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Fabular, fabular, fabular

Alberto Marrero, 30 de diciembre de 2013

 

Desde que leí por primera vez el breve cuaderno Lecciones, del narrador Armando Abreu Morales (Pinar del Río, 1961-2010), me hice el firme propósito de publicar en este espacio alguno de sus cuentos, acompañado como siempre de una reseña. Lamentablemente fallecido en una etapa decisiva de su carrera como escritor, no tuve el privilegio de conocerlo y gracias a las anécdotas que les escuché a sus grandes amigos, los escritores Alfredo Galeano, Juan Ramón de la Portilla y Carlos Rodríguez Almaguer, pude formarme una idea de la dimensión humana y artística de Mandy, como todos lo llamaban con infinito cariño en su natal Pinar del Río. Galardonado con el premio Hermanos Loynaz en 1989; el premio de Relato Breve Hnos. Loynaz en 1998; el premio de narrativa Pinos Nuevos en 1997 y el premio de la Cultura Pinareña en Investigaciones del Patrimonio en 1998, su obra apuntaba ya hacia una perspectiva más ambiciosa, donde de seguro no faltarían la novela o el ensayo histórico.

Narrador inquieto, carismático, fabulador contumaz, poco convencional, casi experimental en muchas ocasiones, de un humor corrosivo y transgresor, pero ojo, sin chabacanerías, con un lenguaje yo diría que exacto para narrar cada historia, sin feos lugares comunes ni cacofonías de mal gusto, con una cultura bien asimilada fluyendo por las venas interiores de sus textos. El trasfondo filosófico, poético y humano de sus relatos no escapará a los ojos del lector atento. El aparente realismo descarnado de que hace gala es solo la antesala de una honda subjetividad, la cresta de un iceberg que oculta debajo un mundo de conflictos de carácter ontológico. Cada personaje sufre y enfrenta la realidad a su manera, con dignidad o doblez, o con ambas mezcladas. Al respecto dice el narrador Alfredo Galeano en la nota de contracubierta del cuaderno: (…) para el autor de estas Lecciones, la vida es una escuela de gladiadores en la que se aprende a pelear y a convivir.

       «La Peliblanca» —uno de los cuentos extraordinarios que integran el libro, el cual difícilmente hallarán en librerías, ya que se publicó por Ediciones Loynaz en el 2001— es una intensa historia de amor que se disfruta plenitud, que te saca las lagrimas de risa y a la vez te provoca un sinfín de asociaciones de toda índole, y que a mi juicio resume muchas de las características que hemos apuntado sobre la obra de Mandy Abreu. De una velocidad narrativa que no te deja respirar, apela con absoluta eficacia a varios recursos técnicos del género y hasta del teatro y la poesía. El lector podrá entender perfectamente que está delante de un escritor sagaz, intrépido, heterodoxo, hábil, culto y muy cubano, que pudo haber tocado el cielo con solo unos años más de vida, aunque para mí y para sus amigos, el lo tocó apenas escribió la primera oración de su corta existencia. Ojalá algún día se publiquen todos sus cuentos reunidos en un solo tomo. Es un esfuerzo que agradecerán los lectores y enriquecerá nuestra literatura.

 

La peliblanca

Armando Abreu Morales                                                                           

 Para Jorge Félix

De ella se enamoraron maestros de Filosofía y maestros panaderos, folkloristas, mirahuecos, operadores de tractor, estudiantes, barrenderos, capitanes de barco y capitanes de salón, pequeños agricultores, aprendices de barbería, secretarios de la Juventud, adventistas y testigos de Jehová, zapateros, estibadores vanguardia y monitores de Química, chapeadores a sueldo y chapeadores a destajo, maricones, mecánicos automotrices, marimachos, albañiles A, B y C, timbaleros, el gato, el perro, el lobo y el hombre nuevo. Todos, del pe al pa. Todos, hasta donde dice Collín. Todos, y yo también; y tú si la hubieras visto.

