Transculturación y dominio imperial
Las ceremonias gentilicias propias de la religión del Imperio romano, una vez que este asentó su expansión sobre otros pueblos, necesitaron de un reordenamiento de sus sistemas de significación, pues habían pasado a ser inadecuadas para las pretensiones y la propia expansión imperiales. No es ocioso advertir que el cristianismo penetró en el logos rector como una imagen proveniente de ciertos sectores populares, de grupos cerrados dentro de las propias clases bajas, y que lo hizo justo cuando las condiciones del nuevo Estado reclamaban una transformación semiótica de sus ceremonias. Al cesar la expansión militar y tecnológica, las estructuras de domino buscaban la reproducción de relaciones de equilibrio entre las clases bajas y quienes ostentaban el poder y, por tanto, la más alta valoración de la cultura.
El arte aristocrático se vio contaminado por modos esenciales de expresión popular una vez que, en el siglo III, se agudizó su decadencia en el ámbito urbano y, en tanto los aristócratas se refugiaban en sus villas campestres, los campesinos se convertían en legionarios. Sus modos perceptivos se trasladaron entonces a los territorios conquistados, por lo que fue necesario reproducir una pintura cuyo centro radicaba en la imagen y que se sostenía, además, en cierta condición narrativa. La contaminación de los modos populares en el canon perceptivo propició, también, el declive de la escultura, que había representado hasta entonces el más alto nivel de las creaciones artísticas y, sobre todo, la validación de estatus de las familias de clase alta —las casas romanas de alto rango debían estar profusamente decoradas con estatuas; sus dueños, para significar su estatus, necesitaban, además, esculpirse a sí mismos—. Es una tradición que se desarrolla en un ámbito clasista elevado, al mismo tiempo que se deja para la multitud otros modos considerados de baja condición. Hay, sin embargo, una contigüidad significacional entre el poder adquisitivo y los recursos necesarios para la producción artística. Y ocurre, también, un proceso de resignificación del papel social del campesino, en el más bajo nivel de la cadena, transformado en soldado capaz de enriquecerse, al menos relativamente, con los resultados de la expansión imperial.
La tradición del arte popular es, por su parte, alegórica y narrativa. Son estos los elementos que van a contaminar la producción artística posterior al siglo III, aprehendiendo los elementos primarios del arte cristiano primitivo: un simbolismo en la representación imagen, un sentido alegórico de percepción y una narratividad contextual, ya sea como constructo precedente, ya como proposición inmediata.
La Europa imperial del siglo XVI, heredera de ese sistema expansivo y dominador que transformaría las bases de la expresión cristiana primitiva, se hallaba fragmentada en cuanto a sus prácticas culturales rituales. De ahí que ajustara esa diversidad al canon institucional que las propias estructuras de poder legitimaban y, sobre todo, que deificara el empleo de la imagen, la alegoría y el relato. Ese arte cristiano de expresión popular, a veces desarrollado con talento estético, debió reconstituirse conceptualmente en el transcurso de estas luchas europeas por controlar las rutas comerciales y el control político. Tras edictos y disposiciones de instaurar el cristianismo como religión oficial y obligatoria, se hacía imprescindible canalizar el paganismo natural de la población. Vendría así la intervención de los clérigos en las representaciones populares, marcándolas con los elementos institucionalizados por la religión oficial. Y en tanto se canonizaba el arte, se dejaba a la expresión popular las búsquedas de renovación. Esto se hacía por exclusión, valga aclararlo, pues no se consideraba al vulgo capaz de producir algo de valor expresivo. Sus manifestaciones eran sencillamente desclasadas. Así, la transculturación era lenta y dependía de pasar, antes, por violentos procesos de aculturación.
Hay, pues, una interacción transculturadora que alterna con los mecanismos de expansión económica. Las guerras por el dominio de Europa no presentan las características de la conquista expansiva, sino que están centradas en el control del Estado y, con ello, en el control del comercio. En la mayoría de los casos, la irrupción de lo popular en los cánones artísticos es lenta y espuria, aunque a veces el propio canon religioso permite que el artista infiltre esos motivos, como lo hiciera el Veronese, para preocupación del alto clero. El logos imperial condiciona los niveles de representación de la imago, pero no puede redefinir la tradición simbólica, alegórica y discursiva de sus representaciones.
Asimismo, los conquistadores que se expanden por el Nuevo Mundo con el viejo pretexto de llevar la fe cristiana —de «desbarbarizar»— a los infieles, reproducen su lucha contra los moros en el nuevo escenario de conquista. Es el motivo para la expansión, la posibilidad de habilitar un logos que abarque a todo aquel que lo defienda —sin muchos reparos en el empleo de la lengua o la procedencia étnica— y de expulsar y doblegar a quien se le enfrente.
Las culturas más desarrolladas que reciben el embate de conquista imperial europea se encuentran en un momento de crisis en su logos rector. Hay divisiones internas que hacen de los naturales dominados aliados potenciales del conquistador. La imagen del recién llegado como encarnación de un poder subvierte su estabilidad y revela la necesidad de ese reordenamiento sígnico en el papel de uso de sus ceremonias. Los menos desarrollados —como nuestros primitivos siboneyes y taínos— tenían la posibilidad de asimilar las nuevas ceremonias, y lo hubieran hecho —como lo hicieron otros centro y sudamericanos— de no haber sido tratados con tanta crueldad y de haber estado indefensos ante la transmisión de enfermedades que les serían fatales y contra las que no tenían ni tiempo ni libertades para prepararse, lo cual no se inscribe aún dentro de la cultura. Lo que no podían asimilar, en realidad, eran sus normas de trabajo.
Debo aclarar que, si bien el exterminio absoluto de los aborígenes cubanos es una absolutización mítica del ejercicio deculturador de la Conquista, los sobrevivientes cumplieron este proceso que se ha relacionado, hasta diluirse en el resto de los componentes étnicos crecientes en la población nacionalizada en la Isla. Aunque mínimas en relación con las restantes, las supervivencias de elementos culturales pueden ser detectadas, principalmente en el habla —en el ejercicio de nombrar sitios, personas, objetos, fenómenos naturales autóctonos, etcétera—, pero también en aquel instrumental ritual y utilitario que, a pesar del proceso civilizatorio, mantiene su pragmaticidad. Y por si no fuera suficiente, en el extremo oriental de la isla aún pueden apreciarse las supervivencias en la propia fisonomía de los descendientes.
El exterminio masivo e inmediato es lo único que elimina las influencias y anula los elementos para la transculturación, aunque, ni siquiera así, desaparecen determinados bienes culturales. Y permanecen, además, herencias lingüísticas relacionadas, sobre todo, con la toponimia, así como con la flora y la fauna autóctonas.
El conquistador, el dominador español que ocupó el territorio de la América, se vio en la necesidad de importar clases bajas para poder mantener la apropiación desigual de los resultados productivos. Así, con la trata negrera y la contratación de asiáticos, se producía una invasión a contrario: la expansión no era militar, sino cultural; los sujetos con los cuales se hacía efectiva la invasión no controlaban el orden económico, ni el sistema político ni el mando militar, pero sí dinamitaban la cultura y contaminaban definitivamente los modos de expresión simbólica. De ahí que el sistema ceremonial, en su papel de uso, fue recibiendo las nuevas influencias que emergían con la humildad del dominado siempre dispuesto a prestar su servicio allí donde el dominador se ha apartado y concede un vacío. Es un proceso transculturador que remueve lentamente los cimientos imperiales, y del cual, paradójicamente, depende el imperio para su permanencia.
