Contacto con tacto
En días recientes revisé ocho de los nueve números de la olvidada y desconocida revista Contacto, la que entre 1981 y 1990 se publicara en Villa Clara, primero como órgano de la Brigada “Hermanos Saíz” y, finalmente, de la Asociación del mismo nombre cuando esta evolucionó hacia ese destino organizativo. A partir del número 6, Contacto se presentó también como publicación del Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Los números en mi poder son los comprendidos del 1 al 8. Se fugó de mi librero, hacia manos por mí olvidadas, el número 0 (creo recordar que de 1981), pues en algún momento atesoré la colección completa. Atendiendo a ello mi comentario de hoy padecerá la manquedad de no visualizar el conjunto universo.
Lo primero que recordar sí quiero es que se trata de una publicación que, como todas las revistas villaclareñas que conozco, publicadas en el período revolucionario, Contacto constituye referente fiel de su tiempo y de su entorno, aunque al ser un proyecto que nació, más que por necesidad expresiva de un grupo, por voluntad política de la Unión de Jóvenes Comunistas, su perfil editorial y su intencionalidad estética se desdibujan un tanto para apegarse a una estrategia editorial colegiada a ultranza y al cambiante concepto con que se entendió, a lo largo de sus diez años de existencia, el papel del intelectual en nuestra sociedad. No obstante lo dicho, al revisar los números en mi poder, por ellos desfilan algunos de los más importantes puntos de inquietud que entonces movieron la vida literaria cubana.
La plástica de los 80’s, que con tanto énfasis polémico rompiera la quieta inercia real-socialista de la década precedente, tuvo en Contacto su presencia, traída de la mano del crítico y curador José Luis Rodríguez de Armas, uno de los más lúcidos que ha hecho vida en este territorio. Y ahí están las ilustraciones y opiniones de Flavio Garciandía y Félix Suazo. El primero, en el número 2, de 1984, respondió las interrogantes que le pasara el propio José Luis, para dejar constancia, en la entrevista “La cualidad de la mirada”, de una evolución que, en pos del arte conceptual, o de la relativa apoteosis del kitsch, iba por los mismos derroteros que sus coetáneos. Suazo, por su parte, vertió sus entonces atrevidas teorizaciones sobre el arte efímero, en el ensayo “Hielo-Yellow”, que viera la luz en el número 6, de 1988. A tono con su carácter ecuménico, Contacto también acogió en sus páginas expresiones del arte popular, en la figura de Alberto Anido (Número 4, de 1986); de lo que podría llamarse la nueva hornada de los ochentas villaclareña, con la presencia de Sandra Agramonte en el número 1, de 1984, y Tomás Rodríguez Toledo en el número 3, de 1985; y finalmente, de los académicos Juan Ramón González Naranjo, Manolo G. Fernández, y Orlando Torres en los números: 5, de 1987; 7, de 1989; y 8, de 1990, respectivamente.
Otro de los fenómenos interesantes de la década fue el alumbramiento de una poesía que impugnó al coloquialismo e impuso una nueva norma tropológica, centrada en temas menos circunstanciales y en reciclajes de asuntos y estilos ya tratados en estatus anteriores de la poesía universal, para lo cual ampliaron el zoom sobre el quehacer de grupos como Orígenes y Ciclón. Se sabe que en el territorio de la provincia de Villa Clara un importante grupo de poetas, entonces jóvenes, participó de esa renovación y llegó a estructurar uno de los cuerpos atendibles de tal apoteosis. Algunos de los nombres de esos poetas aparecen en los índices de Contacto: en el número1, de 1984, publicaron: Sigfredo Ariel, Arístides Valdés, Jorge Ángel Hernández y Rafael Soriano; en el 2, también de 1984, están Jorge Ángel Hernández y Arístides Vega; en el número 3, de 1985, publican Rafael Soriano, Joaquín Cabezas de León, Heriberto Hernández, Pedro Llanes y Frank Abel Dopico; en el número 4, de 1986, lo hacen Emma Artiles y Frank Abel Dopico; en el número 5, de 1987, podemos encontrar textos de Arístides Valdés, Jorge Ángel Hernández, Jorge Luis Mederos, Frank Abel Dopico y Heriberto Hernández; en el 6, de 1988, Arístides Vega, Frank Abel Dopico y Daniel Alemán; y finalmente, en el número 7, de 1989, colocaron sus textos Alexis Castañeda, Jorge Ángel Hernández y Arístides Vega. En honor a la verdad, si atendemos a la espaciada periodicidad (apenas un número al año) y a que desde 1982, auspiciada por el taller literario de Santa Clara comenzó su trayectoria, con una periodicidad bimestral estrictamente respetada, la hoja literaria Brotes –que sirvió de eficaz plataforma para el lanzamiento del referido grupo– el impacto promocional de Contacto como impulsor del mismo debemos calificarlo de discreto. Pero a su favor está el no haber permanecido indiferente a la eclosión.
