Tierras de fuego
Tierras de fuego, del escritor Ángel Luis Martínez, con la dirección general del realizador Miguel Sosa, es el título de la telenovela cubana que finalizara en fecha reciente, y que saliera al aire los lunes, miércoles y viernes, en horario estelar (9:00 pm), por el Canal Cubavisión de la Televisión Nacional.
La trama de dicha telenovela, estructurada en 100 capítulos, cuya duración era de 27 minutos en pantalla, gira alrededor de la vida del campesinado insular de principios del presente siglo, se desarrolla en una Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS), analiza —desde una óptica contemporánea— las interioridades de tres familias que la integran, y coloca sobre el tapete las alegrías y tristezas experimentadas por los moradores de esa comunidad, así como las diferencias que los separan, y en consecuencia, los convierten en antagonistas —al parecer— irreconciliables.
La mayoría de los personajes, tanto los principales como los secundarios, tropiezan —frecuentemente— con intrigas y contradicciones en que se apoya la acción dramática.
Con respecto a los códigos en que se sustenta la telenovela, y que — según la M.Sc. Mayra Cue Sierra— se deben respetar, guarda un espacio reservado para las casualidades (¿?) y las complicaciones que, en cualquier contexto o escenario, traen aparejados el amor y su correspondiente triángulo.
Amores encontrados, secretos, engaños, traición, infidelidades conyugales, machismo a ultranza, chantaje emocional y núcleos familiares disfuncionales o fracturados configuran el argumento de ese controversial dramatizado, que —lamentablemente— no se distingue por la óptima calidad de su factura estético-artística.
Los papeles protagónicos los interpretan la actriz Laura Moras, así como los actores Kristell Almazán y Carlos Luis González (personajes «clave» de la gustada teleserie Los 3 Villalobos), entre otros consagrados y noveles artistas. Isabel (Laura Moras) preside una CCS en el poblado de Palmarito, un asentamiento rural ubicado geográficamente en la región central del país, mientras que Julio (Carlos Luis González), su cónyuge y administrador de la CCS, desempeña el papel de un personaje ambicioso, promiscuo, resentido y taimado…, pero es un padre que por encima de todos esos defectos ama sinceramente a la hija, fruto de un amor contrariado con la madre de la niña.
Ignacio (Kristell Almazán), natural de Palmarito, residía en La Habana con la esposa, Miriam, y su encantador retoño. No obstante, soñaba con volver al terruño, donde vive el resto de la familia de Isabel, el gran amor de su vida. Por lo tanto, es un personaje ambivalente, pusilánime, que se ve en el vértice de una situación embarazosa (quedarse en Palmarito y reconquistar a Isabel o regresar a la capital con la esposa y el niño). Después de mucho deliberar, escoge la primera opción, y a partir de ese momento, su comportamiento se torna mucho más congruente y adopta una actitud firme y decidida, que llevará hasta las últimas consecuencias.
Ignacio abandonó el pueblo con el pretexto de continuar los estudios universitarios en La Habana; olvidó olímpicamente los sueños de su progenitor de trabajar con él para hacer más productiva la finca «La Esperanza»; y renunció al compromiso matrimonial con la presidenta de la CCS.
Dicha situación estuvo condicionada por un embarazoso problema familiar: tuvo una aventura sexual con Nancy, la cuñada, quien dejó a Manuel, el esposo y hermano de Ignacio, así como a la hija, para ir a residir en el exterior. Ese secreto solo lo conocían Ignacio y Nancy, pero esta se lo revela a Miriam con la malvada intención de ayudarla a separar a Ignacio de Isabel y preparar el terreno para poder cumplir el objetivo fundamental que la trajo de nuevo a Palmarito: llevarse para el extranjero a su retoño, que ya es una joven, apegada a la familia paterna, así como a la tierra que la viera nacer y crecer, y enamorada de Alejandro («Pitirre»), joven honrado y trabajador que sustituyó a Julio en la administración de la CCS.
Isabel, aunque aún le guarda rencor a su ex novio, lo sigue amando con todas las fuerzas de su ser, pero sabe disimularlo muy bien. Cuando Ignacio regresa al pueblo a ver a su padre, quien tuvo un grave accidente, se exacerban las discordias entre las familias y emergen a la superficie las grandes pasiones sepultadas durante años.
En Tierras de fuego, habría que destacar —ante todo— lo poco creíble que resulta la escenografía: casas que no reflejan la realidad que vive hoy una parte del campesinado en la mayor isla de las Antillas. Son viviendas que no logran convencer al espectador de estar habitadas por verdaderos montunos, aunque sí están a tono con los personajes que los ocupan: mujeres que se levantan maquilladas, con vestidos largos, para darles de comer a los animales que crían en la finca, los pantalones vaqueros (pitusas), recién estrenados, devienen la prenda de vestir preferida por los «guajiros» de nuevo cuño.
