Juan Gelman: Miente la muerte
Como siempre fue Eduardo Galeano, tan certero e ingenioso en cada expresión, el que mejor dijo sobre el reciente fallecimiento de ese grande de la poesía latinoamericana que fue el argentino Juan Gelman.
Miente la muerte cuando dice que Juan Gelman ya no está. El sigue vivo en todos los que lo queremos, en todos los que lo leímos, en todos los que en su voz hemos escuchado nuestros más profundos adentros, sentenció el autor de Las venas abiertas de América Latina.
Y es desde esos más profundos adentros que mi generación veneró al autor de las obras Violín y otras cuestiones, Gotán y Cólera buey, poemarios que influenciaron a todos los autores de los sesenta, los ochenta y también los noventa, porque como diría Raúl González Tuñón en todos esos libros ”palpita un lirismo rico y vivaz y un contenido social, pero social bien entendido, que no elude el lujo de la fantasía”.
En ese sentido, Gelmán nos demostró cómo se puede hacer una literatura revolucionaria que no se limite a un contenido militante. El dinamitaba no solo una sociedad que creía injusta, sino también un lenguaje que con la riqueza del habla porteña, le parecía insuficiente para trasmitir todo el dolor y la insatisfacción que son el signo de su escritura apresada en los más de treinta libros que constituyen hoy, su principal y privilegiado legado a las generaciones posteriores.
Gelman tuvo una vida generosa y triste, entregada al batallar de los latinoamericanos contra las dictaduras y el orden injusto que se les imponía y, en ocasiones todavía se les impone.
Perdió a su hijo y a su nuera a manos de los militares argentinos y se lanzó a una campaña por encontrar a su nieta, que duró veintitrés años.
Fue también periodista y se ufanaba de serlo. Como muchos pensaba que esa profesión era un género literario más y de esta manera hizo de sus crónicas y comentarios pequeñas joyas de indignación y sabiduría militante.
Conviritiendo verbos en sustantivos, sustantivos en verbos y apelando a la etimología de las palabras como una fuente de nuevas significaciones, fue quizás el poeta más audaz de la segunda mitad del siglo XX en lengua española.
Esos méritos lo hicieron acreedor de premios como el Cervantes, el Reina Sofía y el Pablo Neruda. En mi opinión bien hubiera merecido un Nobel que nunca se le concedió y que es una deuda de la Academia Sueca que también se lo quedó debiendo a su coterráneo Jorge Luis Borges.
Lo conocí cuando yo era muy joven y comenzaba mi carrera periodística en la Agencia Prensa Latina. Lo entrevisté con el sobrecogimiento de mi veneración de entonces y después durante sus frecuentes visitas a Cuba él me reconocía e intercambiábamos amigables saludos y alguna que otra charla sobre la situación política del continente o su literatura.
Todavía me parece estar mirando sus ojos tristes y escuchando aquella voz poderosa, tierna, que surgía desde su espíritu de batallador y de poeta incansable.
Ahora que ya no estará más entre nosotros, su presencia física se transforma en aquellas cosas con las que se identificó en su epitafio: un pájaro, una flor, un violín.
Miente la muerte, como dijo Galeano, Juan Gelman vive con su obra grandiosa junto a Vallejo, junto a Neruda y deja a su paso la memoria de un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, como diría Antonio Machado.