La estructura de la revista se acogía a un algoritmo editorial coherente: siempre abría con la sección “Perfil” dedicada a un autor de la provincia cuya ejecutoria resultara significativa por sus resultados sostenidos en el tiempo; le seguía la sección “Huésped”, donde se presentaba a un invitado, a veces cubano, a veces extranjero; las secciones “Poesía” y “Narrativa”, obviamente se concentraban en incluir los textos de los creadores, sin ceñirse a tendencias, estilos o currículos, aunque se le puede atribuir buen olfato para lo que pusiera sobre el tapete propuestas novedosas. En “Opción” se agrupaban los trabajos reflexivos, y la sección “Para niños” cerraba el contenido de la publicación. De esa forma se hacía un paneo, que de haber cumplido la revista su periodicidad, desde la perspectiva de hoy nos hubiera permitido afirmar que contribuyó notablemente (y no discretamente) al crecimiento de la cultura cubana, desde Villa Clara.
Una de las virtudes de Contacto se percibe en su mirada atenta frente a lo que sucedía en el devenir literario de su momento; de esa forma, en el número 1se hace eco del regreso de Carlos Galindo Lena a la poesía activa, pues en la sección “Perfil” este responde preguntas a José Luis Rodríguez de Armas en la entrevista titulada “Ser de Carlos Galindo”. Y a ello se suman el artículo de Virgilio López Lemus titulado “Un poeta de legítimo interés”, junto a textos inéditos de la figura homenajeada. Los poemas entonces publicados luego Galindo los incluyó en su libro de 1988 Mortal como una paloma en pleno vuelo. Se conoce que desde 1964 el poeta no publicaba, y salvo unos poemas dados a conocer por la revista Unión, en 1980, los lectores de Cuba no tenían referencias de su obra que, obviamente, maduró notablemente en sus años de silencio. La aparición de la antología La generación de los años cincuenta (de 1984), donde también se incluyó a Galindo, fue prácticamente simultánea a este número de Contacto. Este ejemplo da fe de que la publicación, pese a acoger debates en torno a lo que demandaba cambios en la cultura cubana, no preconizó el espíritu iconoclasta sino el respeto y la voluntad de rescate.

La sección “Opción” por constituir el área de opinión con intenciones polémicas enfocadas sobre aspectos del devenir cultural, sin ceñirse a fronteras, pero poniendo énfasis siempre que ello se justificara, en lo territorial, se nos presenta como exponente de algo que luego constituyó una tradición en las publicaciones periódicas del territorio: la impugnación de fenómenos y distorsiones en la promoción, interpretación, y creación artística, así como de la eficacia ejecutiva de las instituciones. Temas como las preferencias culturales de los universitarios, la apreciación y difusión cinematográfica, los modos de abordar la literatura infantil, lo acertado o no de la radiodifusión, y otros, tuvieron presencia en los números de Contacto. Predomina en esta sección un enfoque, coherente con la época, en el que los analistas, en su mayoría, se acogen a ciertos códigos políticos para analizar los procesos artísticos, actitud que solo en el discurso público de los noventas derivaría hacia una concepción que le confiere mayor autonomía a los lenguajes artísticos. Como decía líneas atrás, publicaciones posteriores o parcialmente coetáneas de Contacto, como Huella, Umbral y Hacerse el Cuerdo se han caracterizado por su empeño, con similar espíritu y muchas veces con tono más punzante, en analizar los procesos culturales desde una perspectiva polémica e impugnadora.
