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El aliciente ubicuo del riesgo

Alberto Marrero, 15 de enero de 2014

“Escala en Nassau”, del narrador, poeta y ensayista Juan Ramón de la Portilla (Pinar del Río, 1970), es un cuento de una porosidad engañosa. El lector llega a suponer que lo conducen por una senda cuando de pronto se ve en otra, y ya cuando va a imaginar que esta lo llevara a un desenlace, se encuentra entrampado en una suerte de encrucijada donde debe elegir. Escrita con un aliento que por momentos recuerda lo mejor del minimalismo de Raymond Carver y de otros grandes del género, la historia es aparentemente simple: un hombre, luego de haber terminado su doctorado, vuela de París a La Habana cuando de pronto le comunican en el avión que sobre la ciudad se cierne una peligrosa tormenta tropical con vientos huracanados, por lo que deberán aterrizar en un aeropuerto alternativo, que bien podría ser el de Varadero. El hombre piensa en su esposa e hija, y en la posibilidad de que ambas tengan que trasladarse hasta este nuevo destino en caso de que le informaran a tiempo (algo que duda) del cambio de itinerario. De repente anuncian que tampoco podrán aterrizar en Varadero, por lo que el avión tomará rumbo a las Bahamas, al aeropuerto de Nassau, donde se alojarán en un hotel de tránsito hasta que pase el mal tiempo. A partir de este instante el lector asistirá al recorrido nocturno del personaje que lo llevará al casino del hotel y a la probabilidad de perder todo el dinero, que lleva arriba, en el juego. Un dinero que ha ahorrado con no pocos sacrificios y en el cual tiene cifrado grandes esperanzas.  Se produce entonces cierta atmosfera de tensión que se acrecienta cuando aparece en la escena una cubana emigrada que está de vacaciones, con un par de primas alocadas. Sin revelar el final, he ahí, a grandes trancos, la anécdota.
  La esencia del texto es lo que no se dice, lo que autor logra insinuar. Los que conocemos la obra de Portilla saben de sus ilusorias evidencias; de sus personajes muy bien logrados que arrastran el pesado fardo de la existencia, casi siempre portadores de una nostalgia subyacente, jamás explicita, que se debaten en el lodo de la ira y la frustración, entre certezas e incertidumbres, entre una realidad que los aprisiona y el riesgo de saltar a otra no menos agresiva; de su ironía y fuerte erotismo, de sus retozos con el arte mismo de narrar, de sus desenlaces insospechados.  El juego de las alternativas, de los caminos que se bifurcan, perece ser una contante en el mundo narrativo de este escritor. Ahora que tecleo estas líneas me acuerdo de su magnífica novela La mujer de Maupassant (premio UNEAC), texto que, a mi juicio, recoge muchas de las características que signan el quehacer de Portilla, cuya obra posee ya una sólida presencia en el cuadro de la actual literatura cubana. Ha publicado: Sólo las palabras, (poesía); los libros de relatos Hechos en casa, Olvida ese tango (premio Pinos Nuevos), Los asesinos y otros cuentos, El juego de su innata crueldad; las novelas: El mundo libre (premio José Soler Puig), Los secretos de Victoria, y la citada anteriormente; así como los volúmenes de ensayos La mirada entre los barrotes y Veredas tropicales de la escritura (premio Regino Boti).

Alberto Marrero


                                    





Escala en Nassau 
 

                               
                           Para Jorge Félix Rodríguez, que me contó parte de esta
                          historia durante un vuelo entre Manzanillo y La Habana.


                          Tantas veces morí,/ tantas veces volví a levantarme.
                                   
