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Hablando bien de Carlos Esquivel

Alberto Marrero, 29 de enero de 2014

Hablando mal de los otros, del poeta y narrador Carlos Esquivel (Las Tunas, 1968), es una compilación publicada por la Editorial San Lope que reúne ocho cuentos de libros anteriores del autor, muchos de ellos reescritos y pulidos hasta la saciedad. Una práctica que, excepto los perezosos, la mayoría de los escritores han asumido con entusiasmo. Nadie quiere dejar detrás algo que no le guste o con lo que no está satisfecho. Solo los mediocres se sienten plenamente satisfechos. ¡Qué otra cosa van a hacer! La llama de la absoluta perfección que encendió Flaubert en la literatura universal todavía les roba el sueño a sus fervientes seguidores. No es casual que otro monstruo de la literatura (fallecido no ha mucho), el mexicano Carlos Fuentes, definiera la novela como lenguaje e imaginación, concepto que podría muy bien extenderse al resto de los géneros en una época donde se difuminan las fronteras entre ellos a una velocidad abrumadora. Me he permitido estas digresiones porque para captar la dimensión de esta nueva entrega de Carlos Esquivel deben quedar claros, o al menos intentarlo, algunos de los presupuestos que este escritor sostiene en su ya abundante obra narrativa y poética, a pesar de su relativa juventud.

 

  El libro está escrito desde la transgresión (el mismo título lo anuncia). Las historias de Carlos recrean otras ya contada por célebres autores de la literatura universal, pero desarrolladas en contextos distintos, donde interactúan los personajes de una y otra, en una rara mezcla de culturas, épocas y situaciones. El recurso narrativo podría resultar un evidente retozo intertextual y hasta un divertimento de omnisciencia. Y de hecho lo es, solo que también es mucho más, y he ahí donde la transgresión asume el papel de ruptura de lo establecido, lo predecible, lo rutinario, lo acuñado. Tal parece que el escritor se propuso rescribir las obras que admira, profundizando aún más en los personajes y sus motivos, despojándolos de convencionalismos y falacias, como diciéndole a sus autores: Vean, sus criaturas son inocentes, superficiales, casi infantiles; miren lo que puedo hacer con ellas, observen cómo actuarían en otro lugar, en otras circunstancias. No sería la primera vez que la irreverencia deja saldos de oro en la literatura (aunque también algunos muy lamentables). Todas las historias tienen una trama inusual, escalofriante, sumergida lo mismo en la crueldad que en el absurdo. Y no por un gusto morboso del escritor hacia lo escatológico, sino como alegoría de lo posible, sin que ello constituya un grito moralizador ni un intento de purificar los sentimientos humanos. Las numerosas referencias y asociaciones literarias, filosóficas, históricas, musicales y deportivas que normalmente están disueltas en la prosa o en la poesía de Carlos Esquivel, reaparecen aquí en boca de sus personajes, casi siempre discursivos, heréticos, escépticos, cuestionadores, angustiados, reventados por la duda y la desesperación, atrapados en un laberinto perpetuo. “El cazador nocturno o un cuento para Maupassant”, texto con que abre el libro, es un ejemplo de lo que acabo de manifestar. La ambigüedad de los diferentes narradores hace que la mirada sea múltiple, diversa y cada momento sea contado desde ángulos que se contraponen. El eficaz empleo del recurso de la caja china o matriuschka propicia que una historia salga de la barriga de la otra, sin que los hilos de la narración se enreden. Lo que se va definiendo en la primera parte del texto de pronto se torna indefinido y al final termina siendo una síntesis de ambas situaciones, como la vida misma. Somos lo que soñamos o soñamos lo que somos, dice en “Los animales del cuerpo”, un relato que deslumbra por su lenguaje, estructura y sentido lúdico.

    En el cuento “La amante de lady Chatterley” (en la famosa novela del escritor inglés David H. Lawrence es el amante), retoma los personajes de Constance y Mellors y los sitúa en La Habana, él como turista y ella con la intención de vengarse de su amante acostándose con la prostituta cubana que lo tiene enloquecido, no solo por la agresividad sexual que esta despliega, sino por su extraña ilustración, sobre todo literaria. La prostituta rechaza en un inicio los propósitos lésbicos de la inglesa, pero al final accede a irse a la cama con ella por otras razones que no develaré. El relato es erótico, sumamente erótico (como lo fue en su época la novela de Lawrence, proscrita y vilipendiada en Inglaterra y Estados Unidos durante más de treinta años) pero también es reflexivo, perturbador, con numerosas sendas y contra sendas