El rostro enmarcado en los dos sablazos limpios de su pelo blanco, puestos ahí para que no pudiera nacer, nunca, otra imagen igual. Su lento caminar por el pasillo de mármol, y yo clavado en el suelo, acurrucadito en el abismo, sembrado mientras mis raíces crecían más que los frijoles mágicos. Yo, sobreviviendo desarmado a la visión de la Peliblanca.  Yo,  abandonado por Dios, tiritando al ver cómo se cuarteaba el mundo bajo los pasos de Yolanda.

Y qué iba a ser una ninfa arrebolada y sumergida en tornasoles, ni una perla marina de ojos de estrella, ni una rosa de Oriente; qué iba yo a poderle ofrecer, con mis sueños de muchachito comemierda,  de occidente las dalias, los nelumbos del norte y las rosas del sur, si ella, con su pelo de espuma y su culo de molinera manchega podía, de un simple corcovio, cagarse lo mismo en el arpa de los  Aedas que en la guitarra del trovador. Qué iba a conmoverse si los poetas, del Arcipreste de Hita a Justo Vega, de Rabindranath Tagore a Adolfo Alfonso le importaban,  sencillamente, un pito. Qué iba yo a darme cuenta  ahora, ni entonces, en aquel mundo soso, pelados a la malanguita  exhibiendo el moño horrible de las becas  de camisas beiges de manga corta, rematadas con una franja carmelita, que eran, santo cielo, orgullo de los orgullos, en aquel patabanal nuestro halados a estrechonazos por los tractores soviéticos, tan recién estrenados,  tan pertinaces y lluviosos como un pan negro bielorruso; qué iba yo a saber, en verdad, lo que tenía Yolanda la Peliblanca.

Y dime, pajarito que te posas en el árbol florido; caballito blanco que haces la gracia en el camino polvoriento; y díganme,  ñanduces de la pampa infinita, unicornios azules que no han de cagar por ser unicornios, y ser azules y poéticos; dime tú, Bramante, Héctor de tremolante casco, bibliotecarias escolares; di, Sabueso de los Baskesville, Caperucita Roja, Ginés de Pasamonte; digan ustedes tres alpinos que venían de la sierra, dragones, húsares imperiales de lindas guindalejas, caballeros cruzados, magos y follones: ¿qué cojones tenía en verdad Yolanda la Peliblanca? ¿Qué cojones?

Coro: (De túnicas blancas, semitransparentes, meciéndose acompasados de un lado a otro, las manos como en rezo y la mirada al cielo). ¡Qué cojones!

Maestro de Filosofía: (Sentado sobre una piedra, preferentemente filosofal, con el codo de la mano derecha sobre la rodilla y el puño de esa misma mano sosteniendo, bajo la frente, el peso de su intelecto). El Non Plus Ultra. Ya lo dijo Vargas Vila al salir del hospital: Échale tierra y dale pisón.

Maestro panadero: ¡Mucha masa! (Al final  podrá verse el corazón ardiente del horno y se escuchará, en off, el tronar de una sobadora).

Mirahueco: (Con los ojos rojos y saltones, los dientes cubriendo casi todo el labio inferior. [Nota explicativa: Debe parecerse al Ausentista de los jueguitos de barajas que venían por el año setentaipico, si no se tiene, buscar en los archivos de Pionero]) ¡Un culo como una yegua!

Capitán de barco: (De traje blanco y charreteras, todo sobre fondo azul. Debe escucharse, muy ligero, El Danubio azul; en su defecto podría usarse la versión televisiva de Barquito de papel o, como última opción, la música de Marinero quiero ser) Verla era como ir a ver la Ola Marina, ir a ver las vueltas que da...

Capitán de salón:  Tenía un pulovito descotado que era un asesinato.

Secretario de la Juventud: (El viento le bate el pelo, tiene el semblante del combate y de la lucha heroica. Agita constantemente la mano izquierda. Abre mucho los ojos mientras se estremece). Yolanda tenía unos ojos... Yolanda tenía un espíritu combativo... Yolanda, Yolanda, eternamente Yolanda... Yolanda tenía lo que tenía que tener.

Coro: ¡Qué cojones!

Adventista: (Con la Biblia apretada en la mano izquierda).  Sólo Cristo y La Peliblanca salvan.

Testigo de  Jehová: (Con la Biblia muy apretada en la mano derecha). Era  el Armagedón.

Católico: (Muy apostólico  y muy ambidiestro). Dios, como La Peliblanca, es amor.