                                                                                                  W. B. Yeats


Juan Ramón de la Portilla                                                                         


Regresé del baño con la incómoda sensación de que algo desagradable sobrevendría, y me ajusté el cinturón de seguridad. Hacía ya un buen rato que habíamos rebasado una zona de turbulencias a mitad del Atlántico y el mapa de la ruta indicaba una feliz cercanía a las Américas, por lo que estimé era el momento adecuado para visitar los servicios sanitarios; pero no bien comenzó a aligerarse mi vejiga, el 747 de Air France pareció sufrir por la falta de ese ínfimo peso y comenzó a dar tumbos como una frágil barquilla sujeta a un globo aerostático.
     De nuevo en mi asiento, recuperados todos los equilibrios, no conseguía alejar aquella desazón pertinaz, ni aún cuando me decía que ya faltaban poco más de tres horas para el aterrizaje. Y entonces se produjo el anuncio de que no podríamos llegar hasta La Habana, puesto que una tormenta tropical de muy rápida formación y aún más veloz desplazamiento amenazaba la capital cubana. El capitán igualmente habló de ráfagas de viento cercanas a los cien kilómetros por hora y otros detalles relacionados con el meteoro, que había adquirido de pronto una inusitada velocidad de traslación y, lo que era peor, experimentaba un brusco cambio en su trayectoria, que nos forzaba a buscar un aeropuerto alternativo, probablemente el Juan Gualberto Gómez de Varadero, rogaba los pasajeros disculpáramos cualquier molestia o inconveniente que la eventualidad ocasionara.
     Cerré los ojos e imaginé a mi mujer en la disyuntiva tremenda de regresar con nuestra hija a casa o lanzarse a un viaje contra reloj hacia la vecina provincia de Matanzas. Varadero, no Matanzas, recordé; Varadero, distante una veintena de kilómetros de esa ciudad, a la que habría que arribar primero en ómnibus o automóvil de alquiler, para luego continuar hasta el Juan Gualberto Gómez. Toda una carrera con obstáculos, mucho mejor que no lo intentaran. Pero cómo hacerles saber que la línea aérea se encargaría de mi traslado por tierra hasta el lugar de destino previsto al despegar del Charles de Gaulle. En teoría, en el aeropuerto de La Habana debían explicarles esto, pero la información sería ofrecida en el supuesto de que fuera solicitada y aún así no estaba del todo seguro de que una sonriente, amable funcionaria encargada de tales menesteres en la terminal internacional de Rancho Boyeros alargara esos datos a mi familia, ante la contrariedad del anuncio de retraso o cancelación del vuelo.
     Finalmente los lumínicos que encarecían ocupar asientos y abrochar cinturones se apagaron pero yo continué en la misma posición y pensé en el Malecón de La Habana desierto de vehículos y gentes, barrido por las olas, una imagen que se inserta con frecuencia en los spots que la televisión nacional pasa todos los años coincidiendo con el arribo de la temporada ciclónica. Siempre me ha parecido la advertencia de un poderoso deseo recurrente esa pared de olas alzándose por sobre la ciudad cada tanto. Un rato después el capitán informó que tampoco sería posible el uso del aeropuerto de Varadero, que estaba cerrando sus operaciones de tráfico también por razones climatológicas. Habría que aterrizar en Bahamas.
     A primera hora de la noche conseguí hablar por teléfono con mi mujer. Al menos no fue necesario que se desplazara hasta Matanzas, pero el trayecto desde la casa a Boyeros y viceversa fue accidentado, sobre todo a la hora del regreso, en que ya las calles eran barridas con fuerza por el agua y el viento. También conversé con mi hija, que estaba furiosa porque su madre no quiso llevarla al aeropuerto dadas las pésimas condiciones del tiempo. Con un punto de rencor que era sorprendente en una niña de diez años, manifestó su complacencia porque su progenitora había vuelto a casa empapada y muy asustada debido a que casi se electrocuta con unos cables desprendidos de un poste del alumbrado público. Ambas estaban tensas y traté de animarlas con una broma que no surtió el efecto esperado. Propuse continuar la conversación al día siguiente, ya que dentro de poco disfrutaría de mi primera cena en un hotel de lujo para luego dirigirme al casino anexo a la propia instalación y ganar allí un millón de dólares. La niña repitió a su madre lo que yo acababa de decir y se despidió con un sonoro beso. Ya devolvía el auricular a su sitio cuando surgió de pronto la voz de mi esposa, que advertía con tono en el que podía adivinarse la histeria contenida a duras penas que no fuera a considerar ni por un segundo la locura esa de apostar. Bueno, la tranquilicé con rapidez y ya con impaciencia, no hablaba con seriedad del asunto, ya lo había dicho, sólo se trataba de una broma. Pero ella insistía, me conocía bien, conocía de mi extrema curiosidad, de mis decisiones de última hora que lo cambiaban todo luego de haber sopesado por largo tiempo cualquier asunto, por insustancial o peligroso que fuera.