Las camisas de caquis, mangas largas, pantalones y sombreros raídos por el tiempo, que sí identifican a los campesinos que trabajan la tierra, brillan por su ausencia en dicho audiovisual.
Por otra parte, en ese medio rural no hay familias negras o mestizas ni personas con orientación sexual diferente, aunque sí se esboza —de forma subliminal— en el personaje de Daniel, primogénito de Rolando, de cuya caracterización psicológica me ocuparé más adelante. Ese chico rompe con la novia sin motivo aparente alguno, y trae a vivir a Palmarito a su amigo del alma, quien abandona a la familia, los estudios universitarios y las comodidades citadinas para trabajar la tierra, y con ello, ayudar a Daniel.
No es extraño, pues, que el televidente se formule la pregunta: ¿de qué galaxia son los personajes de esa telenovela, que, además de ser blancos «puros» (¿?), hombres y mujeres sin fisuras en su identidad psicosexual, no sudan ni se estropean la ropa cuando trabajan la tierra?
Ese hecho contradice —de manera flagrante— el aforismo martiano que ilustra el tema de presentación de Tierras de fuego: «si el hombre sirve, la tierra sirve».
Seguir —como es usual en otras telenovelas— los conflictos que presenta ese dramatizado constituye una verdadera odisea; dificultad que puede estar determinada, precisamente, porque la historia narrada es plana (como las voces de algunos locutores de la radio y la pequeña pantalla) y no se justifica explícitamente el odio entre las familias Rodríguez y Castillo, como sí es apreciable, por ejemplo, entre las familias Capuleto y Montesco, cuyas insalvables rivalidades, percibidas —con meridiana claridad— en Romeo y Julieta, de William Shakespeare (1564-1616); obra maestra que ha sido adaptada a los más disímiles medios de comunicación. No creo necesario señalar las diferencias abismales entre ese clásico de la cultura universal y la telenovela cubana.
La estructura psicológica y espiritual de los personajes está elaborada con superficialidad, las actuaciones (salvo honrosas excepciones, que sí las hay) no son puntuales; por ende, no involucran —desde el punto de vista afectivo-emocional— al telespectador, quien se muestra cuasi indiferente ante lo que acontece en pantalla, ya que carecen de capacidad dramática para tocar las fibras íntimas de la subjetividad humana.
Entre otros desaciertos, algunos personajes secundarios están construidos de manera esquemática. Tal es el caso de Rolando (Félix Beatón) quien presenta toxicomanía alcohólica, es mal padre, mal hijo, mal esposo, y por si todo ello fuera poco, corrupto hasta la médula ósea. Es un personaje elaborado sobre la base de una sola pieza, sin matices ni faceta positiva alguna, que le otorgara aunque fuese un ápice de humanidad. En los capítulos finales, aparenta estar arrepentido (¿?) de todo el daño que —de manera consciente, o tal vez inconsciente— les ha causado a sus seres queridos, pero la herida infligida a la mente y el alma del padre, la esposa y el hijo es muy profunda y no va a sanar —ni siquiera a cicatrizar— con una simple cura de mercurocromo.
Por otro lado, genera mucha más pena ver en el set a un actor de la talla excepcional de Jorge Martínez desempeñar el papel de un personaje endeblemente diseñado, cuya concepción dramática no se adaptaba —en lo más mínimo— a la excelencia artístico-profesional que lo distingue en cualquier medio.
Palmarito es una caricatura, que solo existe en la imaginación de quienes lo concibieron. La fotografía debió aprovechar aún más la belleza exuberante de nuestros campos y de la Ciudad de las Columnas (cuando la acción dramática se desplazaba hasta la capital del país), y relegar a un segundo plano los interiores. Los conflictos no están bien proyectados ni enfocados, y en mi criterio, no alcanzó a transmitirle al auditorio un nítido mensaje ético-humanista, objetivo primordial al que debe aspirar la telenovela de factura nacional.
Sin embargo, no se puede negar el hecho objetivo-subjetivo de que Tierras de fuego ha recibido más atención por parte del público cubano, que su predecesora, Santa María del Porvenir, ya que no hay puntos de tangencia entre la primera, que a pesar de las críticas de que ha sido objeto, lograra despertar mayor interés en los amantes del género, y la segunda, devenida una farsa grotesca, mal hilvanada y rechazada por la mayoría de la teleaudiencia y los colegas de la prensa.
Para que un audiovisual pueda llegar —al igual que un veloz velero— a puerto seguro, no solo es necesario contar con recursos económicos, necesarios pero no imprescindibles, sino también con un buen guión (incluida una historia que, desde el primer capítulo, enganche al televidente), una excelente dirección actoral, así como un elenco artístico consagrado en cuerpo, mente y alma a la labor que realiza, y a la cual debe aportarle la «dosis exacta» de amor y pasión (dos caras de la misma moneda).
