Cosme de la Torriente, primeras actividades políticas (II)
Con respecto a su ejecutoria dentro del Partido Conservador Torriente aseveraba que siempre actuó de acuerdo con su propia conciencia, aunque no fue hasta 1917 que sostuvo diferencias profundas con la directiva del mismo. Ese año, al producirse el fraude electoral que facilitó el mantenimiento en el poder de Mario García Menocal como Presidente, les advirtió a los miembros de su partido que debían aceptar la posible derrota en las urnas como resultado de sus errores . Pero esta posición le trajo numerosas desavenencias, por lo que al final decidió mantenerse, según sus palabras, “a un lado y aunque no me separé de la agrupación, me dediqué solo a cumplir (…) los deberes que el cargo de senador me imponía”. El veterano emitiría un juicio severo sobre la conducta política de sus correligionarios:
Cuando los principios los pusimos por encima de las conveniencias partidarias o personales, ganamos las elecciones y llevamos al General Menocal a la presidencia de la República, y después de haber abandonado muchos de los nuestros esos principios y creer que debíamos hacer muchas las cosas que censurábamos a los contrarios, las hemos perdido el Primero de Noviembre y, a mi juicio, la perderemos definitivamente en Las Villas el 14 de Febrero.
(….)
Antes del primero de noviembre muchas veces le dije al general Menocal que me temía perdiésemos las elecciones por nuestros propios errores.1
Sin embargo estas advertencias no fueron tenidas en cuenta y el fraude electoral se consumó. Sus sugerencias dirigidas a corregir la acción de los partidos políticos y del Tribunal Supremo fueron poco escuchadas. La sucia maniobra política contó además con el apoyo de los marines norteamericanos que sitiaron la isla con sus naves de guerra para impedir la protesta popular. Al respecto reflexionaba:
Que el Tribunal Supremo se habrá equivocado, no es dudoso. La justicia la administran los hombres, y estos se equivocan; pero es indudable que esa justicia es la nuestra, y el día que para nuestra eterna desgracia no tengamos ésa, tendremos la extranjera.
(…)
Para el logro de todo esto, el que llame a mi puerta me encontrará siempre dispuesto a esa obra de paz y concordia; y dispuesto estoy yo a llamar a la inteligencia y el patriotismo de los más obcecados. 2
A lo largo de su vida, Torriente reflexionó sobre las consecuencias de la Enmienda Platt. Aunque entendía que Washington había cometido un error al imponerla, también consideraba que los cubanos debían aprender a convivir con ella y evitar su posible aplicación. Como la mayor parte de los pensadores de la oligarquía cubana, Torriente fue partidario de la doctrina de la “Virtud Doméstica” que implicaba, entre otras cosas, limitar el universo de reformas nacionales a una inteligencia con los Estados Unidos. Al propio tiempo fue un crítico acérrimo de los desvaríos de la representación política de la clase dominante, como ideólogo de la burguesía advirtió los peligros que gravitaban sobre la soberanía del país por la mala administración pública de los gobiernos de turno:
De ahora en adelante, si vuelve a surgir el peligro, o la realidad, de una intervención del gobierno de Washington en Cuba, será por la falta de patriotismo de aquellos cubanos que se empeñen contra la voluntad popular en gobernar la República, o que no sepan, si son atropellados en sus derechos, ejercitar éstos serenamente hasta lograr que los tribunales hagan justicia. Y en lo sucesivo tanto daño harán a la estabilidad de la República los que pretenden ganar por el fraude y la violencia en las elecciones como los que sin orden ni concierto dilapiden las rentas públicas, hipotequen el porvenir económico de la nación, no pongan cortapisas a la corrupción administrativa imperante, violen y no respeten la constitución y las leyes, no atiendan a remediar las miserias y necesidades de la parte más modesta de nuestro pueblo-especialmente de los trabajadores-, y sólo se preocupen de su bienestar y felicidad personales.3
Torriente no limitaba esas duras críticas a los miembros de los partidos tradicionales, también enjuició duramente a los revolucionarios cubanos que protestaban de manera más radical: “Y es que esa protesta siempre servirá para producir en el corazón de nuestros conciudadanos menos educados la idea de que los norteamericanos intervienen indebidamente en nuestros asuntos internos, cuando somos nosotros mismos los que con nuestra conducta antipatriótica les llamamos o incitamos a usar el derecho que les reconoce nuestro único tratado permanente”.4
