricamente, a lo primordial, a la liberación del yo y sus caras interiores. Su advertencia tiene, pues, sentido. Lawrence decía: en mis novelas no se debe buscar la vieja estabilidad del personaje.

El conjunto de sus ideas, de sus novelas-ideas, hace de él un explorador ecléctico de la utopía acerca del amor en general, y en particular del amor físico como metafísica. Se trata, en rigor, de un visceral proceso de purificación donde el cuerpo deviene territorio de lo sagrado.

Imaginada y levantada sobre sus simpatías por el hombre común, sus conjeturas y esperanzas en torno a la evolución de la sociedad, y sus búsquedas fantásticas de lugares donde, según él, se respirara aún el efluvio enérgico de lo virgen y lo incontaminado, la utopía de D. H. Lawrence nunca llegó a ser, ¡qué suerte!, un sistema preceptivo. En todo caso fue el agitado sueño de un hombre en suspenso, en tránsito, sincero, y a quien le faltó vida para conocer el terrible final de su época.

1 Mucho de esto puede verse en mi libro La lengua impregnada (Editorial Letras Cubanas, 2012).

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