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Fernando Ortiz-Tomás Guitiérrez Alea: Una pelea cubana contra los demonios

Luciano Castillo, 09 de enero de 2014

El proyecto de abordar el tema de la controvertida película Una pelea cubana contra los demonios (1971), se remonta a 1964, inmediatamente después de Cumbite, su versión fílmica de la novela haitiana Gobernadores del rocío, de Jacques Roumain, cuando Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996), leyó el libro Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959), de Fernando Ortiz (1881-1969). Enseguida emprendió un trabajo investigativo con la colaboración del escritor y etnólogo Miguel Barnet. En espera de la maduración y asentamiento de la idea, el realizador la abandona durante un tiempo para retomarla antes de Memorias del subdesarrollo (1968), pero también es postergada. En noviembre de ese mismo año concluyó el argumento de Una pelea... y ya a inicios de 1969, Titón —como era conocido familiarmente el cineasta—, cuenta con un primer tratamiento de guión. Solo que al finalizar Memorias del subdesarrollo, surge entonces, con el título de Laberinto, la génesis del proyecto de «hacer una investigación de la que resultara un filme en el que estuviera contenido el proceso de la investigación misma». La negativa del actor Sergio Corrieri (1938-2008) a la propuesta de protagonizarlo y ser realizado en el seno del grupo teatral Escambray que dirigía, frustró este primer intento del filme que años más tarde Titón rodara en otro contexto como Hasta cierto punto (1983).

El realizador, con los aportes sucesivos del notorio actor y director teatral Vicente Revuelta (1929-2011), y luego del dramaturgo José Triana en los diálogos y en algunas escenas, vuelve sobre el ambicioso guión de Una pelea cubana contra los demonios. Ese interesante proceso lo calificó de difícil y agónico por la multiplicidad de vertientes, posibilidades y niveles de significación ofrecidos por el tema escogido. Titón atribuye su frustración ante la película a los obstáculos introducidos por tal grado de complejidad, que lastraron la estructura dramática, como reconoció en una entrevista: «No está lograda porque tiene serios problemas narrativos y de comunicación. Es confusa. En el trabajo de guión siempre dejamos las cosas demasiado abiertas, no acabábamos de fijar las ideas con nitidez».

Nunca pretendió Gutiérrez Alea reconstruir fidedignamente el hecho histórico relatado por el sabio Fernando Ortiz en su documentado libro, sino utilizarlo libremente con imaginación. A diferencia de la obra literaria, en la cual se acentúa que el verdadero y solapado interés del cura en el traslado de la villa es de carácter material y económico, marcado por la posesión de unas tierras que adquirirían mayor valor, la película opta por subrayar las motivaciones espirituales y absolutiza el carácter demoníaco y el fanatismo del Padre Manuel. Según Titón, esto restó credibilidad a los acontecimientos. Los guionistas se propusieron que «saldrían a la luz problemas de nuestra historia» del enfrentamiento entre aquellos que se atemorizaron y los supersticiosos que sucumbieron por temor a las herejías.

Apreciar una Una pelea cubana contra los demonios con el decursar del tiempo, revela que, no obstante las falencias señaladas por su realizador, es uno de los títulos más inquietantes de su filmografìa, capaz aún de suscitar innumerables interrogantes en el espectador de hoy. Debe precisarse que la prolongada gestación del guión a lo largo de más de seis años, llegó a ubicarse en medio de un oscuro período generado por el tristemente célebre Congreso Nacional de Educación y Cultura (1971). Las medidas propuestas desencadenaron una ola represiva con señalado furor, intransigencia y fanatismo que condujeron a la marginación de los homosexuales, religiosos y personas de endeble ideología del ámbito artístico y educativo. El fin de esta llamada «parametración», era evitar la «contaminación de la juventud» con esas «desviaciones». Remontarse al pasado para hablar del presente, «cuando la Isla es, finalmente, dueña de su propio destino» —como precisa uno de los carteles iniciales y la sinopsis argumental— no era tampoco algo ajeno a las inquietudes del creador de una obra de la magnitud de Memorias del subdesarrollo.

