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Quito y labor fatigosa

Virgilio López Lemus, 21 de enero de 2014

La Directora de la revista ecuatoriana Anaconda. Arte y Cultura, Macshori Ruales, necesitó del trabajo de redacción del poeta y promotor cultural Alberto Acosta-Pérez y mío, de modo que, con su invitación oficial, partimos hacia Quito el 4 de agosto de 2011, en el tercer viaje y último de su vida fuera de Cuba para Alberto, y segundo mío a ese país. Consistía la labor en la revisión redaccional de nueve ensayos sobre la historia del Palacio de Carondelet, el Presidencial de Ecuador, y la labor era intensa, de mañanas, tardes y noches y todos los sábados y domingos, salvo cuatro días en que nos fuimos a Guayaquil, y que relato aparte.

Esta vez la altura de la ciudad me hizo daño a la llegada, con presión alta, y tampoco Alberto se sintió muy bien, pero nada decía, el cáncer de páncreas no había hecho su aparición y no sabíamos para nada de su verdadero estado de salud. Comenzamos a trabajar con mucha intensidad el 5 de agosto, advertimos que el esfuerzo era grande, para concluir en un mes una labor que requería trabajo de dos personas al menos seis meses continuados. La temperatura era muy grata, alrededor de los 15 grados, y eso nos permitía avanzar más en sendas computadoras donde leíamos y corregíamos casi clandestinos, porque no era apropiado que los especialistas ecuatorianos supieran que dos cubanos revisaban estilísticamente sus textos.

Tras la fatiga inicial, el domingo en la tarde dimos un paseo, almorzamos en Guayabamba y visitamos las faldas del volcán Cayambe (5790 metros de altura), y concluimos la tarde en la ya conocida plaza de la ciudad de Otavalo, donde Macshori debía comparar algunos objetos. Tras un bonito paseo por el centro de la ciudad, regresamos a Quito por la para mí mítica Carretera Panamericana, cuyo diseño estudiaba en mi infancia. El lunes retomamos sin pausa la labor. Salvo salir algunas pocas veces a supermercados o puestos de ventas próximos, el resto del tiempo fue de un encierro total. Solo el domingo siguiente volvimos a salir de descanso en la tarde, esta vez para recorrer un poco el Parque Metropolitano de Quito, con fantásticas vistas de gran parte de la ciudad. En la semana siguiente solo salimos una tarde para llevar una carta de la Dra. Beatriz Maggi al notable antropólogo francés, residente en Quito, François Houtard, muy simpático y locuaz. Hicimos una visita de trabajo de una hora al Palacio de Carondelet, de manera que comprendimos bien la parte visitable del edificio presidencial. Es un muy bello edificio cargado de historia desde la Colonia, nos impresionó mucho el bello salón donde se hallan las fotos de todos los presidentes constitucionales del país desde 1830, y su ancho y hermosos comedor protocolar.

El sábado 20 de agosto salimos en autobús, hacia Guayaquil, sería nuestro único tiempo de esparcimiento tras un trabajo enorme. Alberto tuvo algún temor, prefería la vía aérea, que usamos de regreso, pero es impresionante atravesar la cordillera de los Andes e ir viendo paisajes extraordinarios. Siempre complaciente, Alberto decidió que podíamos dar ese viaje y solo se molestó justamente conmigo cuando no quise almorzar en Quevedo. En Guayaquil nos esperaba la amiga Marigloria Cornejo, quien ya nos tenía organizada una estadía hermosa para los dos días sucesivos, pues el miércoles retornaríamos a Quito al amanecer, para continuar de inmediato nuestra labor esa tarde. Creo que fuera del avistamiento de ballenas, lo que gustó más a Alberto en este viaje, y sus súper objetivo, fue detenerse a compras necesarias y objetos de regalos en Bahías de Guayaquil, donde se esforzó por comprar cosas para sí, que no llegó a estrenar o usó muy poco, y un obsequio al menos para cada uno de los miembros de su familia, hermanas, padres, sobrinos, cuñados… El amor de Alberto por su familia era enorme y lo anteponía a todo. Recorrimos por él las decenas de cuadras de los mercados al por menor. En la noche, visité con Marigloria a una amiga suya internada en una clínica privada muy hermosa, lujosa diría, y que daba su primera guerra contra nada menos que el cáncer de páncreas. Alberto estaba fatigado y no quiso ir, era algo insólito: yo visitaba a alguien a quien no conocía, ya muy mayor en edad, con una enfermedad que no sabíamos que estaba corroyendo el organismo del propio Alberto. La señora falleció dos semanas después, pero al día siguiente de la visita casi muere, y luego la enviaron a su casa evidentemente a que muriese allí.