Maricones: ¡Ay, yo qué sé, pero era regia!

Romántico incurable: ¡Oh, María! ¡Oh, Facundo! ¡Oh, Yolanda! Cuando la tarde muere y la luna declina debajo de los mameyes, te envío esta carta:

Año de la distancia pero no del olvido.

Querida Yolanda: Cuantos son mis mayores deseos de que al recibo de estas cortas, pero cariñosas líneas, te encuentres bien. Yo bien... (aquí bajen el telón, pero bájenlo).

Timbalero: ¡A bailar, a gozar, con Yolanda La Peliblanca!

Gato: Miau.

Perro: Jau.

Lobo: Jouuuuu.

Coro: ¡Qué cojones!

Mentira. Mentiras mías y mentiras tuyas. Nadie puede atrapar esa imagen, porque esa imagen ya se fue; o tal vez nunca estuvo. Quizás fuera en los pasillos sólo el espíritu de los muertos, o la vida que sale a caminar  para dejarnos sabiendo, en este mundo que sigue soso y desgreñado, que en un grano de maíz hay espacio para nosotros, la gloria y los gorgojos. Mentira:

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Ala Pugachova.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Marilyn Monroe.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Helena de Troya.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Juana Bacallao.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a La Caridad del Cobre.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Alicia Alonso.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Nemesia la de los zapaticos blancos.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a María Curie.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Valentina Tereskova.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a la mujercita de los jabones Lux.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a La Giraldilla.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a la Madre Teresa.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Mariquita la que rompió su jarrita.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a la mujer de Roger Rabbit.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Juana de Arco.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Carilda Oliver.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a Aldonza Lorenzo.

Yolanda la Peliblanca no se parecía a nadie.

Yolanda la Peliblanca no se  iba a morir de un tiro en su retrato.

Yolanda la Peliblanca no se  iba a morir de huevos y arroz blanco.

 Por eso se fue. Por eso dijo un día que se fue.

Coro: ¡Qué cojones!

Pero eso fue después. Antes ella está caminando por el largo pasillo de mármol y yo finjo recostarme a una columna, haciendo mil maromas para, no sé cómo, parecer picado de sanguijuelas en los estanques de Famagusta; ofrecerle una refrescante bebida de hidromiel; ser importante famoso y célebre, me daba igual si envuelto en la aureola heroica de Livingstone, o convertido en el carnero que tiró Matías Pérez a reventarse sobre los adoquines de La Habana; me daba igual, con tal de que Yolanda supiera que yo pienso, luego existo. Pero ella anda por la tierra de nadie sin mirar, camina por este mundo de todos como un pez empeñado en  aprender a volar; y poco después de antes camina por la calle, tan despampanante que ya ni ella misma se da cuenta. Y a los blancos se les caen los ojos, y a los mulatos se les caen los dientes, y a los negros se les caen las manos. Ella se sabía insoportable, a nadie y porque ya lo dijo quien lo dijo: Se verán cosas horribles.

Un poco después de antes yo había cambiado las columnas del Internado por los postes de la luz, en las calles inevitablemente solas del pueblo; y más de una vez me amarraba los cordones amarrados, sólo para verla un poco más, y fingía recordar cualquier olvido para girar en redondo y desandar el camino de pasar frente a su puerta, si ella estaba a vista de catalejo. Los negros aún sin manos bailaban una rumba, y  a los blancos aún sin ojos les brillaban los ojos y bailaban un danzón, a los mulatos aún sin dientes les castañeteaban los dientes y bailaban una guaracha si Yolanda aparecía a tiro de ballesta. Era así, ¿o sólo yo lo imaginaba?

Y si sólo yo lo imaginaba, ¿por qué nevaba entonces cuando a Yolanda se le ocurría tiritar? ¿Por qué a los ciclones tropicales los atacaba el tic nervioso de agarrarse a sus ventanas, y hacían equivocarse a los satélites, y convertían en agua y sal los pronósticos meteorológicos, y se desangraban en un llanto tendido con olor a agua de colonia, con sabor a agua con azúcar, y eran al poco tiempo fieras moribundas, con aquellas pírricas lloviznas de ciclón domado, mientras La Peliblanca apenas se enteraba? ¿Por qué las trombas y los rabos de nube polvo se volvían, mas polvo enamorado?