Entrevistado durante la Semana Internacional de Cine de Autor de Benalmádena, en 1975, Gutiérrez Alea, enfatizó: «El objetivo era hurgar en nuestros orígenes, mirar atrás y adquirir conciencia de cuáles son nuestras raíces como país, como pueblo, como individuos... Incluso, en un sentido más profundo, nuestras raíces como hombres. Un suceso ocurrido en este país no hace más de trescientos años y en el que tuvieron parte los demonios, el fanatismo y la avaricia, puede en cierta manera revelar lo que llamamos la “condición humana”. Jamás hemos pretendido restituir un hecho histórico. Solo fue un punto de partida».

El preciso trabajo de prefilmación incluyó numerosos ensayos con los actores seleccionados, a los cuales se sumó la actriz chilena Mares González, etapa en la que el coguionista Vicente Revuelta contribuyó con Titón en la dirección. Una premisa para el equipo escenográfico fue aprovechar al máximo las edificaciones existentes en las locaciones escogidas en Trinidad ante las limitaciones presupuestarias para reconstruir una villa cubana del siglo XVII. Las construcciones se limitaron a algunas fachadas y la reproducción en un estudio de La Habana del interior de la iglesia.   

Una pelea cubana contra los demonios significó la primera película de Titón con el fotógrafo Mario García Joya, para quien era el primer largometraje de ficción. Su intensa labor, cámara en mano, es admirable, a tono con los objetivos trazados de conseguir una imagen más sugerente que explícita, dotada de cierto misterio y una atmósfera onírica por momentos, «siempre en función de la trama de la idea, del objetivo último que no era, ciertamente, el de hacer un filme espectacular sino el de dar curso a unas ideas y desahogo a ciertas inquietudes», aclara Titón. Casi todo el tiempo, la cámara sigue con insistencia a los actores, con quienes se interrelaciona estrechamente como un personaje activo dentro de la trama.

En una entrevista concedida a la argentina Silvia Oroz, expresó: «Me gusta la resolución de la puesta en escena, la forma envolvente de la cámara en el acercamiento a los actores. Creo que esa puesta en escena es la más compleja y brillante que. También me gusta el trabajo que hicimos con el sonido en un sentido amplio, incluyendo lo que es propiamente música». Al ser interrogado sobre aquellos aspectos insatisfactorios, añadió: «Que la gente me pregunte los significados porque no logran desentrañar los propósitos, el superobjetivo general. Eso me deja frustrado y me pone en la obligación de explicar la película —que es una cosa que detesto—, porque si no se explica por sí misma, efectivamente, no hay nada que hacer.»

El público se desconcertó ante un filme de tales pretensiones. Otro tanto ocurrió con la crítica que, si bien la excluyó de su selección anual de los títulos más significativos, los escasos textos publicados, son encomiásticos hasta la desmesura. Mario Rodríguez Alemán (1926-1986), que le dedicó tres extensos artículos en el diario oficial Granma, apuntó: «Aunque el marco histórico de esta película parezca aparentemente estrecho, la dimensión del filme sale de los cauces cubanos estrictos y se remonta a problemas de ideología, que atañen por igual a espectadores de todo el mundo. Nuestro cine pecó, en los primeros instantes, y el propio G. Alea cultivó eso de un “color local” demasiado cubano que hacía sus productos no exportables. Filmes más recientes y este, sobre todo, demuestran una madurez ya evidente y reconocida por todos».