Al regresar a Quito, no dimos tiempo de descanso y nos introdujimos en el trabajo para dejarlo concluido antes de irnos a Cuba. Por eso no hay casi nada que contar de esa estancia. Tanto Alberto como yo aprendimos mucho, mucho, sobre la historia de Ecuador. Ayudamos a Macshori a preparar un encuentro internacional de revistas de arte, que Anaconda convocó para octubre de ese año, y dedicamos tiempo a la preparación del Programa y a concertar con Macshori y sus hijos Sharimiat e Ikiam las labores de sus sesiones de trabajo. Una noche fuimos al cine, Alberto complaciente vio conmigo un filme llamado «La linterna verde», ciencia ficción bastante pobre. Y concluimos el trabajo, segunda revisión, la noche del 31 de agosto… Esto nos permitió ir el 3 de septiembre, antes de nuestra partida, al sitio que Alberto añoraba más: la Capilla del Hombre, hermoso estudio muy bien edificado del pintor Guayasamín. Nos gustó mucho ver su pintura frente a nosotros, las amplias salas, el decorado singular, como Macshori es una gran conocedora de arte ecuatoriano, no precisamos otra guía que ella misma, que nos explicaba todo con mucho cariño. Esa tarde subimos hasta buena altura del Pichincha, volcán que preside las vistas de Quito, y pasamos a un más bien enorme mol, donde Alberto concluyó las compras para su familia.

El 4 de septiembre, al mes exacto de llegar a Quito, partimos hacia La Habana vía Panamá, con la labor concluida y detalles que habrían de ser aclarados por medio del correo electrónico. Al final, aquel gran esfuerzo no fue productivo, pues el libro se atoró al llegar a revisión al Palacio Presidencial ecuatoriano y, por criterios van y criterios vienen sobre su contenido, nunca fue publicado, y no se sabe si se publicará algún día. Mucho esfuerzo y dinero invertido por la editorial de la revista Anaconda. No sabíamos bien cuánto de fatigado estaba Alberto por un mal que ni él mismo sabía que padecía, de modo que su esfuerzo sumo en esta labor, no tuvo mayor repercusión. Amaba mucho a Macshori Ruales y por ella y su revista hubiera hecho cualquier cosa más, y no poco hizo en favor de su promoción y sobrevivencia. Amigo de una lealtad a toda prueba, Alberto le demostró a Macshori en este viaje su entrega total a la amistad. Cuando falleció el 1º. de enero de 2012, a menos de cuatro meses del regreso de Ecuador, sorprendió a la amiga que tanto él quiso, desde que la conoció en Barcelona, cuando ambos realizaban años antes la maestría en promoción de la cultura bajo la dirección de la UNESCO. Esta estancia quiteña fue su último viaje internacional (había tenido estadías en Rumanía, España, Francia, Italia, Brasil y Guatemala), y lo puso todo en función del éxito que precisaba su amiga de Anaconda.

Fue esta mi permanencia más trabajada fuera de Cuba, pues la labor resultó, como he dicho, de una intensidad abrumadora, y la cumplimos unas horas antes de salir el vuelo hacia Cuba. Muy difícil la salida del aeropuerto de Quito, pues regresaban cúmulos de estudiantes ecuatorianos becarios en Cuba (colmaron aquel vuelo, que se realizó con su sección de primera clase enteramente vacía), y los registros de equipaje y el estricto peso del mismo me hizo perder no pocas cosas que traía en mi maleta de mano: abandoné en el piso de aquel establecimiento no pocos objetos. Allí sufrí la gota gorda por cada bello obsequio de artesanía ecuatoriana, gratos comestibles, útiles libros, algunos componentes electrónicos necesarios…, todo expulsado, ya imposible de echar en las despachadas maletas. Tame fue ese día la peor compañía por la cual me haya movido jamás, la más estricta en los 8 kilos de mano, y la de menos cortesía que jamás haya visto en un vuelo internacional. Ojalá no tenga que viajar más en esa línea de impulso demoníaco que me ofreció la peor experiencia de viaje que haya tenido. Lo simpático es que yo había guardado en mi maleta algunos kilos de Alberto, y aún faltaban cuatro kilos en su peso, y en la de mano me pasaba solo en cinco kilos, que tuve que desechar bajo un trato bien feo de los funcionarios pesadores, que sobre todo maltrataban a los jóvenes coterráneos suyos estudiantes en La Habana.

En fin, fue un viaje solo laboral con ratos de esparcimiento, salvado en la memoria divertida por los cuatro días en Guayaquil, cuyo relato corresponde a otro artículo. Macshori nos ofreció la posibilidad de retornar al año siguiente para labores de la revista y hacer una vida más expandida en su hogar, pero la muerte de Alberto detuvo todo plan futuro. Desde mis épocas de editor en la Editorial Letras Cubanas, cuando a veces teníamos maratones de trabajo por apuros de publicación, nunca había tenido una labor tan fuerte frente a un denso libro de historia, más de 300 páginas, que nos dejaban extenuados mental y físicamente. Pero fue provechoso y agradecimos el conocimiento adquirido sobre la historia y cultura del Ecuador. La amiga anfitriona había contado, una vez más, con la amistad de sus fieles cubanos.
 

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