     Pero la vida no tendría sal sin el aliciente ubicuo del riesgo. Se entendía la preocupación de mi mujer, sin embargo, que sabía de mis intenciones de comprar a mi llegada un automóvil americano de los años cincuenta. Este era un proyecto largamente acariciado en el que al final ella también había ganado interés. En tres años de residencia en Europa, donde me doctoraba, pude ahorrar lo suficiente para cumplir este sueño dorado, en el que resaltaba una arista pragmática desde luego que no sería capaz de negar: mi antigualla de cuatro ruedas, destinada a la cotidiana transportación propia, también podría fungir como medio alternativo para conseguir unos pesos extra, al dedicarla en mis muchos ratos libres al acarreo de personal. Este educador todavía joven y bien calificado, no era quien más presionado estaba con su compromiso docente, por lo que no se avizoraban demasiados problemas para que se produjera muy pronto otra reversible transmutación de un habitante de la mayor de las Antillas, en este caso la permuta pendular e íntima entre taxista y profesor universitario. En puridad, sólo contaba con el dinero justo para comprar un ejemplar medianamente conservado y no una de aquellas máquinas que, pese a rondar las cinco décadas de vida, parecían haber salido ayer de la fábrica. Pero con los auspicios de la suerte, quizás yo podría esta noche multiplicar mi dinero y entonces sí convertirme en el dichoso propietario de uno los más lujosos automóviles que jamás rodaron por calle cubana alguna no ya en su natural etapa de diseño y comercialización sino en todas las épocas.
    La línea aérea nos hospedó en un gran hotel de Nassau que contaba con casino, como ya había comunicado a mi familia. Pese a que era temprano, el local se veía bastante animado. Fui hasta una de las barras, pedí un trago y me dediqué a estudiar el entorno, cruzado constantemente por pequeños grupos de personas que charlaban en voz alta, se apresuraban de las mesas de juego a las máquinas tragamonedas y de estas a los bares, para cumplir de nuevo ese ciclo con prontitud. Llamaba la atención el espíritu gregario imperante en el lugar. Yo era allí un tipo raro, solitario, hosco. Decidí dar una vuelta. En torno a una mesa de blackjack se habían formado dos bandos, casi todos reían pero era evidente la tensión que los sobrevolaba; apostaban fuerte, además. Alcancé a escuchar cifras que llamarían a cualquiera a la cordura. Cifras similares eran pronunciadas mayormente en inglés en otros ámbitos de aquel sitio de techo elevadísimo, cuya arquitectura ganosa de amplitud parecía estar en función de los capitales en disputa. Perdí algo de dinero en una máquina, perdí el triple en otra, y un poco menos que lo invertido en la primera tentativa desapareció en un último intento antes de convencerme de que todos aquellos incitantes artefactos sólo servían para aligerar bolsillos, trabajaban en una única dirección. 
     Pero el gasto era irrisorio, ciertamente, si comparaba mis tímidas tentativas con las de otros arriesgados y pudientes turistas. No sería tan ingenuo, desde luego, como para ofrendarme en cualquier juego de naipes sin la necesaria práctica previa, en la que se instala con soltura el truco, sólidamente custodiado por el arcano y la tradición, pero nadie podía decirme que no probara con la ruleta. Eso haría, con la ruleta no serían de utilidad unos dedos más o menos ágiles (con los que estaba dispuesto a ayudar a cualquier mecánico en la previsible reparación del auto que muy pronto adquiriría,) ni un estorbo una mente entrenada para las reflexiones académicas y la investigación a largo plazo. La ruleta me parecía en ese instante el más justo de los ingenios del casino; pese a que estaba familiarizado con su aspecto, pues en más de una ocasión en Europa había estado bien cerca de ella, ahora, viéndola a través de ese multicolor entramado humano que parecía reverenciarla hacia el fondo del inmenso salón, se me antojaba una balanza hospitalaria, una serena mujer puerto provista de todos los rostros posibles, colocada allí con evidente intención redentora.
     Ya no dudaba, estaba en la ruta de un empeño mayor, arrojado a aquel casino por el azar, que no siempre llama dos veces. Se trataba a todas luces de una gracia concedida a última hora, que quizás yo no había solicitado con perentoriedad pero que me habitaba algún oscuro lugar de la conciencia y ahora exigía tomar forma. No había más que asociar algunos hechos, permitir que ciertas coordenadas se entrecruzaran con libertad, y todo estaba claro. Sonreí al recordar el súbito cambio de ruta, la insólita escala, mi primera y quizás única jornada en Bahamas, el 747 en perfecto estado técnico cuidadosamente aparcado en el aeropuerto, listo para volar hacia Cuba. Palpé el bolsillo interior de la chaqueta, donde tenía una buena cantidad de dinero, y pensé otra vez en el Malecón de La Habana asediado por el mar. Un automóvil antiguo se acercaba por la avenida con lentitud, tenía los faros encendidos, hacía sonar el claxon. Me dije que podría detallar la marca y el modelo en cuanto se aproximara pero de pronto aumentó la velocidad y me pasó por encima, sin atropellarme. No conseguí distinguir al conductor; pude ver, sin embargo, el carro por debajo, que estaba cruzado por parches donde campeaba el óxido. También destilaba aceite quemado y emitía un denso humo negro.