Y aunque ya era algo más que un poco después de antes, yo seguía queriendo parecer un caballero cruzado, Lohengrim sobre la barca, Lancelote del Lago, y sufría luchando contra nadie, porque a Yolanda le daba igual los Doce Pares de Francia que los siete guajiros del conjunto Guajaibón tocando una serenata, el Manco de Lepanto que el Cojo del Entronque del Sitio,  Giusseppe Verdi que El Guayabero al que, tú lo sabes bien, mamá, le quieren dar.

A Yolanda la Peliblanca  siempre le quisieron dar. Todo el mundo le quería dar.  Si pudiera le iba a dar  la fuerza de más de quince años viéndola pasar, sin una hebra de cansancio.  Y si sólo yo lo imaginaba, ¿por qué llovía y llovía hasta caer raíles de punta y caimanes nuevecitos, que luego corrían desesperados por las alcantarillas cuando Yolanda tenía sueños malos? ¿ Y su mirada después que comenzó a mirarme? Aquellos ojos rozándome un instante al pasar, dejando salir su visión de  peliblanca maldita por la última rendija de la última esquinita de aquellos ojos. Y si sólo yo lo imaginaba, ¿por qué cuando Yolanda me miró de frente la Osa Mayor se desmoronó en el cielo como un rompecabezas?  Yo la conocía y, por eso, respondo el siguiente falso o verdadero, según convenga:

V    Tenía los ojos grandes y verdes como dos almendras verdes.

 F    Era suave, peluda, y parecía una mota de algodón.

V  Cuando se tomaba un guarapo le bajaba la presión, y eran necesarios algodones con alcohol, cocimientos de canela y fricciones de semilla de mamey rayado con borra de café.

F    Con quien no tiene merienda parte a gusto su naranja.

V    No parte con nadie su naranja, porque a ella le gustan mucho las naranjas.

V    Tenía una blusita verde.

V    Tenía una blusita roja con bolitas blancas.

V    Gastaba los zapatos por el lado derecho del tacón.

F     Estaba gordita.

V    Muy bien formadita.

V    Era graciosita y en resumen colosal

F   Paseaba creyéndose mejor que nadie, con aires de gran señora como los gansos de Los Aristogatos.

F    Era culona.

V    Muy culona.

V    Le gustaban las telenovelas brasileñas.

F    Sabía mucho de filosofía, literatura, artes y religión.

F    Sabía enseguida si alguien se había sentado en su silla.

F    Si alguien ha probado su sopa.

V    Si a alguien lo que le interesaba era acostarse en su cama.

F  Padecía de migraña, osteomielitis, gota, verrugas plantarias y espolones, hongos, parásitos intestinales y  mal de San Vito.

V    No le dolían ni los callos.

V    Los vasallos de sus vasallos no eran sus vasallos.

F    Tiraba la piedra y escondía la mano.

F    Le hubiera gustado ser maestra makarenko.

F    Curandera.

F    Bailarina.

F    Soñaba ser obrera calificada

V    Soñaba con encontrarse una botija.

V    Tener  un camaroncito duro para salir de los apuros.

F    Tenía un espejito mágico.

F    Le quedaban pintados los zapaticos de cristal.

V    Me miró de frente y la Osa Mayor se derritió en el cielo.