Vista desde una óptica editorial, Contacto fue una revista que, gracias sobre todo a las buenas artes de Carlos Alé Mauri, alcanzó una aceptable visualidad, pese a que se hacía en impresión directa, con composición en caliente o monotipia y con el repetitivo formato de media carta. La movilidad de los elementos tipográficos, el equilibrio de las páginas (a dos columnas o a página completa), la tipografía escogida –pese a que solo en los números 1 y 2 se acudió a las capitulares–, el tratamiento de los blancos y de los titulares, así como la disposición de los elementos obligatorios en una revista, dan fe de que ya existía desde entonces una somera, pero bien encaminada conceptualización en lo tocante al trabajo editorial (cuya más cercana herencia provenía de las realizaciones de Samuel Feijóo). La madurez, al parecer, solo cristalizaría definitivamente en la década de los 90’s con el nacimiento de las editoriales Capiro, Sed de Belleza y la revista Umbral.
Quizás uno de los encantos de la revista lo constituya el hecho de ser un producto gráfico de cuando estos trabajos aún se entendían como un arte cuya realización se concretaba en la imprenta –no en la computadora– con sus fuentes de plomo, sus tipos móviles, sus ramas, la luenga partitura de las galeras, el toque de los linotipistas y cajistas, sus viñetas, su impresora Chandler de pedal, su acabado a mano. Y aunque no podemos decir que Contacto gozara de muchas excelencias en ese sentido –a diferencia de Brotes, que sí las tuvo, gracias a la magia del entonces impresor Sigfredo Ariel– sí constituye un buen testimonio de esa dinámica y de aquellas bno te han dicho nada en senecit?ondades.
En lo personal, Contacto fue una aventura editorial en la que me involucré, pues pertenecí a su consejo de redacción desde el nacimiento hasta el último número. Atendí la sección “Poesía” y gracias al trabajo de búsqueda, selección, edición y corrección de los textos pude ensanchar mi horizonte y ganar noticia de la diversidad de intenciones y estilos que se venían gestando en aquellos años en el interactuar entre la más joven promoción y los pocos poetas residentes en Villa Clara que habían conseguido publicar libros. Es una etapa que agradezco en mi formación como promotor y editor. Y precisamente por ello me erijo abanderado y llamo la atención sobre el dato de que, si empezamos a contar sus años de vida desde el número 1, de 1984 (no desde el 0, que fue tentativo), en el presente la revista debe conmemorar los treinta años de su fundación.
Un balance final de Contacto me obliga a entenderla como un proyecto que alcanzó logros parciales, sobre todo por su azarosa salida carente de la imprescindible periodicidad que debe caracterizar a toda revista, y también porque, al no responder a los intereses estéticos de un grupo sino a una supuesta representatividad de todos los sectores y actores de la cultura, sus contenidos tendían a diluirse en un ecumenismo falaz que, en la dinámica revistera, generalmente se torna disfuncional. Sin embargo, Contacto avisó, con sus intermitentes salidas a la palestra, de algunas de las tendencias más activas y pugnaces que caracterizaron el debate cultural de su época y, también, sumó a la tradición editorial villaclareña un escalón más de lo que luego conformaría el que acaso sea un “perfil editorial” de la región, resumido en cuatro líneas fundamentales: la inclusión de la prosa reflexiva con textos polémicos sobre un acontecer que rebasa a la provincia, sin abandonarla como referente; el carácter de vocero de las propuestas artísticas más arriesgadas; el cuidadoso trabajo de edición y diseño; y el ofrecerle a la cultura popular los espacios que Samuel Feijóo, antes que ningún otro, fertilizó primero desde Islas y los libros de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas (proyectos vivos entre 1958 y1968) y finalmente desde Signos, que –¡caigo en la cuenta!– este año cumple cuarenta y cinco años de vida.
Santa Clara, 16 de enero de 2014
