Tres días en República Dominicana
El 20 de noviembre de 1997, llegué a Santo Domingo, con retraso de cuatro días y tras una rocambolesca preparación de visado y de billete aéreo, este último no llegó al final desde la República Dominicana, y el Ministerio de Cultura de Cuba asumió su costo, con la promesa de reembolso dominicano. Nunca supe si esto ocurrió. Hasta hoy, ha sido mi único viaje «oficial», designado por el Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, para que representara a la organización en un Coloquio sobre la poesía social en el Caribe Hispánico. Debería haber arribado al menos tres días antes, y para colmo, lo hice con retraso de vuelo, nadie esperándome en el aeropuerto. Entré en el coloquio ya en plenos debates, pero los tres días que allí pasé, fueron para mí inolvidables.
A la llegada al aeropuerto dominicano, tuve la primera grata sorpresa por la esmerada atención que recibí de sus funcionarios, quienes me ayudaron a comunicar con el por entonces Consejo Presidencial para la Cultura, y a la hora de mi llegada ya estaba yo en el Coloquio, tras comprobar la proverbial hospitalidad de los hermanos dominicanos. Fue grata la recepción recibida por el escritor José Bobadilla y una funcionaria llamada Marta, y ya en el anfiteatro, escuché seguidas cuatro ponencias. Luego me llevaron al Hotel El Embajador, en cuya habitación 335 habría de pasar mis tres noches dominicanas. Me resultó un sitio agradable y muy cómodo, con un amplio Casino de juego, al que entré solo para curiosear, mientras me aprestaba para otras de las actividades del evento.
Me relacioné con los participantes de este coloquio destinado a debatir sobre poesía social del área hispánica antillana, recuerdo el muy grato encuentro con Mayra Montero, recién ganadora del Premio Juan Rulfo, de París, por uno de sus cuentos, así como con el poeta Virgilio López Ayllón, quien me saludó diciéndome: «--Soy Virgilio López.» Le respondí: «--Pues yo también». Me hubiese gustado tener una amistad más prolongada con él, pero mi estadía allí resultó ser casi un instante de nuestras vidas. A veces busco su trayectoria cuando tengo ocasión de navegar por internet. El novelista arquitecto Gautier fue sumamente amable, me llevó al puerto fluvial, y me mostró un poco de los alrededores portuarios de la ciudad. Me regaló una de sus novelas y advertí su grata cordialidad y sentido solidario. También saludé a un funcionario de apellido Brea (Sub Secretario de Cultura), amabilísimo.
Al día siguiente, el segundo en el país, hice todo por localizar a mi amigo el poeta cubano Luis Beiro, y tuve éxito: él me acompañó a visitar varios sitios al centro de la ciudad, entre ellos la Catedral primada de América. Fue muy emotivo nuestro encuentro, pues Beiro ya llevaba poco más de diez años residiendo en la ciudad, y me llevó a una librería-café llamada La Trinitaria de doña Virtudes, donde se reunían sus amigos intelectuales dominicanos, y a la redacción del periódico La Nación, donde él trabajaba. Me había acompañado en el vuelo y en el evento el estudioso de la obra martiana Iván Pérez Carrión, quien decidió quedarse a vivir allí. Su no regreso a Cuba, me sorprendió. Un poeta cubano residente en Estados Unidos, fue cordial pero distante, llamado Alán West-Durant. Creo que al representar yo oficialmente a una organización de escritores y artistas cubanos, se creaba cierta distancia entre los concurrentes hacia mí, lo que traté de borrar, creo que con éxito, por medio de cordialidad, carencia de dobleces, relatos, sonrisas y encuentros que no omití.
Con el reciente amigo, el joven dominicano Jimmy Valdés, visité la Biblioteca Nacional con el objetivo de donar cuatro libros míos y otros varios de autores cubanos amigos. No nos atendían, y el joven Jimmy, por entonces de veintidós años de edad, me dijo que lo esperara un momento. Regresó con la Dirección de la Biblioteca casi en pleno, me llevaron a un salón amplio donde me ofrecieron café y una atención esmerada, y de pronto me preguntaron si comenzaba mi labor de embajador ya muy pronto, pues aún no se había abierto la sede de la Embajada cubana en República Dominicana. Comprendí de súbito que el amigo me había presentado como Embajador cubano, tuve que disimular todo lo posible para no secundar tamaña mentira, y a la salida le pedí explicaciones, entre carcajadas de Jimmy, quien me dijo que no podía permitir que no recibieran con toda gala requerida a un escritor cubano residente en la Isla, y que de todos modos yo era una suerte de embajador cultural. Finalmente, nos reímos mucho del incidente, que salió muy bien.
En la tarde me correspondió leer mi ponencia sobre poesía social cubana, y leer poemas, mejor recibidos que la seria ponencia. Leí mis «Coplas de amor», y gustaron de una forma sorprendente para mí, premiadas con un grueso aplauso, lo cual varió entonces el trato con los asistentes al coloquio, quienes fueron a partir de allí mucho más cordiales. Antes de la cena, un rápido paseo por la ciudad, la Iglesia de Las Mercedes, el Alcázar, algunas calles… En la noche, pude confraternizar con Edmond Kinsly, pintor haitiano, la poetisa centroamericana Vidaluz Meneses, quien me hizo varias anécdotas interesantes sobre sus relaciones cubanas, y su esposo Sergio, un veterinario muy simpático. Lamento no recordar la lista completa o al menos parcial de los participantes distinguidos, amables, inteligentes.
La cena final terminó con una serie de merengues, con lo que de pronto admiré a las doctoras dominicanas y a los escritores, bailando en una fila en forma de tren, a la que tuve que sumarme, con mucho agrado. Me resultó extremadamente simpática aquella «informalidad», luego de tres días de seriedad literaria en un coloquio que si bien no resultó excesivamente elevado en su valor científico y literario (y nunca supe si se editaron sus memorias), al menos me sirvió para aprender mucho de la poesía dominicana, conocer algunas de sus figuras directamente, y desplazarme entre ellas con respeto y gran sentido de la hospitalidad. También algo pude desgranar de la más distante Puerto Rico y su poesía.
El week-end en Santo Domingo finalizó, y cuando me vi en el aeropuerto ya de regreso, sentí unas ganas inmensas de volver a aquella tierra acogedora, para conocerla isla adentro. Aunque pertenezco a la Cátedra Juan Bosh, aunque he sido editor de un volumen de la colección Henríquez Ureña (Max, sobre la poesía), y en ese país ha sido publicada en revistas algunos textos míos, aunque tengo allí buenos amigos y he impartido cursos universitarios sobre la identidad en la poesía dominicana dentro de área del Caribe insular, nunca he podido volver a la tierra de Salomé. Será «más adelante». Ojalá.