¿O sólo yo lo imaginaba? Si sólo yo lo imaginaba no podría punzarme así el recuerdo de sus ojos negros, de sus manos restañando, con el bálsamo de Fierabrás, las heridas de este pobre cuerpo matado a escobazos por las pendencias de la Tierra Santa. Habrían sido en vano entonces mis sufrimientos y mataduras de gato arrabalero, que la historia del amor también se escribe detrás de los postes de la luz, asediado por las moscas de los latones de basura y con los pies cagados de alguna que otra mierdita de caballo. Yo por ella habría partido en dos, a cien pasos una vara de sauce, una manzana en la cabeza. Habría derribado a Briant de Bois Gilbert y su pandilla de caballeros templarios. Yo por ella soplaré y soplaré  hasta que la derrumbaré. Mi grito de guerra hubiera resonado desde el reino de Catay hasta los picos de  Machu Pichu; desde los almacenes de alfombras voladoras de Bagdad hasta el Peñón de Gibraltar; desde los jardines de Versalles hasta el barrio de Jesús María. Por ella mi grito de guerra hubiera hecho uno por uno, y todos a una, irse en mierda a los leones del circo romano, a los legionarios, a los centuriones y al César. Eso habría hecho, y más; porque si Yolanda se fuera con otra la buscaría por tierras y por mar; por mar en un buque de guerra, y por tierra en un tren militar, y si no hay un tren militar la busco en el tren de las tres y diez a Yuma; y si no hay la busco en un tren lechero; y si no hay la busco en el tren de una película rusa, donde, ¿lo imaginas?, es imposible que no haya un tren. Diría, gallardamente parado en el barrenieves de la locomotora, agitando la gorra entre humos, chirridos y pitazos: Drásvitie padrecitos; drásvitie madrecitas,  ¡vivan Ruslán y Liudmila, la sopa solianka y el osito Misha!  ¡Vivan los V-8 y los Maz 500!, pero díganme  —salud, padrecitos; salud, madrecitas— ¿Dónde se ha metido Yolanda la Peliblanca?

Y si no aparece pondría en esos, mis viejos amigos, mis viejos compinches de toda la vida los postes de la luz; y en los cactus de los desiertos:

 

 

AVISO

         Yolanda la Peliblanca ayer se me perdió

         No sé si se me fue

         No sé si se escapó

Cien mil ($100 000.00) o un millón (1000 000.00) yo

pagaré.

 

Coro: (Mirando detenidamente al cartel).  ¡Qué cojones!

 Digo cien mil o un millón yo pagaré, contante y sonante, quilo a quilo, hasta el último hombre y la última peseta. ¿Cien mil o un millón yo pagaré?  Sí, que en definitiva soñar no cuesta nada; que la economía niega, el hombre propone, la Literatura dispone y Dios juzga y absuelve. Pero no va a suceder. Como la Literatura dispone, no va a suceder. Porque Yolanda se queda con todas estas cosas, tan lindas, tan hermosas. Ella se queda en este relato, porque  al final: ¿era cierto, o sólo yo lo imaginaba?

 Si sólo yo lo imaginaba, ¿cómo veo entonces el pico careado del pato sobre el televisor, cómo existe este aire cálido de la habitación que me saca de los huesos la humedad? En la esquina del sofá un oso de peluche con un ojo de menos, allí unas flores hunden sus tallos de alambre en la arena, al frente un mueble de patas encasquilladas sostiene un tocadiscos de la era de Harry Truman. Ahora Yolanda está echada gata en el sofá, extiende amorosa la mano y me araña el corazón: un arañacito breve, aleve, sato, casquivano. Me extraña su rostro obnubilado, me extraña la extrañeza de sus ojos azules, enternecidos como en una postal de principios de siglo. Me extraña su risa tenue, desdibujada y giocondina en la penumbra, su respiración apurada. Me extraña su pose de faraona derretida, su imperceptible temblorcito de flan. Me extraña que se desordene así, se desordene: y mucho me extraña que siendo araña se caiga de la pared. Ahora Yolanda es gata barcina en el sofá, y me extraña que arañe así mi robusto corazón de león. Yo ahora no soy gato en el sillón, ni Juan sin Nada, soy más bien Juan con Todo, y por eso me veo y toco, vuelvo los ojos, miro, y me pregunto cómo ha podido ser.

Ha podido ser, entre otras cosas porque:

1)          Yo soy el narrador.

1-a) El escritor escribe, el narrador narra, y el papel aguanta todo lo que le pongan.

1-b) Esta hoja es mía.

1-c) Llevo más de quince años esperándola, lo que me da el derecho de, el día en que por fin la alcanzo, gritar, aullar, suspirar, fabular.

1-d) Fabular, fabular, fabular.

2-) La Nada es eso, nada, y no voy a permitir que Yolanda sea nada; ni muerto, ni aunque caiga la piedra plana.

3-) Era de noche y llovía, y el sol rajaba las piedras.