     Miré otra vez hacia el fondo, donde giraba la rueda de la ruleta. Una vieja pesadilla intentaba recomponerse o quizás mi exaltada imaginación ya proponía en vigilia estos vívidos fragmentos de un sueño que sobrevendría más tarde, en la noche profunda de Nassau. Necesitaba otro trago, por lo que me dirigí al bar donde había consumido el primer whisky con la intención de ubicarme en el mismo sitio que entonces ocupara, de espaldas a la barra y de frente al ámbito del casino, pero ahora había allí una mujer.
     No creo que tenga sentido describir su físico, participa en esta historia de manera breve e intensa, por lo que no hay que dar rodeos inútiles. Será mejor atenderla, ahora que ya casi estamos relacionados. Sólo situemos primero un par de mínimos elementos: de haber trazado un círculo de tiza alrededor de mis pies un rato antes, ahora ella estaría dentro de esa circunferencia blanca; en el momento en que me acercaba, estaba sola y su expresión era más bien huraña o en todo caso reconcentrada; por último, al aceptar yo el trago y volver de inmediato la espalda al barman, sólo quedábamos los dos en la pequeña barra, quizás la más pequeña de todos los bares de ese gran casino, separados por un mínimo espacio que no fue difícil salvar.
     Ahora no recuerdo si el primer comentario lo hice yo, animado por su apariencia latina: pensaba que bien podía ser argentina o venezolana. Pero igual fue ella quien, agitando el trago en la mano, regalándose un sorbo breve, miró en derredor con expresión preocupada, una preocupación que escapaba puertas afuera, que no estaba centrada en ningún tipo de juego y tampoco en el dinero, y cruzó sus ojos con los míos, a lo que respondí cortés con sonrisas y copa alzada con discreción en su honor. Poco después intercambiamos las primeras palabras y supe que también había nacido en Cuba, sólo que había salido del país hacía ya una buena década. Le dije que se le notaba en el acento la permanencia en los Estados Unidos y ella declaró su desinterés por lo que acontecía en la isla; trataba de llevar una vida alejada de la nostalgia, lo que equivalía a relacionarse con el mínimo de cubanos, empeño en el que la ayudaba el hecho de compartir casa en Los Ángeles con un par de primas oriundas de esa ciudad. Las muchachas la acompañaban en estas vacaciones caribeñas. Llevaban cuatro días en el hotel y esta era la primera noche que acudían al casino. Un rato antes se habían separado, al tomar direcciones opuestas: mi interlocutora hacia el bar donde ahora conversamos, sus primas hacia los baños. Pero no era el caso perderlas de vista mucho tiempo, ambas habían bebido y además ella se consideraba responsable del pequeño núcleo familiar, al ser algo mayor.
     Aquí decayó el diálogo, todo indicaba que muy pronto volveríamos a separarnos, ella iría en pos de sus primas, yo de la ruleta, de manera que torné a reflexionar sobre mi situación puntual. Tenía toda la noche por delante para hacer que mi dinero creciera o sencillamente tomar el atajo del regreso. De la misma forma que en la última etapa de mi vida volé varias veces entre Europa y La Habana, no era improbable que ya no pudiera volver a salir de la isla, al haber concluido los estudios. No era igual multiplicar de un buen golpe de suerte las divisas ahorradas para invertir en la compra del carro americano, que ir extrayendo del mismo fatigosamente un peso tras otro, en cada viaje de mis futuros pasajeros. Pero también podía perder toda la plata o gran parte de ella, como temía mi mujer. No quería siquiera imaginar el regreso al día siguiente con los bolsillos vacíos; me representaba constantemente, sin embargo, como un gran triunfador, un hombre experimentado y audaz, a quien no tembló la mano e hizo saltar la banca. Hay encrucijadas en las que late el error y el acierto, situaciones en las que cavilar en exceso nada resuelve pues sólo se trata de decidirse a favor o en contra y la máxima que debe aplicarse es aquella que reza: “lo tomo o lo dejo”. Quizás esa operación mental se cumplía en ese preciso instante en la mayoría de los seres que pululaban por el casino. Pensar algo así fue reconfortante y sentí que ganaba confianza. De paso, intenté retener a la mujer. La invité a otro trago, no creía que dama tan atractiva y mundana fuera a desatender el humilde pedido de unos minutos de compañía de un compatriota. La obligué a reír, apelé a otras zalemas, y se distendió por fin. La divertía mi conversación, el tono entre suplicante y burlesco con que había pronunciado la palabra compatriota, término en desuso desde su punto de vista. Pero su patria era ella misma, advirtió jovial aunque firme y no permití que esa sutil reiteración de su afán en marcar distancias con el pasado la alejara definitivamente.
