Guayaquil, una mirada veloz: de montañita a salinas
Con el poeta Alberto Acosta-Pérez, y llevados de la mano de la abogada Marigloria Cornejo Cousin, paseamos por un tramo esplendido de la costa ecuatoriana. Ecuador es un país sorprendente, guarda bellezas difíciles de narrar a más de cinco mil metros de altura, mientras que a nivel del mar pareciera el Caribe de playas íntegras, a la vera de las cuales las ballenas vienen a amar y a procrear. El Pacífico tiene un colorido de sutiles diferencias con el Atlántico, entre el verde gris y el azul. Son fuertes sus olas y me pareció mucho más frío que el mar que rodea a mi Isla natal.
Dos poetas cubanos frente a la naturaleza-otra, advertimos el ritmo guayaquileño semejante al de La Habana, y luego de una mañana de viaje hacia la más reciente de las provincias del Ecuador, Santa Elena, nos maravilló llegar a la sorpresa que fue la pequeña Montañita, divertida a cualquier hora del día, y en especial en la noche turbulenta y juvenil. El viaje desde Guayaquil fue rápido y grato. Como conocíamos muy poco de la historia local, al bajar del carro nos pareció que estábamos en un gran boulevard para turistas, en una fiesta de ventas artesanales de calidad y belleza, rodeados de simpáticas edificaciones y de restaurantes de gratas ofertas. El ritmo relajado de las gentes, en su mayoría muy jóvenes, nos hacía sentir en una Babel en miniatura, donde se hablaba diez idiomas a la vez.
En Montañita nos hicimos varias fotos, una de ellas en la amplia iglesia al borde del mar, consagrada a San Isidro Labrador. Hallamos muy simpático un serio letrero en su costado, que rezaba: «Prohibido orinar aquí. Respete la Casa de Dios». Tras un saludable almuerzo de panes y peces multiplicados, acompañado de música ¡cubana!, salimos a recorrer otros puntos de interés, y tuvimos la grata sorpresa de pasar casi de inmediato a un museo tan pequeño, que cuesta llamarlo así: el Museo de las Calaveras. Además de la osamenta capital de sabe Dios qué seres humanos, lo fundamental allí es la huella aborigen y los diversos artefactos marinos que se exhiben con ingenua voluntad. Hay que comprar en este museo privado alguna artesanía, alguno de los bellos objetos que se ofertan a la vista y a la venta, y detenerse en el mismo lugar, rústico y abierto, que proporciona relieve especial.
Un simpático anuncio en la carretera nos ofrecía buen almuerzo, si no lo hubiéramos comido ya en Montañita, el cartel decía: «Comedor de Muchachas Bonitas». Asombroso pasar por el pueblito marino que tal vez tuviese mil habitantes, llamado Cadeate, donde vimos una vasta oferta de panes: contamos diecisiete panaderías en una sola calle, ¿habrá otro tipo de comercio allí? ¿Quién compra tanto pan?
Dos sitios de la Costa nos impresionaron a Alberto y a mí: el farallón del santuario de Santa María del Fiat, no solo por la rara iglesia encima del promontorio, sino porque el propio risco, que deja ver una playa espléndida de varios kilómetros de largo, está siendo devorado a dentelladas por el oleaje, tanto que en una zona ya queda prohibido estar. El otro lugar pintoresco es el Farallón Dillon, en el pueblo que responde al nombre de Ballenita. El sitio es una hostería muy bien montada por sus propietarios, el ex-marino Alberto Dillon y la señora Yolanda, agradable anfitriona. Allí tomamos chocolate mirando la extensión marina, recorrimos su pequeño museo de antigüedades náuticas, y nos sorprendió su faro, su piscina que juega con el horizonte, presidida por una sirena pétrea, y aquella bandera cubana casi al centro del salón principal, destacable entre otras muchas. Hubiera deseado permanecer más horas, ¿por qué no tomamos una habitación para detenernos a nuestras anchas?
Valdivia, Manglaralto, Monteverde y sus sitios petrolíferos, San Pablo con su simpática y joven iglesia de madera y concreto, la bahía pescadora de Ayangue, Santa Elena y su catedral espaciosa y La Libertad de paso hacia Salinas, nos atrajeron por sus ofertas turísticas y su naturalidad de vida. Personas amables y vocingleras, sencillas y hospitalarias pueblan el Mercado de La Libertad, semejante a decenas de ellos en la Costa e incluso en otros países, pero lo que le rodea, la variopinta condición étnica de las gentes y la multitud de mercancías costeñas y serranas, finge otra Babel, esta vez la del variado comercio.
Nuestras expectativas sobre Salinas eran bien diferentes: esperábamos llegar a otro pueblito pintoresco y divertido, cuando de pronto comenzamos a ver supermercados y un aeropuerto, y hasta un cúmulo discreto de rascacielos, que nos mostraron una ciudad nueva y pujante. Pernoctamos en la casita playera de la amiga Marigloria, cómoda, con varias camas a nuestra disposición y suficiente abastecimiento para pasar allí no dos días, sino toda una semana. Al día siguiente iba a marcar un hito en nuestra estancia ecuatoriana: avistaríamos ballenas en su hábitat de amor.