Así las cosas, las protestas debían insertarse dentro de un marco legal ordenado de reformas “desde arriba” que no comprometiera la hegemonía de los caudillos y la burguesía. Varias preguntas pudieran surgir: ¿Por qué el pueblo de Cuba debía ser tirano de sus propias circunstancias?, ¿Era qué acaso las soluciones reformistas de la oligarquía dependiente podían allanarle el camino a las demandas populares?. A pesar de que en su discurso político Torriente abogaba por reformas que beneficiaren los intereses nacionales y una mejor distribución de las riquezas a partir del equilibrio entre capital y trabajo, en la práctica las desigualdades se profundizaron. Lamentablemente por estos años los políticos cubanos demostraron su incapacidad no solo para poner coto a la corrupción administrativa sino también para producir reformas de algún peso.
Hacia 1920, en ocasión de convocarse elecciones generales, el Partido Liberal propuso una moción para solicitar la supervisión de los Estados Unidos del proceso electivo. Una vez aprobada la moción se facilitó la presencia, como todo un interventor, del representante del Presidente de los Estados Unidos, Enoch H. Crowder. Al respecto Torriente advertiría sobre el peligro que suscitaría esa medida: “Esa comisión supervisora impondrá su autoridad – la autoridad de un poder extranjero- sobre el principio de autoridad nacional. (…) . La comisión supervisora americana, frente a la realidad inaplazable, se convertirá entonces y de hecho en poder legislativo de la República cercenada”.5
En otro orden de cosas, Torriente reconocía que el artículo tercero de la Enmienda Platt era incompleto porque no otorgaba capacidad al gobierno cubano para impedir una posible intervención militar. Sus anhelos políticos estaban más allá de la cruda realidad que imponían las cañoneras estadounidenses. Al respecto admitía que: “Ese es uno de los grandes vacíos y de los mayores peligros que ofrece el artículo Tercero del Tratado Permanente y quizás lo que más ha motivado las dificultades y conflictos que en nuestra historia se han presentado por causa de una errónea interpretación que se le ha dado”.6 A partir de 1922, Torriente se pronunció abiertamente a favor de la abrogación de la Enmienda Platt, entendía que debía sustituirse por un Tratado de Relaciones y Amistad. Opinaba que el nuevo convenio debía dejar atrás lo que él denominaba como las “sombras que el Tratado Permanente provoca por lo defectuoso e impropio de sus cláusulas principales, ocasionando a la vez dificultades cuando los funcionarios encargados de interpretarlas y aplicarlas no tienen la habilidad necesaria”.7
Hacia 1930, bajo la dictadura de Gerardo Machado, afirmaba que dicha enmienda contradecía la propia Resolución Conjunta y favorecía la consolidación de “gobiernos arbitrarios, dictatoriales o despóticos”. Para ser todavía más enfático concluía lo siguiente:
No creo que a la sombra de la enmienda Platt pueda nunca erguirse en Cuba un régimen de gobierno estable. (….). No hay tampoco que olvidar que la necesidad de la aplicación de la enmienda Platt la establece y fija el gobierno de la Casa Blanca, sin que a ningún cubano se le reconozca el derecho de pedir tal aplicación. A nadie que para eso ha acudido a Washington se le ha atendido jamás. Nuestra historia comprueba esta afirmación.8
Durante el gobierno de Alfredo Zayas fue nombrado embajador en Washington, allí negoció la incorporación definitiva de Isla de Pinos a la soberanía nacional haciendo realidad los postulados del Tratado Hay-Quesada, suscrito en los primeros años de la República. Sus gestiones se vieron beneficiadas por la protesta pública en Cuba y la circunstancia oportuna de que los Estados Unidos no tenía recursos legales efectivos para reclamar jurisdicción sobre ese espacio. Son interesantes algunos criterios y postulados jurídicos utilizados por Torriente en la batalla por recuperar para Cuba la soberanía definitiva sobre Isla de Pinos a partir de cuestionar el artículo VI de la Enmienda Platt, que había dejado “para un futuro tratado” la fijación de la propiedad de dicho territorio. Recordaba que Isla de Pinos siempre había formado parte de la antigua colonia española de Cuba y que ni en el Tratado de paz con España firmado en 1898, ni en el de París se había siquiera mencionado ese asunto, razón por lo cual nunca se le cedió a los Estados Unidos.
