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El sólido encanto de una poética

Ricardo Riverón Rojas, 13 de enero de 2014

Algunos de los múltiples signos que marcan la evolución poética de Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962) pudieran ser: una tendencia al sosiego reflexivo, paradójicamente traducido como hastío existencial; tonos que van desde la impugnación hasta la contemplación; temáticas centradas, mayoritariamente, en la vivencia cotidiana. Y todo ello apoyándose en un estilo que ha oscilado entre la suntuosidad y la síntesis elegante y polisémica.

También podríamos concluir que en su ya amplia producción conocida (sobre todo los últimos cuadernos) se teje un universo referencial, acaso estoico, centrado en la observación y la muy personal interpretación especulativa de un devenir donde al sujeto lírico lo circundan derrumbes que no incorpora plenamente como pérdidas, aunque tangencialmente confirmen cierta hipótesis apocalíptica sobre la contemporaneidad. Por eso en un texto de El riesgo de la sabiduría (Ediciones Capiro, 2000) expresa: Soy mi propio doble, mi otra imagen, / frente a la que no hay más que yo mismo / cegado por la avalancha de luz perfecta / en que se muestran todos, los vivos y los muertos, / los que se elegirán dueños del fuego y del agua / (…) / Hay algo llamado piedad, algo que todos no conocen. / No es una burla, solo una palabra difícil de traducir / al castellano. También por eso, poco tiempo después, en El signo del azar (Ediciones Capiro, 2002), comienza su discurso de la siguiente forma: Allá afuera ya es de noche, / es decir, la oscuridad me ha encontrado, / y pronto derribará la puerta para que le siga. / Soy un reo y me persigno, / pienso en su poder y en mi soledad.

Figura altamente representativa de la renovación que en los años 80’s del pasado siglo desbordó en nuestro país la norma dominante del coloquialismo, este autor nos ha entregado más de una decena de poemarios, cada uno de ellos con una cuota de singularidad y nuevas cualidades formales. Su obra toda, no obstante, resulta coherente como expresión de una época de cambiantes rumbos, todos ellos deshumanizantes –aun con metas humanas– en tanto el fetichismo (mercantil o ideológico) ha ido sustituyendo los paradigmas morales que el ser humano tejió y sintetizó como cotidianos en su ya larga trayectoria histórica. 

Aunque se trata de una disciplina alejada de la poesía (la antropología social), los textos de Vega Chapú en buena medida se enfilan, con códigos artísticos, por el derrotero que avizorara Agnes Heller en su Teoría de las necesidades en Marx, sobre todo cuando la húngara afirma creer “en el valor del concepto de necesidades frente al de intereses o preferencias”. O cuando asegura que “las necesidades conscientes de una parte de la sociedad presente, en último término de la mayoría, no pueden ser consideradas como «reales», puesto que no son otra cosa sino derivados del fetichismo del ser social o de la manipulación de las necesidades”. En la poética de Arístides Vega la expresión se maneja como quien satisface una necesidad a través de una delectación ingrávida que extrae al sujeto lírico del torrente de los aconteceres para sumirlo en una especie de metafísica existencial donde el entorno, aunque importa, diluye su importancia en cotas ontológicas.

El discreto encanto de los oficios (Publicaciones Entre Líneas, 2013) es el decimocuarto libro de poesía que publica Arístides, y su reciente lectura motiva estas reflexiones sobre toda su obra poética. A diferencia de una buena parte de los anteriores, con la excepción de Después del puente sobre las aguas (Ediciones Matanzas, 2007), El discreto encanto… se estructura como un libro que, con cierto prurito, pudiéramos llamar monotemático. Y el prurito se justifica con que el tema único es apenas un pretexto para testimoniar, tal como en su antecesor matancero, avatares existenciales. Si en Después del puente… la ciudad de Matanzas es escenario y tema, en El discreto encanto… los distintos oficios que hacen posible la utopía de un quieto discurrir hogareño son llevados de la mano de un “yo” que se puede entender como un “él” o un “nosotros”, de ahí que en ambos poemarios se perciba la cualidad testimonial.

