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Mano a mano entre la pelota y la literatura

Leonardo Depestre Catony, 11 de marzo de 2014

Desconozco si existe una antología sobre el tema del béisbol, o la pelota, en la literatura cubana. Sería una labor ardua, porque el deporte nacional aparece citado en innumerables obras de la narrativa y también en unas cuantas de la poesía cubana. De manera que bien difícil resultaría rastrear su presencia a lo largo de más de un siglo, sobre todo porque el béisbol llegó a Cuba y organizó su primer partido oficial en fecha bastante antigua —1874—, mucho antes que otras naciones donde hoy también se practica.

La crónica deportiva cubana, y la béisbolera en particular, exhibe una larga y fructífera historia en la prensa, donde se puede apreciar  una abundante producción de crónicas, entrevistas, artículos, testimonios, reportajes y demás géneros periodísticos. Y hoy día es tal la riqueza de esta presencia que tiene sus concursos especializados, premios y otros reconocimientos públicos al quehacer de los profesionales de la prensa deportiva.

Es probable que también usted que nos lee, se cuente entre las decenas de miles de cubanos (y cubanas) que se detienen cada día ante la página deportiva del periódico, o ante la transmisión de un evento nacional o foráneo, porque la población cubana es amante del deporte.

Pero, repetimos, nos falta la antología, selección, o compilación que agrupe a la manera de un haz, la presencia de la pelota en la cuentística, la novelística, la poesía, es decir, en la literatura cubana.  Quien escribe recuerda algunos ejemplos a manera de muestra, e invita al lector a aportar otros extraídos de su propia memoria.

Un siglo atrás, exactamente en 1910, vio la luz un libro que es hoy una curiosidad bibliográfica, escrito por el excelente y popular periodista Víctor Muñoz. Su autor fue un apasionado entusiasta de la pelota, sobre la cual escribió crónicas antológicas. Pero fue más lejos, redactó un libro muy original y hoy olvidado que tituló Mac, el pitcher. De él tomamos el siguiente fragmento:

“Cuando la pelota llegó al límite del terreno, estaba Mac entre primera y segunda; y hacía esfuerzos inauditos por correr como si fuera una locomotora; pero sus piernas de plomo parecían deseosas de pegarse al césped. O’Leahy y Gutzman estaban hacía rato en el home, cuando abrazaba tercera y obtenía una decisión del umpire que fue la más dudosa de todo el desafío, por lo que se sintió feliz de ver que el juez extendía ambas manos abiertas, al propio tiempo que le gritaba: ¡Safe!”

Que José Lezama Lima fuera desde chico aficionado al deporte de las bolas y los strikes, no confirma sino la cubanidad, la criollez de un autor cuya lectura y relectura siempre aportan, sorprenden y deslumbran. Y es una suerte que también en Lezama la pelota deje huella en estos Fragmentos de su Imán:

Me hago invisible
y en el reverso recobro mi cuerpo
nadando en una playa,
rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
de matemáticos y de jugadores de pelota
describiendo un helado de mamey.

Y llega el turno de Enrique Núñez Rodríguez, otro de los personajes inolvidables del periodismo cubano, quien dentro de la cuerda del humor, el costumbrismo y las memorias del ayer, entrega un pasaje extraído del capítulo “La hazaña de Severo”, en su muy ameno libro Yo vendí mi bicicleta:

“Atrás, muy atrás, van quedando los tiempos de la novena manigüera en el solar inapropiado. Ya no se ven las mascotas de lona, ni las pelotas entisadas con esparadrapo. Y casi nadie recuerda los días del ampaya situado detrás del pitcher, portando un pavoroso revólver, árbitro supremo en caso de diferendos con el bateador de turno.
¡Estrái!!!
¿Estrái eso? Era una bola altísima. Me pasó por aquí.
¡Estrái!

Y el bateador enarbolando el bate de majagua, daba un paso al frente. Sin inmutarse apenas, el ampaya echaba mano de su revólver, y apuntado directamente al pecho del bateador, casi siempre del equipo visitante, rugía:

- ¡He dicho que estrái!”

Como en todo equipo de pelota, el turno del cuarto bateador está reservado para el jonronero mayor, el de los batazos espectaculares. Aquí le corresponde a Leonardo Padura, solo que si el Premio Nacional de Literatura 2012 hubiera exhibido como pelotero el talento y la maestría que le son propios en la narrativa, hace rato que su nombre estuviera grabado en el Salón de la Fama de Cooperstown. La pelota aparece una y otra vez en las novelas de Padura. Aunque aquí nos remitimos a la más lejana: Fiebre de caballos, de 1988:

“Sebastián decía que durante veinte años había sido el mejor pitcher del barrio y también el corredor más rápido. Podía robarse hasta cinco o seis bases en cada juego. Sin embargo, admitía con sinceridad que jamás fue un buen pelotero: sencillamente le faltaba coraje ‘y el pelotero tiene que tener huevos, Andrés’. Nunca se había regado en una almohadilla. Por eso no quiso firmar con los profesionales para jugar en los Estados Unidos ‘y es que’, decía, ‘Andresito, en la pelota todo se puede aprender menos tres cosas: el poder al bate, tirar duro y ser guapo’. Después de todo a Andrés le hubiera gustado tener un primo retirado de las Grandes Ligas, amigo de Mantle, Berra, Mays y Dimaggio, el marido de Marilyn Monroe. Sobre todo de Mays, un negro fibroso de quien Andrés guardaba dos postales de las que se vendían con los chicles”.

Llega ahora al cajón de bateo otro gran narrador: Senel Paz, con una novela de una época, que se adentra en la memoria y el corazón del lector: En el cielo con diamantes, de 2007, donde tampoco el pasatiempo nacional de los cubanos puede estar ausente:

“Llegué al home, le pedí el bate al que le correspondía el turno, y a la primera bola que me lanzó el negro Lahera conecté un jonrón que se elevó por encima de las ramas de los eucaliptos. Una belleza. Si David y yo hubiéramos estado sentados en el viejo tronco disfrutando la historia de la señora de cierta edad o la del padre de John Lennon, habríamos visto pasar la pelota haciendo candelilla contra el cielo azul”.

El más joven de este equipo, Carlos Esquivel Guerra (1968), entrega un fragmento de su poema “Campo de ensueños” del libro Matando a los pieles rojas, en cuyas líneas trasciende una emoción contenida que el lector inhala profundamente, hasta los recovecos interiores y perdidos del ser:

Nadie pregunte, nadie ondee la noticia
porque es domingo y mi madre llena los estadios
donde uno que llaman Orestes Miñoso
y uno que llaman Omar Linares no batean.
Apaguen sucios la Phillips.
Que la música viva en el hombre del box,
un strike final, una música
inaudible para nosotros.

Y ahora, amigo lector, le corresponde batear a usted…

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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