    A continuación vienen otros cuentos no menos inquietantes como “Carmen” (recuerden la ópera homónima de Bizet) y “El Negro y el Rojo” (el titulo de la novela de Stendhal al revés), un excelente texto que a mi juicio navega con dignidad en medio de una alternancia de narradores que le dan la multiplicidad de enfoques de que hablamos al principio. El cuento desarrolla varias historias a la vez, todas muy bien imbricadas: una viaje en tren desde el oriente del país, un cubano que debe llegar a Nueva Gerona para visitar la tumba del poeta norteamericano Hart Crane, un italiano que también se dirige a la isla para ver a una prostituta llamada Marta, la rotura del tren, la pérdida del vuelo en avión, la posibilidad de llegar a Gerona en barco, un anciano loco con grados de sargento, un grupo que intenta una salida ilegal, un ciclón cercano que impide la salida de la embarcación. En fin, una mixtura de anécdotas que, lejos de sobresaturar al lector, lo mantiene en ascuas hasta el final.

     Después de este último relato, llegué a pensar que la intensidad del libro bajaría, al menos unos grados. Nada de eso. De repente, me vi inmerso en la lectura de “La carne, los sentimientos y el enemigo”, un monólogo desgarrador, alucinante, opresivo, mordaz, que me dejó virtualmente sin aliento. Y no exagero. La historia está contada con un lenguaje denso, barroco a veces, con profusas alusiones a la pintura holandesa, en particular a Rembrandt (el narrador es un pintor). El drama individual de este artista y su familia lo lleva a pintar sobre las tumbas a falta de lienzo y de tiempo para poder ejercer su verdadera vocación. Una vocación que lo lleva al delirio y que provoca el rechazo de un padre alcohólico y políticamente fanatizado, en un pueblo sin lumbres ni perspectivas. El soliloquio del pintor está dirigido casi todo el tiempo a Laura, un personaje que no vemos, pero que ocupa cada milímetro del alma de este hombre que firma sus cuadros sobre los sepulcros con el nombre de Rembrandt, que incluso pinta escenas parecidas o iguales a la del gran maestro. Y uno llega a creer que es una reencarnación del célebre holandés, o un juego con el personaje o con el tiempo. O ambas cosas. La construcción de una vida es la construcción de una idea de esa vida. Los colores se convierten en la energía invisible, dice el pintor.

     El cuento “Una ventana al cielo” recrea las dificultades de la vida de un escritor entrampado entre la crianza de su hijo pequeño, el sostenimiento de la familia y el acto de la creación literaria. La imposibilidad de vivir dependiendo solo de la literatura y la búsqueda afanosa de triunfar en un concurso internacional que le reporte el dinero necesario para crear en paz, se reflejan con dureza en este relato cuya atmósfera oprime y al mismo tiempo abre un camino de meditación. El absurdo reaparece una vez más como alegoría en la escena de los peces vivos y la defecación del niño en la pecera.

    El libro cierra con un cuento francamente extraordinario: “Durmiendo con Dulce María”. La figura de la gran poetisa aparece con un resplandor de intensa humanidad. Vive sus últimos días en la casa que todos conocemos, apartada y remisa a toda intromisión, rodeada por sus queridos fantasmas. Un joven periodista y poeta llegado de provincia quiere entrevistarla y triunfar. Quiere entrar al mundillo de la literatura y la fama de la mano de la mujer leyenda. El cuento es largo, con un aliento cargado de sutilezas, metáforas y referencias. Una ucronía apasionante, sin dudas. El lenguaje resulta densamente poético y, en ocasiones desenfadado. El joven destila amargura, reflexiona sobre los avatares de vivir en una ciudad amenazada por pústulas de corrupción, desacraliza lo que de lejos se aprecia sagrado e impoluto, escarba en los motivos de la existencia, mira de frente a la realidad y sueña. Nunca deja de soñar y de insistir en congeniar con la anciana que huye, que ya se prepara para asumir el viaje sin regreso. No voy a contar lo que de antemano sé que conmoverá al lector, a cualquier lector medianamente conocedor de la leyenda tejida en torno a la poetisa. Baste decir que a mi juicio es uno de los mejores textos del libro, el ideal para cerrarlo después de tanta sedición y sagaz irreverencia.

     Como toda buena literatura, Hablando mal de los otros es, en resumen, un libro rebelde, punzante, permeado de dichosas ambigüedades, escrito con eficacia y una carga imaginativa que deleita, sacude e incita la reflexión de eso que llamamos "la condición humana".

    Nuestros lectores podrán adquirir el libro en la venidera Feria Internacional del libro en su habitual espacio de La Cabaña y en toda la red de librerías del país.Re: mariposa...

 

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