El poeta se ha detenido frente a cada maese y ha interiorizado su quehacer como materia prima para la analogía con su propia vida, que de esa forma comienza a percibirse con carácter plural en tanto el protagonista no solo “consume” el trabajo de cada experto, sino que se desdobla directa o indirectamente en cada uno de ellos y les incorpora su cosmovisión, desde una inquieta mirada muchas veces portadora de un conflictivo panteísmo. Por eso en un poema como “El pescador” se transmuta en heterónimo y afirma: Perplejas quedan las aves / al descubrir el pez en cautiverio, / que badea su escamoso cuerpo / como si compartiese mi desconfianza / (…) / Llevo una botella con un pez / testigo de que he buscado sobre la definida línea, / trazada con exactitud sobre el horizonte / la certeza de poder regresar”. Y con otra perspectiva, en “El barredor de calle”, no necesita metamorfosearse en el obrero, pues la contemplación omnisciente activa sus pensamientos: Esquivando los autos / que ennegrecen aún más el asfalto, / el barredor de calle sigue la ruta del agua / porque sabe que en senda tan estrecha / no es posible trazarse un rumbo diferente”. Muy acertadas, en este sentido, las palabras de la prologuista, Sonia Díaz Corrales, cuando advierte: “El que ha colocado la puerta es un constructor ejerciendo su oficio, y no es raro que el libro comience con una puerta que se abre en otro hombre, que también está ejerciendo su oficio: escribe poemas”.

Cada poema, un oficio; en cada oficio una reflexión sobre la utilidad de la palabra para hacer de la vida un ejercicio práctico y pletórico de posibles plenitudes. Las excelencias formales apuntan a un sistema tropológico que no subordina los sentidos a la sorpresa del destello imaginativo, a la invención verbal, a la imagen irreverente y cuestionadora a ultranza, porque esta es una poesía donde el que se expresa no es personaje sino persona, pese al fingimiento tras el cual podría parecer que se escuda. Hay una naturalidad discursiva que le imprime, como ya dije, fuerza testimonial a los textos. Así, en el que se titula “El asombrado”, concluye: Una vez estuve en Baracoa / y vi las estrellas varadas en un cielo / profundo e infinito: sentí pavor. / Ahora observo el amanecer / y de igual manera me sobrecojo. El poeta consigue ser todos los hombres que ejercen todos los oficios descritos y, en cada uno de ellos, va implícito un sentido del universo.

Otros momentos creativos en la vida de este poeta nos lo muestran apegado a otras posibles utopías vitales, unas veces cercanas al misticismo, como en el poema “Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas”, del cuaderno Después del puente sobre las aguas (también publicado como plaquette en 1989 por Ediciones Vigía), pero en casi todos sus textos, aun en el ahora citado, su poesía porta un alto componente de crónica lírica, donde la crítica a los procederes (políticos, sociales, personales) la mayor parte de las veces se siente como subtexto, porque se trata de una poética que paradójicamente, participa de los diferendos desde la fuga hacia estancias humanas distanciadas de los aconteceres, suscrita a un hondo y atípico intimismo que constantemente observa y evalúa el contexto. 

Con El discreto encanto de los oficios este poeta da nueva noticia de su ya probada madurez. Toda su obra en verso describe una curva ascendente que, bien leída, avisa de un duro batallar sobre las palabras hasta conseguir que estas expresen la difícil mezcla de sensibilidad y agudeza. También es un volumen que nos permite confirmar que el poeta sigue prefiriendo un discurso de naturalidad solemne que marca casi toda su obra, sin concesiones a cierta ligereza fáctica con que algunos compañeros de promoción, en ciertos momentos de la dinámica literaria cubana, han visibilizado su circunstancia.

Pese a que de un poeta lo que realmente importa son sus poemas, no resulta nunca ocioso hacer referencia a cómo este sobrelleva sus contingencias vitales. Y en ese sentido podemos asegurar que Arístides Vega Chapú siempre ha sabido hacer coherentes y coincidentes su vida y su obra, bien desde las instituciones, a las que ha aportado un alto grado de creatividad y esfuerzo consciente, bien desde las polémicas, estéticas o de otras naturalezas, donde su criterio, siempre sólidamente fundamentado, ha contribuido a mover ideas y modificar actitudes. Atendiendo a esto, y a que ha cultivado, también con acierto, otros géneros como la novela, la literatura para niños y jóvenes y el testimonio, queda claro que Arístides Vega Chapú representa plenamente al intelectual orgánico, cívicamente comprometido con su obra y con la promoción de un diálogo fecundo entre los escritores y el resto de la sociedad.

Santa Clara, 6 de enero de 2014  
 

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