3-a)  La noche tersa, el granito yerto de las losas, la ventana atestada de pecas en los edificios contiguos y Yolanda echada gata, sata, barcina, solapada y encueruza en el sofá, eran demasiado para que no tuviera que ocurrir.

Fabular.  El camino es fabular.  No existe otra forma de llegar a la verdad, ni otro modo para hacer que la verdad no importe.  La verdad, que llega a veces como una vieja socarrona y puta, muy puta, a escupirte la nariz. Todo era cierto, ¿o sólo yo lo imaginaba? Y si sólo yo lo imaginaba, ¿Cómo llegué con Yola al mar?

La mar estaba serena. Serena estaba la mar, y fuimos adentrándonos en ella como una hermosa balandra, como un hosco velero bergantín con diez cañones por banda, con cien ojos prendidos como jaibas a la trusa de Yolanda, hasta que naufragó como el Titanic, con un lamento insospechado de burbujas. El mar puede ser negro, y rojo, y caspio, y puede ser mare nostrum, y la mar océano, y la mar abierta, y la mar de cosas; el mar es quien nos empata con esos mundos de por ahí, pero allí era sólo una orillita fangosa, alejada de las transparencias donde paseaba el capitán Nemo con sus botas de plomo. No era el mar de cocos y sombrillas. No era el mar azul del eterno verano. No era el mar que descubren los grumetes y los viajeros con sus graciosas personas bajo el mascarón de proa, qué iba a ser. Ni siquiera  era el mar pedrero y envidioso de arena fina y Pilar de las playas mediterráneas. Aquella era sólo una orillita fangosa con peste a manglar, a cangrejos podridos, y a peo. Por eso se fue. Por eso me fui. Nos fuimos con la música a otra parte, que el arroyo de la sierra nos complacía más que el mar. Y como íbamos por un camino largo, camina que te camina, camina que te camina, llegó la hora de meditar, y medité:

—La quería tanto que por ella me hubiera dejado cortar el dedo gordo del pie.

—La quería tanto que por ella no veía un burro a diez pasos.

—La quería tanto que por ella no me importaban los barriles hirvientes de pez, los escuadrones de arqueros, el musgo resbaloso de las paredes, los fosos, las cornisas, las cotas de maya y los puentes levadizos. No me importaban lanzas y mandobles, mazas, catapultas y corazas, yelmos y pendones: Hubiera asaltado Camelot.

Coro: (Con las manos en la cabeza)  ¡Qué cojones!

—La quería tanto que por ella me hubiera vuelto un perdulario, metido en bares y cantinas, bebido de las copas rotas, me hubiera comprado un tocadiscos y echado veinticuatro horas de bolero en bolero.

—La quería tanto que por ella  me hubiera vuelto un fanático del filin.

—La quería tanto que por ella  le hubiera dicho sin sonrojos: ¡Qué linda estás! ¿Te quieres casar conmigo? Y me hubiera lanzado de cabeza en la olla tras la golosina de su cebolla.

—La quería tanto que por ella me hubiera puesto cuarenta bulbos de penicilina.

—La quería tanto que por ella  me hubiera metido a mameluco.

Coro: ¡Qué cojones!

—La quería tanto que por ella hubiera dado, sin dudar, la vida.

Mentira. Mentiras mías y mentiras tuyas. La vida será una mierda, pero es la vida; y yo me muero si veo de cerca la muerte, me cago, y me da una cosa. Siempre le tuve miedo a los cementerios, las cajas de muerto,  las bases retorcidas llenas de huequitos y floripondios grises, donde ponían las velas. Siempre les tuve miedo a los sepultureros, las funerarias, los esqueletos, las auras tiñosas y las ciguapas. La muerte es chata, ñata, flaca a matarse. La muerte es puta y cara de caballo. La muerte está desviada ideológicamente.

Fin de las meditaciones  que no tienen que ver con Yolanda.