     Y llegó el momento de saber el nombre de ese enigmático planeta con dos lunas invisibles hasta entonces. Le dije el mío al tiempo que comenzaba a tutearla con cautela. Aseguró llamarse Luisa y quedó pensativa, quizás sin decidirse a continuar, pero cuando supo los motivos que forzaron mi estancia de una noche en Nassau, pareció animarse. Enseguida preguntó por qué regresaba desde Francia si mis estudios de doctorado se efectuaron en la Universidad Complutense de Madrid. Invitación de unos amigos a conocer París antes del regreso definitivo, expliqué. Ella había estado en algunas ciudades de la península y compartía mi fascinación por la capital española. Declaré mi pena por el hecho de que quizás ya no pudiera volver allí y de pronto dijo que por qué insistía en residir en Cuba, aunque enseguida, como quien manifiesta algo inconveniente, su rostro ensombrecido, cambió de tema y tornó a la preocupación por la demora de las primas.
     Pero esa fue la excusa para mantenernos juntos. Propuse dar un paseo por los alrededores, quizás encontráramos a las muchachas. Se colgó de mi brazo. Al salir pasamos junto a la ruleta, a la que dediqué una intensa mirada que mi acompañante no dejó de advertir. Le hablé entonces de mi interés en que el dinero ahorrado para la compra del automóvil se incrementara esa noche al conjuro de un golpe de suerte y asimismo la impuse de mis dudas. Era reconfortante hablar de ese asunto con alguien que podía entenderlo a uno; con toda probabilidad, el azar también me había acercado esa cuerda. Luisa, sin embargo, restó importancia a mis preocupaciones, aseverando que al final sólo se trataba de perder una determinada suma, caso de que los hados me fueran adversos. Percibí que rehuía el tema, no deseaba hablar del juego ni de la suerte. Continuábamos vagando por los senderos tenuemente iluminados de un amplio jardín. Un viento húmedo, persistente, podía hacer pensar en que la tormenta había salido a los mares al norte de Cuba y se acercaba a las Bahamas.
     No había que esforzarse demasiado para intuir los motivos que forzaron a Luisa a emigrar, que serían los mismos de miles de cubanos en todos estos años, pero era extraña su insistencia en pasar por alto en todo momento el hecho de que hubiéramos nacido en el mismo país. Nuestra conversación era la previsible en el encuentro casual de dos turistas de diferentes procedencias, que tienen un idioma común. Pese a ello, era indudable que nos sentíamos atraídos el uno por el otro; de no haber cometido yo la involuntaria torpeza de indagar sobre la manera en que salió de la isla, quizás hubiéramos terminado el paseo en mi habitación. Y esto, más la súbita aparición de las primas, provocó que al fin nos separáramos.
     A principios de los noventa decidió viajar a los Estados Unidos junto a su esposo utilizando una embarcación rudimentaria. No pregunté, pero pienso que la pareja no tenía otra forma de expatriarse, quizás al haber sido denegadas sus solicitudes de visados y no estar en disposición de esperar que algún milagro los lanzara al ansiado exilio; y optaron por esa riesgosa vía que han transitado tantos cubanos. En el trayecto su esposo y otras cuatro personas, entre ellas un adolescente, perdieron la vida. No hubo detalles relativos a la catástrofe, desde luego, pero no eran necesarios. Admiré el tajo magnífico que jamás accedería a cerrarse totalmente, a la vez que no podía evitar que me asaltaran algunas posibles imágenes del desastre: el bote semihundido asediado por los tiburones, cuerpos que son barridos por las olas, la noche que se cierne sobre el agua inhóspita.
     Todavía estábamos abrazados cuando llegaron las primas. Podía colegirse que habían seguido bebiendo. Casi caen en una piscina, contaron entre risas. Luisa las reprendió con indulgencia y decidió que debían retirarse.
     Yo volví al casino, tomé un par de tragos más y me fui a dormir. Al día siguiente, pese a que el cielo estaba encapotado y lloviznaba, continuamos viaje. Poco después estábamos ya en La Habana, que lucía un sol tímido, como de invierno. En las calles, cuadrillas de obreros recogían escombros y reparaban las líneas del tendido eléctrico; los cristales de los comercios y las casas estaban cruzados por las gruesas franjas de papel engomado que se colocan siempre en esos sitios ante la inminencia de los ciclones. 

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