Al propio tiempo Torriente argumentaba que a poco de surgir la república cubana, en el Tratado Hay-Quesada de 2 de julio de 1903, los Estados Unidos se habían comprometido a renunciar a toda reclamación en cuanto a la propiedad de Isla de Pinos. Lo cierto fue que aunque nunca se había terminado de ratificar dicho tratado, Isla de Pinos nunca estuvo entre aquellas “otras islas” cedidas a los Estados Unidos mediante el artículo II del Tratado de París. En 1905, el Presidente Harding y el Secretario de Estado Elihu Root, habían reconocido que los Estados Unidos no tenía ningún derecho fundamental a la Isla de Pinos. Harding añadió que habiendo obtenido de Cuba las tierras que deseaba para estaciones navales no era preciso reclamar posesión sobre ese territorio, como lo había pretendido el senador Orville Platt en 1901. Respecto a la posible reclamación de colonos estadounidenses radicados en dicha ínsula Torriente explicaba: “No resiste ningún examen la pretensión de que el tratado no debe ratificarse por razón de que algunos americanos han adquirido propiedades en Isla de Pinos en la creencia de que esta era americana”.9
Al concluir las negociaciones para recuperar la soberanía de Isla de Pinos con el canje de las ratificaciones por los senados de ambas naciones el 23 de marzo de 1925, Cosme de la Torriente renunció a su cargo de embajador. Torriente declararía que había cumplimentado la tarea más importante que tuvo como plenipotenciario “satisfecho de mi buena suerte, y con nuevos motivos para mi confianza en los buenos vecinos del Norte”.10
Citas y notas
1-“Siempre por la justicia y por la patria”, artículo publicado en el periódico La Nación, de La Habana, el 27 de enero de 1917. En: Cosme de la Torriente. Cuarenta años de mi vida, 1898-1938. Imprenta “El siglo XX, A. Muñiz y Hno, Brasil, p. 62.
2-Ibidem, p. 63.
3-“Sobre la ingerencia americana”, declaraciones de Cosme de la Torriente al periódico La Prensa, de La Habana, 12 de agosto de 1919. En: Ob. cit., p. 81.
4-Ibidem.
5-“Política y economía en 1919”. Basado en declaraciones al Diario de La Marina, 2 de febrero de 1919. Cosme de la Torriente. Ob. cit., p.65-66.
6-“La enmienda Platt y las intervenciones”, trabajo publicado en El Día, de La Habana, 26 de abril de 1922. Cosme de la Torriente. Ob. cit., p. 374.
7-Ibidem p. 375.
8-”La enmienda Platt y las dictaduras”. Publicado originalmente con el nombre “La enmienda Platt y el Tratado permanente” en los periódicos El Pais, El Sol, y El Pais-Excelsior, 31 de julio de 1930. En: Cosme de la Torriente. Ob. cit, p. 385.
9-Folleto “Los derechos de Cuba sobre la Isla de Pinos” (1925). Cosme de la Torriente. Ob. cit., p. 376-381.
10-Ibidem.
