Son de sin ton ni son: informe sobre un caso de reinvención autoral
«Destellos de patrullas, sirenas que cantan, rechinar de llantas que nos evocan la repetitiva acción del trasfondo humano presto a destruir o destruirse. Ruidos y basura visual que mi cerebro filtra hoy, no para evitarlos, sino para hacerlos híperpresentes, para que se fusionen con mi confusión, como en acto de afinar, de volverlo unísono, con esta sociedad que de tan caótica se nos mimetiza como ruido de fondo.»
Al leer Son de sin ton ni son (Ediciones Intempestivas. Monterrey, 2013), tercer libro de relatos de Fernando Elizondo (Monterrey, 1954), una primera sensación posible para sus lectores habituales es la de estar en presencia de un mapa de fuga, con el que Elizondo se reinventa como escritor.
Se trata de un volumen más introspectivo que los dos precedentes, con una línea recurrente de reflexiones y evocaciones en clave narrativa. Sin embargo, el libro se mantiene fiel a esa voluntad de dejarnos leer en paz que en mi opinión es una de las mayores marcas de identidad del autor desde su debut editorial, Historias Megicanas. «Desaparecer lo más posible del libro», como afirmé al reseñar su libro anterior, El Metodicón.
En Son de sin ton ni son, los textos titulados El círculo se cerró en el centro y Del algoritmo cerebral: despertar y borrar, son buenos ejemplo de ello, pero la intención de desdoblamiento u ocultamiento del autor, se aprecia más a las claras en un grupo de prosas breves que encarnan lo que el mismo Elizondo llama “actitud de filósofo de periódico”: Necio que es uno; Viviendo en ciudad histriónica o Después de pasar el punto limítrofe. Son piezas narrativas que gravitan en torno a temas como el destino, lo opresivo del entorno urbano y cultural, y la banalización de la relación esencial entre el hombre y la naturaleza, entre otros.
La lectura de conjunto redimensiona la idea del mapa de fuga, le añade otro canal: a un autor escapando de sí mismo se suma el interés por el desmontaje, la desactivación permanente de la máquina social (camino ya explorado con creces en El Metodicón). Un registro polifónico de disidencia cultural, pues la rebelión del sujeto ante el contexto opresivo fluctúa entre lo exangüe y lo outsider: en el primer caso están Humanos felices (un texto suicida, terminal) y Cerro de la Silla, donde el gesto deviant es sofocado por sus mismos protagonistas, y cuando la cosa está buena de verdad, el narrador recuerda que «en dos horas hay que estar en la oficina». Pero este mismo texto ya quiere moverse en el otro nivel, junto a piezas como Cita para transitar a la otra dimensión; Escaneo y revisualización cerebral, y el que cierra el libro: Del algoritmo cerebral: despertar y borrar.
Con estos últimos, se activa ese rompimiento con la línea introspectiva que mencioné al principio, para adentrarnos en un campo textual que tiene el desenfoque y el desmadre, pero también la disección y la desprogramación como objetivos primordiales: poesía prosaica, interés recurrente por desmontar en piezas los procesos de percepción, un narrador descompuesto (desenfocado) en hemisferios cerebrales, o atropellado, espasmódico, cuya lengua es ya por completo un amasijo de planos sensoriales, espaciales... y nos salpica con esa sensación de fast-forward típica de la vida nocturna: «una mosca basta para que mi cabeza cambie de canal».
El texto “puente” entre introspeccion y movimiento, entre lucidez y desenfoque, y por ello, el texto más representativo de lo que parece ser este Son de sin ton ni son (un espacio donde se reúnen vibras muy distintas), es precisamente el titulado Escaneo y revisualización cerebral: muy cinematográfico, regodeándose en las texturas, tonos de luz... trae otra vez el desenfoque, la separación entre EL HECHO y el REGISTRO MENTAL. Por supuesto que tal separación es lánguida y ambas partes se contaminan mutuamente.
Creo que a esto es a lo que suena el Son de sin ton ni son: desintegrar, fragmentar, balbucear... No se hace recomendable por preciosismo o afiliación a modas literarias, sino porque la conjunción de estrategias que despliega (el fragmento, la desprogramación, el ready-made) va delineando, sin imposiciones, un ángulo de lectura orgánico, una actitud a compartir con el lector: encontrar aquí un repertorio de pequeñas maniobras de salvamento al borde del precipicio global, como parece sugerirnos el texto Algo más que un cobrador: volverse hacia lo micro, hacia una poesía no tanto escrita como practicada.
La literatura como resistencia. Después de todo, coleccionar recuerdos adquiridos en horario de trabajo también nos puede conducir al happy end.