 

 

Entonces me puse a pensar y pensé:

Yolanda te voy a clonar voy a hacer cincuenta mil yolandas igualitas las meto contigo en un plan de pelota y quién te dijo que te me vas a perder yolanda te voy a tragar cada seis horas como una tetraciclina yolanda  yolanda eternamente yolanda yolanda piripipinta piripigorda piripintiva y sorda yolanda no te hagas la sorda no te hagas la larga yolanda de groenlandia de swazilandia  te voy a hacer tierra yolanda piripilanda yolanda levántate y anda preciosa piripreciosa hermosa piripilinda no seas mala y baila el son yolanda me da una embolia me da una cosa yolanda que me sube la presión yolanda ten compasión

Fin de los pensamientos profundos que sí tienen que ver con Yolanda.

Pero quién me dijo a mí que yo era un cóndor, si cuando ella aparecía en lontananza me volvía un tinguilillo. Quién me dijo a mí que yo era eso, si sólo después del tiempo logré definir las razones por las cuales hice lo que hice aquella noche cuando al  otro lado del mundo sonaba el Big Ben, haciendo ondular la niebla, y en la distancia el repique de su campana: Jelóu Yola, Jelóu Yola, Jelóu Jelóu Jelóu... Y  aún más lejano carraspeó como pudo el Carillón del Kremlim, y en la inmensidad esteparia volaba  su gemido: Drásvitie Yolanda peliblancovna peliblancovna peliblancovna... Y me paré bonito debajo de su ventana, di cuatro pataditas en el piso y dije:  Uuuuuú.

Coro: Mambo, qué rico el mambo.

Entonces se fue la luz, pero: Era tanto y tan encendido mi amor que cuando dije: Uuuuuú, a la gente del conjunto Guajaibón se les fue un brinquito, la vieja del lado abrió la ventana preguntando dónde fue el choque; los gatos se refugiaron sobre los techos de zinc caliente. Un perro, medio cabroncito de la vida, alzó la pata  izquierda, que es el primer movimiento de espanto de los perros perdularios, y se meó del susto allí mismo. Los ratones asomaron esperando a que sonara una flauta. Un viejo cederista salió gritando: ¡Ataja, ataja!.  Los mosquitos, aterrorizados, formaron en fila india para esconderse en la espesura de los crotos. INTERNET se comenzó a cuartear. Fue declarada las alerta roja y salieron los portaviones a toda mecha. A una  longeva caucasiana le dio un galillazo vegetariano y cundió el pánico. En las orillas de los desiertos los camellos tosieron y luego, pacienzudos y bembicaídos, le regalaron a los turistas, de limosna, una sonrisa. El Niño se encogió medroso en las profundidades del Pacífico. Tanto y tan encendido era mi amor. Tanta y tan ardiente era mi pasión de caballero enamorado y sangandongo, y como nunca he sabido cantar, me dispuse a decir, y dije, el siguiente recitado, con el fondo musical del conjuntico Guajaibón:

RECITADO EN OTRO IDIOMA PARA MUJER QUE YACE Y LANGUIDECE ECHADA GATA, SATA, BARCINA, ENCUERUZA Y BOCABAJO EN EL SOFÁ.

Tírame la música, Valentín. ( Valentín pulsa con mano firme sus cuerdas de pita de pescar,  y titilan azules los astros a lo lejos.)   

 Oh, tú, nata de toda fermosura, non hay en aquestos paraxes, destos ni otrosí, más ni mayores beldades que a ti compararse puedan. Querubines te escolten. Serafines te huelguen y solacen, Ninfas tañan tus hebras de plata como filos de arpa, yace, oh, sumum de toda fermosura, cuando Efebo fenece, y si a esas horas haríades fuiqui fuiqui, que conmigo fuéredes. ¿No ves que arrostro, por tu sola mirada, este rocío  perlado que me cala?  ¿No veis, ingrata, que por vos me meo?


    Y quedeme allí, estremecido, y el abismo incognoscible de su pelo blanco ondulaba en la ventana, fijo en una estampa legendaria, con mis manos al cielo y la cabeza enamorada envuelta en mierda; maravillado de la elipsis que dejó en el aire la cruel bacinilla. Quedeme allí, en medio de la plaza, hechizado, seguro ya de que a Yolanda la Peliblanca no le gustan las serenatas, que los poetas, del Arcipreste de Hita a Justo Vega,  le importaban, simplemente, un pito. Quedeme allí, intentando  aún responder al gran dilema: ¿Era cierto, o solo yo lo imaginaba?                                       

 

 

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