Diecisiete personas salimos de la concurrida playa en un bote de pescadores, que nos condujo hasta el Mónica I, un yate destinado al avistamiento de los cetáceos. Avanzamos unas seis millas, entre altas olas, piqueros de patas azules, gaviotas y otras aves marinas, mientras quedaba en el horizonte una Salinas multi edificada, recortada o desdibujada por la distancia. Casi siempre a nuestra izquierda teníamos la punta más saliente del Ecuador hacia el Pacífico, donde se encuentran dos corrientes oceánicas, la de Humboldt y la de El Niño, que forman remolinos, y que el gracejo popular ha denominado La Chocolatera. Aunque el sitio resulta peligroso, se ven no pocos jóvenes armados de una tabla, surfeando felices el rizo de las olas, mientras más allá, en un promontorio rocoso casi inaccesible, una colonia de lobos de mar reposa displicente.
El espectáculo de las ballenas saliendo a la superficie, madres con sus ballenatos, ha sido largamente filmado, no sé bien cuántos documentales habremos visto sobre cetáceos, pero verlas saltar a menos de cien metros de la nave, lanzar el agua como un géiser, nadar cerca de nosotros enseñando a su crías, mostrando en cada salto o pirueta sus barrigas que las identifican como huellas digitales, escuchar el estentóreo plosh de sus cuerpos al chocar con la superficie del agua, es una experiencia que va más allá del simple asombro. Fue un momento que nos dejó mudos ante la grandiosidad de la naturaleza. El ritual de apareamiento fue aquella mañana prolongado y espectacular. Quedamos sorprendidos, satisfechos, agradecidos. Las seis o siete ballenas avistadas ofrecieron, según los guías, una de las mejores danzas de la temporada. Culminamos la tarde almorzando en la playa de Chipipe un delicioso encocado de mariscos. Alberto se sentía espléndidamente bien, a pesar de que de manera secreta ya lo corroía el cáncer de páncreas, que lo mataría solo cuatro meses después. En las fotos se le ve siempre sonriente, realmente contento, como un turista bien acogido.
El bello paseo por la vera ecuatoriana del Pacífico prometía aún mucho más. Pero se acababa nuestro tiempo de raudos turistas, y regresamos a Guayaquil no sin antes detenernos en un orquideario espectacular, y en una finca de avestruces. Al llegar a la ciudad, quisimos irnos directamente a las Bahías, a ver el hormigueo de cientos de establecimientos apiñados, en los que telas y cueros, artesanías y productos industriales gritaban sus bondades a los potenciales compradores que escudriñaban cada rincón con curiosa intensidad. De allí al espléndido Malecón solo había un paso, y lo dimos. Claro que el grato mundo guayaquileño se completa con el colorido Cerro, el parque de los poetas, la plaza donde se encuentra la Catedral y las iguanas fabulosas, habitantes naturales de la ciudad más poblada del Ecuador.
Todos los secos de la Costa, tan húmedos, nos asaltan como comida especial: seco de pollo, seco de chivo… Disfrutamos algo de la cocina típica costeña al salir de la muy interesante exposición del «pequeño Guayaquil», donde pudimos aprender tanto de la historia regional.
Guayaquil conquista, es una ciudad seductora, se insinúa en bellos edificios, obras de artes escultóricas, sitios de interés para amantes de museos, teatros, danzas, y sobre todo de los plácidos parques y plazas arboladas. Lástima a veces el doloroso contraste entre la extrema pobreza y la opulencia, que genera delitos. Guayaquil, como el mundo todo, merece un futuro mejor.
En la casa de Marigloria Cornejo culminamos el maravilloso recorrido: allí tuvimos la ocasión de admirar la biblioteca y el casi museo que ella mantiene en memoria de uno de los ecuatorianos más preclaros entre sus insignes hombres de letras: Justino Cornejo. El poeta Alberto Acosta-Pérez y yo tuvimos el privilegio de cerrar nuestros días de agosto de 2011, entre libros, manuscritos, fotografías y valiosos objetos, en el ambiente de la alta cultura, en el mundo privado y familiar que forjó uno de los ecuatorianos más universales.
Es fascinante el Ecuador de selvas, sierras y costas de alto lujo para la mirada y el asombro de los sentidos. ¿Habríamos de creernos exploradores como nuevos Humboldt y Bonpland, linda pareja francoalemana de recorrido exploratorio? No hay que exagerar: una visita turística da vuelo al alma y amor intenso por la vida. La Costa ecuatoriana aún posee potencialidades por explorar, rincones de ensanchamiento del sano ocio tras la diversa labor, sitios de relax y fuentes de trabajo. La promesa es belleza, sueño y realidad de un país con mucho más para brindarle al Planeta que una línea imaginaria que lo divide en dos.