«Una pelea cubana contra los demonios es un filme riguroso, serio, de reflexiones severas, de concentrada ilustración histórica, de penetrante agudeza, que “arranca máscaras y aspira a la verdad”, al decir de su autor. Memorias del subdesarrollo, el filme más memorable de Gutiérrez Alea y quizás el más significativo del cine cubano y uno de los más expresivos del cine latinoamericano en general, queda ya en un segundo plano en la obra del cineasta. Una pelea cubana contra los demonios proclama que la educación del hombre debe basarse en la inteligencia, en el dominio de la reflexión y del hombre mismo. (...) extravasa los límites apretados del filme histórico para plasmarse en modo imperativo, como un filme-protesta contra el sectarismo y el liberalismo. (...) Filme austero es pues, más bello. Revela más de la vida real del hombre que de su espiritualidad, más del hombre como ser público que como espectáculo histórico. Entre dos coordenadas artísticas se mueve Una pelea cubana contra los demonios: Madre Juana de los Ángeles, de Kawalerowicz, y Dios y el Diablo en la tierra del sol, de Glauber Rocha. Ambos constituyen un punto de partida, nada más que eso».

A los títulos citados por Rodríguez Alemán, de inmediata evocación ante las imágenes del filme de Gutiérrez Alea, el crítico Roberto Branly (1930-1980) añade en el diario Juventud Rebelde, la «asimilación inteligente de los recursos expresivos de la nueva ola francesa en su vertiente checa y polaca; con resonancias de Buñuel, Bergman y Godard, pero tamizadas y filtradas en una suerte de alquimia de las imágenes», para concluir: «Obra de madurez, en la cual el rigor artístico implica un mayor compromiso ideológico, Una pelea ... conlleva, asimismo, la problemática de la libertad en tanto en cuanto que estadio superior del hombre como ser social y racional y su contrapartida, la alucinación y la irracionalidad. (...) Con Una pelea cubana contra los demonios nuestro cine alcanza la mayoría de edad: la lucha contra el liberalismo y el dogmatismo es resuelta dialécticamente, mediante una nueva dimensión de esperanza».

Al programarse en el Festival de Cine de Londres de 1974, fue reseñada por Ken Wlaschin en el catálogo: «En el contexto del filme, los demonios son tanto ilusorios como reales, pero en un sentido más amplio representan no solo las ambiciones personales y los deseos de destrucción, sino los oscuros poderes de la iglesia, el estado y el sistema político. Incluso hay evocaciones de “demonios” contemporáneos. Entender el filme la primera vez que se ve resulta inmensamente difícil. (...) El ojo y la mente giran bajo el golpear incesante de Alea a los sentidos, hasta que uno comienza a añorar la estabilidad a cualquier precio».

En su presentación de la película en el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary (Checoslovaquia, 1973), donde obtuvo el primer premio del Jurado de la CIDALC, el realizador sintetizó su propuesta: «El tema de la película es, una vez más, la búsqueda de la felicidad, y su proposición podría resumirse en poco más de cuatro palabras: es vano e irracional todo intento del hombre de encontrar un paraíso en algún lugar de la Tierra porque no existe; hay que hacerlo y para hacerlo hay que luchar contra todos los obstáculos que opone la naturaleza, incluyendo a los demás hombres y a uno mismo».

Quince años después del rodaje, en declaraciones para la revista Cuba Internacional, Titón admitió sobre esta película a la cual manifestaba tanto amor: «Sé que es una película que no funciona, ¡pero cómo siento que no funcione! Hay otras películas que también han sido poco felices, cuando pudieron ser bonitas, muy agradables, pero no se trataba de cosas que yo necesitara tanto expresar. Pero esta sí; esta expresaba inquietudes que eran, son y serán muy profundas en mí, y lamento mucho no haber logrado la comunicación. Esos temas me siguieron dando vueltas. La última cena es un producto de esa frustración; allí hay muchas cosas que en Una pelea... quedaron diluidas y mal precisadas. (...) Está demasiado cargada de significaciones, llena de ambigüedades, repleta de cabos sueltos, muy exasperada la tensión desde el principio».

Incuestionablemente, Tomás Gutiérrez Alea salió airoso en este primer acercamiento a la literatura cubana. Antes había explorado la soviética en Las doce sillas (1962) y Cumbite (1964), aunque un fragmento de la novela El sol a plomo de Humberto Arenal le sirvió para el argumento de «El herido», primero de los tres relatos que conforman Historias de la Revolución (1960), su primer largometraje y el que inauguró los estrenos del entonces naciente Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

   

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