Reina María Rodríguez: Cuando una mujer escribe sin descanso
Confieso que me sorprendió ─quizás tanto como a ella misma─ el reciente otorgamiento del Premio Nacional de Literatura 2013 a Reina María Rodríguez.
No porque esta autora no reu
niera los méritos y la obra necesarios para obtenerlo, sino porque casi siempre ese galardón se concede a personas de más de setenta años y muchas veces autores de obras menores lo obtienen como una especie de trofeo a la persistencia en el panorama literario cubano, aun cuando no puedan mostrar al menos una posibilidad de trascendencia para las actuales y futuras generaciones.
De cualquier manera siempre los premios, y mucho más uno de tal envergadura, suscitarán polémicas apasionadas y no habrá modo de que los jurados obtengan consenso con decisiones que parten de disímiles criterios ideo-estéticos o generacionales.
Conozco a Reina María Rodríguez desde hace muchos años y si algo la ha caracterizado durante toda su vida es esa entrega poco frecuente a la escritura, que la ha convertido en una de las autoras más prolíficas e inquietas de nuestro panorama lírico y, sin lugar a dudas, en una de las más sobresalientes de los últimos treinta años, tanto en su país como en los múltiples de América Latina, Europa y Norteamérica hasta donde ha llegado con sus libros desgarradores y de transparente sinceridad.
En numerosas ocasiones ella ha declarado que trabaja con lo imperfecto, que se considera más una escribidora que una escritora y es que su modestia, casi rayana en la subvaloración, no le permite comprender que la verdadera literatura no se escribe con el oficio sino con la hon
estidad, esa que la vuelve una auténtica cronista de sus estados anímicos y en una asimiladora de lo mejor de la literatura universal. Pero una asimiladora que no copia, sino que filtra a través de sí misma todo el acervo que ha llegado a acumular por intermedio de los libros, la cinematografía y su profunda vida interior. Ella es una poeta genuina, aun cuando haya logrado incursionar alguna que otra vez en el territorio de la prosa.
Cuando lo ha hecho sigue siendo, en mi opinión, una poeta y un ser humano difícil de domesticar porque escribe desde el dolor, en busca de ese mejoramiento humano del que habló nuestro José Martí y que se transforma en una necesidad para Reina, porque estoy segura de que todo lo que ha escrito tiene como premisa una ética, el deber ser siempre insatisfecho por las exigencias que impone a su realidad.
Reina María Rodríguez es una de las escritoras más premiadas de Cuba y ha hecho su carrera dentro de este país al que se siente vinculada por elección y en el que siempre ha querido encontrar una perfección imposible por lo que en no pocas ocasiones ha sido malinterpretada e incomprendida.
Es por eso que considero muy merecido este Premio Nacional para una mujer que nunca se ha dormido sobre sus laureles y para la que el individuo es protagonista principal dentro de cualquier sociedad en la que habite.
Ella se siente sorprendida y los que la conocemos, halagados. Ella es la voz de ese tránsito del conversacionalismo hacia experimentaciones verdaderas, las que no encubren un vacío ni subestiman la comunicación con sus lectores.
Estoy segura de que este reconocimiento no dañará su exquisita modestia ni su compulsión a escribir cada momento de su vida como si fuera el último. Porque cuando una mujer no descansa en su vocación de poner en palabras todo lo que piensa y siente, algo no terrible sino maravilloso suele despertarse.
